
Lavando en frío
George Levinson
Lonely Press, Filadelfia, 1986, 632 pag.
Novelar lo imposible, llevar con pulso firme la literatura a territorios inexplorados, es tarea que requiere ambición desmedida y que a veces se encuentra donde uno menos se lo espera. Lavando en frío es sin duda una obra que camina valerosa en esa dirección, novela coral y fragmentaria (experimental es un adjetivo que solo un crítico sin mucha experiencia se ha atrevido a usar) donde el autor, George Levinson, según ese mismo exegeta, tensa el arco como ningún narrador americano lo ha hecho desde Pynchon. Algún lector más avezado ha querido ver en ella influencias de Locos, de Felipe Alfau, pero es muy poco probable, imposible incluso, que Levinson haya leído Locos, por más que comparta con el autor de esa obra maestra una vida tan ajena a la literatura como al senderismo.
Y es que la infancia y juventud de George Levinson no parecen destinarlo a publicar un libro, ni tan siquiera a hojearlo, con hache o sin ella. Nacido en Mobile (Alabama), sexto hijo varón de un predicador evangelista, lector del Libro pero no de libros, la arraigada costumbre del progenitor de castigar a su prole con un cinturón de hebilla gruesa para tratar de forjarles el carácter, según sus propias palabras, encuentra en George a alguien del todo refractario a semejante enseñanza, al punto de enfrentarse a su padre a la tierna edad de seis años y abandonar a los doce el hogar familiar, sin una muda limpia y con la única certeza de no querer regresar más. Un día de noviembre y tras el castigo de rigor, el pequeño George sale de casa, se introduce como polizón en un camión que transporta fruta y termina llegando a Filadelfia, donde les dice, compungido, a los responsables de los servicios sociales que no tiene familia, y, tras un lento proceso, es dado en acogida a una pareja de inmigrantes polacos. A ello ayuda sobremanera el hecho sorprendente de que sus padres nunca denuncian su desaparición: quizá piensan que con cinco ya tienen suficiente; él tampoco parece que vaya a echarlos de menos.
Lavando en frío sucede íntegramente en un único ámbito espacial: la lavandería situada en el número 220 de la calle Groover de una ciudad inexistente que se parece demasiado a Filadelfia para no serlo; las lavadoras y secadoras conforman ese único paisaje, así como dos máquinas expendedoras de café y barras de cereales, mientras el paisanaje lo componen, solidarios, los usuarios del local, un colectivo variopinto con el único denominador común de la derrota. Tras largos pasajes donde se nos describe con minuciosidad morosa las vidas tristes de esos usuarios, perdedores sin suerte en una ciudad sin futuro, como los llama de nuevo el único exegeta, un periodista local que llega a entrevistar a Levinson antes de que este se esfume sin dejar rastro, la trama entra en ebullición, o, si prefieren, en centrifugado —por arrimar el ascua de las metáforas a la sardina de la lavandería industrial—, en las últimas cien páginas. En ese punto de la narración, las historias se cruzan con la propia colada en un caos aparente que es también un caos real, conformando una espiral que, en efecto, solo puede ser una metáfora del centrifugado, donde el lector termina mareado dando las mismas vueltas que el tambor (o incluso alguna más) y apenas logra salir de la confusión porque el autor no lo ha hecho. En ese momento, que Levinson define en la entrevista con acierto como el punto álgido de la novela, en el extremo opuesto de la ebullición —pues álgido viene, al cabo, del mismo frío—, por alguna conjunción astral todas y cada una de las lavadoras del local giran armoniosas al unísono, componiendo así una coreografía inesperada cuyo único denominador común es esta vez justamente lo álgido, el frío, vaya. Porque todos, al introducir la moneda en la ranura y optar por un programa, lo han hecho por un lavado en frío, ya se trate de sábanas casi blancas, de ropa de color desteñida o de zarrapastrosos paños de cocina con centenarias manchas de grasa. Y en esa espiral vertiginosa y a baja temperatura van a ir desfilando en procesión quienes han llevado ese día esa ropa para lavar, pero también el conjunto de los usuarios anteriores y posteriores de la lavandería, nombres que se suceden sin tregua, con prendas de algodón o poliéster que Levinson describe al detalle, como si fueran tan relevantes como las personas que las han llevado o las llevarán, una sinfonía o un fárrago que parece no tener fin. Si el lector consigue adentrarse, osado, en la espiral, si es capaz de seguir a Levinson en esa deriva circular y envolvente, hay un punto —que alguno sitúa, cirujano, en la página 459— donde la lectura deviene un ejercicio imposible y quien lo alcanza experimenta algo parecido a un resplandor, como una liebre frente a las luces largas de un automóvil en plena noche, de nuevo según definición del exegeta, aunque otro lector habla de un pozo negro, un vacío abisal del que resulta difícil salir.
Apenas disponemos de datos para componer una somera biografía de George Levinson, que concede esa única entrevista donde, además de revelar el episodio de la hebilla y la fuga de su infancia, ofrece rácano pocos datos sobre sí mismo. El periodista rescata en Google dos detenciones por riña tumultuaria, una etapa breve en la Navy marcada por otra fuga que en este caso recibe el nombre de deserción, y elucubra ahí, arriesgado —pues no aporta ningún dato—, que Levinson salta de trabajo en trabajo, cubriendo casi el espectro completo de los empleos menesterosos: portero de finca urbana, mozo de almacén, estibador, you name it, hasta que sufre un accidente laboral con cuya indemnización costea la edición de su único libro. Hay un George Levinson dentista exitoso en Houston, pero una foto de LinkedIn revela, ilustrativa, que no estamos hablando de la misma persona; y también una tumba en Onley, Maryland, con el mismo nombre: ahí las fechas que comprenden su vida y que figuran en la lápida ya ajada sí pueden coincidir con las de Levinson, pero nunca lo sabremos. Al ser preguntado en esa entrevista por sus influencias, Levinson confiesa, sincero, un dato que lo empareja con otro raro español afincado en Estados Unidos, Fonollosa, pues afirma que jamás ha leído libro alguno y que su única lectura, ahí consuetudinaria, ha sido y es el Inquirer, el diario local de mayor tirada, siempre en papel, nunca en pantalla. Preguntado por la tesis de la novela, por la razón última de su apuesta literaria, Levinson contesta con una sola palabra: azar. Y luego, tras un suspiro, contesta con tres: retratar el azar. Y ahí se interrumpe el diálogo, porque, al ver en el rostro obtuso del periodista el espejo roto de un alma roma, Levinson decide no continuar y abandona el diner donde la entrevista tiene lugar, entre huevos revueltos y bacon casi negro y recalentado, dejando con la palabra en la boca al periodista (junto a un muy visible resto de kétchup) y la cuenta sin pagar.










¿Este libro existe realmente o es un chiste a lo Necronomicón? No encuentro una sola referencia a él.