Cine y TV

La inteligencia táctica de la Fórmula 1 y un merecido Oscar al mejor sonido

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F1: La película, 2025

He disfrutado mucho viendo F1, la producción es magnífica y realmente uno revive la época en que Fernando Alonso y Lewis Hamilton se dedicaban a hacerse la vida imposible dentro del mismo equipo, que fue quizá el último momento en que la Fórmula 1 me interesó. Poco después de ese año dejé de seguir el campeonato con la pasión que lo hacía.  F1, la película, me lo ha recordado todo con una eficacia que ningún documental ha conseguido, y eso que Netflix lleva años intentándolo con Drive to Survive, que es básicamente un reality show con ruedas.

La película la dirige Joseph Kosinski, que ya nos demostró con Top Gun: Maverick que sabe exactamente lo que hacer cuando se trata de poner a un hombre maduro y algo oxidado dentro de una máquina muy rápida y rodearle de gente más joven que le mira con una mezcla de admiración, desdén e impaciencia. La fórmula —nunca mejor dicho— funciona. Brad Pitt interpreta a Sonny Hayes, un expiloto que tras un accidente grave en sus años mozos ha pasado las décadas siguientes deambulando por categorías menores con la dignidad maltrecha de quien sabe que estuvo cerca de algo grande. Un viejo amigo con una escudería en horas bajas le llama para que vuelva. Sonny acepta. El espectador también.

Lo que viene después es lo de siempre y también algo más que lo de siempre. Hay un piloto joven al que hay que tutelar —Joshua Pearce, interpretado por Damson Idris, que hace bien su trabajo de ser joven, rápido e impaciente—, una ingeniera con criterio propio, y una cantidad de ruido, vibración y gasolina quemada que justifica por sí sola el precio de la entrada. Pero donde la película se pone interesante, y donde Kosinski demuestra que ha hecho los deberes, es en la manera en que Sonny Hayes gana carreras. No a base de talento puro —eso lo tienen los jóvenes— sino a base de algo que la Fórmula 1 real rara vez reconoce abiertamente: la inteligencia táctica de quien lleva décadas estudiando el juego desde dentro.

Sonny no es más rápido que nadie. Sonny es más listo, o más exactamente, más dispuesto a ir hasta donde los demás no van. En Hungría, por ejemplo, provoca deliberadamente un incidente para forzar la salida del safety car en el momento preciso, compactar el pelotón y darle a su compañero la oportunidad de cazar a los de delante. Es una maniobra que la película no juzga ni aplaude: simplemente muestra, con la neutralidad de quien sabe que eso también es parte del deporte y que tiene un precedente real bastante conocido, el llamado Crashgate de Singapur 2008, que los aficionados de la época recordarán con la mezcla de escándalo y fascinación que merecía. En Monza, con tormenta, Sonny toma la decisión contraria a la de todos: se queda con neumáticos lisos cuando el resto monta lluvia, apostando por la velocidad pura en los tramos secos, aunque el riesgo de aquaplaning sea evidente y real. No siempre sale bien. Cuando sale bien, es memorable.

Hay también una negociación con la ingeniera para rediseñar partes del monoplaza, sacrificando estabilidad en recta a cambio de seguimiento en curva, que es el tipo de decisión que en la vida real tarda meses en implementarse y en la película se resuelve en una conversación nocturna en el garaje con la iluminación adecuada para la revelación. Se le perdona porque el resultado en pista está razonablemente bien explicado. Y luego está lo más difícil de todo, que es el sacrificio propio: hay carreras en las que Sonny no corre para ganar sino para tapar rivales, abrir huecos, crear situaciones que beneficien a Pearce. Eso, en una película de deportes americana, es casi revolucionario. El héroe que se inmola tácticamente para que gane otro no suele aparecer en los carteles.

Todo eso suena como debería sonar, que es mucho más difícil de lo que parece y mucho más raro de lo que uno esperaría en una industria que lleva décadas confundiendo el volumen con la verosimilitud. Porque F1 ganó el Oscar a Mejor Sonido, y no es un premio que haya que despachar en un párrafo. Es, de hecho, el premio más honesto que podría haber ganado esta película: el rugido de los motores V10 que ya no existen, el chirrido del carbono contra el asfalto, el silbido aerodinámico a doscientos cincuenta por hora. Todo eso suena como debería sonar.

El truco de la producción, y es un truco tan descarado que merece admiración, fue rodar dentro de los grandes premios reales de 2023 y 2024. Hamilton —productor ejecutivo, además de campeón del mundo en excedencia— abrió las puertas del paddock con una llave maestra que ningún estudio habría conseguido por su cuenta. El resultado es que Alonso, Verstappen, Sainz, Leclerc y el resto aparecen en la pantalla haciendo de sí mismos con esa naturalidad forzada que tienen los deportistas cuando les piden que actúen, y que aquí funciona porque tampoco se les pide gran cosa: aparecer, mirar al horizonte, subirse al podio. El equipo ficticio de Sonny Hayes, el APXGP, se mezcla con la parrilla real con una fluidez que, vista en sala grande, resulta francamente convincente.

¿Es una gran película? Es una película muy buena dentro de un género que casi no existe, que es el de las películas de coches que no son de acción sino de deporte. No hay persecuciones por aparcamientos, no hay villanos con acento eslavo, no hay explosiones gratuitas. Hay estrategia de neumáticos, hay lluvia en Monza, hay un piloto que se sacrifica para que gane su compañero y que en otra película sería el héroe sin paliativos y aquí es simplemente alguien haciendo su trabajo con inteligencia. Eso, en Hollywood, es casi subversivo.

ElOÓscar al Mejor Sonido llegó en una ceremonia en la que la película también estuvo nominada a Mejor Película, Mejor Montaje y Mejores Efectos Visuales. No ganó en esas categorías, lo cual es razonable. Pero el sonido es suyo con toda la justicia, y uno sale del cine con la sensación de haber oído algo que ya no existe —esos motores, esa F1 de verdad— y que la película ha conservado con el cuidado de quien sabe que está documentando algo irrecuperable. Como aquel 2007, que también fue irrecuperable, y que tampoco supimos apreciar del todo mientras ocurría.

 

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