El verde peridoto nace del hierro. No es un pigmento artificial ni un invento de la química industrial, sino un color mineral, destilado del olivino en las entrañas de la tierra. Un verde que vibra entre lo ácido y lo luminoso, como si una brasa hubiera quedado atrapada en la transparencia de una piedra. No es casual que ese mismo hierro, que tiñe de verde la gema, haya sido también el material que transformó la arquitectura moderna: de las vigas que sostienen rascacielos a los esqueletos de cristal que levantaron las ciudades del siglo XX. En esa coincidencia mineral, se encuentran los colores con los la quinta edición de la Bienal Internacional de Arquitectura de Euskadi se atreve a pintar la palabra más impronunciable de nuestro tiempo: utopía.
Es verde casi fosforescente, intenso y algo extraño con el que se presenta Mugak 2025 no es el verde amable de la naturaleza ni el verde tecnológico de las pantallas, sino el verde de la advertencia, de la señal de emergencia, de la luz que no puedes ignorar, aunque cierres los ojos. La quinta edición de la Bienal Internacional de Arquitectura de Euskadi llega con un lema que, más que una consigna, es un acto de fe: volver a hablar de espacios imaginarios e inalcanzables que a la vez son un horizonte deseable hacia el que orientar la realidad. La utopía es un término que muchos daban por amortizado, demasiado ingenuo para sobrevivir al cinismo contemporáneo, demasiado abstracto para competir con los informes de impacto o las cifras de inversión. Y, sin embargo, ahí está: escrito en letras grandes, convertido en brújula, en desafío, en recordatorio de que la imaginación también puede ser un arma.
Quizá no haya nada más radical hoy que pronunciar en voz alta lo que tantos consideran impronunciable: que otro mundo es posible, aunque de momento solo exista en planos, maquetas, relatos o proyecciones. El filósofo Francisco Martorell Campos lo dijo con precisión: «la meta de la utopía es transformar la realidad, no evadirse de ella». Mugak parece haber tomado esa frase como consigna para organizar un programa que atravesará San Sebastián, Bilbao y Vitoria durante octubre y noviembre de 2025, con más de medio centenar de actividades que insisten en que la arquitectura —y su capacidad de imaginar lugares— no es un lujo, sino una necesidad urgente.
La exposición central, «Eu-topías (no-lugar), Ou-topías (buen lugar)», instalada en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Donostia, funciona como columna vertebral. Allí dialogan arquitectos, artistas y equipos interdisciplinares con inteligencias artificiales y algoritmos de diseño colaborativo, como si la utopía no pudiera ya pensarse sin la sospecha de la máquina. Lewis Mumford y su Historia de las utopías sirven de inspiración, recordando que todo sueño corre el riesgo de convertirse en pesadilla cuando se materializa. No es un archivo de ideales pasados ni una colección de documentos históricos: es una invitación a habitar la fricción entre la fuga y la regeneración, entre la evasión y el compromiso.
Pero Mugak no se limita a un gran enunciado. Lo que la hace distinta es su manera de desplegar las utopías en múltiples registros. San Sebastián acoge «Ucronías de San Sebastián», una exposición de proyectos de arquitectura y urbanismo que nunca se construyeron: una arqueología de posibilidades frustradas que hoy se muestran como espejos de lo que pudo haber sido. También será allí donde Peter Cook, fundador de Archigram, ofrecerá una conferencia en el Teatro Principal el 22 de octubre. Cook es uno de los viejos profetas de la imaginación radical, alguien que supo convertir la arquitectura en un juego serio de ciencia ficción y política. Su presencia es casi un guiño generacional: la utopía necesita también de sus heraldos.
En la misma Donostia, la iglesia del Iesu se transformará en escenario de «Hausturak», una instalación audiovisual inmersiva que convierte la fractura en experiencia sensorial. Mugak sabe que no hay futuro sin grietas, que imaginar también implica reconocer las fisuras. La ciudad se convierte así en teatro de lo imposible: el 31 de octubre, en Tabakalera, Carmen Muñumer y Daniele Porretta presentarán «Ciudades sin lugar, utopías fílmicas», un recorrido por la arquitectura proyectada en el cine, esa fábrica de visiones que tantas veces ha anticipado las formas de lo real.
El programa también se atreve con lo íntimo, con lo doméstico. «Levedad y Denuncia: el bordado como utopía en femenino», instalada en Alderdi Eder, convierte una práctica tradicionalmente relegada al ámbito privado en un manifiesto colectivo. Aguja e hilo se transforman en gesto político, en metáfora de un trabajo paciente que deshace jerarquías y recupera un arte menor para instalarlo en el espacio público. En paralelo, la Escuela de Arquitectura del Tecnológico de Monterrey propone «Entretejidas en la frontera», un proyecto que cruza hilos, territorios y vidas, recordándonos que la utopía no siempre se proyecta hacia el futuro: a veces consiste en tejer lo roto en el presente.
Bilbao se reserva la «Protopía», una instalación en la Estación del Norte que busca un término intermedio entre lo deseado y lo posible, un ensayo sobre futuros intermedios que no renuncian a soñar, pero que tampoco olvidan los límites. También allí, en el pabellón Etxenoi, se presentará «Basamortua» de Oscar Cruz, un proyecto que interroga los vacíos urbanos y los convierte en espacios para la imaginación. Y en el Museum Cemento Rezola se abrirá «B(as)erri», donde la arquitectura dialoga con el territorio rural y sus posibilidades de reinvención.
En Vitoria, la Plaza de la Virgen Blanca acogerá «Utopía: Prohibido el paso», una instalación que convierte el espacio público en escenario de reflexión sobre exclusión y pertenencia. El gesto es sencillo y brutal: levantar barreras en el corazón de la ciudad para que la prohibición se vuelva visible, palpable, incómoda. Allí mismo se celebrará también «We make cities», talleres que implican a los ciudadanos en la tarea de imaginar nuevas formas urbanas, como si Mugak quisiera recordarnos que toda utopía que no se comparte no es más que un capricho estético.
El carácter performativo impregna buena parte de la programación. No se trata de contemplar, sino de habitar la utopía aunque sea en pequeñas dosis. Ahí están los talleres de «Architecture without building», donde Maushaus y la No Man’s Land Foundation proponen levantar estructuras efímeras que luego serán interpretadas por bailarines en performances que convierten la construcción en coreografía. Ahí está «Interespecies» en Chillida Leku, donde Fernando Cremades, Elli Mosayebi, Bas Smets y Mariana Pestana investigan cómo imaginar ciudades que incluyan a lo no humano. Y ahí están también las derivas urbanas de Francesco Careri en Vitoria, que exploran la hospitalidad como práctica arquitectónica cotidiana.
La bienal se reserva incluso momentos de autorreflexión. El 12 de noviembre, en Donostia, se celebrará la jornada «¿Para qué sirve una bienal?», dividida en tres partes: un recorrido por otras bienales internacionales, una mesa redonda sobre su capacidad de promover utopías y un cierre festivo con música. No hay ironía en el interrogante, aunque pueda leerse como autocrítica preventiva: Mugak sabe que toda celebración corre el riesgo de convertirse en ritual vacío. Y, sin embargo, responde planteando la pregunta, como si la utilidad de una bienal consistiera precisamente en convocar el debate sobre su propia razón de ser.
Lo que distingue a Mugak de otros eventos similares no es solo su programa variado, ni la ambición de sus sedes, ni la nómina de invitados internacionales. Lo que la hace singular es su empeño en convertir la imaginación en un músculo colectivo, en obligarnos a entrenar aquello que damos por perdido. En un presente saturado de pragmatismo y de imaginarios distópicos, se atreve a decir lo indecible: que seguimos necesitando castillos en el aire, aunque solo sea para recordar que todavía queda cielo.
Aquí te puedes descargar el programa completo.







