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Sara Varon y Pablo Berger: el alma muda de ‘Robot Dreams’

Sara Varon y Pablo Berger para Jot Down Robot Dreams

Pablo Berger (Bilbao, 1963) ha hecho del riesgo su método y de la heterodoxia su estética. Con solo cuatro largometrajes —Torremolinos 73, Blancanieves, Abracadabra y Robot Dreams— ha trazado una de las trayectorias más singulares del cine español contemporáneo, oscilando entre la comedia surrealista, el homenaje al cine mudo y la fábula melancólica. Su cine, profundamente visual, encuentra en la forma una vía para narrar emociones complejas sin necesidad de recurrir al diálogo. Fue precisamente ese compromiso con la imagen como lenguaje lo que le llevó a adaptar Robot Dreams, novela gráfica sin palabras de la ilustradora estadounidense Sara Varon, en una película de animación 2D que ha conquistado festivales de todo el mundo y enamorado a públicos de todas las edades. La historia del perro y el robot es, en sus manos, una oda a la amistad, al paso del tiempo y a la belleza de la pérdida.

Sara Varon (Illinois, 1971) nunca pensó que viviría de dibujar. De niña no leía cómics ni soñaba con ilustrar libros. Le gustaban los dibujos animados, creaba personajes por instinto y dibujaba a escondidas durante las clases. No fue hasta la veintena cuando descubrió que existía la ilustración comercial, y con ello, la posibilidad de contar historias visuales que escapaban de los códigos del cómic clásico. Robot Dreams, publicada en 2007, fue su primer gran éxito internacional, y también su obra más universal: una historia muda, protagonizada por animales y objetos, que hablaba sin ambages de la soledad, la ternura y el duelo. Su estilo, definido por la claridad del trazo, el humor seco y la calidez emocional, ha construido un imaginario reconocible y entrañable, que Berger ha sabido trasladar al cine sin traicionar su esencia.

Nos reunimos con ambos en Málaga, en el marco del Festival Comicmed que organiza la Fundación Tres Culturas, poco después de que Robot Dreams culminara su excepcional recorrido por los Goya, los Óscar y las carteleras japonesas. La conversación, distendida y en inglés, se desarrolla entre anécdotas compartidas, recuerdos personales y complicidades que evidencian la sintonía creativa entre los dos. Mientras Pablo reivindica la animación como territorio adulto y cinéfilo, Sara habla con sencillez de su proceso, de la dificultad de ceder el control y de lo que significa ver su historia reinterpretada por otros. Entre tazas de café, recuerdos de Nueva York y homenajes velados a El mago de Oz, esta entrevista explora el viaje emocional y artístico de una adaptación insólita.

¿Es tu primera vez en Málaga? ¿Qué te ha parecido?

Sara Varon: Sí, es mi primera vez en Málaga, y vengo de Chicago, así que lo primero que me impactó fue el clima. Allí estamos acostumbrados al frío, al viento, a esos inviernos interminables… y aquí me encontré con un cielo despejado, una luz maravillosa, y un ambiente muy acogedor. Hay algo en esta ciudad que invita a la conversación, a pasear sin prisa. Además, la gente ha sido muy amable y entusiasta, y eso para alguien como yo, que viene del mundo del cómic, es muy valioso. Se nota que aquí se respira cultura, que hay un amor sincero por el cine, por las artes visuales, por contar historias.

¿Cómo eras de niña? ¿Siempre supiste que querías dedicarte a los cómics o al dibujo?

S. V.: Siempre dibujaba. Desde pequeña me pasaba horas creando personajes en libretas, inventando pequeñas historias. Recuerdo que tenía un repertorio de figuras recurrentes, como si fuesen parte de un reparto estable, y los dibujaba una y otra vez. Lo curioso es que, aunque me encantaban los dibujos animados, no leía cómics. No era consciente de que eso podía ser una carrera, un trabajo real. No conocía a nadie que hiciera eso profesionalmente, así que ni se me pasaba por la cabeza. Fue mucho más tarde, ya con más de veinte años, cuando vi por primera vez a alguien dedicándose a la ilustración comercial. Entonces se me encendió una luz: era posible. Y ahí empecé a explorar realmente el camino que me ha traído hasta aquí.

Pablo, ¿cómo llega a tus manos el cómic de Robot Dreams en 2010?

Pablo Berger: Llega porque colecciono novelas gráficas sin palabras y libros ilustrados. Había leído sobre una novela gráfica que había tenido mucho éxito en Estados Unidos. Se llamaba Robot Dreams. La pido, la recibo, la devoro, me encanta. Me gusta el dibujo, me parece muy original y agridulce, y se convierte en una de mis novelas gráficas favoritas. Pero queda ahí. Hago Blancanieves, hago Abracadabra, y en esa fase entre películas, que todos los directores conocemos, en el año 2018 un día tomando un café saco la novela de nuevo, pero esta vez me afecta de una manera muy diferente. Llego al final y me rompe. Y no es una exageración: se me salen las lágrimas. En mi vida habían pasado cosas, y de repente la historia sobre la amistad, la fragilidad y cómo superamos la pérdida me toca muy profundamente. Ahí dije: aquí hay algo muy especial. Aquí tengo mi siguiente película. Algo que nunca había pensado hacer: una película de animación. Yo estaba pensando en hacer otra película de imagen real. Así que, resumiendo, la historia de Sara fue la razón de hacer esta película.

Sara, ¿cómo te contacta Pablo? ¿Qué sabías de su trabajo?

S. V.: Pablo me escribió por correo; había encontrado mi web y me dijo que le encantaba mi trabajo, que le gustaría colaborar en algo, aunque no tenía aún nada concreto en mente. Me envió su película Blancanieves antes de que nos conociéramos en persona, así que cuando quedamos en una cafetería en Nueva York, ya la había visto. Recuerdo pensar que sería solo un café, una charla agradable y que probablemente no volvería a saber de él, porque eso es lo que suele pasar: mucha gente se interesa por adaptar libros, pero al final no se concreta nada. Así que fue una sorpresa ver que realmente lo decía en serio. Me gustó cómo hablaba de sus influencias, teníamos intereses comunes, y sobre todo me entusiasmó que quisiera hacer la película en 2D, porque crecí con animación 2D y en Estados Unidos ya todo es 3D. Fue un encuentro muy natural, sin presión. Pensé que sería una conversación y ya está… pero al final fue el inicio de algo muy especial.

¿Qué sentiste al ver Blancanieves, la copia que te envió Pablo antes de tomar la decisión de ceder los derechos de adaptación?

S. V.: Fue genial. No la había visto antes porque no me interesaban los cuentos de hadas, pero la vi porque me la envió Pablo. Me impresionó. Era algo que nunca había visto antes, algo que la gente no hace normalmente. Los personajes eran diferentes. Y no había diálogo, claro. Eso fue algo muy importante para mí. No esperaba nada así, fue tan original… Sentí que estaba haciendo algo que me gustaba.

Pablo, ¿qué influencia tuvo Blancanieves en tu decisión de adaptar Robot Dreams sin diálogo

P. B.: Blancanieves fue una experiencia maravillosa, un punto de inflexión en mi carrera. Siempre me ha gustado cambiar de tercio. Después de Abracadabra, quería hacer algo sensorial. Otra película sin diálogo como Blancanieves. Que se escribiera con imágenes y música. Sin duda, el hecho de que el cómic de Sara no tuviera diálogos fue clave. La decisión de hacer Robot Dreams, cuando lo releo, tenía ese atractivo especial. Era también muy diferente a Blancanieves, claro. Esa diferencia era una parte muy atractiva.

¿Cómo trabajasteis juntos para trasladar la esencia del cómic a la animación?

P. B.: Es complicado, sobre todo para la autora del cómic. Pero desde el principio, Sara me dio carta blanca. Ella no estuvo involucrada en las decisiones creativas de la película: ni en la escritura del guion, ni en el rediseño de personajes o fondos. Pero sí participó de forma muy activa en la primera fase. Una vez compramos los derechos y ella decidió formar parte del proyecto, hicimos juntos una carpeta de concepts art con ocho imágenes que decidimos entre los dos. Nos reunimos durante un mes y, por ejemplo, hablábamos de cómo sería el apartamento de Dog. La novela gráfica tiene menos detalle, así que esto fue una evolución. Esa carpeta la presentamos a Televisión Española y al CNC francés. Fue clave para financiar la película. A partir de ahí, el guion lo escribí solo. Ella lo leyó, por supuesto, y, años más tarde, vino a visitar el estudio de animación en Madrid una vez que empezó la producción. Nuestra relación ha sido muy buena y fluida. 

S. V.: Creo que fui muy afortunada. Pablo compró los derechos, podía hacer lo que quisiera, y lo hizo con respeto. Me encantó cómo cuidaron la esencia de la historia. Yo quería que me gustara el proyecto. Estábamos en comunicación, pero no involucrada en el proceso creativo directo.

Pablo, ¿quiénes han sido tus colaboradores más cercanos en esta película?

P. B.: Aparte de mi querida e indispensable productora ejecutiva Sandra Tapia, los más cercanos han sido Yuko Harami y José Luis Ágreda. Yuko Harami lleva trabajando conmigo desde mi primera película. En diversas capacidades, como foto fija, producción y muy especialmente como editora musical. En Robot Dreams también fue la localizadora y «la prueba del algodón» para que el New York dibujado por el equipo de arte, fuese de verdad. Yuko vivió allí más de diez años. Allí nos conocimos. Yuko está conmigo desde el germen de mis películas hasta que se estrenan. No concibo hacer cine sin tenerla a mi lado en todo el proceso. Mi gran fichaje para Robot Dreams fue el director de arte, José Luis Ágreda. Ha estado desde el arranque, primero trabajando conmigo durante año y medio en el storyboard y luego en la fase de producción, durante más de dos años, responsabilizándose de los fondos, los personajes, el color… y mucho más. El director de arte en una película de animación es clave, y más cuando el autor original no está involucrado y el director no sabe dibujar. José Luis tuvo que leer el guion, conocer la novela gráfica y también mi mundo como director. Conectamos desde el principio. Supo mantener el espíritu de Sara, ese diseño orgánico, icónico, amoroso, con línea clara, entintado clásico y colores planos. Como tiene formación como arquitecto, es muy preciso. Yo le pedí que aportara dimensionalidad, que Nueva York estuviera muy presente como si fuera una película de época. A él le entusiasmó esa idea: partir del mundo de Sara y llevarlo a su terreno. Y creo que ahí ha elevado la película. También fueron de vital importancia el gran director de animación Benoît Feroumont, Alfonso de Vilallonga, el montador Fernando Franco o la diseñadora de sonido Fabiola Ordoyo.

¿Por qué Agreda?

P. B.: Desde el principio supe que Sara no iba a ser la directora de arte del largometraje. Ella es la creadora del universo gráfico, pero necesitábamos a alguien que pudiera trasladar ese mundo al lenguaje del cine de animación. Encontré a José Luis Ágreda, un artista sevillano que venía de hacer Buñuel en el laberinto de las tortugas, y supe enseguida que era la persona adecuada. Es ilustrador, dibujante de cómic y arquitecto, la combinación perfecta. Conectamos muy bien desde el primer momento. Le encantaba el trabajo de Sara, el mío y el cine. Fue una gran suerte. Él respetó totalmente el espíritu de los personajes, ese trazo limpio, esa simplicidad emocional, pero le dio una profundidad al entorno que llevó la película a otro nivel. Sara había creado una ciudad americana genérica, y José Luis, junto con Yuko, la convirtieron en un Nueva York vivo, con miles de personajes, edificios detallados, carteles, luces, capas. Fue como si tomaran el esqueleto de la historia y lo vistieran con una piel vibrante. Sin el trabajo de ambos, y de todo el maravilloso equipo de arte, Robot Dreams no sería lo que es. Destacaría también el diseñador de personajes Daniel Fernández Casas.

Sara Varon y Pablo Berger para Jot Down Robot Dreams

Sara, en tus libros sueles evitar personajes humanos y prefieres relaciones entre animales o incluso objetos. ¿Qué significa para ti esta elección y cómo encajó en este proyecto?

S. V.: Creo que elegí animales porque no se parecen a nadie en particular. No son viejos ni jóvenes, ni hombres ni mujeres. Eso los hace más fáciles de relacionar con cualquier persona. En esta película, al ser animales y además sin palabras, creo que se vuelve más realista, paradójicamente. Además, no sé dibujar personas, así que es mejor así.

P. B.: Y yo añadiría que la carrera de Sara es muy coherente en ese sentido. Siempre se ha movido en el mundo antropomórfico, y también tiene un universo precioso de objetos «vivientes»: berenjenas, cupcakes… Ese mundo es maravilloso. Me encanta el cómic Bake Sale

Sara ¿Te gustaría que Bake Sale fuese adaptado también al cine?

S. V.: Sí, eso sería increíble. Cuando yo era pequeña, solo había cómics de superhéroes y los odiaba. No me identificaba con esos estereotipos de género. Por eso me gustaba dibujar a Donald Duck y personajes animales. No empecé a hacer cómics hasta mucho más tarde, porque no veía nada con lo que pudiera identificarme. Así que tomé la decisión de hacerlos yo. Quería ser alguien con quien cualquier lector pudiera conectar, en lugar de escribir para un tipo de lector muy concreto.

Pablo, en la historia de Robot Dreams se habla de amistad, soledad y el paso del tiempo. ¿Cómo creéis que estas emociones se intensifican al pasar del papel a la pantalla?

P. B.: En el cómic todo pasa más rápido, hay muchísimas secuencias nuevas en la versión cinematográfica. En el arranque de la película, por ejemplo, era muy importante establecer que Dog era un perro solitario y que anhela tener alguien con quien compartir su vida. Cuatro viñetas se pueden convertir en cuatro minutos de película. Es otro medio, otro lenguaje que se siente y se percibe diferente. El cómic tiene una relación distinta con quien lo lee: es físico, táctil, el lector marca su ritmo, dirige su mirada. No hay experiencia sonora. El cine, aunque se parece en muchas cosas al cómic, tiene sus propios códigos. Lo que más me interesaba trasladar era el alma de la historia, aunque la película fuese muy diferente al cómic en muchos elementos. La novela gráfica me emocionó tanto que quería que esa emoción estuviera también presente en la película. Incluso amplificarla. Para mí Robot Dreams era un gran reto. Yo quería traer mi experiencia de trabajar con actores al cine de animación. Y la emoción en una película, gran parte, viene de las interpretaciones, ya sean de actores de carne y hueso o dibujados. En mi trabajo siempre he buscado la emoción. Todas mis películas anteriores me prepararon para hacer Robot Dreams. Tenía un director de animación dentro.

¿Cómo buscaste transmitir esa emoción en el lenguaje cinematográfico?

P. B.: Queríamos evitar la música manipuladora de violines, que la música entrara de manera natural, para que cuando la emoción llegase, lo hiciera con fuerza. En el tercer acto buscamos el sentimiento a través del montaje potenciado por música. Pero la búsqueda de la emoción estaba muy presente desde el guion. Que es el mapa del tesoro de una película. Me gusta que mencionaras, antes de comenzar la entrevista, a Ishiguro, uno de mis escritores favoritos, porque esa incertidumbre que hay en sus novelas, como Nunca me abandones, también está aquí. La película te deja con esa sensación de que tal vez los protagonistas se reencuentren… o no. Y no lo sabes hasta el final. 

¿Crees que el cine, como lenguaje, puede transmitir mejor esa incertidumbre emocional?

P. B.: Yo creo que sí. En el cine empleamos todas las herramientas narrativas, visuales y sonoras para conseguirlo. Intento siempre que mis películas no sean predecibles, que como espectador no sepas a dónde te llevan. Me fascina la incertidumbre. El cine tiene que caminar en la cuerda floja, estar siempre a punto del desastre. Si no hay riesgo, no hay triunfo. 

Sara Varon y Pablo Berger para Jot Down Robot Dreams

¿Leíste Klara y el Sol mientras trabajabas en Robot Dreams?

P. B.: Curiosamente, mientras estábamos en la fase de animación de Robot Dreams, leí Klara y el Sol, y sentí una conexión directa. Era como si ambas historias estuviesen conectadas. Me encantaría que quienes han visto Robot Dreams y no han leído Klara y el Sol, la lean. Y al revés: si alguien ha leído Klara y el Sol, que vea Robot Dreams. En la mayoría de las historias, el robot suele ser como HAL 2000, algo amenazante. Aquí, en cambio, hay una inocencia robótica, algo muy distinto. Esa inocencia es clave. 

S. V.: Oh, sí. Lo he leído. Es un gran libro.

Sara, un elemento diferencial de Robot Dreams es esa aceptación final. Ahora está de moda hablar de aceptación desde un punto de vista estoico, casi de autoayuda: Marco Aurelio, las Meditaciones… ¿Diríais que ese estoicismo fue algo deliberado o surgió de forma natural?

S. V.: Desde el principio supe que no iban a reencontrarse. Empecé a escribir el cómic con esa idea clara, y luego fui inventando lo que ocurría en medio, pero sin cambiar nunca el final.

¿Y la aceptación final? ¿Esa sensación de que son felices, de que hay una aceptación serena de lo que ha pasado?

S. V.: Pensé que era como la vida. Ellos querían que pasara algo, pero pasó otra cosa. Y también estuvo bien. No era un final feliz ni triste. Para algunas personas es muy triste, pero para mí no lo es del todo.

P. B.: A mí lo que me sorprendió fue la madurez del final. Sara la publicó en 2007, ella era sorprendentemente joven y era su primera novela gráfica. Es un final muy adulto. Yo, al contrario, cuando decidí hacer Robot Dreams, ya estaba rozando los sesenta, por eso me tocó.

P. B.: Para mí, el estoicismo y la aceptación no son solo temas de la historia, son la vida misma. Sobre el cine, una de las mejores definiciones que he escuchado, es que es el arte de la renuncia. La vida también lo es. Pero la renuncia no como derrota, sino como algo positivo. Si no lo entiendes así, no puedes levantarte cada mañana. Yo no me levantaría.

Pablo, ¿hay alguna historia personal, algún momento conmovedor antes de decidirte a adaptar el cómic, que te haya hecho sentir que debías contar esta historia?

P. B.: Sin duda. No entraré en detalles concretos porque no merece la pena, pero yo había vivido una ruptura, no amorosa, pero sí un desengaño con mi mejor amigo. El tema de la amistad, su fragilidad y cómo superar la pérdida me parecía un gran tema. La ruptura ocurrió justo en el mismo momento en que volví a leer el libro. Y fue la clave. Me dije: quiero contar esta historia. Fue como una forma de terapia, contarla y liberarme. La película, igual que el libro, se puede interpretar de muchas maneras: puede hablar de una amistad, de una relación de pareja, de padres e hijos… Pero el tema que más me interesaba era la amistad, el duelo, cómo superar una ruptura así. Se habla mucho de rupturas de pareja, pero no tanto de la ruptura de una amistad.

S. V.: Creo que esa es una de las diferencias más potentes con otras historias. Y lo increíble es cómo tu visión convierte un libro infantil en algo que sirve para alguien de diez años y también para alguien de cincuenta.

P. B.: Exacto. Esa convergencia fue muy poderosa para mí.

Vamos a Nueva York. ¿Cuál es la influencia de la ciudad en la historia?

S. V.: Esa fue una decisión de Pablo.

P. B.: La historia de Sara sí transcurre en una ciudad americana, pero no está especialmente detallada. Yo quería hacer mi carta de amor a Nueva York. Decidí situarla en un Nueva York muy concreto, con lugares que conocía bien porque viví allí durante diez años con Yuko Harami, que además es mi colaboradora desde hace casi treinta años y mi pareja. Queríamos contar nuestra experiencia neoyorquina, y en la película la ciudad no es solo el fondo, es un protagonista más. En la novela gráfica los protagonistas son Robot y Dog; en la película son Robot, Dog y la ciudad de Nueva York.

¿Y por qué aparecen las Torres Gemelas? Me llama la atención que aunque difuminadas están presentes.

P. B.: Las películas están para interpretarse. Las Torres Gemelas están muy presentes en el Nueva York que yo viví. Por ejemplo, hay un plano clave en la película en el que se ve a Dog abatido caminando por West Broadway y, al fondo, aparecen las Torres. Esa imágen está en mi memoria porque yo pasaba muy a menudo por allí mismo. Las Torres también funcionan como metáfora: la pérdida, la memoria, el paso del tiempo… Todo eso añade una capa poética. Sabemos, como espectadores, que las Torres ya no están. Pero su presencia simbólica tiene sentido. Siempre lo hicimos desde el respeto, y es algo consciente: aparecen en varias ocasiones de forma muy sutil pero deliberada.

Sara, después de ver la película terminada, ¿hubo algo que te sorprendiera o que te encantara especialmente?

S. V.: Trabajé durante veinte años en una escuela que estaba en la calle 23. Pasaba cada día por delante del restaurante El Quijote, así que ver ese lugar en la película fue genial. Me encantó que Nueva York estuviera tan presente, porque también significa mucho para mí. Y ese restaurante ya no existe, así que fue como recuperar algo muy querido. Me sentí muy afortunada. Me encantó ver cómo se puede trabajar en equipo, cómo la música y la colaboración transforman una simple imagen en algo más grande. Yo dibujo sola, así que ver lo que puede lograr un equipo de doscientas personas fue maravilloso.

P. B.: Muchos de los lugares que aparecen en la película tienen gran carga emocional para mí también. El restaurante El Quijote, por ejemplo, es un restaurante mítico español, donde comía a menudo. Está al lado del Chelsea Hotel. Donde vive el protagonista, Dog, es el último apartamento donde vivimos Yuko y yo en el East Village. Está en la calle 13 entre la Avenida A y la B. En la película también aparecen la mítica librería Strand, Chinatown, Central Park, o el mercadillo de Chelsea… La película está llena de recuerdos significativos tanto para Sara como para Yuko y para mí.

Sara Varon y Pablo Berger para Jot Down Robot Dreams

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Pueden los androides desear, imaginar, aspirar?

S. V.: No lo sé… nunca he pensado en los robots como algo tecnológico. Para mí, Robot no es un robot en el sentido clásico, no tiene software, ni inteligencia artificial. Es un personaje emocional, como cualquier otro. En el libro, lo importante no es si puede imaginar o desear, sino que sentimos que lo hace. Como lectora o espectadora, yo proyecto en él mis propios sentimientos. No sé si los androides sueñan con ovejas eléctricas, pero sí creo que pueden hacernos llorar, reír, identificarnos. Y eso ya es bastante increíble.

P. B.: Para mí, Robot Dreams es una fábula. El robot está hecho con muelles y tornillos, no tiene microprocesadores. Es una metáfora del amigo o la pareja ideal En 2007, cuando salió el cómic, no se hablaba de inteligencia artificial. Ahora sí, y por eso la película genera muchas preguntas que en realidad no eran parte de la intención inicial.

P. B.: Lo que sí hay es una mirada hacia los robots que está más cercana a la cultura japonesa que a la occidental. En Japón, desde Astro Boy, los robots se ven de forma positiva. Yo también tengo esa actitud luminosa. Quiero pensar en el robot de Clara y el Sol, un robot que sueña.

La escena del sueño con la flor es especialmente poética. ¿Cómo surgió?

P. B.: En la novela gráfica hay pistas, como una melodía. El robot, en el libro, se libera del hielo y llega a un lugar con flores, se tumba y silba. Yo lo tomé como base para desarrollar algo más visual y delirante. Introduje la idea del camino amarillo de El mago de Oz, que es la última película que ve Robot antes de quedarse atrapado en la playa. La ve junto a Dog en un VHS que alquilan en Kim’s Video, el extinto videoclub cinéfilo de Nueva York. Me dio pie para hacer mi propio Yellow Brick Road y rendir homenaje al cine, a los musicales de Busby Berkeley, a The Wiz de Sidney Lumet. Incluso a Buster Keaton. La escena es una acumulación de referencias cinematográficas y también una conexión con el mundo de los sueños. Para mí es un punto de inflexión emocional y narrativo.

¿Cómo habéis vivido todos los reconocimientos que ha recibido la película?

P. B.: Ha sido una montaña rusa maravillosa. Se estrenó en la sección oficial de Cannes, allí la compró la gran distribuidora americana Neon, pasó por el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy, ganó el Premio del Público en Sitges, luego los Goya, y acabamos en los Óscar. La tormenta perfecta. El sueño de todo director de cine. Pero para mí lo más importante ha sido su distribución en todo el mundo y el reconocimiento al gran trabajo de todo el equipo.

S. V.: Sí, ha sido increíble.

P. B.: La película se estrenó hace más de un año y sigue viva. En Japón se estrenó hace seis meses y ha sido un bombazo. Ha superado los doscientos millones de yenes en taquilla. Japón es el país de la animación, y que acepten una película de fuera es todo un logro.

Sara, ¿el éxito de Robot Dreams ha abierto la puerta a que se publiquen más libros tuyos en España?

S. V.: No lo sé. Robot Dreams es el único de mis libros que no tiene palabras, quizá por eso fue más universal. No tengo contrato firmado para otros libros en España.

P. B.: Yo soy un gran fan del trabajo de Sara. Creo que Astronave u otras editoriales deberían fijarse más en ella. Sus historias tienen emoción, humor y un estilo gráfico muy personal y original.

Y la última pregunta: después de haber compartido esta experiencia tan especial, ¿habéis pensado en volver a colaborar? ¿O aceptáis que fue algo único?

P. B.: Creo que ha sido como en la propia historia de Robot Dreams: durante un tiempo compartimos una intersección y ahora cada uno sigue su camino. Ha sido una experiencia maravillosa.

S. V.: Hemos coincidido muchas veces: en Toronto, en los Óscar, en varios viajes a España…

P. B.: Yo me considero el padre de Robot y Dog, y Sara es la madre. Aunque estemos separados, los queremos y los cuidamos. Quién sabe, quizá en el futuro nos volvamos a juntar. Pero de momento no hay ningún proyecto nuevo pensado.

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