
Entre otras cosas, la lógica del consumo es en ocasiones predecible y, cabe apostillar, afecta a casi todos los ámbitos de nuestra vida. El periodismo no ha escapado de esta lógica, por lo que, si de lo que se trata es de cosechar el mayor número de clics para aumentar el rédito publicitario, la tendencia ha desembocado en el llamado clickbait. Pincha aquí, en este prometedor, vago o curioso titular, que para cuando te marches con un sabor amargo en la boca nosotros ya tendremos tu visita registrada.
Como profesor de filosofía, me siento hastiado de que el móvil persista en recomendar noticias como «Los x libros que todo profesor de filosofía dice que tienes que leer» u otras que prometen explicar a Platón en cinco líneas. ¿Por qué yo mismo he contribuido, en alguna ocasión, a este lodazal? En lo esencial, porque el escaso tiempo invertido es compensado con creces por el dinero pagado y, dado que la gravedad del pecado tampoco debe ser exagerada, los remilgos morales son fácilmente encubiertos.
Me gusta ser honesto, por lo que no me es ajeno que por una razón similar me dedico a la educación. Cuando toca presentar el pensamiento sofista a los estudiantes, suelo ofrecer un enfoque que contrasta con la narración tradicional, de cariz socrático. En esas clases confieso que yo mismo —y sospecho que un buen manojo de docentes de todos los niveles— soy un sofista que asiste a clase cada jornada a cambio de ciertas condiciones laborales. En lo medular, a cambio de dinero. Desconozco si el resultado que ofrezco a cambio es positivo o negativo. Al menos, aseguro que desempeño mi trabajo lo mejor que puedo.
En lo que atañe a la filosofía y, más en general, a la educación, el inconveniente del clickbait se me antoja obvio: aprender filosofía va de la mano de un proceso de reflexión pausada, algo así como la digestión de una boa constrictor. Por añadidura, es de recibo recelar de quienquiera que presuma de enseñar —sea en un libro, en un vídeo de YouTube o TikTok, o en un artículo— cualquier tesis filosófica en menos de ciertas páginas, minutos o incluso líneas.
No se trata, por supuesto, de demonizar todo lo que no ocupe cierta extensión. La divulgación es necesaria y loable, además de que, dicho sea de paso, cantidad no equivale a calidad. Más bien, se trata de ser conscientes de lo que vemos o leemos y, de este modo, al igual que ningún documental te va a convertir en un experto en física cuántica, ningún artículo —por mucho que su título garantice lo opuesto— va a exponer la colosal obra de Aristóteles en tres líneas. Si acaso, repetirá tres mantras que puedes encontrar en cualquiera de los otros cientos de artículos que ya han dado las pistas para leer a Aristóteles. La divulgación periodística es algo positivo, así como la capacidad de síntesis, pero cuidado con convertir la educación en un conocimiento de fast food: la educación, o es lenta, o no es educación.
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Lástima que ese dicho biblico que dice “no hagas a otros aquello que no quisieras que te lo hagan a ti”, sea sólo aplicable a nosotros y no a otras categorías. Sería fantástico ser recordado con honores (yo me excluyo, no sé si por humildad, ignorancia o cobardía) por haber mal usado el tiempo y el dinero. Estos lo han hecho, entonce vale el antiguo y vengativo ojo por ojo, diente por diente. Artículo para reflexionar. Muy bueno estimado. Gracias.
Dónde exactamente dice Aristóteles que trabajo y virtud son incompatibles? En q libro?