Juegos de azar

El simbolismo de la ruleta en la literatura y el arte

ClavisArtis.MS .Verginelli Rota.V2.018
Imagen del manuscrito Zoroaster Clavis Artis, MS. Verginelli-Rota, Biblioteca de la Academia Nacional de los Linces, Roma

Jung decía que los símbolos son el lenguaje del inconsciente. No son solo imágenes o metáforas, sino manifestaciones vivas de lo que nos mueve sin que lo sepamos. El círculo, por ejemplo, aparece una y otra vez en sus escritos como figura de totalidad: el mandala, el sol, el ouroboros. Todos giran, todos repiten, todos contienen dentro de sí la promesa de equilibrio. En ese mismo linaje simbólico podría situarse la ruleta, aunque deformada por la modernidad. Es un círculo, sí, pero pervertido por el azar y el dinero. Ya no busca la armonía, sino la emoción del riesgo. La ruleta es el mandala del capitalismo, la representación exacta de una espiritualidad vaciada, donde el destino se ha convertido en espectáculo y la fe en probabilidad.

Jung habría encontrado en ella un signo de nuestro tiempo: un símbolo que conserva la forma sagrada del círculo, pero ha perdido el sentido de trascendencia. La ruleta gira como gira la rueda del samsara, pero aquí no hay iluminación posible, solo la ilusión del control. Su geometría perfecta encierra una promesa y una amenaza: la de que todo puede cambiar en un instante. Y esa ambigüedad —entre esperanza y ruina, entre orden y caos— explica por qué ha fascinado tanto a escritores y artistas desde el siglo XIX.

En la literatura y el arte, pocas imágenes expresan con tanta claridad la fragilidad del destino humano. La ruleta convierte la vida en una ecuación imposible: creer que uno elige mientras se entrega al azar. Desde que Dostoievski la introdujo en El jugador, dejó de ser un objeto de ocio para transformarse en espejo del alma moderna. El escritor ruso comprendió que el juego no es entretenimiento, sino una forma de confesión. Alekséi Ivánovich, su protagonista, no apuesta dinero: apuesta su identidad. Cada giro es un intento de escapar de sí mismo, cada pérdida, un regreso inevitable. En la mesa del casino se juega una partida más grande: la del hombre contra su propio destino.

Dostoievski no escribió sobre el placer del riesgo, sino sobre la impotencia. La ruleta en su novela es una máquina de verdad, un artefacto que despoja al jugador de sus máscaras y lo obliga a enfrentarse con su miseria. El azar no aparece como un accidente, sino como la ley profunda que rige la existencia. En ese sentido, el casino de El jugador podría leerse como un laboratorio junguiano: el inconsciente en estado puro, un espacio donde los impulsos se revelan y la voluntad se disuelve. Lo que late bajo cada apuesta no es el deseo de ganar, sino el anhelo de que algo —cualquier cosa— decida por uno.

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2 comentarios

  1. Pregunto desde la memoria imperfecta ¿hay una ruleta en El Halcón Maltés? Sinceramente no lo recuerdo ¿No será en El sueño eterno, donde si hay una magnífica escena en un casino?

  2. Hay otra escena memorable en un casino en la película «Casablanca».

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