
Gracias a las redes sociales, parece que todos estuvimos en uno de los conciertos del LUX Tour. Pero la realidad es que, en España, solo tuvimos ese privilegio menos de ciento cincuenta mil personas. Descontando a todos los guiris y agentes gentrificadores que pueblan nuestras capitales, probablemente lleguen, de milagro, a las cien mil. Solo un 0.2 % de la población nacional. Y, sinceramente, debería haber sido obligatorio pasar por semejante trance, igual que lo es acudir al registro civil. Yo tuve la suerte de ir. No fui uno de esos privilegiados que consiguió entradas nada más abrir la venta preferente: no tengo cuenta en casa de Ana Botín. Tampoco lo conseguí en la venta general, a pesar de estar como un loco pendiente de tres dispositivos electrónicos a la vez y varias conversaciones de WhatsApp. Creo que no hacía algo así desde que, siendo un adolescente, me levanté a las cinco de la mañana para ir al Teatro Real el día de la salida a la venta de las entradas del primer recital de la mezzosoprano Cecilia Bartoli al que asistí, la otra gran diva a la que no me puedo resistir. La desesperación, sin embargo, hizo que, con las entradas agotadas y la necesidad de escribir esta crónica, desembolsara una cantidad ingente de dinero que me da vergüenza reproducir para poder asistir a uno de los conciertos del LUX Tour. Todo estaba agotado en los canales oficiales. Miré fechas en ciudades cercanas, pero no me podía escapar. Así que sacrifiqué el viaje de Semana Santa que igualmente no iba a tener e hice clic en comprar. Estaba hecho. Iba a ir al concierto de LUX. Semanas después, un amigo vendía una entrada y pude recuperar parte de mi dinero, creyendo estar menos tarada de lo que en realidad estoy.
El concierto de LUX es una de esas experiencias estéticas en las que, por un momento, te encanta pensar que el arte no es político, aunque siempre lo sea, y donde recuerdas la increíble capacidad que hemos desarrollado los seres humanos para intentar explicar de un modo irracional el milagro que supone estar vivo. Las imágenes de aquel espectáculo están en la retina de todos, pero las casi dos horas de experiencia, no. Por eso quiero traer aquí el relato de ese concierto. Porque todos deberíamos haber ido. Porque en realidad todos fuimos. Espero que las palabras puedan evocar lo vivido aquella noche en Madrid.
Tras un comienzo de año repleto de trabajo y frío, las primeras semanas de marzo traen consigo una brisa cada vez más cálida que hace que los guantes y la bufanda ya no sean necesarios. Sigues llevando abrigo, pero casi siempre desabrochado y, dependiendo del tiempo que vayas a pasar fuera de casa, te animas a coger alguna cazadora de entretiempo. Oficialmente llega la primavera y, gracias a Dios, llega la Semana Santa, que en 2026 encabalga marzo y abril, esos dos meses que son pura promesa de un verano que siempre llega. Ya has visto en Instagram imágenes de los conciertos de Rosalía en Francia: la bailarina, el confesionario, el botafumeiro, la orquesta, el aquelarre, la Venus. La hiperconectividad que todo lo atraviesa te ha hecho un spoiler mayúsculo. Piensas que, tal vez, hubiera sido buena idea irte a Lyon para haber podido sorprenderte. A Lyon sí, a Milán no. Por lo que sea. La sorpresa, sin embargo, está sobrevalorada —o eso piensas— y, a pesar de saberlo todo, incluso evitando reels y stories mientras hacías scroll, te vas a emocionar igual. O eso crees. En realidad, no te cabe la menor duda.
Rosalía está en España, ya recuperada. Se da su paseíto por la Casa de Campo y se prepara para un nuevo show. Algunos de tus amigos van a la primera fecha en Madrid. Las redes y las noticias hacen de los conciertos de Rosalía el evento principal de la Semana Santa. Tal vez, muy a su pesar —o no—, le quita protagonismo a los main characters de la pasión oficial. Cuando ves en tu feed que esta penca y aquel maricón han estado en el primer concierto del 30 de marzo, te das cuenta de que en un par de días tú también estarás ahí. Recibes muchos emoticonos de corazoncitos vendados, corazoncitos rotos, corazoncitos en llamas. Y también selfies de gente emocionada. Qué bonito. La Rosi descansa una jornada y al día siguiente te toca a ti.
El día pasa sin pena ni gloria: es un miércoles de Semana Santa en el que hay que trabajar, pero a medio gas. Hace un tiempo espectacular. Te levantas sin despertador, desayunas unos huevos revueltos con una tostada y algunas fresas que ya empiezan a estar de temporada, lees un poco de Instrucción de novicias de Las Hijas de Felipe y te pones a responder correos y planificar la vuelta de las vacaciones. Da gusto trabajar así, sin el Teams sonando cada dos por tres y un goteo constante de correos insufribles que impide que te concentres. Pasan las horas y comes un plato de pasta. Sigues trabajando y recibes un mensaje de WhatsApp: «Rosaliers de hoy. ¿A qué hora quedamos para el preconcierto?». Es uno de tus amigos y acordáis veros en el bar de enfrente sobre las 18:30. Tú te lías y, entre que te duchas y tal, acabas saliendo a las 19:00. Estás nervioso. Son esos nervios de emoción, de ilusión, que muchas veces se nos olvida que podemos sentir porque hoy en día la rutina todo lo aplasta y ensombrece. Pero no es un día cualquiera. Estás nervioso y emocionado porque vas a ver algo muy bello que llevas tiempo esperando: no hay por qué ocultarlo. Mientras te duchas, empiezas a pensar que tendrías que haber salido antes de casa porque: «¿Y si se estropea el metro? ¿Y si pasa cualquier cosa?». Basta. Bueno, calculas que, a las malas, en una hora y media llegas andando hasta el WiZink —intentas llamarlo por su nuevo nombre, pero es superior a ti—. Al salir de la ducha es como si fueras a una cita y eliges un outfit nada devoto y sin rastro de blanco, pero sí cómodo y que te vaya a hacer disfrutar de la experiencia. Hoy hace solecito en Madrid y con un jersey y una chaqueta fina vas de lujo. Te echas un poco de colonia —huele a jazmines, no a magnolias— y sales de casa.
Trasbordo en Ópera y te bajas en Goya. Desde el comienzo del trayecto empiezas a identificar quién más va al concierto. Lo notas, aunque los modelitos no sean especialmente explícitos: alguna perlita por aquí, una camisetita blanca por allá. Y sobre todo una pose entre tranquila y nerviosa, entre emocionada y segura, de gente que sabe a dónde va. Las estaciones van pasando y vas escuchando el disco en Spotify, pero en un momento dado le das al pause porque quieres que tu oído descanse antes de lo que se viene. En los últimos dos días te ha dado muy fuerte por «Focu ‘ranni», que, como no está en el disco digital, has escuchado mucho menos. Piensas que, cuando la cante, te vas a emocionar. Pasará. Te bajas del metro y piensas: «Ya he llegado: muy mal se tiene que dar para que no atraviese las puertas del recinto». En ese momento te das cuenta de que no tienes la app de Ticketmaster descargada. Oh, drama. Te pones un poco más nervioso aún. Te la descargas, te acuerdas de la contraseña —milagro— y compruebas que la entrada sigue ahí. Que vas a entrar. Al salir a la calle atraviesas la plaza de El Corte Inglés y te acuerdas de que se te ha olvidado coger unos clínex. Tal vez sea un poco dramático, pero ¿y si lloras desconsoladamente en el tema del Cristo y tienes que sonarte los mocos? Mira, mejor ir bien preparada. Pagas un euro por el paquete y vas al bar de enfrente del WiZink, donde tus amigos te esperan. Al llegar algunos se van y tú te quedas con uno de tus amigos con los que a más conciertos vas. Sois fans, pero no estáis locas. Bueno, o estáis locas, pero no sois fans. El caso es que charláis sobre cómo no teníais entradas hasta hace poco, cómo habíais asumido que no iríais, vuestras expectativas, los otros conciertos a los que habéis ido de Rosalía y, finalmente, dan las 19:57. Salís del bar, avanzáis un poco y os despedís. Él está en pista y tú en grada. Le das un abrazo fuerte y le dices que disfrute. Os veréis cuando termine.
Sacas el móvil, abres la recién descargada aplicación, enseñas la entrada, la escanean y entras. Vale, estás dentro. Piensas: «Qué ridícula». ¿En qué momento pensabas que no ibas a poder entrar? ¿Qué tenía que pasar? Ves que la tienda de merch está a la derecha nada más entrar. Hojeas el tour book: 20 €. La camiseta de la red flag andante: 45. Mira, ya te has gastado lo que te tenías que gastar: ciao. Vas al baño. Piensas qué maravilla no ser mujer para no tener que esperar esas colas. Haces pis, te lavas las manos intentando no mojar la muñequera —tienes un pequeño esguince— y sales. Ya dentro y con las necesidades básicas cubiertas, empiezas a mirar a tu alrededor. Mujeres y maricones: tu rollo. Hay gente que lleva outfits increíbles, pero en realidad son los menos. Ahí te das cuenta de que lo del neocatolicismo es una cosa medio impostada. La chica que llevaba un rosario de una virgen de Zamora en la cola para entrar lo ha desempolvado para venir y al joyero de su abuela volverá nada más terminar la noche. Atraviesas la puerta del sector 5: no compras nada de beber ni de comer porque luego te meas y no quieres salir a la mitad. Encuentras tu butaca. Es la número 14. Quedan veinte minutos para que empiece y aún está medio vacío. Te sientas y observas: el cuadro invertido, como si fuera un Tàpies, la firma de Rosalía, el botafumeiro colgando arriba del todo, el foso en forma de cruz. A esperar. Mientras esperas empiezas a escuchar el hilo musical: ya sabías que sonaría música clásica porque lo habías escuchado en una crónica de la SER. Empiezas a prestar más atención por si identificas algún fragmento. El «Dies irae» del Réquiem de Verdi, el «Gloria in excelsis Deo» de Vivaldi y, qué bien te va a venir esto para el primer capítulo del libro, la obertura de Carmen. Rosi siendo Rosi. Dan las 20:30 y el concierto no empieza. Ya está lleno. Quedan pocos minutos y, de repente, cambia la iluminación. Entra la orquesta y empezamos a aplaudir. El concierto va a empezar.
Se abre el telón. Digo, el cuadro. Ves una caja cubierta por una tela. Sabes que Rosalía está dentro. Retiran la tela. Se abre la caja por los cuatro costados y aparece Rosalía vestida como una bailarina de Degas. Comienza el concierto. «Sexo, Violencia y Llantas», «Reliquia», «Divinize» y «Porcelana». Las primeras notas al piano de la introducción instrumental de «Sexo, Violencia y Llantas» abren un primer acto que reproduce tal cual los primeros temas del disco. La steadycam con fabulosa realización empieza a reproducir el primer plano de Rosalía en las dos grandes pantallas que enmarcan el escenario. Cómo canta. No falla una. Lo sientes sobre todo en «Reliquia», donde viajas con ella por todas esas ciudades y países en los que tú también has estado o estarás y que, a tu manera, también te han marcado o te marcarán. «Divinize» trae el catalán al escenario y piensas en lo catalana que es la chica y por qué muchas veces la gente piensa que debería serlo más. Con este nuevo tema se empieza a desplegar el potencial coreográfico del espectáculo, donde un fibradísimo elenco acompaña con unas telas gaseosas esta balada electrónica dedicada a su fragilidad. Lo que en los reels parecía cutre, en el directo se convierte en un espacio acogedor y cálido donde las telas proyectan un efecto de atardecer en las gradas que te hace estar muy dentro. Y «Porcelana». Rosalía hace gala de sus estudios de ballet poniéndose las puntas con las que baila a ritmo de electrónica. Su lírica forma de cantar y bailar te hace pensar que Timothée Chalamet es, simplemente, un gilipollas. Qué maravilla.
Primer respiro. Rosalía rompe la cuarta pared. El WiZink se rinde a sus pies y Madrid, ciudad en la que confiesa que vivió, está lista para mucho más. El pie de micro modernista inspirado en la Sagrada Familia se sitúa en el proscenio y un bailarín le acerca una capa blanca: se viene «Cristo Piange Diamanti». Ahora quieres emocionarte y te das cuenta de que ya lo has hecho. Nunca habías tenido tantos escalofríos seguidos en menos de quince minutos de concierto. Y ahora quieres llorar igual que lo va a hacer Rosalía. El Cristo es, probablemente, tu tema favorito del disco porque vocalmente, como diría Amaia, es una locura. En los primeros conciertos acusaron a Rosalía de hacer playback: WELL. Por eso probablemente ofrece una versión con más pausas, acentos, falsetes: una versión diferente que, sinceramente, te emociona menos pero que te fascina igual. Qué bello es escucharla cantar. No eres creyente, pero es fascinante ver una devoción tal. El público está sin palabras, muchos lloran y, al final, Rosalía consigue no ahogarse en la octava invertida con la que concluye la canción, como le suele pasar, y te sientes muy afortunado. Se cierra el cuadro.
Los bailarines de La(Horde) imitan desde el backstage la canción que acabas de escuchar. Lo hacen como pueden, en clave cómica y riéndose de tremenda intensidad. Qué bien. Te das cuenta de que Rosalía se toma en serio, pero no tanto. Y menos mal. El concierto va a ser una liturgia, pero también una celebración, una cosa relajada porque, por muy diva que sea, sigue siendo humana y tampoco quiere la santidad: solo estar blessed. De pronto arranca el fortissimo de las cuerdas: «Berghain». Te acuerdas de cuando viste el videoclip cinco meses atrás, un 27 de octubre de 2025 por la tarde, cuando dijiste: «Madre mía». Se abre el cuadro y aparece el aquelarre, con Rosalía de macha cabría, inspirada en el cuadrito de Goya que puedes disfrutar en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid. Piensas en ir un día para verlo. Hace mucho que no vas y te pilla cerca del trabajo. Uno de los focos te deslumbra, pero igualmente te fundes como el terrón de azúcar de la canción y esperas, a falta de Björk, el remix del final que ya viste en los BRIT Awards y que dejó a todo el mundo con la boca abierta. A pesar de que sabes que va a venir, cuando la escena va a negro, comienzan las luces estroboscópicas y el beat empieza a sonar, flipas. Empiezas a bailar como si estuvieras de fiesta y gritas. Buah.
Después de tremendo subidón, Rosalía sabe que la gente quiere bailar. Entonces pregunta: «¿Quién de aquí conoce MOTOMAMI?». La gente enloquece. Te acuerdas de que en la pista de ese mismo escenario fuiste al concierto de su tercer disco con una pareja de amigos. Ellos ya no están juntos y ese día te comiste ahí mismo una pizza del Papa Johns. Conseguir una entrada para un concierto de Rosalía no era entonces algo tan extraordinario y por eso tal vez no escribieras sobre él al día siguiente como estás haciendo hoy. Aun así, escuchas «SAOKO», «LA FAMA» y «LA COMBI VERSACE» y bailas a rabiar. No te atraviesan especialmente, pero te encantan. Te das cuenta entonces de que del outfit de bailarina Rosalía ha pasado a un modelito como de lencería deportiva. Tras la pulcra capa del tema dedicado a Jesucristo, lleva ahora un traje voluminoso en negro, sexy y potente, que es lo que encarna una buena motomami. Del intermedio motomaminesco te quedas con la parte de la letra de «SAOKO» que dice «Yo soy muy mía, yo me transformo» y piensas que ahí está buena parte de su valor: de cantaora jonda a trapera feminista a latin star a soprano monjil. «Me contradigo, yo me transformo», dice la letra. Pues hija, como todas.
Continúa con «De madrugá», el único rastro de El mal querer en todo el concierto. Piensas por qué y no tienes aún una respuesta. «De madrugá» estaba, en otra versión menos producida, en el directo de El mal querer, aunque no en el disco. Rosalía ya ha invertido el orden de las canciones según se presentan en el álbum porque se ha saltado «La perla», que vendrá después, y «Mundo nuevo», que no cantará. Pero sinceramente no te das ni cuenta. Estás loca, pero no eres fan. O eso quieres creer. Con ese tema se vuelve a cerrar el cuadro y ya llevas más o menos la mitad del concierto. Aún queda mucho, piensas. Menos mal que no has bebido agua y que no tienes que salir.
Se abre el cuadro y aparece Rosalía en una pose absolutamente rockera, inclinada hacia adelante con el pie de micro en diagonal. Empieza a cantar «El redentor», una saeta perteneciente a su primer disco Los Ángeles que le escuchaste cantar hace casi diez años en el Joe’s Pub de Nueva York, el primer concierto de Rosalía al que fuiste, donde la tenías a escasos cinco metros. Piensas en todo lo que ha cambiado ella. Y también en todo lo que has cambiado tú. Y al mismo tiempo, en lo poco que habéis cambiado los dos. El caso es que este tema demuestra de nuevo su calidad vocal y se vuelve más significativo, teniendo en cuenta que estamos en vísperas de Jueves Santo. La Rosi no se mueve un ápice durante los más de tres minutos que dura la canción y, al terminar, el público se vuelve a quedar planchado. Arranca entonces una sección del concierto más tranquila, menos movida. Te sientas un poco y piensas qué bien te hace no ir a pista. En los últimos conciertos de Maria Arnal y Pablopablo acabaste agotado. Mientras descansas, en el escenario se activa un museo improvisado que reproduce en lo alto de la escalinata un fondo montañoso y un marco dorado. Rosalía sube las escaleras y, cual Mona Lisa, icono y obra de arte a la vez, empieza a cantar su versión de «Can’t Take My Eyes Off You». Conoces la canción, pero te da un poco igual. El gesto de pensarse como obra de arte sería un poco pretencioso, pero, sinceramente, la que puede, puede. Mientras canta, un grupo de afortunados fans ha subido al escenario. Al parecer estaban dando pulseritas rojas a unos cuantos que iban a tener ese privilegio. Hacia la mitad de la canción Rosalía baja y les canta directamente a ellos. El cámara les sigue y reconoces a una pareja de homosexuales que conoces de redes. «Qué suerte y qué envidia», piensas, que te cante Rosalía directamente a ti mientras te coge de la mano. Al día siguiente, o sea, hoy, ves que al que le cantaba estaba grabándose con el móvil y mirando su reflejo digital con Rosalía de fondo. Mientras, el otro no paraba de grabar al novio y piensas: «Hija, de verdad, todo el día con el telefonito». A mí me pasa eso y la miro a los ojos intentando recordar ese momento para la eternidad. Tal vez por eso tenga tan pocos vídeos en mi móvil de ayer y esté escribiendo este relato.
La versión del tema de Frankie Valli da paso a uno de los momentos más esperados del concierto y que las redes han desvelado: el confesionario. De pronto sale una chica que no conoces de nada, pero que seguro que es muy famosa porque el público enloquece. Luego sabrás que se llama Metrika y que es la de «TOTO DE LOCA». Ok. Hubieras preferido que te hubiera tocado a Soy una pringada, que fue al primer concierto de Madrid, y sueñas con que en las fechas que quedan a lo mejor vayan Amaia, Rossy de Palma o, quién sabe, la Marrash. Pero bueno, lo que viene después es mucho mejor: «La perla». El tema no es de tus favoritos, pero es que la coreografía de guantes blancos sobre fondo negro la firma Dimitris Papaioannou, un sugar daddy griego que ha dirigido algunos de los espectáculos más increíbles que has visto jamás. Un Castellucci de la vida que tiene presupuesto y sabe cómo utilizarlo. El tema es una delicia y es uno de los momentos en los que empiezas a estar un poquito cansado del chaval que tienes detrás y que no para de berrear todas las letras en español. Él se piensa que está en un sing-along y que los sobretítulos del concierto —decisión acertadísima y que te trasladan a tu hábitat operístico natural— son para que no deje de cantar. Menos mal que el disco de Rosalía está cantado en tropecientos idiomas porque, si no, te da el concierto. Tú estás en paz porque en cierta medida entiendes el fenómeno fan, a pesar de que, aun con el formato karaoke, el chiquito falla más que una escopeta de feria, pero la pareja de lesbianas que tienes al lado está un poco cansada de él, aunque no le dice nada.
Tras «La perla», dedicada al inútil —como le diría Paquita la del Barrio a Bad Bunny o Sabrina Carpenter a todos los hombres; ninguno se salva— de Rauw Alejandro, viene uno de los pocos momentos donde Rosalía se relaja. Es antes de cantar «Sauvignon Blanc», subida al piano de cola blanco que corona las escaleras. Lleva un moño cutrongo: no es uno de esos moños de modelo desarreglada que la hace aún más guapa. No. Es un moño como el que te haces para limpiar la casa o con el que te comes una hamburguesa de VICIO un día de resaca. Yo no tengo el pelo largo, pero ese moño es un estado mental —o espiritual— y Rosalía es una más. Sobre el piano interactúa con el público y un tal Tomás lleva una pancarta en la que le dice que quiere tocar «Sauvignon Blanc» con ella. Pero es que está Llorenç, el pianista, y no le vamos a dejar sin trabajo al chaval. Se sirven una copita de vino —no sabemos si sauvignon blanc o albariño— y, tras brindar, empieza a cantar. Para mí es un tema que ni fu ni fa, pero al verla recuerdo esa frase icónica de la gran Marisa Paredes en «La flor de mi secreto», de Almodóvar: «Ay, Betty, excepto beber, qué difícil me resulta todo», y me reafirmo en pensar que Rosalía siempre será una chica Almodóvar. Después vendrá «La yugular», con su lorquiana retahíla de cosas enormes y diminutas que parece sacada de un poema de Poeta en Nueva York. Antes de empezar el concierto has escuchado a uno de los maricones que tienes al lado decir que ha venido aprendiéndose la incongruente serie desde el haiku hasta el continente en la hora de metro que le ha costado llegar. Por lo menos vivirá en Getafe o Móstoles y piensas: «Tu vida sí que cabe en un haiku». Se cierra el cuadro.
Arrancan ahora las dos últimas secciones del concierto que, junto con el comienzo, son tus favoritas. Es el momento en el que Rosalía se baja del escenario y acude al centro con la orquesta, dirigida por la afrocubana Yudania Gómez. Mira, si poner a una tía negra, latina, de treinta y tres años al frente de una orquesta sinfónica cuando hasta hace cuatro días no veíamos más que pollasviejas sobre el podio no es feminista, que baje Dios, nunca mejor dicho, y lo vea. Por no hablar de la letra de «Novia robot». Pero eso vendrá después, otra vez sobre el escenario. Aún no hemos llegado ahí. Ahora estás viendo cómo Rosalía, con una especie de miriñaque sobre su cintura, se eleva en el centro de la pista. Te pones contento porque tú estás en el extremo opuesto del escenario y desde ahí la ves mejor. Tras un intermedio flamenco, Rosalía ha venido cantando «Dios es un stalker» e invitado a fans del público a cantar: ese momento viral de concierto de Beyoncé o Adele en el que una fan canta increíble no ha sucedido. Estamos en España. Todo han sido berridos como los del que tienes detrás. Pero da igual. Ella ya está en el escenario central y, de repente, uno de los momentos más tiernos del concierto. «ROSALÍA, ERES MI REGALO DE COMUNIÓN». Un niño dulcísimo, Darío, proyecto de twink, lleva una pancarta para llamar la atención de la cantante y Rosalía no lo puede evitar. Baja, le da un abrazo y el niño dice: «Eres mi mejor regalo de comunión». A gay is born. Rosalía le dedica «La rumba del perdón».
Mientras escuchas las palmas no puedes evitar escuchar también las voces de Silvia Pérez Cruz y de Estrella Morente que, como no, no van a aparecer. Como tampoco aparecen mucho en la grabación, sea dicho de paso. Está feo invitar a dos cantantes así y que, básicamente, te hagan los coros. Lo pensaste en el momento en el que escuchaste el tema al salir el disco. Luego lo corroboró la bruta de Estrella, que se sentía un poco ofendida. Normal. Pero también te digo: Silvia Pérez Cruz y Estrella Morente son las dos cantantes que Rosalía pudo ser y, por suerte, no es. La sensibilísima folclorista o la jondísima cantaora. Por suerte tomó otro camino y tal vez por eso ambas aparecen en el disco, pero en realidad no están.
Y de LUX vuelve a MOTOMAMI con «CUUUUuuuuuute» y uno de los momentos más espectaculares del show: el subwoofer-fumeiro que empieza a echar humo mientras se balancea a lo ancho de la pista iluminando al público con sus luces de neón. Piensas entonces que Rosalía hará de todos los arenas en los que cante una catedral móvil con su escenario en forma de altar mayor, su foso orquestal en forma de planta de cruz latina y, como no, sus fieles, rendidos ante el balanceo de una de las grandes genialidades del concierto. Tus ojos vuelven entonces al escenario y sabes que pronto el concierto se va a acabar. Pero queda lo mejor. Se abre el cuadro y aparece Rosalía en lo alto de la escalera con unas alas como si fuera un ángel caído del cielo, una paloma mensajera o el mismísimo Espíritu Santo. Prefiero pensar que es un ángel de los de Victoria’s Secret, que me parecen, aun siendo homosexual, mucho más sexys que cualquier religión. Empieza cantando «Bizcochito» —tienes un poco de hambre— y sigue con «Despechá». Bailas y te das cuenta de lo equilibrado que es el espectáculo y cómo hay momentos para todo. Quedan solo tres temas para el final.
Hace poco tus amigos te regalaron el vinilo de LUX. Tú no tienes tocadiscos, pero da igual, porque algún día lo tendrás y podrás escuchar los temas que no están en la versión digital sin necesidad de reproducirlos de manera pirata en YouTube: «FOCU ‘RANNI», «JEANNE» y «NOVIA ROBOT». Tal vez por eso tú y todos los que estáis ahí no os sepáis tan al dedillo el primero y el tercero que Rosalía está a punto de cantar. Es un alivio para poder disfrutar de su voz. Tú te quedas con «FOCU ‘RANNI», el tema que canta entre castellano y dialecto siciliano a la boda con Rauw Alejandro que nunca fue. Es un tema bellísimo en el que Rosalía sigue con sus alas acompañada de su elenco de bailarines, que corren a lo largo del escenario en los intermedios instrumentales. «No seré tu mitad, nunca de tu propiedad / Seré mía y de mi libertad». Te emocionas. Se te escapan un par de lágrimas con una letra agridulce que habla de un amor roto, pero del amor propio. Y sientes que si este disco lo hubieras escuchado con diez años menos, cuando descubriste a Rosalía, probablemente no te hubiera atravesado igual. Por suerte tienes treinta y dos y, como ella, habéis crecido y madurado a la vez para, con todo lo malo que tiene el mundo, sentirte agradecido. Se cierra el cuadro.
«MAGNOLIAS» es una canción que habla de la muerte. Por algún motivo en tu mente el instrumento que abre la canción era un fagot. En realidad es un clarinete. Y piensas en el concierto para clarinete de Mozart y cómo lo compuso poquito antes de morir y de dejar inacabado, precisamente, su Réquiem, que tú has cantado y que tanto te gusta. Piensas también en las magnolias, esas flores enormes que un día, nada más salir el disco, escuchaste que una chica quería comprar en los puestos de flores de Tirso de Molina. Las magnolias no se compran ni se venden, las magnolias se caen pétalo a pétalo de ese árbol imponente de hoja dura que es el magnolio. Las flores grandes como la peonía o la camelia, y también la magnolia, son bellísimas, pero también dan un poco de miedo. Tienen ese carácter monstruoso que comparten con flores también grandes, aunque algo más delicadas, como las orquídeas o los liliums, y que transmiten delicadeza y fortaleza por igual. Un poco como Rosalía. Te vienen a la mente las imágenes de las vírgenes cubiertas por pétalos de flores en las procesiones de Semana Santa y también las flores que, sobre todo en las películas, se tiran sobre el ataúd antes de la primera pala de tierra que sepultará el cadáver. Querer que te tiren magnolias es querer morir sepultada por el peso de unas flores grandiosas. Es querer morir, pero de amor. Se cierra el telón. Se encienden las luces. El concierto ha terminado.
Te levantas —o ya estabas de pie— y te pones a aplaudir. La función se ha acabado y la Rosi bien podría salir a saludar, sudada y agotada, como hacen siempre las grandes divas de la ópera tras haber muerto dramáticamente en la ficción. Pero ella no es Violetta Valéry ni Carmen. Ella es de verdad. Así que no sale. Una marea blanca empieza a desalojar la pista y tú te quedas mirando el escenario, que de pronto se abre. Pero no, no es Rosalía. Son los operarios que empiezan a recoger las telas, las escaleras y a barrer el escenario. Te quedas un buen rato de pie pensando en lo emocionante que ha sido. Se despiden de ti los amigos de tu amigo que se sentaban junto a ti y piensas en que tal vez es momento de irse. Mientras quitas el modo avión del móvil, que habías puesto para evitar que cualquier mensaje que te conectara con la realidad interrumpiera el concierto, piensas en unas pocas palabras que Rosalía ha dirigido al público durante su medido concierto. Que el objetivo era salir de ahí con el pecho más calentito, las manos un poco más abiertas y el corazón un poco más lleno. Y contigo lo ha conseguido. Es una cursilería, pero es que es verdad.
Vas al baño porque, ahora sí, te estás meando —qué bien no ser mujer— y sales a la calle. Ya es de noche a pesar del cambio de hora y al activar los datos empiezas a recibir mensajes de tus amigos que también han asistido al concierto. Los stickers lo dicen todo y os encontráis enfrente de Los Torreznos. Les ha gustado mucho, como a ti, a pesar de no haber cantado «Memoria», la favorita de uno de ellos. Se nota que se han emocionado, pero tenéis hambre. Son las 22:35. Dos horas de concierto. Atravesáis el barrio de Salamanca hasta que llegáis a un bar repleto de fotos de toros y con el fútbol puesto. España. Pedís unas croquetas de jamón y rabo de toro, unos huevos rotos con jamón y una ensalada de tomate y ventresca. Varias cervezas y vinos. El camarero parece menor de edad. Es muy cute y seguro que hace poco que, como Darío, ha hecho la primera comunión. Animados por el jaleo y el alcohol seguís comentando el concierto y buena parte de los momentos que están en este relato. La conversación versa sobre religión, tradiciones, familia, el orgullo. El bar cierra y básicamente os echan. Veintidós euros con cincuenta céntimos cada uno. No está mal para como está Madrid. Bajáis de nuevo hacia Goya y tomáis otra. Al día siguiente es Jueves Santo: uno se va a Lisboa, los otros dos van a ver la Macarena —la de Madrid, no la de Sevilla— y tú quieres escribir. Cogéis el metro, os despedís y llegas a casa. Te cepillas los dientes y te acuestas. Son las dos y media pasadas.
Te levantas sobre las 10:00, te preparas un desayuno muy parecido al del día anterior y te dispones a seguir leyendo el libro que empezaste ayer. Piensas en dejar la escritura para por la tarde, pero sacas el ordenador, que está sin batería, lo pones a cargar y piensas que el mejor momento es ahora. Tienes el concierto fresco a pesar de que tienes que chequear el tracklist en internet —menos mal—. Y ya llevas cinco horas escribiendo. Cinco horas en las que condensar una experiencia de ciento veinte minutos en casi seis mil palabras. Piensas que te ha quedado un noveno capítulo estupendo, a pesar de que los siete anteriores aún no están. Pero ya llegarán. Este relato está lleno de incongruencias, errores y es académicamente un cero a la izquierda. Da igual. Lo importante es que si yo fui al concierto de Rosalía y me acuerdo así de mal, tú puedes no haber ido y recordarlo todavía mejor.
Daniel Valtueña (@danielvaltuena) es autor del ensayo España rarita publicado por Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes en 2025. Este texto formará parte de su próximo libro sobre el boom de la música neofolclórica en España.







