Editorial

Aena, el día del libro y la antropología del pasillo obligatorio

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Imagen promocional de La terminal. 2004

Como los lectores de Jot Down saben, estamos emocionados por haber entrado como periodistas en el sector de los aeropuertos —y por extensión en el mundo de las empresas participadas por el Estado— gracias a la irrupción del Premio Aena en el panorama cultural español. Es un honor que una compañía tan comprometida con las letras nos haya dado pie a nosotros, humildes plumillas culturales, para acompañarla en su refinada apuesta por la cultura. Me dispongo, pues, a examinar con el rigor que se nos supone y la guasa que se nos tolera la brillante gestión de Maurici Lucena al frente de la empresa aeroportuaria patria. En particular, su contribución menos publicitada al enriquecimiento intelectual del viajero español, que es la consolidación del forced walk, ese pasillo obligatorio a través de la tienda duty free del que no hay modo de librarse si uno quiere llegar a su puerta de embarque. Maurici Lucena, conviene recordarlo, es un hombre culto. Uno imagina al presidente de la mayor gestora de aeropuertos del mundo repasando Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt mientras, por pura coincidencia histórica, sus equipos de diseño calibran hasta el milímetro la trayectoria por la que más de trescientos millones de pasajeros anuales deberán desfilar entre frascos de Hugo Boss y cartones de Marlboro.

La tesis, por si el lector tiene prisa

La hipótesis de la que parto no tiene demasiada complejidad y no es otra que los beneficios de nuestra compañía aeroportuaria favorita son el producto de dos fenómenos que no requieren a un gestor intrépido a los mandos. El primero es el turismo masivo que ha convertido a España en el segundo país más visitado de la Tierra. El segundo es la arquitectura de recorrido obligatorio conocida en el mundo anglosajón como forced walk, un invento nórdico al que debemos esa lenta procesión de cuerpos cautivos entre tabaco, alcohol y colonias, donde cada metro recorrido es un deleite para los espíritus ilustrados. Ambos son fenómenos estructurales, ajenos al talento gerencial. Sustituyan al presidente por cualquier lector medio de Jot Down, con su biblioteca y su suscripción a The New Yorker, y los beneficios seguirían siendo récord. No estoy siendo exagerado. Estoy describiendo las leyes elementales del monopolio en un país donde el sol y los chiringuitos son los activos más valiosos.

La topología del cautiverio

Reconozcámoslo, el viajero contemporáneo es, sin duda, la figura más dócil que ha producido el capitalismo tardío. Y esto es así por una cuestión de diseño, no por un asunto de temperamento. Como la mayoría de nuestros lectores sabrán, en la hora que transcurre entre el control de seguridad y el embarque, el pasajero discurre por un territorio en el que las reglas del comercio ordinario no rigen y en el que las reglas del espacio cívico han quedado suspendidas. A nadie se le multa por no comprar, pero tampoco puede irse. A nadie se le obliga a entrar en la tienda, pero la tienda es el único camino. Ha pagado su billete y sus tasas aeroportuarias, y sin embargo se encuentra en la misma posición que un NPC en el GTA condenado a recorrer un bucle de estímulos sin posibilidad real de desviarse. Los estudios del sector, que son bastante abundantes, hablan de este intervalo como golden hour. Dorada para quién, convendría precisar. Desde luego, no para el viajero, que va nervioso, medio descalzo y con el cinturón en la mano. Dorada para el gestor aeroportuario y su concesionaria, que saben que en ese lapso el cerebro humano se encuentra en su estado más vulnerable.

La descompresión posterior al control libera una pequeña dosis de dopamina que busca traducirse en recompensa inmediata. La ambigüedad temporal que vivimos en el aeropuerto, ese «todavía no he llegado, pero ya he salido», suspende las reglas del gasto doméstico. La fatiga acumulada por las decisiones del control —qué saco, dónde lo meto, me quito los zapatos o no— ha erosionado el autocontrol hasta dejarlo a la altura de un cani ante una máquina de punch ball. En ese estado, una botella de ratafia catalana a precio de un González Byass Matusalem parece, por primera vez en la vida, una oferta razonable. La palabra clave que usan los empresarios es captive audience. Público cautivo. La expresión ha sido importada del vocabulario del marketing, pero tiene resonancias carcelarias que no debemos dejar pasar. El cautivo es, por definición, aquel que no puede marcharse. Por ello, el ciudadano que atraviesa la T4 no es un cliente, no es un usuario, no es siquiera un peatón. Es un rehén amable al que se le pide que aproveche su encierro para comprar un Toblerone familiar que no quiere.

El empujoncito

En ciencias sociales hay un concepto, acuñado por Cass Sunstein y Richard Thaler, que se ha hecho célebre bajo el nombre de nudge. El empujoncito. La idea, que en el fondo es antigua pero que estos economistas conductuales envasaron con etiqueta académica, sostiene que las decisiones humanas dependen mucho más del contexto en el que se toman que de la deliberación racional del sujeto. Si en la cafetería del colegio se colocan las frutas a la altura del ojo infantil y los pasteles al fondo, los niños comen más fruta. Como los lectores avezados podrán intuir, basta con ordenar el espacio para ordenar también la conducta. No hay prohibiciones, solo diseño. El forced walk es la versión aeroportuaria de ese mismo principio. Nadie le prohíbe a usted no comprar. Nadie le castiga si pasa de largo. Nadie le señala con el dedo si llega a su puerta sin haber adquirido su ensaimada. Pero todo el entorno está calibrado para que comprar sea el camino de menor resistencia, y no comprar requiera un pequeño acto de rebeldía consciente que la mayoría, después del arco, no tiene ya fuerzas para ejecutar.

El fenómeno tiene, desde luego, una considerable bibliografía académica detrás. Shoshana Zuboff lo ha bautizado con cierta elegancia como «arquitectura de la conducta». Foucault, con su intuición panóptica, lo había descrito ya en los setenta bajo el rótulo más escolástico de poder disciplinario, esa red de dispositivos menudos que modulan al sujeto sin necesidad de dirigirle la palabra. El mérito específico de Aena, si hay que concedérselo, es haber llegado a la síntesis sin haber leído a ninguno de los dos. La genialidad del modelo, admítaseme el entusiasmo, es que reemplaza la prohibición por la disposición. Donde antes había una ley, ahora hay un pasillo. Donde antes había un guardia, ahora hay un escaparate. Donde antes había que argumentar, ahora basta con curvar la pared hacia la derecha primero y a la izquierda depués. El coste reputacional es infinitesimal. Es difícil organizar una manifestación contra una estatería.

El espacio público que ya no es público

El aeropuerto español es un espacio a medio camino entre el servicio público y el centro comercial. Aena es una sociedad mercantil estatal, y esa categoría jurídica híbrida, inventada en el tránsito entre los años noventa y los dos mil, contiene un pequeño truco semántico que rara vez se denuncia. Permite a la empresa comportarse como pública cuando le conviene —para justificar su monopolio, para vetar la construcción de aeropuertos competidores, para recibir el respaldo del Estado si vienen mal dadas— y como privada cuando también le conviene —para rendir dividendos a fondos de las «Islas Cocodrile», para diseñar sus terminales con lógica retail, para licitar concesiones multimillonarias—. Lo mejor de los dos mundos. Un regalo institucional que pocos sectores empresariales en España disfrutan con semejante descaro. La consecuencia es que el ciudadano ha perdido, sin que nadie se lo advirtiera, un fragmento considerable de su espacio público.

Al atravesar el arco de seguridad, uno abandona la ciudadanía y entra en una condición jurídica menor que podría llamarse «cliente obligatorio». Los derechos de circulación que rigen en la calle quedan suspendidos. Uno no puede ir al avión por el camino más corto. Debe ir por el camino que alguien, en un despacho de arquitectura contratado por Aena, ha decidido que es el más rentable. Esta erosión del espacio público no es exclusiva del aeropuerto. Forma parte de un proceso más amplio que Marc Augé, en los años noventa, diagnosticó con la categoría del «no lugar». Augé estudió con precisión ese espacio anodino, intercambiable, sin identidad, que producía el capitalismo de flujo. Lo interesante es que su análisis se ha quedado corto. El aeropuerto de 2026 ya no es un «no lugar». Es un lugar muy concreto, dotado de una identidad fortísima y de un proyecto perfectamente definido, que consiste en convertir al viajero en consumidor durante setenta y cinco minutos. Ha dejado de ser un espacio sin atributos para convertirse en un espacio con un único atributo: el comercial. Lo cual es, en términos filosóficos, todavía peor.

La sociología de la vergüenza complaciente

Queda una pregunta que este artículo, si aspira a la honestidad mínima, no puede eludir. ¿Por qué aceptamos esto? ¿Por qué el ciudadano español, que por lo demás no tiene dificultad en llenar las calles cuando se le pide defender la Seguridad Social o bajar el precio del alquiler, atraviesa cada año decenas de millones de veces el forced walk sin rechistar? La respuesta, me temo, es sociológicamente fascinante y moralmente desoladora. En primer lugar, porque el diseño está calibrado para que la protesta sea operativamente imposible en el momento en que tendría sentido. Uno no puede sentarse en el suelo de la tienda y exigir un corredor alternativo. Tiene un avión que coger. El tiempo es finito. La queja solo puede producirse después, cuando ya es inocua. Este es, como los politólogos saben bien, el principio del poder posmoderno. No busca silenciar la crítica. Busca desplazarla en el tiempo hasta el instante en el que ya no cambia nada.

En segundo lugar, porque el forced walk se nos presenta envuelto en el lenguaje cálido de la «experiencia de pasajero». La trampa verbal es sofisticada. Nadie diseñaría un pasillo obligatorio si se llamara «pasillo obligatorio». Lo que se diseña, oficialmente, es una «experiencia comercial integrada en el flujo del pasajero». El eufemismo no es un adorno sino una operación de reconfiguración cognitiva. El sujeto, al llamarlo experiencia, se siente partícipe y no víctima. Al llamarlo flujo, deja de sentirse empujado. El idioma del marketing ha cumplido aquí su tarea más fina, que es convertir la sumisión en elección informada. En tercer lugar, y esta es la explicación más descorazonadora, porque una parte considerable de los viajeros disfruta del invento. Hay gente, mucha, que al salir del control se alegra de encontrar la tienda, que compra como ritual de partida, que asocia el primer frasco de colonia con el inicio de las vacaciones, que ha incorporado el duty free a la gramática emocional del viaje. El capitalismo de masas no se sostiene sobre la imposición, que es cara y conflictiva, sino sobre la complicidad del consumidor, que resulta muchísimo más barata. Una parte de nosotros quiere ser conducida por el pasillo. Lo sabe Aena, lo sabe la concesionaria y lo sabe Lucena —porque lo ha leído—.

La paradoja cultural, o el libro que nunca aparece

Llegamos por fin al punto que me proponía desde el principio y que le da sentido al título. Resulta que, como decíamos, el presidente de Aena es un lector apasionado y que la empresa que preside ha querido entrar en el mundo de la cultura con un Premio de Narrativa dotado como pocos en el mundo. Lucena se fotografía con Rosa Montero en bibliotecas antiguas. Desde la compañía se habla, con genuino entusiasmo, de la promoción de la lectura como misión corporativa. Todo ello es, entiéndaseme, admirable. Y, sin embargo. Sin embargo, uno entra en la T4 de Barajas, o en la T1 de Barcelona-El Prat, o en cualquiera de las terminales de la red, y lo que encuentra a derecha e izquierda de la gymkana comercial es tabaco y botellas de alcohol, bien para el consumo gaznatil o bien acompañando de esencias aromáticas.

Aena, bajo la docta y culta presidencia de Maurici Lucena, ha decidido que el ciudadano español que atraviesa sus terminales sea expuesto, de manera obligatoria y por decisión explícita de diseño, a productos que el Estado considera suficientemente problemáticos como para gravarlos con impuestos especiales como el alcohol y el tabaco. Que sea expuesto a libros, en cambio, parece que no es algo que interese mucho, vayaustedasaberporqué. La promoción de la lectura, en este esquema, es el premio literario. La promoción del alcohol y el tabaco, en cambio, es la naturaleza comercial del aeropuerto junto con los bocadillos a precio de caviar. Una dicotomía que, si uno la examina con cierto pensamiento crítico, resulta algo ingrata con la figura del mecenas ilustrado. No hay aquí contradicción consciente. Lo que hay es una disonancia cognitiva perfectamente instalada en la élite gestora española, una forma de pensar que permite compatibilizar citar a John Rawls con la curva calibrada hacia la derecha en la terminal, el discurso sobre la cultura con la ingeniería del impulso, el reconocimiento del escritor con el acorralamiento del lector. Los símbolos los pone el presidente. Los números los pone el pasillo. Y los pasillos, iletrados, son los que ganan.

Coda, con agradecimiento sincero

Cuando uno termina de pensar este asunto, en este día previo al libro y la rosa, la conclusión es menos indignada de lo que a priori sentía al comenzar el texto. Es, sobre todo, ligeramente melancólica. El forced walk no es un error, tampoco es un abuso ni una anomalía corregible con una circular del Ministerio. Es el síntoma depurado de un modo de entender el espacio público que ha renunciado, sin grandes debates, a su propia definición. Una sociedad que acepta ser conducida entre tabaco y alcohol por pasillos comerciales a medio camino entre el recorrido del Ikea y la entrada a un estadio de fútbol para embarcar en aviones tiene pocos argumentos sólidos para oponerse después a cualquier otra forma, más discreta o más brutal, de arquitectura del comportamiento. El pasillo no es el problema. El pasillo es la señal.

Feliz Sant Jordi Sant Duty Free.

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4 comentarios

  1. Acertadísimo análisis. Las primeras veces que me encontré, hace ya años, con pasillos forzados de este tipo, sobre todo en aeropuertos que conocía de antes de su «cuidada reforma», me indignaba casi casi hasta el punto de «sentarme hasta que me muestren un recorrido alternativo». De hecho, como anécdota, en el aeropuerto de Bérgamo había una puerta que se abría en un solo sentido para permitir salir rápidamente a los pasajeros que desembarcaban de sus aviones a través del finger, desembocando en la terminal y mezclándose con los pasajeros en salida. De esa manera, ellos podían ir rápidamente a la salida, pero los que todavía tenían que coger el vuelo tenían que recorrerse el laberinto comercial. Bueno, como había bastante flujo de personas, bastaba ir hacia dicha puerta y esperar a que se abriera para pasar. No estaba explícitamente prohibido (probablemente no PODÍA estarlo) y nadie nunca me llamó la atención. Antes de instalar dicha puerta el camino existía y no había impedimentos en usarlo – pero la única manera de pasar era a través de una tienda de papelería. Decidiendo que mi civismo podía suspenderse un poquito en una situación de captura forzada como aquélla, me dedicaba a pasar alegre y sin frenarme entre las estanterías de baratijas diseñadas para ofuscar la vista de quienes no conocieran la existencia del atajo, y si algo se caía mala suerte. En los últimos tiempos antes de que instalaran la puerta, noté que coincidía con otros aventureros del recorrido expedito como yo – me gusta pensar que contribuí a viralizar el recoveco.

    En cualquier caso, aunque cada vez es más difícil encontrar atajos así, si no tengo mucha prisa y me fuerzan a pasar por el duty free, suelo ejecutar mi pequeño acto de protesta (que por otra parte es bastante común): perfumarme prolijamente para hacer el viaje más agradable a mis compañeros de avión. Sería interesante ver si les sale a cuenta si los cientos de miles de personas semanales que pasan por el pasillito a la fuerza se quitaran la vergüenza e hicieran lo mismo. Quiero decir: de nuevo, si a través de un secuestro implícito me fuerzan a pasar por sitios que no frecuentaría, alargando significativa e innecesariamente mi recorrido para maximizar su beneficio, entiendo que mi civismo también se puede reducir en la misma proporción que su provecho aumenta, gracias a nuestra molestia. Lo siento mucho por los empleados, a todas luces explotados, quemados y probablemente infrapagados, pero nunca tendremos al arquitecto o gestor disponible para ponerle pingando.

  2. Clonazepando

    Antes de que os digan que estáis cansinos con el tema, aprovecho para decir que sigáis igual. Ea.

  3. Escozor máximo, again… Muajajaja. Por otro lado, en los aeropuertos me parece igual, o incluso más accesible, comprar un libro que un botella de vino. Es mi experiencia (discreta) como ser que ha pululado ocasionalmente por algunos aeropuertos.

  4. Ex trabajador

    Hay más de un motivo para despotricar contra la Gran AENA, hija del Ejército (Aviación) franquista, luego OAAN, etc.Pero en este caso, a Don Ángel se le ve el plumero (no la aureola). El «escozor» es mal consejero para todo. Y AENA le sienta al autor de la diatriba como los polvos pica pica de los Hombres G.
    En tiempos del régimen militar en la empresa o ente ocurrían cosas alucinantes: abusos de todo tipo y robos. Fui testigo de esas confidencias de los antiguos trabajadores en los 25 años que estuve en tres aeropuertos. Cuando pasó a ente público siguió la corruptela y me temo que seguirá igual.
    En fin, lo del consumo cautivo es lo de menos. Lo que se debería haber exigido hace tiempo es una auditoría en forma

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