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De cuando España perdió el estrecho de Ormuz

Felipe IV con enano, de Gaspar de Crayer (hacia 1630). po estrecho de ormuz
Felipe IV con enano, de Gaspar de Crayer (hacia 1630).

Ormuz, estrecho de Ormuz: millones de búsquedas en los motores al uso certifican el interés concitado por este lugar, que protagoniza telediarios, noticieros de radio y páginas de prensa en sus diferentes versiones desde el pasado 28 de febrero.

Los bombardeos llevados a cabo por EE. UU. e Israel sobre Irán y las respuestas dadas por este país no se han limitado, como es sabido, al contraataque militar. Irán está teniendo como arma suprema de fuerza y presión el bloqueo de un estrecho marítimo clave para la salida del crudo que abastece a un 20 % de la población mundial. Dónde está situado y por qué se le está dando tanta importancia son cuestiones que la pedagogía periodística intenta resolver acudiendo a expertos, principalmente militares en activo o jubilados, que analizan el presente e intentan predecir el futuro desde sus sillas de tertulianos.

Ya casi todo el mundo puede localizarlo en un mapa y entender la valía de su emplazamiento gracias a tan didácticas cantinelas, aunque de lo que no se oye hablar es de su larga historia de pertenencias, entre las que cabe destacar, por lo que nos toca, los años que estuvo bajo jurisdicción de los reyes españoles, desde Felipe II hasta su nieto Felipe IV, que lo perdió en 1622. Se puede afirmar —con muuuchos matices— que, durante unos años, Ormuz también fue territorio español.

Con una anchura aproximada de 33 km en su parte más angosta, forma el vértice invertido de una uve que separa el Golfo Pérsico del golfo de Omán. Las tierras que lo delimitan al norte pertenecen a Irán, mientras que en su parte sur se encuentra el cabo de Musandam (Ras al-Jaima), un peñasco omaní en la costa oriental de la península arábiga cercano a Dubái. En ese brazo de mar de dimensiones más bien reducidas se localizan varias islas; la de mayor tamaño es la llamada Qeshm, y cerca de ella se encuentra la conocida como Ormuz —que da nombre al estrecho—, así como algunos islotes desperdigados que dificultan bastante la navegación.

Siempre fue objeto de deseo, pero el interés por dominarlo creció exponencialmente a partir del siglo XVI, cuando se convirtió en un punto estratégico de las rutas marítimas que comunicaban el Golfo Pérsico con el Océano Índico, una vía alternativa a la Ruta de la Seda para el comercio con las Indias.

En esa época, dos grandes imperios se disputaban el control tanto del Mar Rojo como del Golfo Pérsico: de un lado, los otomanos (suníes), que, bajo el reinado del archiconocido Solimán el Magnífico, extendieron sus dominios por el sureste de Europa —desde los Balcanes hasta la península de Crimea—, Oriente Medio y Egipto —desde la península de Anatolia, actual Turquía, hasta la península arábiga—, algunos puntos del norte de África y unas islas importantes del Mediterráneo, como Chipre y Rodas. Los otomanos tuvieron constantemente un ojo puesto en oriente y otro en occidente.

De otro lado, el antiguo Imperio persa safávida (chií), que en el siglo XVI alcanzó su máxima expansión bajo el mando del shah Abbás I el Grande, que gobernaba la meseta iraní —los actuales Irán, Afganistán y Turkmenistán— hasta Kandahar, en la frontera con la India; la costa sur del Golfo Pérsico; las actuales Armenia, Azerbaiyán y Georgia hasta el Daguestán (Rusia); la mayor parte del actual Irak, y el este de Turquía.

A estos dos gigantes musulmanes de diferente adscripción se sumaron en sus ansias conquistadoras los cristianos europeos que, dadas por concluidas las cruzadas de carácter religioso, decidieron centrar sus esfuerzos en buscar riquezas por vías alternativas a las terrestres. La expansión por tierra habría sido una quimera inalcanzable por la imposibilidad de organizar ejércitos destinados, sin duda, al más cruel de los fracasos; el mar era la alternativa para aquellos reinos entrenados en bogar por sus costas como medio natural de comunicación. Los avances en la construcción de naves, los inventos para orientarse y, por qué no decirlo, el arrojo de sus habitantes hicieron que países como Portugal se lanzaran a buscar especias —y lo que cayera— en el lejano Oriente, tocando tierra solamente en algunos puntos considerados parada y fonda. De esta manera no necesitaban conquistar imperios para avanzar en sus planes comerciales, sino establecer unas cuantas fortificaciones para el abastecimiento de sus navíos allende los mares y, de paso, ya que estaban, cobrar peajes a los barcos que pasaran por allí y que consideraran extranjeros.

Los tributos recaudados en estos puertos constituían una fuente de ingresos de suma importancia para el país que los administraba y, por ello, estas plazas estaban dotadas de mecanismos de defensa y coerción, como cañones bien posicionados, flotillas armadas y destacamentos militares, que requerían de inversiones constantes de sus metrópolis, no siempre dispuestas a gastar, bien por desinterés o bien porque carecían de recursos suficientes para afrontar esos costes.

Plazas como Adén, a la entrada del Mar Rojo, o el reino de Ormuz se convirtieron en centros clave en el comercio marítimo internacional; este reino tenía su base en la entonces conocida isla de Garûn, un paraje desértico y agreste, en el que existían dos puertos, uno para embarcaciones pequeñas y otro para las de mayor calado. Tuvo desde antiguo una ciudadela amurallada que acabó convirtiéndose en una fortaleza muy densamente poblada, que dependía de lo que le suministraban —agua y alimentos— desde la cercana isla de Qeshm o desde las costas persas, dado que, como ya he apuntado, era un territorio yermo e inhóspito.

La conquista portuguesa

En 1507, Afonso de Albuquerque hizo una primera incursión con seis naves y unos quinientos hombres en la capital del reino, tomando la ciudadela en octubre de ese mismo año, pero una rebelión de sus habitantes, apoyada por la mayoría de sus propios capitanes —muy descontentos con los sueldos prometidos y no percibidos—, obligó a Albuquerque a abandonar, unos meses después de su llegada, el proyecto de establecer allí una colonia.

En 1508 fue nombrado gobernador de la India por el rey Manuel I de Portugal en sustitución de Francisco de Almeida, que, enterado de su cese, se negó a abandonar el cargo, provocando un enfrentamiento que se resolvió a favor de Albuquerque gracias a la ayuda de una flota enviada por el propio rey.

Durante su mandato como gobernador de la India, desde 1509 a 1515, lideró la conquista de Goa (1510) y Malaca (1511) y, ya casi al final del mismo, se hizo definitivamente con Ormuz (1515), que pasó a ser plaza portuguesa y en la que levantó el fuerte de Nuestra Señora de la Concepción; este asentamiento se convirtió en un enclave cristiano entre chiíes y suníes, un lugar estratégico en el que se estableció una muy rentable aduana que proporcionaba ingentes beneficios a la corona.

La soberanía portuguesa fue de pleno dominio durante casi un siglo; la fortaleza estaba habitada y defendida por los lusos, que controlaban el paso de navíos de diferente bandera, tanto los que se dirigían al Golfo Pérsico como los que, procedentes de Basora o de los puertos safávidas, cruzaban hacia el Índico por el mar de Omán.

Viajeros de toda condición dejaron por escrito sus impresiones sobre la fortaleza de Ormuz que, como otros lugares de paso, daba albergue a gentes de variado pelaje. De la época de ocupación portuguesa data una descripción de la ciudad hecha por un cronista portugués, João de Barros, recogida y publicada por el profesor Nicola de Melis, de la Universidad de Cagliari:

La ciudad de Ormuz está situada en una pequeña isla llamada Gerûm que queda casi en la garganta del estrecho del mar Pérsico, tan cerca de la costa de la tierra de Persia que habrá de una a otra tres leguas, y desde la otra a Arabia tendrá alrededor poco más de tres leguas: toda muy estéril y, en mayor parte, una minera de sal y azufre, sin tener naturalmente un ramo o hierba verde.

La ciudad en sí es muy magnífica en edificios, gruesa en trato por ser una escala donde concurren todas las mercaderías orientales y occidentales en ella, y las que vienen de Persia, Armenia y Tartaria, que le quedan al norte: de manera que, no teniendo la isla en sí cosa propia, por comercio tiene todas las estimadas del mundo (…) la ciudad es tan vizosa y abastecida, que dicen los moradores de ella que el mundo es un anillo y Ormuz una piedra preciosa engastada en él.

Otra visión menos amable es la que ofreció en 1553 san Francisco Javier, que, de paso hacia la India, visitó la misión jesuítica fundada en la isla por el holandés Gaspar de Barzeo en 1549. Quedó espeluznado por lo que consideró una Sodoma del siglo XVI, en la que se daban toda clase de vicios y pecados, y salió huyendo de allí en cuanto pudo:

… Su estado moral era enorme e infamemente malo. Era la sede de la sensualidad más repugnante y de todas las más corruptas formas de cada religión en oriente. Los cristianos eran tan malos como el resto en la extrema licenciosidad de sus vidas. Había pocos sacerdotes, pero ellos daban mala fama a su nombre. Los árabes y los persas han introducido y vulgarizado las más detestables formas de vicio. Se dice que Ormuz es una Babel por su confusión de lenguas, y por sus abominaciones morales para ponerse a la altura de las ciudades de la Llanura. Un matrimonio legal era una rara excepción. Los extranjeros, soldados y comerciantes, perdían toda restricción en la indulgencia de sus pasiones. La avaricia se convirtió en ciencia: se estudiaba y practicaba, no por la ganancia, sino por sí misma, y por el placer de engañar. El mal se ha hecho bueno, y se creía que era un buen negocio romper las promesas y pensar que los compromisos no son nada…

¡Ormuz español!

Durante unos años todo fue más o menos bien para los portugueses, pero las cosas cambiaron cuando se produjo la llamada unión ibérica, es decir, la integración de Portugal en la monarquía hispánica (1580-1640). Felipe II se convirtió en rey de Portugal con el nombre de Felipe I tras la muerte inesperada del rey Sebastián I. Felipe pasó a ser el principal heredero varón de la dinastía de Avís —su madre, Isabel de Portugal, era la hija mayor del rey Manuel I—, con preferencia ante otros candidatos, con los que hubo de enfrentarse para ser, a la postre, el elegido.

Al convertirse en monarca del reino vecino y ceñir las dos coronas, Felipe II buscaba unificar la península bajo su mandato, pero sobre todo ambicionaba reunir todas las tierras que pertenecían a uno y otro reino, es decir, las coronas de Castilla y Aragón, Portugal, Navarra, Cerdeña, Nápoles, Sicilia y todos los territorios de ultramar. La unión dinástica tuvo, sin embargo, en la llamada Carta Patente de las Cortes de Tomar de 1581, un freno a la plena integración, por cuanto una de las condiciones que se le impuso al rey para ser coronado fue el respeto a la autonomía de gobierno de los territorios conquistados por los portugueses; dicha autonomía fue efectiva durante un tiempo, hasta que el poderío de los Habsburgo se sobrepuso y, a pesar de la existencia de instituciones encargadas de garantizar la independencia pactada, el imperio colonial portugués acabó formando parte de los intereses estratégicos de la corte española.

El imperio portugués era, en cierto modo, más disperso que el español, pues incluía extensos territorios (Brasil) y pequeñas pero importantes localizaciones en África, océano Índico, el Golfo Pérsico, el sudeste asiático y el lejano Oriente. A principios del siglo XVII, los ingresos procedentes de la aduana de Ormuz superaban con mucho los que se obtenían de otros puntos como Goa o Malaca y era por ello más codiciada por las potencias que la rodeaban y por aquellas otras, más lejanas, pero con gran poderío naval, que también querían meter cuchara en tan sabrosas ganancias.

Los reyes españoles, sin embargo, no dieron la importancia a la plaza de Ormuz que sí le daban los portugueses, porque los intereses de la corona española se orientaban más al dominio del Mediterráneo y a impedir el avance de los turcos otomanos que a los beneficios económicos que podían proporcionar las rutas comerciales euroasiáticas. Por otro lado, la explotación de las riquezas americanas tenía más peso en la balanza de los Austrias que los dividendos que proporcionaba el comercio de las especias, así es que Ormuz fue decayendo como puerto comercial mientras los reyes españoles buscaban aliarse con Persia para frenar la expansión otomana. Una pinza en toda regla.

Las tensiones fueron en aumento entre portugueses y castellanos y, del poco interés de la corona española por invertir en la defensa de Ormuz, da cuenta el nombramiento que hizo el rey Felipe III en 1614 de un noble extremeño, don García de Silva y Figueroa (1550-1624), como embajador ante el Imperio safávida, gobernado por Abbás I el Grande, cuya cercanía anhelaba como aliado.

García de Silva, viajero, escritor y diplomático, fue comisionado para que viajara a Persia con el objetivo de recabar el apoyo del shah en su lucha contra el Imperio otomano. Esta misión soslayaba la importancia que para los portugueses tenía el estrecho de Ormuz y la defensa de sus intereses ante el propio shah, deseoso de conquistar la fortaleza.

El disgusto fue morrocotudo porque Felipe III, haciendo caso omiso de tal enojo, ordenó además que el viaje, desde su llegada a Goa, fuera sufragado por el virrey de la India, dom Jerónimo de Azevedo, que reaccionó negando recursos y apoyos y obstaculizando la embajada del zafrense. Aun así, García de Silva partió de Lisboa el 8 de abril de 1614, en la Armada de la India, con tres naves cargadas de regalos como vajillas, joyas, armas y un perro mastín que debía de ser una rareza en aquellas tierras pedregosas.

Navegaron el Atlántico, rodearon el peligrosísimo cabo de Buena Esperanza y, tras varios meses, llegaron a Goa (India), capital portuguesa en Asia; desde allí enfilaron hacia el oeste bordeando la costa de Omán, atravesaron el estrecho de Ormuz y desembarcaron en Bandar Abbás (Persia) el 12 de octubre de 1617.

En este punto se inició un penoso viaje por tierra —según su propia descripción— en caravanas de dromedarios, con temperaturas extremas, atravesando montañas y desiertos hasta llegar a Isfahán, donde pudo encontrarse con Abbás I el Grande en 1618.

Quedó impresionado por la riqueza de sus construcciones, por las ruinas que hablaban de la grandeza de su pasado (Persépolis) y por los agasajos que el persa le dedicó; tuvo la paciencia de recoger todo ello en unos diarios que todavía hoy constituyen una fuente extraordinaria de estudio. El viaje de vuelta del embajador fue bastante más duro que el de ida y acabó muriendo en alta mar en 1624.

Mientras tanto, el virrey de la India se enfrentaba sin recursos a las sublevaciones de Goa y a la presión del shah y de los ingleses, que ya merodeaban por el Golfo Pérsico. En 1619 Felipe III envió una flota al mando del portugués Rui Freire de Andrade, nombrado general del Mar de Ormuz y costa de Persia y Arabia, con la misión de expulsar a los ingleses, establecidos en la isla de Jask desde 1616, y reforzar la posición portuguesa en el estrecho procurando no molestar mucho al shah.

El desastre en diferido duró tres años: la escuadra ibérica se enfrentó a los ingleses y perdió la batalla; el general portugués decidió levantar un fuerte en la isla de Qeshm para asegurar el suministro de agua y alimentos a la isla de Ormuz, pero el shah consideró esta construcción una provocación y, aliado con la flota inglesa de las Indias Orientales, sitió el alcázar, dejando a los habitantes de Ormuz sin recursos hasta que se rindieron en febrero de 1622. Rui Freire se refugió en Mascate, capital del sultanato de Omán, que convirtió en el nuevo cuartel general para la defensa de los intereses portugueses.

Mientras tanto, la muerte de Felipe III, el día 31 de marzo de 1621, había convertido en rey a su hijo Felipe IV, quien, aconsejado por su valido el conde-duque de Olivares, decidió no enviar más recursos para defender las posiciones, al fin y al cabo, portuguesas, en el estrecho de Ormuz.

La unión ibérica perdía así la influencia sobre las rutas comerciales euroasiáticas a manos de persas e ingleses. Las pérdidas también se sucedían en otras partes del imperio por la mala gestión de un rey muy flojo para el gobierno y un noble extremadamente ambicioso, pero falto de interés por las cuestiones portuguesas.

Sería Francisco de Quevedo —el adalid de las críticas hacia uno y otro— el que pusiera negro sobre blanco (o amarillo) la evidencia de sus incapacidades en el siguiente poema:

Al mal gobierno de Felipe IV

Los ingleses, Señor, y los persianos
han conquistado a Ormuz; las Filipinas,
del holandés padecen grandes ruinas.

Lima está con las armas en las manos.
El Brasil, en poder de luteranos;
Temerosas las islas sus vecinas;
La Valtelina y treinta Valtelinas
Serán del turco, en vez de los romanos.

La liga de furor y astucia armada,
Vuestro imperio procura que se trueque;
El daño es pronto y el remedio es tardo.

Responde el Rey: destierren luego a Estrada,
llamen al conde de Olivares duque,
case su hija y vámonos al Pardo.

La insostenible unión ibérica, herida de muerte, aguantó muy poco más: los nobles portugueses se sublevaron en diciembre de 1640 y proclamaron rey a Juan IV de Braganza. Felipe IV y Olivares no reconocieron la independencia y se inició un conflicto armado —otro más— conocido como Guerra de Restauración portuguesa, que acabó con la firma del Tratado de Lisboa en 1668, que reconocía oficialmente la independencia de Portugal.

Así es que sí: España y Portugal estuvieron bajo la misma corona durante unos años y, por añadidura, fueron los reyes españoles los que administraron el estrecho de Ormuz durante ese tiempo, aunque mostraran poco interés y lo hicieran, visto desde una perspectiva histórica, rematadamente mal.

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