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Cuando don Pedro González de Mendoza, el gran cardenal de España, decidió erigir un colegio mayor en la ciudad de Valladolid a finales del siglo XV, pocos podían imaginar que, en pleno siglo XXI, el edificio —su Colegio Mayor de Santa Cruz, uno de los primeros edificios civiles renacentistas de España— albergaría una de las colecciones de arte africano subsahariano más reconocidas a nivel mundial.
Le sorprendería saber que, en el nuevo milenio, este bellísimo edificio se ha convertido en la sede del rectorado de la Universidad de Valladolid o que la pareja formada por don Alberto Jiménez-Arellano Guajardo y doña Ana Alonso Cuadrado sería también mecenas del arte, acumulando unos fondos artísticos donados a dicha universidad donde el arte contemporáneo, moderno, oriental o decorativo —entre otros— estarían presentes.
El museo se creó en el año 2004 como una fundación sin ánimo de lucro, bajo las premisas de difundir, investigar y conservar la cultura en general y el arte africano en particular, promoviendo valores de tolerancia y respeto hacia la cultura negra a partir de sus obras artísticas.
Desde entonces, la institución ha ido adaptándose a las necesidades que cada época ha planteado, tanto desde un punto de vista museológico, histórico-artístico o de inclusión social, incorporando la tecnología como un ámbito imprescindible para entender la innovación museística.
Las colecciones del museo se dividen en cuatro espacios expositivos diferenciados, centrados en dar a conocer el arte africano subsahariano. Visitaremos primero el Salón de Rectores y sus monedas tradicionales africanas, con una colección que pone de relieve la importancia que este tipo de piezas ha tenido a lo largo de la historia de los pueblos del África subsahariana. Utilizadas como objetos-mercancía para pagos habituales, intercambios, donativos u ofrendas, con el tiempo se transformaron en unidades monetarias. Estas primitivas formas de dinero se denominan paleo-monedas y varían de una comunidad a otra en función de su propia cultura, valores y creencias.
La colección de monedas resulta especialmente interesante por su variedad cultural, pues reúne ejemplos de algunos de los pueblos más relevantes en esta temática, como los boloko, topoke, efik, chamba o fante, situados en su mayoría en la zona central del continente.
La colección también puede dividirse atendiendo a la distinción entre el dinero no metálico —que abarca desde productos agrícolas o manufacturas, como los tejidos, los minerales, los cauríes, la sal, el ganado e incluso los esclavos— y el dinero metálico en todas sus formas, como lingotes sencillos, barras y varillas, armas, utensilios agrícolas u ornamentos como las joyas o los instrumentos musicales.
El itinerario continúa por la Sala de Renacimiento, donde se expone la colección de escultura en terracota tradicional africana. Esta sala es interesantísima no solo por su contenido, sino también por el propio contenedor, ya que conserva los artesonados renacentistas originales del edificio, fechables a principios del siglo XVI y que mantienen de manera intacta su policromía.
La recopilación de esculturas, una de las más importantes que existen en el mundo, destaca tanto por el número como por la calidad y la relevancia de las culturas representadas. Las figuras expuestas han sido modeladas en barro y proceden principalmente de las cuencas de los ríos Níger y Congo, donde las etnias más significativas vivieron y trabajaron desde el siglo V a. C. hasta la actualidad. Hablamos de más de dos mil quinientos años de historia africana concentrada en las paredes de esta estancia, ofreciendo una visión global del proceso social, cultural y ritual del continente, con civilizaciones que incluso han desaparecido, pero cuya huella se percibe todavía en las creaciones en terracota más recientes, como es el caso de la cultura nok.
Entre otros ejemplos relevantes de culturas que pueden contemplarse destacan los sokoto, katsina, ife, edo, djenné, bura, komaland, dori, jukun, ewe, mambila, mangbetu o bakongo. Tampoco podemos dejar de mencionar la exhibición del conjunto compuesto por seis jinetes, también de terracota, pertenecientes a las culturas bankoni, guimbala o dakakari, que resulta excepcional por su rareza y por el elevado número de componentes en comparación con otras colecciones.
La siguiente estancia se denomina Sala de San Ambrosio, un anexo del Palacio de Santa Cruz, donde se asienta el reino de Oku, situado al noroeste de la República de Camerún, en la región de Grassland. En esta localización, el rey o fon es la máxima autoridad política, judicial y religiosa de la zona; por ello, en la exposición pueden contemplarse algunas de sus regalías u objetos rituales, símbolos de poder que solo él puede disponer, como camas de jefatura, tronos, antepasados, trajes o incluso el pórtico real de su palacio.
Dentro de la sala queremos destacar el conjunto formado por el grupo de máscaras pertenecientes a las distintas sociedades secretas del reino, cuyas actividades deben permanecer en el más estricto secreto. Estas máscaras poseen una intensa carga mágica que las convierte en elementos autónomos e impredecibles.
La exposición se completa con instrumentos musicales y con utensilios vinculados a la medicina tradicional que, al igual que los objetos citados, se exhiben por primera vez fuera del reino de Oku.
La última sala expositiva es la Galería de San Ambrosio, donde se muestra una interesante colección de objetos etnográficos africanos utilizados de manera cotidiana y que reflejan la vida tradicional del continente. La colección es muy variada en materiales, culturas y cronologías: se presentan muñecas de fertilidad, instrumentos musicales, fetiches, armas o máscaras pectorales, entre otros. Entre las culturas más destacadas figuran los igbo, bambara, masái o fante.
Queremos señalar que la localización de la mayor parte de las culturas mencionadas aparece en el mapa que se adjunta, generado mediante inteligencia artificial. Observaremos que, en su gran mayoría, se concentran en la parte central del continente, lo que ayuda a comprender el interés del matrimonio Arellano Alonso por el arte de esta zona geográfica y sirve de apoyo para desarrollar el estudio y la relevancia de la colección.
Por ello, la visita que se propone aspira a convertirse en una experiencia capaz de satisfacer las expectativas del espectador, tanto del experto como del visitante amateur. Se busca así una experiencia única, pero repetible, ya sea de manera física u online, haciendo hincapié en que los recursos tecnológicos han estado presentes desde los orígenes de la institución: tour virtual, audioguías, digitalización de los fondos en 3D, creación de un pódcast, redes sociales, códigos bidimensionales y tridimensionales o la propia página web. Lo tangible y lo intangible se unen para intentar ofrecer una experiencia de trescientos sesenta grados.
En la actualidad, el acceso a los museos ha cambiado: la visita ya no es un visionado inflexible y cerrado de vitrinas. El visitante desea participar activamente en la institución, busca puntos de encuentro, genera redes y personaliza su recorrido. Por este motivo, el museo ha apostado por dos vertientes diferenciadas pero complementarias: por un lado, los recursos tecnológicos que acompañan a la visita física o tangible y, por otro, los que sustentan la experiencia digital o intangible.

Respecto a la visita física o tangible, hablamos de la experiencia habitual del museo, un elemento irrepetible que se apoya en hojas de sala, cartelería o señalética y que, sumado a las visitas guiadas o a actividades diversas —como narraciones africanas, conciertos o charlas—, tiene como propósito ofrecer al visitante una visión distinta de África.
En cuanto a la visita intangible o vinculada al mundo virtual, comenzaremos por la página web, que constituye la vía de entrada al resto de las plataformas digitales. Es un elemento fundamental para dar a conocer no solo las colecciones, sino también toda la programación que desarrolla la institución, así como las demás herramientas digitales que se mencionarán más adelante.
Gracias a las audioguías, el público obtiene información sobre los contenidos del museo mientras recorre sus salas a su propio ritmo, lo que permite una visita más inmersiva, enriquecedora e inclusiva. Todo ello se realiza desde los dispositivos móviles personales mediante la descarga de un simple código QR o Bidi. La utilización de estos códigos, ya sean bidimensionales o tridimensionales, facilita la comprensión del recorrido de una forma individualizada. En la actualidad, el museo se encuentra en proceso de incorporar códigos Navilens, con la finalidad de que las personas con diversidad funcional dispongan de distintos formatos de acceso a la información, como la lectura fácil, los pictogramas o la lengua de signos.
Con las redes sociales —destinadas a ofrecer contenidos menos herméticos y más dinámicos—, así como con la biblioteca —cuyos más de siete mil ejemplares están siendo digitalizados y subidos a la página web—, el mundo digital se completa con el pódcast África Inspira, disponible en las plataformas Ivoox y Spotify for Podcasters. Este recurso se ha convertido en un elemento imprescindible para la difusión del museo, con el objetivo de dar a conocer sus fondos y promover el conocimiento sobre el arte africano a través de las ondas. De la mano de la emisora Onda Verde Radio Comunitaria y de Movimiento contra la Intolerancia de Valladolid, el programa desarrolla secciones de música, narraciones, curiosidades, tendencias artísticas, culturas africanas y entrevistas.
No queremos dejar de señalar la incursión del museo en la plataforma Red de Museos y Estrategias Digitales (REMED), surgida en la Universitat Politècnica de València con la intención de analizar los procesos que están experimentando los museos mediante el uso de tecnologías digitales.
Entre las plataformas más recientes se encuentra el tour virtual realizado por ACCEDIPPAT del LAB/PAT (Laboratorio de Paisaje Arquitectónico, Patrimonial y Cultural de la Universidad de Valladolid). Se trata de una experiencia digital inmersiva que ofrece un recorrido de trescientos sesenta grados por el museo, en el que se ha incluido como requisito indispensable la lectura fácil, validada en castellano por ALFCYL (Asociación de Lectura Fácil de Castilla y León). El resultado es una recreación de los espacios físicos con visualizaciones detalladas y navegables que permiten a los usuarios mirar en todas direcciones e interactuar con los espacios y las obras.
Respecto a la digitalización puramente en 3D, se han realizado dos intervenciones al respecto. La primera se ha llevado a cabo mediante la plataforma Google Arts & Culture (anteriormente Google Art Project), un sitio web y una aplicación del Instituto Cultural de Google que presenta una recopilación de imágenes en alta resolución de obras expuestas a modo de Google Street View. La aplicación permite a los usuarios encontrar obras por cultura y cronología de la institución, con imágenes en alta resolución e información detallada sobre cada pieza. En la actualidad, se incluyen un total de cuarenta y cuatro obras del museo procedentes de cada una de las salas de exposición mencionadas.
Por último, destacaremos a Global Digital Heritage, una organización privada sin ánimo de lucro dedicada a documentar, monitorizar y preservar el patrimonio cultural y natural global ante los constantes ataques que sufre este patrimonio a causa de conflictos, desastres naturales y cambios ambientales. Su procedimiento se basa en el escaneado en 3D, generando resultados de gran interés para conocer e investigar cada obra a través de sus mínimos detalles.
El proceso de trabajo consistió en la virtualización en 3D y en la aplicación de informática geoespacial para obtener datos digitales que permitan a cualquier persona disfrutar de estas piezas. Debido a la fragilidad de las obras, se empleó maquinaria de última generación basada en fotografía y fotogrametría, así como distintos tipos de escáneres. En la actualidad, el total del proceso de escaneado en 3D alcanza los ciento ocho modelos de tamaño mediano o pequeño.
Después del recorrido digital que hemos realizado a lo largo de este artículo, podemos concluir que el Museo de Arte Africano Arellano Alonso de la Universidad de Valladolid aspira a una experiencia digital coherente y completa, en la que pueda darse el valor merecido al continente africano a partir de unas obras de arte que conectan con la naturaleza, los rituales, la vida y la muerte, y que incorporan valores de tolerancia, inclusión y sostenibilidad. Todo ello apoyado en el mundo tecnológico y digital para construir una visita plena.









