Arte y Letras Teatro

Andando entre la niebla: un análisis político y cultural de ‘Boira’, la última obra de Lluïsa Cunillé 

Una escena de Boira. Imagen TNC.
Una escena de Boira. Imagen: TNC.

¿Por qué escribo?, me pregunto a veces. Se lo pregunta mucha gente. Las razones son múltiples: diversión, creatividad, aburrimiento o simple impulso. En esta ocasión he de confesar que lo hago por estrés, por necesidad de hacer algo, por mantenerme productivo. Por la presión constante de no tener trabajo, por más que lo busque.

Por eso mi cuerpo avanza como puede hasta el día siguiente, llenando la agenda de tareas para no sentirse culpable en los ratos muertos en los que no estoy en InfoJobs (o, peor aún, en LinkedIn). Intento dedicar mi tiempo a cosas que me hagan crecer y trabajar mis defectos. De ahí que le dijera a mi madre:

—¡Mamá, voy a apuntarme a un club de lectura teatral!
—¿Pero es gratis?
—Sí.
—Bueno… mientras no encuentras nada de trabajo…

Tras esta entrañable interacción, fui a recoger el que sería el primer libro que comentaríamos en el club: Boira, de Lluïsa Cunillé. He de reconocer que durante el primer acto la obra no me decía nada; incluso me resultó aburrida, con esos monólogos interminables de algunos personajes. Sin embargo, a medida que pasaban las páginas, me invadió una tristeza inexplicable. Como si, en el fondo, comprendiera lo que la obra trataba de decirme, pero sin ser del todo consciente.

Y el arte a veces es así: no lo entiendes, pero lo sientes, conectas con él y basta con eso. No todo el que se planta ante el Guernica necesita conocer el contexto o saber qué pretendía representar Picasso para sentirse sobrecogido. Ya lo dice Robe Iniesta: hay veces que el arte hay que disfrutarlo sin detenerse a pensar por qué nos hace sentir de cierta forma.

Esa podría haber sido perfectamente mi experiencia con Boira, pero la curiosidad por descubrir qué tenía la obra que me conmovía de ese modo pudo más. Me generó una intriga insaciable, y eso es lo que trataré en este texto. Aunque mi especialidad es el guion cinematográfico, quizá resulte interesante para el lector conocer la mirada de alguien que viene de un ámbito distinto del mundo del espectáculo.

Boira, la nueva obra de la dramaturga Lluïsa Cunillé, se estrenará el 9 de octubre en el Teatro Nacional de Cataluña. Nacida en Badalona en 1961, Cunillé se inició en el teatro de forma autodidacta antes de formarse con José Sanchis Sinisterra, junto a quien fundó en 1993 la compañía L’Hongaresa.

Desde sus inicios hasta hoy, Cunillé ha escrito numerosas obras de referencia —La Festa (1994), La nit (2006) o El Jardí (2021), entre otras— y en 2008 creó una nueva compañía, La Reina de la Nit, junto con Xavier Albertí y Lola Davó. Además, entre 2007 y 2011 fue autora residente del Teatre Lliure de Barcelona.

Boira transcurre veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín, en una ciudad sin nombre de Europa del Este. Un matrimonio alquila a última hora la habitación de invitados a una viajera cuyo vuelo ha sido cancelado por la niebla. Él es taxista; ella, exfotógrafa. La obra, de forma deliberada, omite los nombres de los personajes: el marido es Él, la mujer es Ella, la huésped es la Viajera y el hijo del matrimonio, Víctor, aparece solo como el Hijo. Durante la noche, la visitante descubrirá las vidas de todos ellos, incluida la de un vecino alcoholizado.

Describir la trama de Boira resulta difícil, porque el argumento apenas encierra misterio. Su verdadera sustancia está en el subtexto: en lo que intuimos a través de cómo los personajes relatan sus fracasos y miserias, refugiándose en mentiras e historias.

Para quien no conozca a Lluïsa Cunillé, Boira puede parecer extraña o poco ortodoxa, pero en realidad es una obra de enorme sutileza. El conflicto y la crítica social están ahí, aunque ocultos entre la niebla, y precisamente en esa veladura reside su encanto. El tema central es la desmemoria y cómo esta fomenta un clima de confusión y mentira. La niebla que envuelve la ciudad simboliza esa amnesia colectiva que afecta tanto a los personajes como al conjunto de la sociedad.

La obra retrata el fracaso de las repúblicas postsoviéticas del antiguo bloque oriental: países donde la vida sigue siendo dura y la historia reciente, implacable, castigados tanto por el comunismo como por el capitalismo. En palabras de la propia obra:

Ella: «El comunismo nos expulsó a todos de nuestras vidas y el capitalismo nos acabará expulsando a todos del mundo».

Cunillé representa con precisión el clima de pesimismo y estancamiento que impregna buena parte de Europa del Este. Sociedades congeladas en el tiempo desde la caída de la URSS, donde la juventud —ya no tan joven— deambula sin rumbo, sin trabajo ni propósito.

La mentira, en Boira, funciona como escudo: una forma de no mirar de frente al dolor, un mecanismo de defensa para no enloquecer (Prieto, 2025). Ella fue fotógrafa, y no una cualquiera: obtuvo un premio por una imagen tomada durante la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, la fibromialgia la apartó de su oficio. Para sobrevivir con un único sueldo, el matrimonio alquila la habitación de invitados. Ella explica que suelen arrendarla a extranjeros, porque la gente de su propio país «se parece demasiado a ellos y les recuerda sus miserias pasadas y presentes». Tras una pausa, se corrige: dice que bromeaba, miente y ofrece otra razón. Huye de la vulnerabilidad.

Tras el colapso de un sistema colectivista y la desaparición de un pasado que celebraba la unión —simbolizado en la caída del Muro—, solo queda un neoliberalismo alienante que ha desgarrado el tejido social y nos ha vuelto más individualistas y solitarios que nunca.

Otros personajes se refugian no en mentiras, sino en relatos. Convierten su miseria en anécdota para mantenerla a distancia. Es el caso del Vecino: asegura haber sido astronauta, a punto de viajar al espacio cuando, tras la caída del Muro en 1989, la Unión Soviética paralizó sus misiones. Desde entonces vaga de bar en bar, aguardando una oportunidad que nunca llega. Además de transformar su frustración en fábula —como hacemos hoy en las redes sociales—, sostiene que incluso fue para bien: sufrió un aneurisma que, de haberle sobrevenido en el espacio, le habría costado la vida.

Otra representación de los temas de la obra se encuentra en el Hijo, Víctor. Según él, es jugador profesional de póker, aunque el subtexto deja claro que es un ludópata con deudas lo bastante graves como para costarle la vida si no las paga. Lo vemos cuando roba las llaves del vecino para registrar su casa en busca de dinero, o cuando estrella su coche contra un quiosco con el propósito de cobrar el seguro, amparándose en la niebla como excusa.

Sin embargo, mi escena favorita es aquella en la que intenta venderle a la Viajera una historia mórbida de su pasado. En ella, Víctor relata cómo mató a su abuelo. Lo hace con frialdad, pero nadie —ni siquiera él mismo— trata ese episodio como el trauma que es. Lo discuten únicamente en términos monetarios: si la historia se vende o no. La escena es brillante: una crítica feroz a cierto periodismo contemporáneo, ese que vive del titular sensacionalista y el morbo fácil, que busca nuestra atención a base de escándalo y nos desvía de los asuntos verdaderamente relevantes.

Es un tipo de contenido que atrae al público, pero que nada tiene que ver con el periodismo de interés público: ese otro, más honesto y difícil, al que pertenece la Viajera. En realidad, ella es una periodista que huye de un régimen empeñado en silenciarla —posiblemente Rusia—, del mismo modo que la realidad ha demostrado con tantos profesionales de la información y con disidentes políticos como Alexéi Navalni.

Hay poderes que necesitan perpetuar la mentira y ofuscar los hechos, extendiendo una niebla de censura, encarcelamientos y asesinatos. Ya sea «de tapadillo», como hacen las falsas democracias —Rusia, Estados Unidos o varios países europeos—, o abiertamente, como Israel, que actúa con total impunidad al bombardear civiles y asesinar periodistas.

Impunidad. Pocas palabras definen mejor la desgracia de los personajes de Boira, y la nuestra: todos maltratados por fuerzas superiores que, dentro y fuera de la ficción, bailan al compás de un sistema capitalista que lleva décadas degradando la sociedad. Como apunta Ana Prieto Nadal en el prólogo de la edición del TNC:

«La fuerte erosión causada por el neoliberalismo, el retroceso en materia de derechos y el desmantelamiento del estado del bienestar han conducido a la precarización generalizada, no solo en el ámbito laboral, político y económico, sino también en términos de construcción del yo del individuo».

Y es que, aunque Boira se ambiente en un país desconocido del antiguo Pacto de Varsovia, su mensaje resulta plenamente aplicable a los países occidentales de la órbita de la OTAN, quizá en menor medida, pero con la misma pertinencia. Vivimos en la era del capitalismo tardío y de la posverdad. Hoy las mentiras gozan de más impunidad que nunca: pocas veces acarrean consecuencias reales para quienes las propagan. El precio lo paga el ciudadano, que ve cómo sus derechos se erosionan día tras día.

Especialmente los laborales. Jornadas incompatibles con una vida estable, sueldos que apenas alcanzan para subsistir. De ahí, en parte, el pesimismo de la juventud. Carecemos de un rumbo claro, de un horizonte en el que no seamos mileuristas compartiendo piso. Esa falta de sentido deriva en un nihilismo que arroja a muchos a los brazos de la extrema derecha, siempre dispuesta a explotar la frustración para dirigirla contra las personas migrantes, los derechos LGTBIQ+ o las mujeres.

Me viene a la cabeza una frase terrible de Steve Bannon, político de extrema derecha y antiguo estratega jefe de la Casa Blanca durante la primera legislatura de Trump:

«La verdadera oposición es la prensa. Y la forma de lidiar con ella es inundar todo de mierda».

Es la estrategia que han seguido —y siguen— todas las derechas europeas, tanto en 2025 como en el siglo XX: saturar el espacio público con mentiras, bulos y rumores hasta colapsar los medios. Como dato revelador, en febrero de este año Bannon hizo un saludo nazi en una conferencia política conservadora (CPAC) a la que también asistió Santiago Abascal. Entre fascistas se entienden.

Boira es, en definitiva, una obra excelente. Con una sutileza inusual, nos empuja a reflexionar sobre los temas que laten tras su aparente quietud. En mi caso, pasó de la indiferencia inicial a la conmoción: de no entender nada a comprender que decía mucho con muy poco. Ese minimalismo narrativo, tan característico del teatro de Lluïsa Cunillé, es donde reside su fuerza. Me impresiona su capacidad para obligar al espectador a pensar, a procesar, a no conformarse. A muchos —entre los que me incluyo— nos vendría bien hacerlo más a menudo.

Y volviendo a la pregunta del principio: ¿por qué escribo? O, mejor dicho, ¿por qué he escrito esto? Creía que era por estrés, por la necesidad de sentirme productivo. Pero al terminar comprendí que no era solo eso. Escribí porque las palabras de otra persona me impulsaron a buscar las mías. Porque el arte hace eso: inspira, sostiene, ofrece un punto de apoyo cuando todo se tambalea.

Escribimos porque somos esa juventud varada en mitad de la niebla. Y quizá la única manera de encontrar el camino sea seguir avanzando, incluso a ciegas, hasta que la bruma empiece a disiparse.

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