Música

La Oreja de Van Gogh sin Pablo Benegas es solo un producto de marketing sin alma

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— Como lo deje me echa del grupo…

A finales de los noventa aparecía en el panorama musical patrio La Oreja de Van Gogh, un grupo que cantaba historias de amores perdidos y autobuses urbanos. En aquella época yo prefería escuchar a las hermanas Llanos cantar en inglés que, aunque habían comenzado su carrera un poco antes sus mejores momentos coincidieron en tiempo con la banda popera. A mí los Modestia aparte donostiarras me daban bastante rabia porque siendo fan de Dover se me pegaban más las canciones de La Oreja. Ambos grupos representaban formas opuestas de la misma necesidad: ponerle banda sonora a una generación que no sabía si quería bailar o llorar. O que posiblemente quisiera hacer ambas cosas.

En esta lucha interna entre lo ñoño y lo rabioso, entre la lágrima y la distorsión, opté por aceptar que ambas cosas podían convivir dentro de mí. Acepté que podía llorar con una guitarra eléctrica de fondo o bailar con el corazón roto. Que no hacía falta escoger entre el ruido y la melancolía, porque al final Dover y La Oreja de Van Gogh hablaban de lo mismo, solo que en idiomas distintos. En 2016, las hermanas Llanos decidieron poner fin a una historia que había pasado del grunge al electropop, argumentado agotamiento y diferencias creativas. La Oreja, en cambio, siguió su camino, sobreviviendo a cambios de voz, de tono y de época.

Ayer, la banda anunciaba, mediante un comunicado que parecía escrito por un community manager de Disney Channel, el regreso triunfal de Amaia Montero a la formación. Lloros, abrazos, “volver al punto de partida” y demás frases de autoayuda musical se lanzaron en redes sociales en una campaña magistralmente orquestada para explotar la nostalgia de los baby boomers. Lo que no se resaltó, pero se escuchaba entre líneas, era lo verdaderamente importante: Pablo Benegas no estaría en esta nueva etapa. El detalle que lo cambiaba todo se escondía al final del comunicado: “Pablo no formará parte de esta nueva etapa”. Y ahí, amigos, se rompió el hechizo.

Todo grupo tiene su drama interno, su misterio irresuelto, su culebrón invisible. En el caso de La Oreja de Van Gogh, ese misterio tiene nombre y apellidos: Pablo Benegas, el guitarrista discreto que nunca levantó la voz en las entrevistas, pero que llevaba veinte años escribiendo muchas de las letras que hacían llorar a medio país. Porque La Oreja sin Pablo no es un grupo: es una recreación nostálgica, un holograma emocional. Puede que suene igual, puede que Amaia siga teniendo esa voz de cristal empañado que nos enseñó a sufrir con elegancia, pero sin el tipo que escribía La niña que llora en tus fiestas, París o Muñeca de trapo, lo que queda es un eco sin alma.

La historia, contada desde el principio, tiene todos los ingredientes de una telenovela colombiana: amor, traición, reencuentros, lágrimas discretas y comunicados asépticos. San Sebastián, mediados de los noventa. Cinco amigos universitarios —Pablo Benegas, Xabi San Martín, Álvaro Fuentes, Haritz Garde y una chica rubia que estudiaba química, Amaia Montero— forman un grupo que decide llamarse La Oreja de Van Gogh porque “sonaba bien” y “tenía un punto artístico”. Lo que no sabían es que, años después, acabarían protagonizando la versión musical de Falcon Crest. Su debut, Dile al sol (1998), fue un éxito inmediato. Canciones sencillas, melodías pegadizas, letras melancólicas. Amaia tenía esa voz limpia y quebradiza que sonaba igual de bien en un festival o en la ducha, y Pablo escribía como si se le acabara de romper el corazón en un portal. El viaje de Copperpot (2000) los convirtió en estrellas. Con Rosas y 20 de enero, el grupo alcanzó ese extraño equilibrio entre lo cursi y lo sublime que solo el pop español sabe manejar.

Pero el éxito, como el helado, empieza a derretirse si se deja demasiado tiempo al sol. Detrás de las sonrisas en los videoclips había una tensión que crecía en silencio. Amaia y Pablo, que habían sido pareja, ya no lo eran. Y aunque el grupo mantenía su imagen de familia feliz, los ensayos y las giras empezaron a parecer reuniones de vecinos. Ella quería más control, más protagonismo, más espacio para sus propias canciones. Ellos —Pablo y Xabi, sobre todo— defendían la autoría colectiva. Dicen que los conflictos creativos se resolvían con diplomacia, pero la diplomacia en el pop suele consistir en callarse con los dientes apretados. En 2006 publicaron Guapa, su último disco con Amaia, y el ambiente ya era irrespirable. Las giras se hacían eternas, las entrevistas una tortura, y la cantante sentía que el grupo ya no era suyo. Así que, en noviembre de 2007, anunció que se marchaba “para iniciar una nueva etapa”. Traducción libre: ya no me soporto ni me soportan. El terremoto fue inmediato. Los fans lloraban, las emisoras programaban maratones de Rosas, y la prensa titulaba con tono de tragedia: “Amaia deja La Oreja”. Parecía el final. Pero apenas unos meses después, en 2008, el grupo resucitó con una nueva vocalista: Leire Martínez, una joven navarra que venía de participar en Factor X. Una desconocida que tuvo la osadía de cantar las canciones de Amaia con la naturalidad de quien entra en una casa ajena y se sienta en el sofá.

El público, al principio, fue cruel. “No es lo mismo”, decían. Claro que no. Tampoco se trataba de eso. Leire no imitó a Amaia: la reemplazó con elegancia. Su debut, A las cinco en el Astoria, fue un éxito comercial y simbólico. La Oreja sobrevivía, y además, sonaba madura, con letras más introspectivas y una producción más pulida. Lo que pocos sabían es que la nueva vocalista no solo traía aire fresco: también un romance discreto con Xabi San Martín, el teclista y compositor del grupo. Durante más de una década, Leire fue el pegamento que sostuvo al grupo en silencio. Soportó comparaciones eternas, y transformó la melancolía adolescente de Amaia en una melancolía adulta, con menos lágrimas y más templanza. En los discos Cometas por el cielo (2011), El planeta imaginario (2016) y Un susurro en la tormenta (2020), La Oreja mantuvo su estilo sin renunciar a evolucionar. Y mientras tanto, Amaia se deslizaba por una carrera en solitario irregular, con momentos brillantes (Quiero ser, Tu mirada) y otros directamente erráticos.

El grupo y la ex seguían caminos paralelos, fingiendo que no se miraban. Hasta que llegó 2025. Año redondo, aniversario redondo, oportunidad redonda para cerrar el círculo. Dicen que fue Xabi quien propuso el reencuentro, y que Amaia aceptó encantada. Había nostalgia, había tiempo y, sobre todo, había una narrativa perfecta: la vuelta de la voz original. Lo que nadie imaginaba era que esa vuelta implicaría la salida de Leire y, lo más grave, la ausencia de Pablo Benegas. La prensa no dudó en tratar esta historia como un regreso bíblico. Amaia, la hija pródiga. Leire, la desplazada. Pablo, el gran ausente. Los fans se han dividido en dos bandos: los nostálgicos que aplauden el reencuentro, los leiristas que lo ven como una injusticia seguramente ideada en las oficinas de la gran distribuidora musical que se va a forrar.

Leire, mientras tanto, se queda en un limbo elegante. No la despidieron públicamente, pero su silencio dice más que cualquier comunicado. Su última declaración al respecto fue: “Estoy a lo mío, trabajando. No me voy a pronunciar en nada, no es mi noticia. No tiene que ver conmigo… No es mi historia”. Ni rencor, ni dramatismo. Solo esa serenidad de quien sabe que cumplió su parte y que el tiempo pondrá cada estribillo en su sitio. Lo paradójico es que, durante años, Leire fue la que mantuvo vivo el legado de Amaia. Ahora Amaia vuelve y Leire desaparece, como si el universo pop necesitara ajustar cuentas poéticas. Pero lo poético no siempre es justo.

Así, la historia de La Oreja de Van Gogh se convierte en una parábola del pop contemporáneo: los grupos no se separan, se reconfiguran. Las voces vuelven, los comunicados se maquillan, los sentimientos se gestionan por nota de prensa. La amistad se firma con un “nos miramos y lo entendimos todo”, que en realidad significa “nos convenía a todos, al menos por ahora”. Quizá este reencuentro funcione, quizá su nuevo disco sea un éxito, quizá los fans lloren en los conciertos al escuchar a Amaia cantar La playa veinte años después. Pero cada vez que suene esa estrofa —«Me abrazaría al diablo sin dudar. Por ver tu cara al escucharme hablar. Eres todo lo que más quiero. Pero te pierdo en mis silencios» —, faltará quien la escribió. Y eso no hay comunicado que lo tape.

La Oreja de Van Gogh sobrevivirá, claro. Seguirá girando, vendiendo nostalgia en formato deluxe, llenando estadios de cuarentones emocionados que cantan con lágrimas en los ojos. Pero lo que hizo que ese grupo fuera más que pop —esa mezcla de ingenuidad, romanticismo y melancolía contenida— se marchó con Pablo Benegas. Sin él, lo que queda no es una banda, es una campaña de marketing perpetua que estará exprimiendo los bolsillos en los festivales veraniegos y conciertos ad eternum; a diferencia de Dover que entendió que hay momentos que no se pueden repetir sin traicionarse.

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24 comentarios

  1. No olvidemos la aparición de Amaia junto a Karol G. Esa noche en las pupilas de los miembros masculinos de la Oreja brillaban símbolos de €.
    Podrían pasar a llamarse «todo por la pasta».

  2. La oreja de Van Gogh ya era un producto sin alma que tocaba las viejas canciones con Leire porque las nuevas estaban a años luz de las que les catapultaron al éxito. Pasaron del éxito morrocotudo a tocar en fiestas del pueblo.

  3. Leire y Pablo podrían formar el grupo «La otra oreja de Van Gogh» y así todos podríamos poner oídos sordos

  4. ¿Quién decide quién (o qué) es el alma de un grupo? Si se habla de creación compartida al final también debería ser de pura coherencia hablar de que cualquier falta va a evaporar la perfección nostálgica que persigue la vuelta de lo que en algún momento hemos mitificado.
    Por arte se muere. O, lo que es lo mismo, decidme vosotros quienes tocan gratis, por martirio artístico.
    Al final la nostalgia es el motor de la gran mayoría del arte, ese pedacito de deseo que, como comentaba Anne Carson, es siempre dulce y amargo.

  5. Lo que hay que leer. Parece que Pablo es el único compositor, cuando no hay más que mirar los créditos de los discos para saberlo. Pero hay mucho más, siempre fue un grupo empujado desde la discográfica y que se han dejado llevar por lo que esta le marcaba, sobre todo desde el momento en el que el primer disco no lo grabaron ellos sino que tuvieron que contratar a otros músicos para sustituirlos. Y de ahí para arriba.

  6. Qué gran resumen… disfruté muchísimo leyéndote… incluso sintiéndome del grupo de esas cuarentonas melancólicas, reconozco que tienes TODA la razón…

  7. D.P.Roberts

    Música para gordas desesperadas.

  8. Solo quería decir, qué maravilla de artículo, da gusto leerlo. Hoy en día, no se suelen leer cosas así. ¡Enhorabuena!

  9. Que hablen de ti aunque sea mal cuando ya nadie se acuerda de ti. Que se lo digan a Lucas (y a Andy).

  10. Lo mejor que he leído hasta ahora sobre el asunto. Muchísimas gracias.

  11. Un artículo muy bien escrito, enhorabuena.

  12. Y con Pablo Venegas, también

  13. Los fans nostálgicos de LODVG no son los baby boomers, somos los millennials nacidos en los 80. Estas cosas tan simples deberían revisarse en un artículo como este. Boomer es mi madre y tengo 43 años 😅

    • Cierto. A mí también me ha chirriado. Debe ser que sus hijos le llaman boomer como hacen los míos y el resto de adolescentes a todos los que tenemos más de 40 ;-)

  14. Yo soy de las de lágrimas en los ojos ,aunque ya no soy cuarentona si no cincuentona.Me encantaba la oreja con Amaya y con Leyre pero yo a Amaya sigo sin verla centrada ,no sé cuánto durará,pero lo que sí tengo claro es que Leyre Martínez cada día me gusta más.

  15. Totalmente de acuerdo, sobre todo con el criterio y rigor con el que está escrito. Felicidades por el artículo.
    Soy de la opinión que esta etapa es únicamente un movimiento para hacer caja y apostaría a que la salida de Pablo viene motivada por las exigencias de Amaia, tanto económicas como creativas.
    Dudo que Amaia sea capaz de aguantar la presión de esta nueva etapa. Su vuelta se ha producido a pesar de haberlo negado infinidad de veces y lo ha hecho con la complicidad del resto del grupo, incluido Pablo.
    La verdadera noticia no es la vuelta de Amaia sino la marcha de Pablo justo a la vuelta de ésta….

  16. Sandavi Salgado

    ¿Baby boomers? Creo que está mal ubicada la época…

  17. «lo que queda no es una banda, es una campaña de marketing perpetua que estará exprimiendo los bolsillos en los festivales veraniegos y conciertos ad eternum»

    **este artículo es eso: escrito sólo por pasta, puro márketing para aprovechar el tema del momento, porque alguien en la redacción tenía que escribir algo y rascar alguna visita más**

    entro en jotdown buscando un poquito de profesionalidad pero se ve que todo el mundo puede patinar… escribir un artículo en base a comentarios, opiniones y recortes de prensa, viva la opinática y viva el hacer con los demás lo que no se quiere que se haga con uno,

    un sin sentido lo que pone de principio a fin
    un sin sentido que se publique en jotdown

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