Periodismo

Cuando la guerra es contenido, el periodismo marca los límites

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El presidente Donald Trump se dirige a los legisladores republicanos de la Cámara de Representantes durante su retiro anual de política, el martes 6 de enero de 2026, en Washington (AP Photo/Evan Vucci)

Hace pocas horas, Marco Rubio, secretario de Estado, felicitaba a los medios estadounidenses por mantener el secreto ante la operación militar en Venezuela. A medios de comunicación como The New York Times y The Washington Post les llegó la filtración pero decidieron no publicar nada para «proteger a las tropas en el terreno». Pero amparando el secreto militar quizás los periodistas estén amparando una operación que va más allá del derecho internacional. Es un buen momento para hacer preguntas incómodas.

Hay un punto exacto en el que la información deja de ser ruido y vuelve a ser responsabilidad. Cuando estalla una guerra, cuando el poder actúa sin matices y la propaganda y la desinformación circulan a velocidad de red social, el periodismo se enfrenta a su prueba más exigente: verificar imágenes sin un origen claro, decidir qué publicar, cuándo hacerlo y bajo qué criterios. En ese umbral —donde confluyen los límites éticos, las buenas prácticas y el criterio humano— es donde el periodismo demuestra si sigue siendo una institución democrática o solo un actor más en la economía de la atención. Lo hemos visto estos días en el ataque de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro.

Acto de guerra, acto comunicativo

En la era de Trump en la que la desconfianza hacia los medios está en límites históricos, la ofensiva militar de Estados Unidos contra Venezuela fue concebida como un acto comunicativo total con un actor principal, un influencer político de primer orden. Antes que cualquier medio, Donald Trump fijó el relato desde su propia plataforma: vídeos espectaculares, música icónica, imágenes de alto impacto y una narrativa cerrada. La guerra no como hecho a explicar, sino como content drop. En ese escenario, la pregunta clave ya no es solo qué ocurrió, sino ¿quién controla el primer significado de lo ocurrido? Trump, en cabeza:

Trump impone una lógica comunicativa clara: primero el impacto, después —si llega— la explicación. Lanza imágenes que funcionan como prueba emocional en un entorno saturado de desinformación y publica desde su propia plataforma para marcar el tempo, fijar la agenda y obligar a medios e instituciones a reaccionar dentro de su marco. La puesta en escena refuerza el mensaje —comparecencias rodeado de responsables de seguridad nacional— y actualiza su ‘America First’ al marco de la NSS 2025. El lenguaje es de victoria inmediata y épica cerrada (“misión cumplida”, “operación brillante”), sin matices legales ni contexto previo. El efecto es una cortina de humo permanente que desplaza otros frentes y satura la capacidad de análisis público. El resultado: un acto de guerra convertido en content drop donde Donald Trump controla el primer significado de los hechos.

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4 comentarios

  1. Sin duda Maduro fue un actor perverso que intervino en países de Latinoamérica tan soberanos como aquel que hoy recibió su misma medicina. Lo hizo, por ejemplo, con Chile fraguando una conspiración que hizo tambalear la estabilidad allí. No está claro aún la circunstancia de fallecimiento de Piñera, acaso también intervino mano negra del mismo. El salvajismo delincuencial en Ecuador, Chile, Perú, provino también de Venezuela con su expansor, Maduro, quien envió presidiarios escogidos a dañar esas sociedades. Sin duda la mano norteamericana esta vez ha neutralizado la degradante convivencia y, de paso, le otorgó medicina semejante a la que esparcieron sobre gente y pueblos de paz, nobles y de bien. Maduro no fue un mandatario legítimo ni inocente, sino la cúspide de un poder de facto y muy corrupto. Estados Unidos tiene todo el derecho a defender su juventud y la vida de éstos. Tampoco hay que dar tribuna a comentarios rusos en América Latina por esta causa: en Ucrania se vive mucho peor por exclusiva perversión rusa. En última instancia, el actor delatado esta vez ha resultado ser la continua degradación humana que Cuba ha ido infiltrando en la América Hispana. Cuba no actúa sola, vive el mal ejemplo soviético desde ya más de medio siglo y nunca ha despuntado por su independencia. Realmente, la actual instancia debe llevarnos a reforzar nuestra integridad personal para hacer aportes en nuestro medio que eleven a las personas por sobre los poderes establecidos, así encauzar y regular la influencia ideológica que busca arrasar la apacible y sana convivencia al interior de la sociedad de cada país y entonces, no dejarnos avasallar por el Estado, cada vez más intrusivo y debilitado por una progresiva mediocridad. Más aún, hoy en día, el periodismo es – con agravantes – el asomado menos neutral.

  2. Te ha faltado decir que Dinamarca es también un narcoestado, nido de socialistas y terroristas.

  3. Pingback: ‘Cuando la guerra es contenido, el periodismo marca los límites’, por Miquel Pellicer – Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife

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