Ciencias

De la paradoja de Hawking al principio holográfico de Maldacena (o por qué los peces no pueden saber si viven dentro de la pecera o en su cristal)

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Una pecera esférica

Imagina una pecera esférica, de esas que nos regalaban cuando queríamos un acuario. Dentro hay agua, peces e incluso alguna planta. Un pequeño mundo tridimensional en el que observamos el movimiento suave y predecible de los peces. Si nos fijamos en la superficie de cristal que contiene este microecosistema, podemos ver que la luz dibuja patrones cambiantes que reflejan lo que ocurre dentro. Hasta aquí todo parece normal.

Ahora imagina que esos patrones del cristal no son un reflejo sino una descripción exacta de todo lo que sucede dentro de la pecera. No una aproximación. No una foto. Una equivalencia matemática perfecta, bit a bit, átomo a átomo. Cualquier cosa que ocurra en el agua ocurre también, simultáneamente, en la superficie bidimensional del vidrio. En este supuesto los peces no tienen manera de saber en cuál de las dos descripciones viven. Nadie la tiene.  Las dos son igual de reales.

Esta imagen no es una metáfora decorativa ni un juego de salón filosófico. Es, con las matemáticas puestas sobre la mesa y verificadas durante casi treinta años, una de las ideas más estimulantes de la física teórica contemporánea. Se llama principio holográfico. Le dio su formulación matemática exacta un argentino de 29 años en una tarde de diciembre de 1997, mientras el resto de la humanidad comprábamos regalos de Navidad. Pero para entender cómo se llegó hasta ahí hay que empezar por una pregunta que parece ingenua y no lo es. Qué ocurre con la información cuando desaparece.

Agujeros negros

En 1974, Stephen Hawking demostró que los agujeros negros, esos monstruos cósmicos de los que se suponía que ni la luz podía escapar, emiten radiación. Describió que lo hacen con exasperante lentitud, a escalas de tiempo que harían parecer breve la edad del universo, pero lo hacen. Y al emitirla pierden masa. Y al perder masa, eventualmente, se evaporan. Un agujero negro no es eterno. Es un moribundo muy paciente. El problema, el verdadero problema, es que esa radiación es térmica. Aleatoria. Sin estructura. Como el calor que desprende una hoguera, energía sin memoria. Y aquí empieza una aparente contradicción que mantuvo a la física teórica sin dormir durante cincuenta años.

La mecánica cuántica tiene una regla que no admite discusión. La información no se destruye. Nunca. Si conoces el estado completo de un sistema físico en un momento dado, puedes calcular su estado en cualquier momento pasado o futuro. El universo es reversible, meticuloso, contable. Nada se borra de verdad. Quemar una enciclopedia en el hogar de una casa parece un acto de destrucción, pero los gases y fotones que salen por la chimenea llevan, escrito en sus estados cuánticos microscópicos, cada palabra del texto original. Recuperar el libro a partir del humo sería una empresa técnicamente imposible, pero la información está ahí, esparcida, indestructible.

Los agujeros negros parecían romper esa regla. Todo lo que caía dentro, libros, estrellas, sondas espaciales, configuraciones cuánticas de una complejidad inabarcable, quedaba reducido desde fuera a tres números. Tres. Masa total, carga eléctrica y momento angular. El teorema que describe esta amalgama informativa se llama, con humor angloamericano, teorema de no hair. Un agujero negro no tiene más señas particulares que esas tres. Lo demás desaparece. Por lo tanto, si con el tiempo se evapora emitiendo radiación indistinguible del ruido, dónde ha ido a parar todo lo demás. La respuesta vino de donde nadie la buscaba. No del interior del agujero negro, sino de su superficie.

Entropía

Hay quien dice que la entropía es ignorancia cuantificada. Es probablemente la mejor definición que se le puede dar en una frase. Mide el número de maneras distintas en que un sistema puede estar organizado por dentro produciendo el mismo aspecto por fuera. Un cristal perfecto a cero absoluto tiene entropía cero, una sola configuración posible, cada átomo clavado en su sitio. Un gas caliente tiene una entropía colosal, sus moléculas pueden estar distribuidas de millones de maneras distintas y seguirá siendo, para el observador exterior, exactamente el mismo gas a la misma temperatura. Cuanto más ignoras sobre el interior, más entropía tiene.

Un cotidiano huevo lo ilustra sin necesidad de entrar en un laboratorio. Un huevo entero admite una sola configuración razonable, yema en el centro, clara alrededor, cáscara sellándolo todo. Un huevo roto admite millones. Trozos de cáscara en cualquier dirección, yema desplazada hacia cualquier lado, clara derramada formando geometrías irrepetibles. Por eso los huevos se rompen solos y no se recomponen solos. No es magia, es estadística. Hay muchísimos más destinos compatibles con un huevo roto que con un huevo entero, y cualquier evolución aleatoria tiende hacia donde hay más sitio. De esta constatación elemental sale la segunda ley de la termodinámica, esa que dice que la entropía de un sistema aislado nunca disminuye —las cosas no se organizan solas—. El tiempo tiene una flecha, y apunta hacia donde hay más configuraciones posibles. Hacia el huevo roto, hacia el café frío, hacia el castillo de arena disuelto por la marea.

Pero la entropía es también, en un sentido muy preciso, información oculta. Todo lo que no sabes sobre la configuración interna de un sistema, la posición exacta de cada molécula, la velocidad de cada átomo, es información que el sistema tiene y tú no. Esa información invisible tiene un tamaño, un número, una medida. Se llama entropía. Esta idea, aparentemente inofensiva, es lo que nos lleva al siguiente peldaño conceptual. Cuando un estudiante de posgrado llamado Jacob Bekenstein se atrevió a proponer que los agujeros negros también tienen entropía, estaba diciendo, sin decirlo del todo, que también ocultan información. Y la pregunta de cuánta información ocultan, y dónde diablos la ocultan, iba a cambiar para siempre la forma en que la física entiende el espacio.

Un bit del tamaño de una área de Planck

A principios de los años setenta, Jacob Bekenstein era un estudiante de posgrado con una idea que su propio director de tesis, John Wheeler, uno de los físicos más respetados del siglo XX, recibió con escepticismo cortés. Bekenstein propuso que los agujeros negros tienen entropía. Y que esa entropía es proporcional al área de su horizonte de sucesos, la frontera invisible más allá de la cual nada regresa. La propuesta tenía dos cosas extrañas, de las que ponen nerviosos a los físicos serios. La primera: en cualquier sistema ordinario, la entropía crece con el volumen. Un litro de gas tiene más entropía que medio litro. Parece evidente. Pero un agujero negro del doble de radio tiene cuatro veces el área y cuatro veces la entropía. No ocho. Cuatro. El agujero negro se comporta como si fuera un objeto bidimensional disfrazado de objeto tridimensional. La segunda: atribuirle entropía implica atribuirle temperatura, y atribuirle temperatura implica que emite radiación. Cosa que, en 1972, era rigurosamente imposible.

Dos años después, Hawking demostró que Bekenstein tenía razón en absolutamente todo. La fórmula resultante, S = \frac{k_B \, c^3 \, A}{4 \, G \, \hbar} , es un poema conformado por las cuatro grandes constantes de la física. La de Boltzmann, de la termodinámica. La velocidad de la luz, de la relatividad. La de gravitación, de la gravedad. La de Planck, de la mecánica cuántica. Cuatro teorías que llevaban décadas ignorándose educadamente, obligadas a convivir en una ecuación escrita sobre la superficie de un agujero negro. El dato cuantitativo impresiona. Cada bit de información ocupa un área del orden del área de Planck en el horizonte, A_P = \ell_P^2 = \frac{\hbar G}{c^3} \approx 2{,}612 \times 10^{-70} \, \text{m}^2. El horizonte de sucesos es, literalmente, un disco duro. Todo lo que cae dentro queda inscrito en su superficie, no como una grabación estática sino como una descripción dinámica que se actualiza, bit a bit, con cada nuevo objeto que cruza la frontera.

Y entonces, en 1993, Gerard ‘t Hooft, futuro Nobel, físico holandés con fama de decir siempre lo que piensa, dio el paso que lo cambió todo. Si los agujeros negros codifican su contenido en la superficie, se preguntó en voz alta, no será que eso no es una rareza de los agujeros negros sino una propiedad general de la naturaleza. No será que cualquier región del espacio almacena toda su información en su frontera bidimensional. Leonard Susskind desarrolló la idea y le puso nombre. Principio holográfico. El universo tridimensional que habitamos podría ser la proyección exacta de una realidad bidimensional más fundamental. No como metáfora. Como equivalencia matemática. Faltaba solo alguien que lo demostrara. Y ese alguien estaba a punto de defender su tesis doctoral en Princeton.

La correspondencia AdS/CFT

Juan Maldacena se había formado en el Instituto Balseiro, en Bariloche, al pie de los Andes patagónicos. El Balseiro es una de esas instituciones pequeñas y extraordinarias que aparecen de cuando en cuando en la historia de la ciencia, con un sistema de admisión brutalmente selectivo, becas completas, vida casi monástica en el campus y una tradición de producir físicos de primer nivel con una regularidad que desconcierta. Maldacena era callado, metódico, de los que no se conforman con resolver un problema si no entienden también por qué funciona la solución. Se doctoró en Princeton en 1996. Tenía 28 años.

En diciembre de 1997, siendo profesor en Harvard desde hacía apenas unos meses, colgó en un servidor de preprints un artículo denso, técnico y en apariencia esotérico. En pocas semanas, toda la comunidad de física teórica había entendido que algo acababa de ocurrir. El artículo proponía lo siguiente. Imagina un objeto cualquiera, una estrella, una onda gravitatoria, un agujero negro, y rodéalo con una superficie imaginaria muy lejana. Hay dos formas completamente distintas de describir lo que ocurre dentro. Una, la tradicional, con gravedad, espacio curvo y cuerdas vibrando. Otra, con una teoría de partículas ordinaria, sin gravedad, que vive en esa superficie lejana. Las dos descripciones son exactamente equivalentes. Dicen lo mismo en idiomas distintos. No es una analogía. No es una aproximación. Es una dualidad perfecta.

La correspondencia AdS/CFT, como se la conoce en la jerga, tiene una consecuencia que todavía resulta difícil de digerir. La gravedad no existe en la descripción de la frontera. En la frontera solo hay partículas cuánticas charlando entre sí, sin espacio curvo, sin agujeros negros, sin nada que se parezca a la gravedad. Y sin embargo, esa descripción sin gravedad es exactamente equivalente a otra que sí tiene gravedad. Qué significa eso. Significa que la gravedad no es fundamental. Que es un fenómeno emergente, colectivo, como la temperatura emerge de un montón de moléculas que individualmente no tienen temperatura. El espacio curvo en el que viven los planetas y las galaxias emerge de correlaciones cuánticas entre partículas que ni siquiera saben que existe el espacio.

El artículo de Maldacena tiene hoy más de veinticinco mil citas. Es el más citado de la historia de la física de alta energía. Para calibrar la cifra, quinientas citas convierten a un artículo en muy influyente, mil lo vuelven un clásico, cinco mil lo hacen histórico. Maldacena está en una categoría sin competencia. Desde 2001 es profesor en el Institute for Advanced Study de Princeton, el mismo despacho, casi, donde Einstein pasó los últimos veinte años de su vida. No tiene el Nobel. El Nobel exige verificación experimental directa, y AdS/CFT todavía no la tiene en el sentido estricto que pide el comité sueco. Dentro de la comunidad científica, sin embargo, su estatus es el de alguien que cambió la manera en que la física entiende qué significa la palabra realidad.

La correspondencia funciona como un diccionario entre dos idiomas que describen el mismo mundo. Un problema imposible en uno se vuelve manejable en el otro. El plasma de quarks y gluones que existió microsegundos después del Big Bang, demasiado denso y demasiado caótico para calcularlo con las herramientas habituales, se convierte al cruzar el diccionario en un agujero negro en cinco dimensiones. Y calcular propiedades de un agujero negro, sorprendentemente, resulta más sencillo que calcular las del plasma. El resultado, traducido de vuelta, coincide con las mediciones de los aceleradores. Los superconductores de alta temperatura, cuyo funcionamiento exacto resistía décadas de intentos teóricos, empiezan a ceder cuando se los traduce al idioma gravitacional. Una dimensión inventada para un universo que no es el nuestro acaba explicando experimentos que sí son el nuestro.

El propio Maldacena ha comparado su situación con la de Einstein un siglo antes. Einstein vio que la teoría de Newton y la relatividad eran inconsistentes, y tardó alrededor de diez años en encontrar una solución, la relatividad general, sin apenas experimentos que lo guiaran. Los físicos teóricos que trabajan hoy en gravedad cuántica están intentando algo parecido. Llevan más de veinte años. Tampoco tienen experimentos directos que los orienten. Solo tienen la esperanza, razonable pero frágil, de que cuando encuentren la solución completa esa solución resulte ser, también, la descripción correcta de la naturaleza. Nadie garantiza que lo sea. Pero la historia da motivos para no descartarlo.

Los peces no pueden saberlo. Nosotros tampoco

Los peces de la pecera siguen nadando. No saben, no pueden saber, si su realidad ocurre dentro del agua o en el cristal. Desde dentro, todo parece impecablemente consistente. Hay profundidad, hay distancia, hay gravedad, hay tiempo, hay corrientes, hay días buenos y días malos. Desde fuera, toda esa riqueza tridimensional está igualmente contenida en la superficie bidimensional, codificada en patrones que cambian en tiempo real y que son matemáticamente idénticos a lo que ocurre dentro.

La física, con su habitual tacto, no dice que una descripción sea más real que la otra. Dice que son equivalentes. No hay original y copia, no hay dentro verdadero y superficie derivada, no hay causa y efecto. El principio holográfico no habla de apariencias sino de la estructura profunda de la información en el universo. De que la realidad tridimensional que habitamos podría tener una descripción igualmente completa, igualmente legítima, igualmente verdadera, en dos dimensiones. Y de que ninguna de las dos agota lo que significa existir.

El principio holográfico es, en ese sentido, profundamente anti-platónico. Niega que haya un nivel privilegiado de realidad. Dice que la distinción entre proyección y original, entre sombra y objeto, entre apariencia y esencia, no tiene sentido físico. Las dos descripciones son igual de reales, o igual de ilusorias, según se mire. No hay una caverna y un exterior. Hay dos idiomas traduciéndose mutuamente sin que ninguno sea la lengua materna. Los peces no pueden saberlo. Nosotros tampoco. Y en esa ignorancia compartida, que es también una forma inesperada de asombro, vive una de las ideas más extrañas y más rigurosas que la física ha producido jamás.

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