Música

La otra cara de la divina María Callas

Maria Callas, 1963. Fotografía: Getty.
Maria Callas, 1963. Fotografía: Getty.

Cuando se piensa en María Callas, a menudo se evoca la imagen de la «diva absoluta»: temperamental, arrebatadora, rodeada de caprichos, mitos y conflictos. Sin embargo, al mirar con atención su trayectoria se descubre algo muy distinto: una mujer de disciplina férrea, dedicada al trabajo y al arte a base de estudio, rigor y sacrificio. Ella misma lo reconocía: «No basta tener voz. Sin trabajo, la voz es un mero sonido. Con disciplina se convierte en instrumento de arte».

Se apunta incluso a que su transformación física en los años cincuenta se debió a un acto de coherencia artística. Perdió alrededor de treinta kilos porque entendía que la credibilidad teatral exigía un cuerpo en sintonía con sus personajes: «Me estaba poniendo tan pesada que incluso mis vocalizaciones se volvían pesadas. Me cansaba mucho, no podía moverme libremente. Estaba cansada de interpretar, por ejemplo, a una joven hermosa y ser pesada e incómoda para moverme».

Herbert von Karajan lo resumió con precisión: «Con Callas no existía separación entre música y teatro. Todo era verdad».

María Callas no se conformaba con aprenderse su parte. En 1955, durante los ensayos de Norma en La Scala de Milán, sorprendió a los músicos porque conocía no solo su parte, sino también la de la orquesta a la perfección. Corregía detalles, pedía repetir pasajes y trabajaba hasta alcanzar la intensidad dramática adecuada. Montserrat Caballé lo recordaba así: «Callas se tomaba los ensayos muy en serio. No admitía bromas ni distracciones y eso le creó fama de dura».

En 1958, antes de cantar Traviata en Lisboa, Callas repasó cada recitativo con Franco Zeffirelli, convencida de que la ópera debía fluir como teatro hablado. El director italiano recordaría más tarde: «Ella llegaba al ensayo con el personaje construido desde dentro. Lo que hacía en escena era irrepetible». El resultado fue histórico: la emoción dramática se fundió con la perfección vocal en una Traviata tan intensa que algunos espectadores juraron haber presenciado no una representación, sino la verdadera agonía de Violetta.

Ya retirada de los escenarios, entre 1971 y 1972 impartió clases en la Juilliard School of Music de Nueva York. A los alumnos que se limitaban a cantar, les interrumpía: «No me interesa oír sonidos bonitos. Quiero saber qué siente Violetta al morir o qué piensa Tosca antes de saltar». En otra ocasión insistió: «Canten con el alma, no solo con la voz».

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