
Filosofía del Derecho y teoría de la justicia
Las dos historias que voy a contar están separadas por apenas un trimestre, una distancia temporal tan corta que, de entrada, podría parecer irrelevante. No lo es. Conviene avisar desde el principio de que las historias, en sentido estricto, no empiezan todavía. Antes hay un rodeo deliberado, una introducción que no pretende ganar tiempo ni exhibir erudición, sino ofrecer el contexto necesario para que lo que vendrá después no se lea como una simple anécdota personal ni como otro episodio más del ruido habitual en las redes sociales.
Para situarnos: soy profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Murcia. La asignatura admite enfoques muy distintos, casi incompatibles entre sí si se los lleva al extremo. Puede abordarse desde la lógica jurídica o desde la filosofía del lenguaje, atendiendo a cómo se construyen y se interpretan las normas. O puede encararse desde la teoría de la justicia, que es el territorio que a mí me interesa transitar, un terreno menos aséptico y bastante más incómodo.
Cuando se habla de teoría de la justicia no se habla de abstracciones inofensivas. Se habla de la relación entre Derecho y justicia, de si existen principios elementales que deberían inspirar toda norma jurídica para que esta pueda cumplir con cierta decencia su función de ordenar la convivencia social. Y se habla también de lo que ocurre cuando la ley traiciona esos principios: de si la desobediencia civil está justificada, de si hay situaciones límite en las que incluso la resistencia frente a una ley profundamente injusta deja de ser un tabú moral. Ahí empieza realmente la discusión, y ahí empieza también el problema.
Los Derechos Humanos como “esfera de lo indecidible”
A mí me interesa singularmente la teoría de la justicia (hace poco escribí un artículo sobre la cuestión) por su enorme impacto práctico en la conciencia ciudadana acerca de la dignidad y los derechos que, gobierne quien gobierne, nos pertenecen por nuestro propio valor humano, y que sólo disfrutaremos si reivindicamos con uñas y dientes. Educar en derechos es vital para tener derechos, y sin duda los derechos más irrenunciables son los Derechos Humanos, en la medida que protegen los bienes jurídicos (vida, libertad, igualdad…) más valiosos e intrínsecamente ligados a nuestra propia humanidad, consagrando a cada persona como un fin en sí mismo, un sujeto sensible, moral e intelectual, que tiene derecho a desarrollar libremente su personalidad, vivir de acuerdo con su identidad y sus convicciones, y jamás ser denigrado, explotado o mediatizado por otros.
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¡ Cuánto «idiota útil» en Occidente ! Así nos va…
Jose Mateo Martinez, voy a apuntarme el nombre, me ha caido bien. No me sorprende lo q le ha pasado. He seguido bastante los discursos de Pablo Iglesias a lo largo de los años, deje de escucharle a los meses de estrenar canal red y tras la pequeña purga q se gestiono. Para considerarse un intelectual ha acabado copiando las mismas actitudes y los mismos metodos cutres q en la acera de enfrente. Con peor resultado, evidentemente.
Lo de la Natanyahu lover, pues nada, es lo suyo.
Lo del poder judicial independiente. Como euskaldun de 40 y pico tacos, me vais a permitir una media sonrisa picarona. Y al final vinieron a por mi, ¿eh?. Seguro q de Madrid hay mejores vuelos a Estrasburgo.
¿Cómo es posible, Jose, también Livingstone85? ¿Cómo es posible para, estés donde estés, siempre te la arregles para tener problemas con todo el mundo?
Pero, sobre todo, ¿cómo es posible que estés en la plataforma que estés, sea Menéame, sea la Renegados que te has montado, o las otras, siempre hagas por que, al final, todo gire sobre ti mismo?
No creo que quien te ha respondido tenga razón. Pero al final lo que haces es poner como epítome de tu tesis una anécdota personal sobre una ridícula conversación en Twitter que te hizo ratio. Yo, yo mismo y mi mismidad. Mi, me, conmigo.
Un señor explica lo de sus oposiciones a mártir.
Excelente descripción de la seudemocracia representativa al uso:
«Lo que asoma detrás de estas prácticas es una concepción de las administraciones públicas como feudos ideológicos, espacios donde el afín en pensamiento debe ser promocionado y el disidente purgado, como si el acceso y la permanencia en lo público dependieran de la obediencia doctrinal y no del cumplimiento de la ley».
Todos tenemos una opinión y derecho a expresar nuestras ideas y pensamientos con independencia de lo sensatas o disparatadas que estas sean o parezcan. El mismo derecho que asiste al profesor Mateos, asiste a los demás usuarios de redes sociales. La cuestión es si se cruza la frontera entre el mundo de las ideas y los hechos; si, en algún momento, la expresión de ese pensamiento tiene consecuencias en el mundo real.