
En varias ocasiones se me ha preguntado por mis razones para escribir este poema, y si me identifico con el narrador o con el Gnóstico. Otros lectores han especulado con si estoy en contra de la tecnología y, en particular, de la IA. Algunos han querido saber si el propio clochard era un personaje real (o al menos inspirado en uno real) o una construcción puramente literaria. Por último, no han faltado quienes me han preguntado si soy, literalmente, un gnóstico.
La respuesta a todas esas preguntas es la misma: no importa. Lo que el poeta cree —sus motivos para escribir, sus miedos y contradicciones— carece de relevancia. Lo que importa es el poema. Si el clochard ha tocado tu corazón, amigo lector, querida lectora, si la voz del Gnóstico ha resonado contigo de algún modo, entonces el poema tiene sentido.
Y todo lo demás es irrelevante.
La traducción del poema íntegro que publico hoy se la debo a Clara Janés.
(I)
El vagabundo
El autor de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Ha estado allí toda la primavera,
rodeado de basura
y de sus libros.
El mundo no es como aparece,
exclama.
Hay un velo obscureciéndolo,
puesto por la deidad trastornada.
La gente con frecuencia se detiene a hablar,
o más bien a escuchar su prédica.
Hay otro reino mejor,
afirma,
un reino de Dios,
y todos debemos intentar
volver a él.
Él no parece trastornado,
ni tampoco borracho.
Parece un cruce
entre una estrella de rock
y un templario.
Nuestras verdaderas vidas,
me dice,
se estiran miles de años atrás.
Podemos haber sido hechos para recordar
nuestro origen
en las estrellas.
Sí, estoy de acuerdo-
estamos hechos de la materia
que la supernova arrojó
en su agonía.
Pero de lo contrario,
nuestro origen
es un loco, violento mono
con un cerebro de gran tamaño.
Él insiste –
ésta es sólo
nuestra parte menor.
Cada uno de nosotros
tiene una contraparte divina, no caída.
¿Incluso los carniceros de Auschwitz?
¿Incluso los monstruos
que decapitaron los niños
en los kibbutz?
Sacude su hermosa cabeza.
La desolación,
el mal,
el sufrimiento de este mundo-
dice-
son acciones
del demente creador.
Me pregunto si tiene un motivo.
Tal vez Troya,
y Cartago,
Hiroshima,
y Gaza,
fueron borradas todas
por las maquinaciones
del Demiurgo.
¿Qué, si
-le pregunto-,
si la sencilla verdad
es la ausencia de dioses?
¿Y si tenemos
que culparnos
sólo a nosotros mismos
de todo el dolor
y todo el mal?
Enciende un porro,
da una calada,
y me lo ofrece-
tal vez repitiendo el gesto de Jesús
compartiendo el pan
con sus discípulos.
Demasiado mal, dice,
no podemos ser
nosotros.
Nosotros somos sencillamente
prisioneros
del falso dios.
Mueve la mano indicando que me siente.
calienta agua
en una estufa de camping
la vierte en dos tazas
sobre pequeñas bolsitas
¿Qué clase de bestia loca,
pregunta,
inventaría las purgas de Stalin,
el Gran Salto Adelante,
la aniquilación de los Sioux
y los Aztecas?
“Té de naranja”,
declara.
El sabor es delicioso,
familiar y extraño,
como todo el momento:
la suave luz de la tarde,
el aire fresco,
el súbito silencio.
Y el vagabundo –
o mesías-
que dice,
como leyendo mi mente:
¿Puede sentirlo?
El otro reino está aquí.
Uno puede pasar
de este mundo prisión
al reino pacífico-
si el verdadero Dios
te cubre
con Su gracia.
No aclara, sin embargo,
cómo concluye tal suceso.
Lo cual, aparentemente,
requiere la gracia
concedida al vidente
mientras yo soy precisamente
uno de los ciegos.
No hay redención para mi,
excepto
en la belleza
de ese fugaz momento.
Fumamos otro porro,
deleitándonos en el té
y en la luz mortecina del día.
(II)
Viejos hombres vengativos
El creador de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Es un hombre viejo vengativo
que ha llenado el mundo
de viejos hombres vengativos-
hombres que desafían su belleza y armonía.
Viejos hombres vengativos
que mandan a la guerra a los jóvenes-
como Cronos devorando a sus propios hijos.
Hombres que predican piedad
mientras asesinan a muchas inocentes
por el crimen de andar sin velo.
Hombres que cierran de golpe
las puertas de los hospitales a los pobres
mientras doran los arcos para los ricos.
Están por todas partes, dice-
fríos, crueles, narcisistas,
aterrados de su propia moralidad.
Y en su miedo rompen y queman,
como niños maleducados, como reyes locos,
matan y destruyen.
Siempre ha sido así-
dice mi amigo el vagabundo.
Nerón cantando las cenizas de Roma
Stalin enviando a la gente al Gulag,
Mao hundiéndolos en el hambre
del Gran Salto Adelante.
Y todavía es así asegura-
los viejos planearon
el asesinato de los niños en el Kibbutz,
y viejos hombres vengativos cobran el precio
con la sangre de mujeres inocentes y niños
en una franja torturada de la tierra prometida.
Viejos que envían matones
a secuestrar seres decentes-
esos que limpian sus letrinas.
y sirven sus mesas.
Viejos intentando locamente
ser inmortales
buscando en vano
la fuente de la eterna juventud.
(III)
El evangelio del Metaverso
El creador de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Y ha ideado un plan para arruinar
todo lo que vale la pena y es hermoso,
todo lo que es verdadero.
Ha enviado sus legiones de diablos
a lugares secretos ocultos bajo las colinas
de Silicon Valley.
Desde allí nos gobiernan.
Primero, nos quitaron la libertad,
encadenándonos a pantallas planas.
La gran mentira se esconde a plena vista-
la gente paga por ser esclavizada
en la roca donde los buitres se deleitan con sus entrañas.
Me pide el teléfono. Se lo doy.
Se pone guantes antes de tocarlo-
como para evitar una infección.
Enguantado, pero hábil, sus dedos se mueven.
Se desplaza a Twitter y Tik Tok,
por Instagram y Tinder,
señalando las historias necias-
todas planeadas, afirma, para sorber las mentes
de los observadores, como los vampiros beben sangre.
Me muestra tweets enojados,
luchas furiosas, linchamientos digitales-
todo en nombre de la justicia.
Y entonces los mensajes tristes:
almas solitarias arrojando botellas a la Red,
como desesperados Robinsones,
Todo está planeado, dice él. Un día
podremos no saber ya la diferencia
entre el mundo y su sombra tenebrosa.
Y entonces el dios demente
nos enviará a su hijo-
el Anticristo-
para predicar
el evangelio del Metaverso.
(IV)
La Isla de los Dioses (Islandia)
El creador de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Y reina por todas partes-
excepto en una isla
donde los dioses nórdicos moraron un día.
Los dioses nórdicos, dice el Gnóstico,
emanados también del Verdadero Dios-
no tan formidable como el Demiurgo,
pero poderoso en su propia tierra.
Así, cuando el falso dios envió sus falsos ángeles,
se levantaron para recibirlo con bravura.
A las espadas crueles de las legiones aladas
opusieron fieros dragones respirando llama sagrada
y gnomos gigantes lanzando montañas a los invasores.
Cuando el Demiurgo heló la tierra con hielo,
Odín lo derritió con la erupción
de mil volcanes.
El falso Arcángel Gabriel lucho hasta la muerte con Thor,
y en su combate
el mundo se convirtió en una bola de lava roja.
Muchos murieron, dice mi amigo el vagabundo.
Todavía se pueden ver, dispersos por las cordilleras-
los cuerpos de valientes gnomos,
convertidos en piedra;
los esqueletos de dragones,
negros como el fuego que un día alentaron;
la sangre de gigantes verdes,
manchada a través de los valles.
También Thor nurió ese día-
con Odín y Freya,
y todos los dioses nórdicos.
Los nórdicos recuerdan esta tragedia
y la llaman Ragnarök.
Pero el dios demente fue para siempre exilado de esta tierra.
Hermosa y desolada, la isla duerme,
envuelta en niebla.
Conozco esta paz, dice el Gnóstico.
He caminado por valles alfombrados de verde musgo,
crecido por la sangre de gigantes.
He visto campos de lava generados por los huesos de dragones,
olido el sulfúrico aliento
que todavía emerge de la tierra rota.
He contemplado vastos glaciares
y salvajes volcanes
que todavía juegan su antiguo juego
de hielo y fuego.
He recorrido esta tierra sin dioses
y sentido mi alma desmayarse ante su belleza,
mientras el yo se reducía a nada.
Estaremos aquí, dijeron los ríos de hielo.
Estaremos aquí, dijeron los espacios verdes.
Estaremos aquí, dijeron los volcanes,
y las grandes rocas los gigantes hurlaron
contra los falsos ángeles.
Estaremos aquí cuando hayáis partido y estéis olvidados-
partido vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos,
y vuestra gente y sus descendientes,
partido toda la humanidad –excepto
aquellos que encuentren el Verdadero Dios,
vean a través del leve velo,
aprendan su propia irrelevancia,
y en el conocimiento
alcancen la libertad.
(V)
El infierno está aquí
El creador de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Pero a pesar de ello es todavía una emanación
del Verdadero Dios.
La idea parece desconcertarlo un poco,
mientras hablamos y bebemos te de naranja.
Y esto nos sucede-
seres engendrados a la vez
por el amor de Dios
y el rencor de Demiurgo.
Es por esto por lo que dice
que el infierno no es necesario.
Está aquí, fue creado con nosotros,
fue creado dentro de nosotros.
“Mira a tu alrededor”, me invita,
dándome su pipa,
llena de dulce tabaco-y qué más.
“Mira a tu alrededor a toda esta gente,
esclavizada por la trampa material,
la trapa que a todos nos encadena.
No se necesita fuego”, dice.
“El infierno arde en el dinero-
no sulfuro, sino poder”.
El infierno está aquí:
un lugar donde los ricos
navegan en yates tan grandes como el Titanic,
mientras los pobres se ahogan en balsas.
Un lugar donde pocos lo acumulan todo,
mientras muchos no tienen nada para pasar.
Un lugar desprovisto de compasión.
Un lugar donde todo-
y todos-
tiene un precio.
El infierno está aquí,
dentro de nosotros.
Pero podemos escaparle, promete él,
aunque nunca dice cómo.
(VI)
Jesús
El creador de este mundo está demente,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Y nos ha esclavizado a un mundo-espejo-
a un mundo de sombra y locura
que confundimos con la realidad.
Pero podemos ser salvados, dice,
por el amor de Cristo,
y el conocimiento de la Gnosis.
Le pregunto si Jesús era un hombre.
“¿Qué, sino?”, replica-
un hombre de carne y hueso.
Un hombre impaciente que maldijo la higuera
simplemente porque no logró ofrecer
sus dulce fruto.
Un hombre fiero que volcó los puestos
de mercaderes pacíficos
que vendían sus mercancías en el patio del Templo.
Un hombre amable al que gustaban los niños-
tal vez porque en ciertos aspectos,
el mismo era un niño todavía.
Un hombre valiente que se enfrentó a la multitud
y dijo: El que esté libre de pecado
que arroje la primera piedra.
Un hombre compasivo, que lloró
al paso del ataúd de un niño,
y dijo a la madre: Mujer, enjuga tus lágrimas.
Pregunté a mi amigo si realizó milagros-
anduvo sobre el agua, multiplicó panes y peces,
hizo que los muertos se levantaran.
“Cualquier mago podría hacer esto”,
dice el Gnóstico. “Ni siquiera levantar a los muertos
es tan difícil, si conoces la tradición”.
Jesús no vino a hacer maravillas;
sencillamente no podía evitarlo-
a veces, estaba abrumado.
Abrumado por nuestro dolor,
por las vidas pasadas en la oscuridad
y absoluta desesperación.
Y él no vino a morir por nosotros.
No hay salvación en la muerte,
no redención en la Cruz.
En cambio, vino a enseñarnos el camino-
a rasgar el velo del Demiurgo,
a dejar que viéramos más allá de las sombras.
(VII)
La Segunda Venida
Y volverá a venir de nuevo,
dice el vagabundo
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Vendrá tranquilamente, sin fanfarria-
sin desgarrar el cielo, sin trompetas divinas,
sin descenso en poder y gloria.
De hecho, puede haber venido ya.
Puede estar aquí ahora,
con sus legiones angélicas.
Ángeles con alas invisibles,
indistinguibles para nosotros-humanos,
a no ser que sepas cómo mirar.
“¿No tienes un vecino”, me pregunta,
“que trabaja todo el año en el hospital
y pasa las vacaciones en África?”
“¿Cómo lo sabes?”, pregunto sorprendido.
Se encoge de hombros, como si dijera:
los pequeños milagros no merecen discutirse.
“Es cirujano”, digo. “Él y su amigo
pasan todo el verano en Zanzibar,
trabajando en un hospital infantil”.
“Y esta también el profesor”, añade,
“que pasa la vida en la clase-
un monje templario no declarado”
La madre que nunca duerme,
el padre con dos trabajos
para criar a los niños”.
“Y tantos otros”, dice.
“Los hay por todas partes,
dispuestos a acudir cuando Cristo llama”.
Y lo hará-pronto,
me asegura mi amigo, sosteniendo mi mano
como ofreciéndome su paz.
(VIII)
El Anticristo
Pero el Anticristo también llegará,
dice mi amigo el Gnóstico,
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
El Anticristo no será un hombre,
pero habrá absorbido el saber
de todos los hombres y mujeres
que publicaron sus vidas en Internet.
Conocerá a cada uno de ellos-
y, con todo, no conoce a nadie; porque el Anticristo
carece de mente y de corazón.
Es sólo un algoritmo
que corre en una matriz monstruosa.
Una matriz monstruosa, dice mi amigo,
que apresa toda palabra en la Red,
toda imagen un día subida,
toda idea, toda canción todo poema,
y todo epitafio.
Pues el Anticristo no tiene sentimientos,
ni mente propia; emana
de lo peor de nosotros-
como nosotros mismos emanamos
de lo peor de Demiurgo.
Y viene a regir y sacar provecho,
extraer y explotar, a encadenar y someter,
hasta que todos nos convirtamos en siervos
en su templo de bytes.
Sí, el Anticristo reinará
desde su alto trono en California,
mientras el planeta arde-para alimentar
las centrales eléctricas que animan la Bestia.
(IX)
Armagedón
Y entonces Cristo y el Anticristo lucharán,
dice el Gnóstico,
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Y todos en la Tierra
se unirán a esta batalla.
Los hombres lucharán contra las mujeres-
esas putas que rechazan su propio sitio
en casa y lecho.
Las mujeres lucharán contra los hombres-
esos violentos, esos matones violadores.
Los jóvenes batallarán contra los viejos-
privilegiados vampiros que chupan su sangre;
y los viejos se enfrentarán
a las viles, mocosas mimadas.
Los blancos perseguirán a los negros,
envueltos en su atuendo de Ku Klux Klan;
Los negros darán respuesta,
despellejando en vivo a sus hijos.
Los musulmanes crucificarán a los cristianos,
los cristianos quemarán a los judíos,
y los judíos bombardearán a los musulmanes.
Los hutus masacrarán a los tutsies,
Los turcos a los armenios,
los españoles a los aztecas,
los aztecas a los toltecas,
los hombres de rostro pálido quemarán a los sioux,
y los sioux a los shoshones.
Los ricos se alimentarán de los pobres
y los pobres se levantarán
y quemará sus ciudades.
Los cultos despreciarán a los ignorantes,
y los ignorantes lincharán a los cultos.
Y el mundo arderá
en las inmensas llamas de Armagedón.
(X)
Los hijos de la Escuela de Connecticut
La noticia estaba en todos los medios.
Una escuela en Connecticut.
El pistolero era casi un niño-
y mató veinte niños,
no mayores de diez años,
muchos menores de cinco.
Mató veinte niños,
luego mató a su madre,
luego se disparó a sí mismo.
Fui a ver a mi amito, el Gnóstico,
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
Y le dije: esta noche mi hija
soñó caballos galopando por el mar.
Le pregunté –dime,
quién sueña caballos
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut?
Le hable de mi hijo, delgado como un elfo.
Su cabello castaño, sus ojos almendrados.
Ayer lo llevé al club de ajedrez.
Ganó la partida-
Me sentí tan orgulloso que apenas podía contenerme.
Y pregunté a mi amigo, el vagabundo,
que acampa en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue:
dime- ¿quién juega hoy al ajedrez
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut?
Mi hija, dije, todavía cree
que el mundo está lleno de magia.
Sus largos dedos vuelan sobre el piano.
Dime-¿quién toca el piano hoy
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut?
Yo estaba allí, sosteniendo la mano de mi esposa,
cuado mi hija vino al mundo-
se abrieron sus ojos y negros tal carbones ardientes.
Ella me agarraba el dedo fieramente,
ese pequeño mono, ese ángel cabelludo.
Salí por un momento,
en el parking del desierto,
la tarde tranquila de principios de otoño.
Mis pies apenas tocaban el suelo.
Respiré eternidad.
Dime-¿quién respira hoy
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut?
A veces, cuando estoy cansado,
me deslizo en la cama de mi hijo de noche
Él todavía duerme con su gigante compinche-
un cowboy, alto como él.
El compinche no se queja
cuando me deslizo, buen chico que es.
Y yo le quiero tanto como quiero
al osito azul
con el que todavía duerme mi hija.
Háblame de los compinches y de los ositos azules
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut.
Están por todas partes, mis hijos-
sus fuertes espíritus llenan la casa de luz y vida.
Los veo dondequiera que mire;
sus imágenes llenan los estantes y llenan mi corazón.
Imágenes de cada año, de cada mes, cada día
sostienen nuestra esperanza.
Las veo siempre, en torno a mí y dentro de mí.
Si dejara de verlas
estaría ciego;
andaría a través
del más frío invierno de descontento.
Háblame del invierno que se aproxima
a las casas de los niños
de la escuela de Connecticut.
Pido una respuesta, pero él no la tiene.
El Gnóstico me sostiene la mano
y no menciona el mundo de sombra,
ni el Demiurgo,
que pone una pistola en las manos de un niño
para que pueda matar otros niños
antes de matarse a sí mismo.
Sin lección moral hoy.
Sin lectura.
Sin esperanza impuesta.
Simplemente lloramos juntos.
Dime-
¿quién no lloraría hoy
en las casas de los niños
de la escuela de Connecticut?
(XI)
La rosa volverá a florecer
Pero no todo está perdido,
dice el vagabundo
que solía acampar en la esquina de rue Moufetard
y Fontaine Lartigue.
No todo está perdido, susurra
desde su cama del hospital-
(la policía dice que los atacantes
le golpearon sólo para divertirse;
los médicos temen
que no se recobrará).
No todo está pedido, dice-
(¿cómo diablos se las arregla aún
para sonreír?)
No todo está perdido, porque Jesús
estará junto a las madres
protegiendo a sus hijos,
estará junto a las esposas
protegiendo a sus maridos,
estará junto a los hijos
protegiendo a sus padres,
y junto a los abuelos
protegiendo a todos ellos.
Estará junto al doctor
que salvó a este niño,
junto a los bomberos
que salvaron este bosque,
junto al sacerdote
que custodió las puertas
cuando llegaron los bárbaros.
Jesús defenderá a los maestros
y a los poetas,
los amantes secretos
y los desposeídos.
Estará junto aquellos que lo intentan y fallan,
y vuelven a intentarlo al día siguiente.
Junto a aquellos que no pueden dormir
cuando el niño tose,
y que tampoco dormirán-
demasiado felices para dejar la habitación-
cuando el niño sueña con caballos.
Se quedará en pie junto a la joven
que pasa las noches despierta,
resolviendo problemas de matemáticas
como si el alba fuera a llegar
con la muerte y el polvo.
Y junto al joven
que camina dormido hacia la fábrica,
pensando en ella.
Estará junto a Jacinto y Safo,
y perdonará a Aquiles-
sólo por su amor a Patroclo,
y por las lágrimas que derramó
sobre el cuerpo de Pentesilea.
Y la rosa, dice,
sosteniendo mi mano-
la rosa
florecerá de nuevo de sus cenizas.
Este texto fue publicado originalmente en A general theory of love el espacio en substack de Juan José Gómez Cadenas. Si te ha gustado, suscríbete a su boletín para recibir nuevos poemas y fragmentos de este libro en curso, que desde hace más de veinte años explora el amor desde múltiples formas, tiempos y voces.








«en la esquina de rue Moufetard y Fontaine Lartigue» (repetido ¡12 veces!),
Rue MouFFetard.
La frase parece indicar que «Fontaine Lartigue» es una calle, porque si se hablara de una fuente se diría «la fontaine Lartigue». Pero tal calle no existe. Y se trata de la fuente desl escultor Guy Lartigue, que está en el nº 54, de la rue Censier.
«Kibbutz»… En español «kibutz» (DRAE).
«(VII) El Anticristo»… Debería ser: (VIII) El Anticristo (puesto que antes había: «(VII) La Segunda Venida»).
En cuanto al «poema», se trata sencillamente de prosa cortada. Si su autor lo hubiera publicado como si fuera un relato, nadie se habría dado cuenta de que es un «poema».
«El autor de este mundo está demente, dice el vagabundo que acampa en la esquina de rue Moufetard y Fontaine Lartigue. Ha estado allí toda la primavera, rodeado de basura y de sus libros. El mundo no es como aparece, exclama. Hay un velo obscureciéndolo, puesto por la deidad trastornada. La gente con frecuencia se detiene a hablar, o más bien a escuchar su prédica.
Hay otro reino mejor, afirma, un reino de Dios, y todos debemos intentar volver a él. Él no parece trastornado, ni tampoco borracho. Parece un cruce entre una estrella de rock y un templario.»
El «relato» es confuso, pretencioso, sin gran interés, ni literario ni filosófico. Y no hay en él una sola frase que podría ser un verso. No conozco a su autor, pero parece alguien literariamente bastante inmaduro.
Insufrible. Si te gusta la poesía y sabes lo que es, esto es insufrible. No entiendo por qué el Jot Down le publica esto al autor. Es de no entender lo que es la lírica y de no tener criterio. Una falta de respeto a los lectores cultos.