Cine y TV

‘Infelices para siempre’: ¡Que viva la esquizofrenia! ¡Que no!

Infelices para siempre. Imagen WB.
Infelices para siempre. Imagen: WB.

Se llamaba Infelices para siempre aunque todos la llamábamos «la del conejo», con afán de distinguirla de Matrimonio con hijos y su similar punto de partida. Un padre fracasado y quejumbroso, una madre oligofrénica, hijos neurodiversos, decorados teatrales en todas las variantes del beige caca y risas enlatadas en formato sitcom… Los ejecutivos televisivos se estriñeron cuando Ron Leavitt se presentó con una teleserie que parecía un calco de aquella protagonizada por Al Bundy, temiendo que el guionista se hubiera sacado del magín la máquina de hacer churros para repetir esplendor. Lo que no esperaban era que con ella planeara mofarse de todo, incluido el éxito; haciendo escaparate de su propia autoparodia. Ya había tambaleado esa cosa llamada establishment de la sitcom tradicional rebosante de sacarina y moralismo al estilo de Padres forzosos ensalzando el feísmo, y ahora quería ir un paso más allá. Además de reírse de la familia, haciendo diana en el patetismo perdedor del americano medio, incorporó un aliño inédito en el formato: satirizar la locura.

Todo gracias a un conejo llamado Mr. Floppy. Gañán, malhablado e inexistente más allá de la cabeza del padre de familia, Jack, quien bajaba al sótano a compartir sus problemas con el animalito de felpa; que es lo mismo que decir que se recluía para gozar de sus brotes esquizofrénicos porque el buen hombre estaba como las maracas de Machín. No había tensión dramática alguna, porque el espectador era cómplice de que Mr. Floppy era el álter ego de Jack… al menos al principio. Con el avance de temporadas —que repitieron el éxito de su predecesora— ocurrieron dos cosas célebres para la televisión. 

La primera es que ganó el loco. Mr. Floppy pasó de ser un apoyo narrativo que subrayaba el lado más oscuro de Jack —zafio, machista, macarra, sucio, racista y tertuliano en potencia— a acabar devorando la serie por méritos propios. Al final de cada capítulo el público impregnaba de orines su salón al ver a aquel conejo mugriento haciendo befa de los clásicos consultorios semanales que respondían en directo a las preguntas de los televidentes. No quedaba americano por insultar, mujer por denigrar o muchacho sensible por ridiculizar. Era, tratando de emular la rusticidad del sujeto, como si el público prestase su propia caca para que el mono se la lanzase desde el otro lado de la jaula. O pantalla.

La segunda es que ganaron las redes sociales. No en su actual formato, impensables para el pretérito MS DOS, pero sí la misma horda que ha existido siempre. Esa que habitualmente asiste desde su poltrona con orejas a lo que sucede a su alrededor, hasta que se topa con una causa inverosímil por la que sacar las antorchas e indignarse ruidosamente. En aquella ocasión la turba se ofuscó porque los guionistas de la serie le dieron boleto a la madre de la familia, Jennie Malloy, a cuenta del progresivo desinterés del personaje más pavisoso del reparto. Un personaje que nadie se percató que estaba ahí hasta que desapareció. «Los buzones de la cadena ABC ardieron», suponemos, con misivas que aullaban justicia por que esa no era manera de hacer las cosas. En uno de los momentos más WTF de la televisión, la cadena cedió como alcalde suyo que era, y les dio una explicación tan surrealista como el corazón mismo de la serie: un ejecutivo de la cadena irrumpió en mitad del capítulo y explicó mirando a cámara que Jenny no estaba muerta, y que en ese mismo momento se reincorporaba a sus pantalla en su habitual tercer plano. La victoria tuitera fue efímera, porque a los pocos capítulos el personaje volvió a esfumarse, solo que esta vez la cadena evitó el ruido de sables colocando en su lugar una rubia explosiva con la que la hija de la familia —la curvilínea Nikki Cox— emprendería una pelea de gatas por el trono de la cachondez. Ni una queja, oiga.

Y es que Infelices para siempre fue en todo momento un canto a la esquizofrenia y al humor subversivo. Nada sofisticado, atendiendo a las chanzas zafias de un cínico Mr. Floppy obsesionado con Drew Barrymore, a la exposición reiterada de las turgencias de Cox, el ensañamiento con un tontaina como el hijo mediano; o a sus píldoras de sabiduría popular merecedoras de un baldosín de loza en cualquier servicio asqueroso de carretera (A saber: «Los enemigos del hombre son tres: suegra, cuñada y mujer»). Pero la serie encierra ese tipo de maravillas que solo se ven desde lejos, con afilados diálogos, autoparodias y mala baba en general. Durante cinco temporadas se dedicó, con precisión cáustica, a cuestionar la sa grada institución familiar y social; señalando en el proceso la incompetencia de la industria, el gobierno, la religión, la educación e incluso la televisión misma. Y eso, viniendo de quiénes se han dedicado a sacralizar todo eso parece bastante esquizofrénico, ¿no, Mr. Floppy?

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