Libros

Empezar a los 80 o el reto(rno) del Yeti

Alfredo de Federico es un narrador nato. Lo sé porque lo conozco desde hace muchos años -tantos que en aquel entonces ambos éramos jóvenes estudiantes en los inicios de nuestras respectivas carreras universitarias- y siempre lo recuerdo contando alguna historia. Historias a menudo relacionadas con la naturaleza salvaje, pues Alfredo era adicto a la montaña y a la nieve, lo que le valió, junto con su tupida pelambrera y su hirsuta barba, el sobrenombre de Yeti. Aunque también podríamos haberlo apodado Tarzán, por su constitución atlética y su facilidad para irse por las ramas: se sabía dónde comenzaban las historias de Alfredo, pero no dónde podían terminar, y ese era uno de sus encantos.

Curiosamente, al pasar de la oralidad a soportes más duraderos que el aire, al principio no lo hizo Alfredo mediante textos, como era de esperar, sino mediante imágenes. Era un excelente fotógrafo (recuerdo un precioso retrato de su hermano Rufo con el que ganó un prestigioso concurso) y un inspirado dibujante (convirtió un pequeño tanque en un “personajillo” —como lo llamaba él cariñosamente— que protagonizaba todo tipo de aventuras pacíficas en desolados escenarios bélicos), y, como no podía ser de otra manera, volcó en ambas formas de expresión su talento narrativo.

Así pues, cuando hace unos meses, y tras sesenta años sin saber nada de él, Alfredo de Federico me localizó y me mandó por correo electrónico una colección de relatos, lo único que me sorprendió —además de la súbita e inesperada reaparición del Yeti— fue que hubiera tardado tanto en salir del armario literario. Tener que leerlo casi de un tirón no fue ninguna sorpresa, pues ya conocía la habilidad con la que Alfredo captura tu atención y te envuelve en sus historias invitándote generosamente a hacerlas tuyas. Habilidad que no solo no ha menguado con el tiempo -los ancianos corremos el riesgo de convertirnos en compulsivos contadores de batallitas trasnochadas, en la línea del inefable abuelo Cebolleta-, sino que se ha pulido y acendrado hasta pasar de lo meramente narrativo, que no es poco, a lo genuinamente literario, que es mucho más.

El cuentario, recién publicado como libro de papel (Rebeldes y clandestinos y otros relatos, Editorial Mareotis, 2025), consta de siete secciones, lo que le confiere un engañoso aspecto de cajón de sastre. Porque, en todo caso, se trata de un sastre que no da puntada sin hilo, y ese hilo invisible une las historias, a pesar de su aparente diversidad, en una suerte de collar de la paloma irónico en el que el amor, en el más amplio sentido del término y en todas sus variantes (con la saludable excepción del empalagoso “amor romántico”), es el protagonista oculto (y a veces explícito).

El primer apartado, Animalicos, es —aunque no solo eso— un trasunto ibérico de las Just So Stories del mejor Kipling, donde la fantasía se une a la perspectiva científica de un doctor en geología para aventurarse en los orígenes de las relaciones de los humanos con sus amigos más allegados: perros, gatos, caballos… Es también, esta primera sección, una declaración de intenciones: nos anuncia cuál va a ser el talante -cordial e incisivo a la vez- de lo que sigue, que en ningún momento nos decepciona y en muchos nos sorprende.

Mi apartado preferido es el penúltimo, que da nombre al libro: Rebeldes y clandestinos, en el que recupero al cautivador Alfredo oral de mi juventud. Pues, como nos advierte en la introducción, son anécdotas reales —y en ocasiones personales— de la lucha antifranquista convenientemente literaturizadas, y al leerlas vuelvo a oír su voz grave de barítono y a ver su expresivo rostro de juglar festivo. Una voz -—aunque se quiebre— y un rostro -aunque se arrugue- que no envejecen, porque son atemporales. Y en estos tiempos de sobrevaloración -a la vez mitificación y mixtificación- de la juventud, no es el menor mérito del libro que sea el primero -al menos en el ámbito literario- de un autor de ochenta y cinco años. Y lo que es más importante: estoy seguro de que no será el último.

Decía Bernard Shaw que es un lamentable desperdicio que un tesoro como la juventud esté en manos de unos niños. No siempre es así: Alfredo de Federico administra una parte de ese tesoro -tal vez la mejor- con las curtidas manos de un octogenario que ha convertido los años en experiencia y la experiencia en sabiduría.

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2 Comentarios

  1. Hay veces que un artículo se queda sin comentarios, al menos durante un tiempo, y los motivos son variados. En este caso puede que el motivo sea que el lector habitual de Frabetti se imagine que se va a encontrar con una oportunidad segura de polémica, que se va a encontrar con algo con lo que no va a estar de acuerdo, o al menos no del todo, sabiendo como sabemos que Carlo es capaz de encontrarnos las cosquillas en lugares que nunca imaginamos que las teníamos. Puedo imaginarme perfectamente la perplejidad del lector que entra a saco y con el cuchillo entre los dientes y se encuentra con algo totalmente inatacable: una buena noticia. Algo ante lo que sólo cabe alegrarse, sin más. Una buena noticia multiplicada por dos: el retorno del Yeti, y el retorno de Frabetti

    • Gracias, Rafa. Los retos y los retornos son complementarios e igualmente necesarios, creo. Y las cosquillas también.

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