
La 43.ª edición del Festival de Otoño en Madrid confirma que la escena madrileña no ha perdido el pulso ni la curiosidad. El certamen, organizado por la Comunidad de Madrid vuelve a desplegar una programación —hasta el 30 de noviembre — que desborda etiquetas y desafía las inercias. No se trata de una programación lineal conformada por una lista de espectáculos, sino de un viaje pensado para pernoctar en los límites del teatro, la danza y la performance; un recorrido por el espacio donde lo íntimo roza lo político y lo cotidiano se disfraza de revelación.
El arranque con Coup Fatal, creación de Alain Platel junto a la Comédie de Genève y Fabrizio Cassol, marcó el tono. Platel, maestro en hacer del cuerpo una herramienta de disidencia, llevó a los Teatros del Canal un estallido afrobarroco en el que la espiritualidad se cruzó con el deseo y la política. No hubo concesiones ni ornamento gratuito: lo que se vio fue una comunión entre furia y belleza, entre rito y modernidad. Tras ese comienzo, ha llegado, entre otras, Las cosas que perdimos en el fuego, con dirección de Leonel Schmidt sobre la obra de Mariana Enríquez con una mirada a lo cotidiano desde el horror simbólico. Simultáneamente, Cachorro de León, de la compañía de Conchi León, propuso una danza íntima y salvaje sobre la identidad y la memoria en la Sala Cuarta Pared.
El recorrido continuó fuera de la capital, con Amor imposible, en San Lorenzo de El Escorial, donde la Orquesta de la Comunidad de Madrid interpretó bajo la batuta de Alondra de la Parra nuevas piezas que pusieron en tensión los límites entre teatro, performance y música. Esta hibridación de formatos que busca diluir categorías, sacar al público del asiento confortable y hacerlo partícipe de la responsabilidad de observar apunta a una concepción expandida de lo escénico.
Este jueves 13 continúa el Festival de Otoño con Los días afuera, de Lola Arias Company, en Condeduque. Una pieza que, fiel al estilo de la creadora argentina, convierte el escenario en un cruce de biografías, memoria y testimonio. Durante cuatro días —del 13 al 16 de noviembre—, Arias propone un teatro-documento donde lo personal y lo político se confunden, un retrato colectivo de quienes viven en los márgenes de la historia reciente. En paralelo, el festival multiplica su pulso en distintos espacios de Madrid.
En los Teatros del Canal y bajo la dirección de Fabio Rubiano —fundador junto a Marcela Valencia del Teatro Petra—, se representará durante dos días el clásico Labio de liebre, una obra feroz sobre el perdón y la venganza que hace hincapié en lo grotesco de la violencia. Ese mismo fin de semana se suma Life is a Dream, del Lesya Ukrainka National Academic Drama Theatre, dirigida por Ignacio García, que lleva al Teatro de La Abadía la lectura ucraniana del mito calderoniano: el sueño como resistencia, la vida como acto de insurrección poética. La suma de todas estas propuestas refuerza la idea del festival como un ecosistema en expansión. La programación invita desde su propio gesto a la reflexión: ¿qué hacemos con el pasado? ¿Cómo representamos la violencia? ¿Dónde situamos la mirada contemporánea?
El viernes 22 el Festival de Otoño vuelve a situar su centro de gravedad en los Teatros del Canal con Edipo: Nadie es ateo, del dramaturgo mexicano David Gaitán, una lectura contemporánea del mito que despoja al héroe trágico de solemnidad y lo enfrenta al absurdo moral del poder y la culpa. Mientras tanto en la Sala Negra, el creador búlgaro George Marinov junto con el colectivo Éskaton nos trasladarán a la edad media con Häxan, una pieza inspirada en el célebre film mudo de Benjamin Christensen —también conocido como La brujería a través de los tiempos y que fue estrenado en 1922—. Ambas representaciones, tan diferentes por el montaje y la interpretación, parten de mitos fundacionales de Occidente para interrogar el presente, y lo hacen desde una concepción del teatro como espacio de revelación, peligro y transformación.
La inclusión de compañías internacionales como la Cie Amala Dianor (con DUB los días 28 y 29) y de creadores emergentes expresa un cruce de generaciones, de estéticas y de urgencias artísticas. Y la ampliación del territorio escénico más allá de los grandes teatros alude a una democratización de la experiencia artística: no para espectadores de élite, sino para ciudadanos dispuestos a cuestionar. Al programar obras como De Púrpura y Melancolía u Ofrenda para el monstruo el festival parece empujar un poco más allá el espejo de la escena: la melancolía ya no es nostalgia sino estado político; el monstruo ya no es otro sino parte de nosotros.
Hacer una incursión al Festival de Otoño se convierte en una aventura por las sombras del pensamiento, una travesía donde las imágenes se vuelven materia y la realidad se deforma con la precisión de un sueño lúcido. Como en una vieja película muda que alguien ha coloreado con palabras, cada función del festival parece desarrollarse entre luces inciertas y líneas dibujadas sobre el aire. Entrar en una sala es cruzar a otra dimensión: la de los fantasmas que aún hablan por teléfono desde una esquina de la memoria, la de las ciudades que solo existen cuando alguien las imagina sobre un escenario.
Toda la información aquí: https://www.madrid.org/fo/2025/index.html









