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Bestsellers de otros tiempos: ‘Amalia’, de José Mármol. Una aventura argentina

Detalle de portada de Amalia, de José Mármol.
Detalle de portada de Amalia, de José Mármol.

A veces, a este lado del océano, nos resulta difícil creer que existiera vida literaria en Argentina antes de Borges, Cortázar, Ernesto Sábato, Bioy Casares o Alfonsina Storni. El prejuicio tiene en este caso muchas raíces: desde la falta de interés en Europa por los ambientes y mecanismos sociales de Hispanoamérica hasta las dificultades mercantiles para editar y distribuir en nuestro país las obras de los autores argentinos, que resultaban aquí más ajenos que los rusos o los norteamericanos. Curioso, cuando menos, y las causas de esta anomalía podrían dar para un artículo entero.

De todos modos, la literatura hispanoamericana vivió un desarrollo más tardío, en especial la novela, y quizá no peque de exagerado al afirmar que Amalia, de José Mármol, fue la primera verdadera novela argentina. Un mérito que he tenido en cuenta a la hora de elegir esta obra, además de su popularidad.

Pero empecemos hablando de su autor: José Pedro Crisólogo Mármol nació en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1817, hijo de un militar español y de una dama uruguaya. Su biografía entera queda marcada por la sospecha de que su verdadero padre era el general Tomás Guido, amigo de su madre, con quien José guardaba un gran parecido físico y que, además, fue su protector en los primeros momentos de su vida.

José inició la carrera de Derecho, pero no llegó a terminarla, atraído por la política, en verdadero estado de ebullición en aquellas fechas. A los veintidós años fue encarcelado durante seis días, o durante dos semanas según las fuentes, y al ser puesto en libertad, temiendo por su vida, se fue a Brasil como secretario del embajador argentino en aquel país, que curiosamente era el general Tomás Guido, mencionado antes. Por lo que he podido leer, no está claro si este episodio es completamente real o se trata de una exageración del autor, siempre interesado en magnificar sus padecimientos y asignarse el papel de víctima, como tan a menudo se hace en nuestros días.

Por una indiscreción en su puesto, al enviar indebidamente unos documentos al embajador inglés, tuvo que abandonar su cargo y se marchó a Montevideo, donde se encontró con otros opositores al general Rosas, por aquel entonces presidente de Argentina y archienemigo político de la facción de los unitarios, en la que militaba fervientemente José Mármol.

Aquí habría que intentar explicar el enfrentamiento político en Argentina en la década de los cuarenta del siglo XIX, pues será de vital importancia para entender Amalia. No va a ser fácil, pero hay que intentarlo.

La cuestión, muy por encima —porque se han escrito verdaderas montañas de documentación al respecto—, es que los unitarios consideraban que las provincias no debían tener poder y que era necesario que Argentina siguiese el modelo francés, de modo que Buenos Aires ejerciese de capital al estilo de París, sin que las provincias tuviesen más que una autonomía muy limitada. Jacobinismo. Esto no era del agrado de los caciques locales, que no deseaban ser supervisados por nadie para mantener sus privilegios y su influencia sobre el territorio donde imponían su ley. Todo ello dio lugar a grandes conflictos, entre los que se incluye una guerra civil, en la que los federalistas del general Juan Manuel de Rosas derrotaron a los unitarios y lanzaron una fuerte represión contra ellos.

En ese contexto político se sitúa la huida de José Mármol a Uruguay, donde comenzó a publicar algunas poesías y a colaborar con periódicos como El Nacional y El Comercio del Plata. En aquella época escribió también dos obras teatrales de corte político, siempre en contra de Rosas.

En 1844 comenzó a publicar Amalia por entregas, pero en aquel momento no llegó a terminarla, aunque ya se vislumbraba su éxito posterior.

En 1845 intentó emigrar a Chile, pero una tormenta lo desvió a Brasil. Allí quiso reconciliarse con el general Guido, pero no fue posible, así que tuvo que regresar a Montevideo, donde ejerció como articulista en varios periódicos más y compuso seis cantos de su obra poética inacabada Los cantos del peregrino, inspirada por el Childe Harold de Byron. Se trata, a pesar de la imitación, de una obra bastante notable, pionera del romanticismo y que poco tiene que envidiar a otros autores más famosos.

En los años siguientes publicaría los dramas El poeta y El cruzado, y varias colecciones poéticas, entre las que destaca Armonías, que resulta curiosa por la sensibilidad de sus poemas amorosos mezclados con terribles soflamas políticas contra Rosas. Unir lo histórico y lo oscuro puede resultar común, pero mezclar lo amoroso con lo político produce monstruos, al estilo de Goya, pero con cierto toque circense que resulta, cuando menos, controvertido.

En 1852, por fin cayó el general Rosas y José Mármol pudo regresar a Argentina. No queda muy claro, en ese momento histórico, qué quedaba en Rosas de la ideología rosista ni en los unitarios de la ideología unitarista, pues parece que se habían cambiado muchas veces las tornas sin que hayamos sido capaces de seguir la evolución ideológica de ambos movimientos. El caso es que los mismos odiaban a los mismos, aunque con distintos pretextos, y que Rosas cayó al fin después de una batalla perdida, en la que acabó refugiándose en la embajada británica.

José Mármol, en ese momento, iba a ser nombrado embajador en Chile, pero una nueva serie de infortunios políticos lo privó de este cargo. Así las cosas, concluyó la redacción de Amalia y en 1855 publicó al fin la novela completa como libro, con un éxito rotundo de ventas.

Por fin, su carrera política cuajó y fue primero senador provincial y después diputado a la Convención Constituyente del año 1860. Cinco años más tarde viajó a Brasil como enviado del presidente para ajustar la Triple Alianza y los primeros pasos de la Guerra del Paraguay. En 1868 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional argentina, hasta que enfermó de la vista y tuvo que retirarse. Falleció en 1871.

En cuanto a Amalia, como ya se dijo, fue publicada inicialmente por entregas y concluida años más tarde. Se trata de un libelo político, propaganda pura y dura, disfrazado de novela histórica y de novela romántica, para aprovechar el prestigio y la atracción que suscitaban estos géneros entre los lectores. Y aun así, sigue siendo interesante por el modo en que se describen los personajes, el ambiente de la época y las desgarradas emociones del momento. No se puede negar ni lo uno ni lo otro.

La novela comienza cuando varios hombres del Partido Unitario deciden escapar del ejército entregado a la represión, pero justo cuando están a punto de cruzar la frontera son sorprendidos por el enemigo y todos resultan muertos, menos dos. Uno de los supervivientes es Eduardo Belgrano, un joven de clase alta, pariente del famoso general Belgrano, que huye malherido. Un amigo le salva la vida y lo lleva a casa de su prima Amalia, para que pueda recuperarse.

Amalia, que se convertirá en protagonista de la novela, es una bella y rica viuda de veinte años que se ve en el doble aprieto de cuidar a un desconocido convaleciente y de ocultar a un peligroso opositor político al que están buscando. Para ella es un momento de gran zozobra, pero decide cumplir con lo que cree que es su deber.

No creo desvelar demasiado de la trama si digo que entre Eduardo y Amalia acaba surgiendo una pasión arrebatadora, con el trasfondo trágico de que en cualquier momento puede aparecer la policía o el ejército para poner fin a su romance. El amor sobrevolado por el peligro. Un clásico.

Aunque en muchos pasajes la novela resulta francamente moderna, por su estilo casi cinematográfico y la agilidad de la narración, el autor sucumbe en otros fragmentos a la tentación de convertirse en psicólogo y nos abruma con largas descripciones de los sentimientos, las dudas y los temores de la protagonista, que reflexiona una y cien veces sobre su situación, sobre el sentido del deber, sobre el poder del amor y sobre lo que significa el sacrificio.

Es curioso también el modo en que el registro léxico varía según hablen los unitarios o los partidarios de Rosas, dejando a las claras cuáles son las preferencias del autor y a qué bando quiere favorecer con las simpatías del lector. Hoy, ese uso partidista del lenguaje, que a menudo vemos en las películas sobre nuestra guerra civil, resulta un poco sonrojante en su intención de manipular al público, pero a mediados del siglo XIX era un recurso mucho más común, debido a la ingenuidad natural de los lectores, no tan encallecidos como los de nuestros días. Y aun esto, que puede parecer un defecto, le confiere a Amalia un tono de autenticidad que no se encuentra en otras obras posteriores del mismo género, escritas quizá con mejor técnica pero con menos corazón.

Porque en Amalia hay de todo: amor, peligro, pasiones desatadas, represión política, traiciones y disturbios en la calle, largas discusiones sobre el modo de salir de semejante laberinto personal y colectivo. Son los ingredientes que se van añadiendo lentamente a una obra que acaba cobrando cuerpo en sus casi ochocientas páginas.

Lo cierto es que no me atrevo a recomendarla, por el devastador efecto que el tiempo ha causado en su argumento, muy difícil de comprender si no se está al tanto de las vicisitudes políticas argentinas del siglo XIX. Y, sin embargo, aun a pesar de su carácter de obra propagandística, hay que reconocer la calidad de la prosa y el firme pulso narrativo del autor.

En cuanto a las ediciones, la mejor que yo he visto es la de Cupsa Editorial, de 1982, en la que Amalia se encuentra en un solo y colosal tomo junto a María, de Jorge Isaacs; Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner; y La charca, de Manuel Zeno Gandía. Existen otras muchas ediciones, de todo tipo y calidad. También es muy buena la de Ediciones Austral, que aún puede encontrarse por ahí a menos de cinco euros.

Amalia fue llevada al cine en 1914 por Enrique García Velloso, en una película muda considerada el primer largometraje de ficción argentino. En 1936, Luis Moglia Barth rodó una segunda versión, esta vez sonora.

También existe un vals basado en esta novela: «La canción de Amalia», de Héctor Pedro Blomberg, grabado por Ignacio Corsini en 1930.

En cualquier caso, Amalia seguirá ocupando su puesto como pionera en la narrativa argentina, que tantos y tan buenos frutos ha prodigado en los siglos siguientes.

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