
He pensado mucho en la palabra mamones. Qué ironía más precisa, más cruel. Porque en esta historia, el cáncer no ha estado solo en los cuerpos, sino que ha crecido en los despachos con la complicidad de los que han mamado y maman de nuestro sistema público de sanidad —los que lo han ordeñado hasta dejarlo seco. Han chupado de la sanidad vaciando la pública de profesionales, exprimiéndola hasta dejarla en los huesos para engordar a la privada y seguir mamando. Luego han tenido el descaro de hablarnos de “errores humanos”. Mamones, sí: los que maman del presupuesto, del silencio, de la resignación. Y lo hacen con la misma frialdad con la que borran una mamografía de una base de datos.
He comprendido que la palabra “cribado” también encierra un sarcasmo involuntario. Suena a limpieza, a cuidado, pero lo que ha hecho el Servicio Andaluz de Salud ha sido cribarnos a nosotras. Nos ha dejado caer por las rendijas del sistema como si fuéramos impurezas. He sido una de esas mujeres que han aprendido demasiado tarde que su salud dependía de un clic, de una firma, del mantenimiento de un software. Y me pregunto qué clase de sociedad puede mirar a otro lado mientras sus ciudadanas mueren por una burocracia que no funciona.
He aprendido que el silencio puede ser un arma. No el que se elige, el que calma, sino el que te imponen. He confiado en el sistema sanitario, he hecho lo que debía, he acudido a mis citas, he entregado mi cuerpo a las máquinas que prometían salvarlo. Y, aun así, he enfermado. He recibido la carta del SAS con la serenidad de quien confía en la prevención, he ido al Virgen del Rocío, he escuchado a la técnica decirme: «Si no la llaman, es que todo está bien». No me han llamado. He seguido viviendo, trabajando, riendo, creyendo en la salud como quien cree en un dogma. Pero el silencio ha sido la trampa. En Andalucía, he aprendido, el silencio es diagnóstico.
He vivido casi tres años sin saber que un tumor crecía en mi interior mientras los servidores se caían, las plantillas se reducían y los responsables se reunían. Cuando el dolor ha aparecido, la radióloga me ha dicho: «Esto deberíamos haberlo visto antes». Y he comprendido que no se trataba de un error, sino de una omisión colectiva. He pasado por quirófano, por quimio, por un espejo en el que ya no me reconozco. He sentido que mi cuerpo se convertía en un manifiesto involuntario, una denuncia grabada en carne viva.
He conocido a otras mujeres como yo. Hemos compartido cafés fríos, lágrimas y rabia. Hemos hablado de los informes perdidos, de los historiales borrados, de los diagnósticos que nunca llegaron. Una de ellas me ha dicho: «Nosotras no teníamos que estar enfermas». Y esa frase me ha atravesado como una aguja. Porque este no era nuestro destino, ha sido abandono.
He asistido a la manifestación del 19 de octubre, Día Mundial del Cáncer de Mama. He visto cuerpos marcados como mapas del dolor, cicatrices abiertas al aire. He gritado: «El cáncer no espera y nuestras vidas tampoco», he gritado hasta quedarme sin voz, no para que me oyeran, sino para que no pudieran seguir fingiendo que no existimos. He sentido que el dolor se hacía político.
He escuchado al nuevo consejero de Salud pedir disculpas en el Parlamento. He leído las promesas de planes de choque, millones de euros, revisiones exprés, depuración de responsabilidades. He sentido asco. Porque las disculpas, cuando llegan después de la mutilación, son solo ruido administrativo. No hay millones que puedan comprar la confianza que han destruido.
He sabido que hay mujeres que han descubierto que sus mamografías habían sido renombradas o desaparecidas del sistema. Que otras, ya muertas, fueron citadas después. Que hay familiares que han tenido que denunciar al SAS por borrar pruebas. Y mientras tanto, los responsables se refugian en eufemismos: “incidencias técnicas”, “disfunciones del sistema”. Qué les ha pasado lo mismo que a Amazon y a La oreja de Van Gogh. ¿Se están riendo en nuestra cara? Por que lo parece.
He escuchado a Ángela Claverol, presidenta de Amama, decir: «No somos víctimas, somos supervivientes». Y he querido creerla, aunque he sido las dos cosas. He sobrevivido a un cáncer, sí, pero también a un modelo que ha confundido la gestión con la vida. He comprendido que el tumor más maligno es la indiferencia institucional.
He escrito esta carta porque me niego a callar. He callado demasiado y ahora sé que callar es colaborar. He decidido hablar por mí, por las que ya no pueden, por las que aún no saben que su mamografía está perdida en algún servidor inactivo. He hablado porque no quiero que nos entierren en silencio otra vez, con estadísticas y condolencias.
He pensado que esta historia no va solo de negligencia, sino de jerarquía, de quién importa y quién no. Y nosotras, las mujeres anónimas del sistema, hemos sido lo prescindible. Hemos sido las que caben en los márgenes del presupuesto.
He mirado mi cicatriz y he comprendido que ya no me pertenece solo a mí. Es colectiva, como la rabia. Es la frontera entre la ingenuidad y la conciencia. He decidido mostrarla sin pudor, convertirla en testimonio. Porque cada cuerpo mutilado es un documento que el sistema no puede borrar.
He vivido lo suficiente para saber que el dolor no desaparece, pero se transforma. Y he elegido transformarlo en palabra, en memoria, en denuncia. He entendido que, si no hablamos, nos borran; si no insistimos, nos olvidan; si no gritamos, vuelven a silenciarnos.
He sobrevivido, sí, pero no gracias a ellos. He sobrevivido a pesar de ellos. Y por eso hoy, desde mi pecho ausente y mi voz intacta, he querido decirlo claro: el cáncer no ha sido lo más agresivo que he tenido que enfrentar. Lo ha sido la cobardía de un sistema que ha preferido callar. Y ese, ese sí, es el verdadero cáncer de los mamones.
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Siento mucho lo que estás pasando. A mí personalmente, aparte de la intencionada destrucción de nuestro sistema de salud público, lo que me indigna es lo de «Si no la llaman, es que todo está bien».
¿De verdad nadie ha avisado del error tan grave de base que supone diseñar un sistema de esta manera? ¿O es que (como siempre) nadie les ha hecho caso hasta que ha surgido el problema? Si la no respuesta es una respuesta, es mucho más complicado distinguir un funcionamiento normal de uno anómalo. En una época en la que mandar una notificación cuesta prácticamente cero, me parece un fallo imperdonable.
Demoledor Elena. No es un error, es una decisión política, una elección ideológica. Tú caso expone lo que perdemos cuando salen esas opciones, la vida.
En un sistema jerárquico cuando aflora algo tan grave como esto, que dimita el que está arriba del todo es imprescindible. Y los que están por debajo implicados en el asunto, ya sea en su diseño o en su ejecución, igual. Todo aquel que tenga alguna responsabilidad debe ser purgado. Para regenerar el sistema y como aviso a navegantes.
Pero no deberíamos olvidarnos de los que lo tienen que ejecutar que con una mezcla de entre desidia e incompetencia, de “total para lo que me pagan” cubren el expediente tiran el día y ya amanecerá mañana…
Este caso no trata de desidia o incompetencia (que sería en ese caso puntual ¿o es que quieres generalizar y decir que es por culpa de los trabajadores?) de los profesionales sanitarios o administrativos, ( todo mi reconocimiento para ellos que muchas veces superados por la falta de medios personales y materiales en una administración que tiene fama de pagar mal a sus empleados, mientras el Gobierno de Moreno Bonilla se ha subido el sueldo dos veces más de un 20%.)
El risitas dice que «la sanidad pública es inviable» mientras baja los impuestos beneficiando como siempre a los más ricos. Mientras riega de dinero público grupos sanitarios privados donde van a parar sus altos cargos en puertas giratorias.
Lo mismo hace con la Universidades, negando impartir titulaciones a las públicas mientras se las regala a las privadas a las que también riega generosamente.
Esto no puede quedarse así…. Es demasiado horrible.
Saludo y aplaudo a las valientes que se han unido para mostrar a la luz pública, y de manera solidaria, un problema que tiene sus raíces en otros tiempos: en la clínica Vistahermosa de Alicante, bajo el mandato de Asisa, hace trece años que dejaron de hacerme revisiones y pruebas de mi cáncer de mama porque ya no les era rentable. Después de treinta y dos años como afiliada (a través de MUFACE) yo ya no interesaba para su negocio por el gasto que suponía. La única solución que me dio la oncóloga para seguir con mis revisiones fue que me cambiara a la SS, como así hice, y todo ello después de que un cirujano básico me hiciera todas las intervenciones a pesar de tener en el cuadro médico unos cuantos cirujanos plásticos. Todo fue desastroso: el negocio por encima de cualquier consideración en el «estado de bienestar» -para unos pocos, claro-.
Toda la razón, una llamada o un mensaje de wassap diciendo «vuelva dentro de un año» valdría. Y no, te quedas esperando que te llamen, agobiandote con cada llamada hecha con un número largo, y luego creyendo que estás «salvada» porque ha pasado un tiempo prudencial