
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí
Hubiese sido apoteósico. Demencial, un escándalo. En cualquier acepción de la palabra. Imaginen. Los hijos del sur, los representantes de aquel pueblo orgulloso y hedonista. Haciendo vibrar. Con el baloncesto. Jugando juntos. Al baloncesto. Él y ella, ella y él. Sobre una misma cancha. Imposible. Lo parece, lo era. Pero estuvo cerquita. Solo que dijo «no». Lusia, Lusia dijo «no». Y todos quisimos saber cómo hubiesen iluminado aquellos focos…
Para hablar sobre Lusia Harris (Minter City, 1955-Greenwood, 2022) todos utilizan el mismo término. «Dominante». Era una jugadora dominante. Luego fue un coach comprensivo, un símbolo de otros tiempos, una leyenda con sonrisa. Pero, sobre la cancha… dominante. Imposible de parar. Lo nunca visto, un fenómeno, la mujer llamada a romper reglas en su deporte.
Lew, Wilt, Lusia.
A Lusia le venía el basket casi de familia. Diez hermanos. Seis varones y una chica jugando con la pelotita botona. Los Harris tenían una canasta en su hogar, y allí que venían todos los niños del pueblo para probar suerte. Como empezó Lusia. Mirando partidos por la televisión (televisión y canasta, suertudos), imitando las formas de Alcindor, de Robertson. Apellido humilde, recolectores algodoneros. Brazos en el profundo sur, Misisipi años sesenta.
«Minter City era un pueblo mayoritariamente negro, el clásico al sur de Estados Unidos, muy segregado. Allí hay pueblos negros, pueblos blancos, y otros con zonas muy marcadas a nivel de barrios y tal. Se sigue notando bastante esa diferenciación, sitios que tienen la vía del tren cruzándolos por mitad, a un lado noventa por ciento de población negra y al otro noventa por ciento de población blanca». Fernando Mahía recuerda vivamente cuando visitó Minter City. Escritor con vocación de errabundo (o viceversa), pasó unos meses entre trabajos de poca monta, una furgo poshippy y muchos kilómetros recorriendo Estados Unidos y pergeñando las urdimbres que unen y separan aquel país enorme. Las urdimbres del basket, sobre todo, porque Fernando trenzó Rucker Park y el Forum de Inglewood buscando historias, protagonistas, olores y sabores. Con todo eso se monta un libro ejemplar titulado Coast to Coast: Un viaje por los márgenes de Estados Unidos a través del baloncesto (Contra, 2022), uno que se lee a ritmo de contraataque Laker. Y que tuvo estación obligatoria por Minter City. «Fui a Minter City buscándola a ella, a Lusia Harris. Fui allí, entré en un bar… un bar de paredes de chapa, con un ventilador, mucha personalidad, dos personas había, dos personas mayores», continúa Fernando. «Pregunté por Lusia Harris y me dijeron que su hermana vivía en tal sitio, la hermana estaba en el porche de una casa así, sureña, tipo colonial, y me dio su dirección, y al final estábamos en el clásico barrio suburbano de Estados Unidos, clase media baja. Allí estaba ella en la puerta de su casita, en el porche. Y empezamos a hablar».
Todos vieron que era distinta. Lusia, digo, todos lo vieron. Desde el instituto en Greenwood, donde fue capitana en basket. Récords de anotación, un paseo por el campeonato estatal para ese pueblo de 15000 almas. «Ven a Delta State», le dijo un ojeador. «No somos la mejor universidad, Cleveland no es el mejor sitio, pero estamos montando un equipo de baloncesto». Y para allá que se fue. La única negra entre doce muchachas. La mejor de todas. Cuatro añitos estuvo, cuatro. Terceras en el Campeonato Estatal, campeonas de Estados Unidos, campeonas de Estados Unidos, campeonas de Estados Unidos. Inmaculado. Treinta y dos, treinta y veintitrés puntos en esas finales, un paso universitario con veintiséis puntos y catorce rebotes de media. Dominante, dijimos. Dominante. Pero es que hay otras cosas. Los intangibles. Estrella auténtica, fenómeno social. Afroamericana, mujer, nada menos. Y, aun con todo, en aquel Misisipi, estrella auténtica, fenómeno social.
«Casi no se podía poner en pie», me dice Fernando, «pero cuando se puso… es imponente. Yo no soy bajo, pero ella era bastante más alta que yo, muy grande, con una presencia imponente. Ya sentada en la silla de ruedas se atisbaba, y al erguirse… Pero todo eso junto a un carácter superdulce, hablaba bajito, sonreía mucho, era curioso. No suelo fijarme mucho en las manos, pero recuerdo que las suyas eran grandes, muy grandes, sí».
Estamos en 1977. Termina el Campeonato Universitario, triplete para Lusia. Tiene, también, una presea de plata olímpica. Juegos de Montreal, final perdida ante la Unión Soviética de Semjonova. Treinta y cinco puntos abajo, que siempre deja regustín pésimo. Pero a Lusia no le fue mal. Resultó, de hecho, la primera mujer que metía una canasta en certámenes olímpicos, porque el basket de féminas debutaba aquel año. También anota casi veinte en la final. Pelo rizoso, nariz grande, sonrisa fácil, diastema que no esconde, espaldas para estibar mercancías. Muñeca, pies y potencia. Nunca antes se vio algo igual. Le dan un premio como mejor jugadora universitaria de baloncesto, otro como mejor deportista universitaria en cualquier deporte. Empiezan las comparaciones con los center míticos. Nadie, nadie puede pararla. Pero… ¿a dónde ir ahora? No hay NBA femenina, no hay nada que puedas decirle «Liga Profesional para Mujeres». Puertas cerradas, pues, para Harris.
O quizá no. Porque aquí empieza la historia más fascinante de Lusia. Aquella que todos conocen. Por la que es recordada. Tantas cosas que hizo, y nos queda en remembrar lo que no… Pregunto a Fernando por aquello. Si fue una estratagema publicitaria, si hubo opciones reales. «No sé si hubiera podido jugar en la NBA, es complicado de decir. Era muy dominante entre las chicas, pero su físico no daba, y de aquella las diferencias de preparación y profesionalización… si hasta hace cinco o diez años eran inmensas, imagina hace cincuenta años». Entonces, ¿la escogieron por publicidad? «Pues no sé, la verdad, pero imagino que no. Ellos, los Jazz, pensaban que podía jugar en la NBA. Pero Lusia era pívot y no llegaba a los dos metros, así es difícil».
La NBA.
Nada menos.
Porque a Lusia Harris la seleccionan en el draft de 1977. Diez de junio, séptima ronda. Aquel año fue número uno Kent Benson, un «hijo» de Bobby Knight con carrera digna, pero poco remarcable. Bernard King, torre y leyenda en la Costa Este, fue, quizá, lo más pinturero de aquella elección. Y, luego, Lusia. Número 137, por los New Orleans Jazz. Primera mujer en esas lides. Bueno, Denise Long había pasado por lo mismo en 1969 con San Francisco Warriors, pero James Walter Kennedy, comisionado de la NBA, vetó aquella elección con gritos de «¿está usted loco?, es una mujer, una mu-jer», o similares. Así que, en la práctica, Lusia fue pionera. Y los Jazz ficharon a alguien perfecto para su estirpe…
Porque, oh, New Orleans. Y aquellos Jazz. «Por fechas hubiera coincidido con Pete «Pistol» Maravich», dice Fernando Mahía, «y aquello hubiera molado mucho, los dos hijos predilectos del sur, aunque Pete no fuese nacido en el sur. Serían como las dos fórmulas, ¿no?, la chica negra del sur y el blanco liberal un poco bohemio. A Maravich se le recuerda muchísimo, es un personaje de culto».
Hay que contextualizar.
Porque aquello era la fiesta, el éxtasis, un desenfreno. Mardi Gras cada noche en el Louisiana Superdome. Todos eran felices, aunque no ganasen demasiado. Pero es que… el barrio francés, los músicos intuitivos, las noches que nunca terminan. Los Jazz jugaban un mes entero partidos lejos de su feudo porque… en fin, porque allí había un carnaval disoluto y pecador que exigía hasta la última gota de sangre en New Orleans (piensen que New Orleans es la casa del ricachón Louis Cyphre y el lánguido Louis de Pointe du Lac), así que estaban autoridades y bolingas a otras cosas. Y luego lo tenían a él. A él. Pete Pistol Maravich. El más sureño de los blanquitos no sureños. Imaginación, fantasía y cierto aire despreocupado. Perfecto para esa ciudad. En la cuna de la música improvisada, Pistol se divertía dibujando partituras juguetonas sobre el parquet. Agridulce como sus despertares.
Figura de culto, mito.
(Que los Jazz jueguen hoy en Utah puede matar a alguien con TOC).
Ahí es donde reclamaban a Lusia Harris. Ven con nosotros. A entrenar, al menos. Y luego… ya veremos. Ven con nosotros. Ven y que Pete ponga balones en tus manos, allí en el poste. Ven y fíjate en cómo se mueve, en lo rápido que es, en ese bote imposible. Ven. Ven a los Jazz. Eres hija del sur, ven a los Jazz.
Y ella dijo no.
No tenía interés. Me hubiese sido imposible jugar con ellos, dijo más tarde. La diferencia física, la preparación. También, si quieren, un elemento psicológico… pasar de ser referencia, dominio, a minutos residuales y casi personalidad para exhibir. A ella le gustaba el baloncesto, los Jazz la querían (quizá) para que jugase al baloncesto, pero todo el resto de la Liga, de los periódicos, de las aficiones rivales… todos iban a ver a Harris como el bicho raro, el perro verde, la estratagema publicitaria. Así que dijo no. Lusia dijo no.
(Bueno, y que estaba embarazada en el momento del draft, solo que eso no lo sabían los de Louisiana).
Así que ella siguió con su vida. ¿No hay dónde jugar?, pues dejo de jugar. Un año fuera, luego intentona en la recién nacida Women’s Professional Basketball League, la WBL. Houston Angels. Poca cosa, vuelta a Misisipi. Tiene veinticinco años y en su DNI pone «exjugadora». Ha llegado al techo de cristal femenino.
Supo reconvertirse, no crean. Graduada por Delta State en Salud, Educación Física y Recreación, retornó a Minter City para dar clase. Después fue asistente de entrenadora en Cleveland, entrenadora principal en la Texas Southern University. Profesora de colegio. «Míster» donde le pidieran el favor. Eso era, para Lusia, vivir. Eso y luchar contra sí misma, ser con el trastorno bipolar. Habitarse un espacio y un tiempo que te firmaría Juan Rulfo. El calor del sur, las ondas que desdibujan carreteras, el mover moroso. Me cuenta Fernando sobre ese aire particular, ese gótico sureño a lo Welty en Minter City. «Fue raro, irreal… ella tenía un problema de salud y a posteriori tengo la sensación de que estaría muy medicada… Yo llegué allí y a ella no le sorprendía nada que hubiera un español preguntándola, la conversación era difusa, a mis preguntas respondía con monosílabos, dejando colgadas palabras en el aire, a veces me decía algo y se quedaba mirando al cielo, como divagando en sus pensamientos. Me fui de allí con la sensación de que había sido un sueño. Ya te digo, estaba sola en casa, supongo que ya estaría muy medicada. Pero todo parecía una película de Wes Anderson».
A Lusia Harris le llegó el reconocimiento cuando ya recordaba lejos triples y botes. Primero la incluyen en el Hall of Fame. Año 1992, mujer pionera también aquí. Luego aparece en el recién creado Women’s Basketball Hall of Fame, allá por 1999. Y, salto definitivo a la cultura pop, Ben Proudfoot dirige un documental titulado The Queen of Basketball. Dura veintidós minutos y tiene a paisanos tan conocidos como Shaquille O’Neal o Stephen Curry poniendo pasta por detrás. Allí hablan sobre Lusia, sobre sus éxitos, sobre su papel de pionera. Habla la propia Harris, pelo veteado en grises, rostro amable, imponente aun tras la pantalla. A veces se emociona cuando explica éxitos. A veces sonríe tímida, cuando le tocan obstáculos. Aquel mediometraje se estrenó en 2021 y ganó el Óscar un año después. Mes de marzo. Era, de nuevo, referente. También se repite el sabor agridulce, porque no pudo ver ese último triunfo. Lusia Harris falleció en enero de 2022. Fue en Greenwood, en ese sur que la dio luces, que la trasmutó leyenda. La mujer que hizo.
La que pudo hacer.






