
Según Plinio el Viejo, tal como se refleja en la segunda entrega de Drops of God (Las gotas de Dios), «‘In vino veritas’, en el vino está la verdad», y en esta ocasión esa verdad únicamente se halla en un misterioso vino considerado por el fallecido Alexandre Léger —encarnación de Rosalía— como «la perfección misma, la ambrosía de los dioses, la luz en la oscuridad». Quizá porque el vino, producto de la naturaleza y digno hijo de ella, es en ocasiones más genuino y honesto que el hombre, integrando en una botella aquellas virtudes de las que el ser humano, cuando se ciega olvidando su procedencia, reniega. De ahí que sea interesante las dos vertientes que inicialmente, después se pierde un poco, plantea el argumento en torno a la idiosincrasia y las certezas del hombre versus el vino y la naturaleza, pues para el primero, el fin justifica los medios siempre y cuando la intención sea buena; si es por salvaguardar un legado y una herencia. Y aun así sorprende que en esta segunda temporada, dirigida en su totalidad por Oded Ruskin, la esencia de la primera ideada por Quoc Dang Tran se haya diluido considerablemente, por mucho que la sombra del padre siga atormentando, e incluso condicionando, el destino de los excéntricos hermanastros protagonistas, Camille Léger (Fleur Geffrier) e Issei Tomine (Tomohisa Yamashita), que ahora tendrán que averiguar el origen de ese vino sin etiqueta para demostrarle una vez más al fantasma paterno quién es mejor que él y quién digno heredero. Sin embargo, si en algo atina Léger, no como padre sino como profesional, es en la descripción que hace de esta extraordinaria y única creación que aúna lo mejor del hombre y la naturaleza, pues basta degustarlo para no olvidarlo, precisamente por haber sido elaborado, tanto con una variedad de uva prohibida e híbrida, capaz de despertar la locura en sus catadores, llamada Herbemont, como con gracia divina. O en otras palabras: como si Dios y el diablo se hubiesen fundido en uno. De modo que no existe comparación ni competición ante semejante obra de arte, cuya esencia y naturaleza sacra lo aleja de la mercantilización y la consumición masiva. «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» registraron Mateo, Marcos y Lucas en las sagradas escrituras, y lo mismo podría decirse de este vino cuya suerte o fatalidad sufrirá un periplo similar al de los personajes, familiares y herederos en su mayoría, que deambulan entre dos umbrales: entre el cielo y la tierra, entre lo bueno o noble y lo infame, entre la serenidad que aporta la luz y el miedo que proyecta la oscuridad.
No obstante, si en la primera temporada la historia se centraba principalmente en Camille y en el conflicto que le despertaba el recuerdo de su padre, así como la apreciación de su propio talento, en esta ocasión la hija del respetado Léger, menosprecia su habilidad —restándole toda la importancia otorgada en la entrega anterior— hasta el punto de aferrarse a una negativa de carácter místico que pueda atribuirse a su facultad de hallar la composición de cualquier vino que se filtre por sus labios, aun sabiendo, o intuyendo, que el don mismo en verdad no viene dado ni creado por uno, sino, más bien, debiera ser considerado como un regalo otorgado por aquél o aquello en lo que cada cual deposite su fe. Y a este respecto, el personaje de Camille sufre cierta distorsión, o disociación, para con su destreza, llegando a afirmar que no se trata de ningún poder sobrenatural, sino de meros recuerdos; de la retentiva de su propio cerebro para almacenar sabores, texturas, aromas, intensidad, equilibrio, brillo, franqueza o persistencia y demás criterios que conforman la tipología vinícola. Y es una pena, porque lo que resultaba interesante de su personaje era precisamente esa tendencia mística, afín a los estados alterados de consciencia donde la mente crea y modifica espacios más allá de la realidad; donde la psique se aleja del status quo y opta por jugar y participar a sus anchas, no en una sola dimensión, sino en varias, llegando a alcanzar la quinta del teseracto en la que el individuo participa tanto como manipula, bien el tiempo, bien la dimensión física, a su gusto y capricho. Pero nada de esto ocurre. Si acaso, apenas un leve acercamiento, semejante a las caricias con la yema de los dedos y nada más. Todo queda envuelto en una superficie demasiado ligera, demasiado pobre, donde el foco se aleja de Camille para centrarse en Issei —cuyo leitmotiv podría haber sido perfectamente el Before We Drown de Depeche Mode enfatizando así la evolución, al igual que la trascendencia, del personaje—, y en sus traumas infantiles: un miedo a la oscuridad que ha aflorado en los últimos meses, e incluso años, traducido en una obsesión; en el ejercicio de un deporte extremo, de riesgo, como es el llamado buceo libre, apnea o, directamente, buceo a pulmón, donde la línea que separa la vida de la muerte es tan fina como sugestiva.
En ese sentido, bien podrían haberse servido los guionistas de la historia basada en hechos reales de Audrey Mestre, recogida y expuesta en el filme Sous emprise —Sin aliento (2022)— dirigida por David M. Rosenthal, que narra la experiencia real que padeció su protagonista, apneísta francesa, en la profundidad de la nada; en esa lucha entre el amor y la adicción que provoca el vacío que esconde la mar o el océano en sí mismo, donde se desdibuja la vida marina con la carga existencial que todos llevamos a la espalda; donde muchos, a determinada profundidad, se ven atraídos por la locura de su pasado, de sus miedos o anhelos más velados y, tal como afirma Issei, «encuentran la paz. Ven cosas. Tienen visiones», que les sirven de guía y respuesta. Quizá, a este respecto, las personas seamos o representemos algo parecido: esa nada que, por mucho que nos empeñemos en darle sentido o notoriedad, la mayoría de las veces carece de base y fondo por no haber sabido tratar la materia prima como es debido: con cuidado, ternura, belleza…o con la vehemencia necesaria que Camille poseía en sus inicios para potenciar aquello que nos era innato, y sin embargo, con el correr de los años, nos hemos vuelto más tediosos o cómodos, llegando a infravalorar —e incluso eludir— lo que nos diferenciaba del resto. Y a partir de aquí, es curiosa la manera en la que Camille e Issei vuelven a parecerse más de lo que dicen o muestran. Pues esta vez, no sólo Camille ha eximido su talento, sino que también Issei ha perdido el propósito que, suponía, tenía en la vida: una pasión, una maestría, un dominio en enología que la mejor catadora de vinos —su hermanastra— le ha arrebatado. Sin embargo, a pesar de las semejanzas, ahora los roles se han invertido. Camille se presenta como la escéptica, Issei como el místico. Camille prueba el misterioso vino sin turbarse, en cambio su hermanastro obtiene de repente la virtud de evocar un lugar aparentemente desconocido, y bilocarse. Gracias al vino, Issei es creador y partícipe de una visión donde logra contemplar «el mar de la Tranquilidad», donde sólo la luna, cual vigía, lo acompaña; la luz en la oscuridad que debe descifrar. El sentido vital para no ahogarse en el lecho marino ni en los rincones abisales de su mente y su espíritu, aun siendo este tormento, como el buceo libre, lo único que le hace sentirse de nuevo vivo.
«Nada» en árabe, concebido como nombre propio, significa «rocío de la mañana». ¿Acaso es insignificante la condición del hombre cuando carece de propósito existencial, cuando no avanza con seguridad o claridad, cuando la sensación de vacío e inexistencia lo embarga, independientemente de los movimientos, actos o decisiones que tome? El no sentir nada, el sentirse vacío como Issei, pese al trauma, no tiene por qué implicar una actitud nihilista ante la vida, pero sí el estado necesario que sirva como preludio del renacer y del cambio; para que el mañana no sea sinónimo de hastío o apatía por tener que enfrentarlo. O, en tal caso, propiciar una serie de condiciones tranquilas y estables a fin de que la humedad esté presente en el ambiente, evitando que la sequedad del alma dé paso a la dureza o aspereza del carácter y la ausencia del rocío sea entonces percibida como una señal, una alegoría o metáfora, de la saturación, perturbación o desesperanza del yo. Suerte que Issei es japonés y alcanza por momentos el estado de gracia, o gloria del estoicismo, similar a la que Wim Wenders retrató de Hirayama (Kōji Yakusho) en sus Perfect Days. Es decir, desarrollar la facilidad de sumergirse en el laberinto de sí mismo para encontrar la esencia del ser y, desde ahí, desentrañar los miedos, poniéndoles, si hace falta, nombre y rostro. Por eso es imprescindible la nada. Por eso también, el tomar un nuevo punto de partida, un comienzo, un viaje en solitario como el que inicia Issei desde Marsella a Tiflis, pasando entre medias por Jerez de la Frontera (mención especial al fichaje de Pedro Casablanc en esta temporada), Tokyo o Atenas y, de ese modo, que la historia del hombre, como la del vino y la naturaleza queden, al igual que en la primera temporada, entrelazadas en una.
Por otro lado, las disputas entre los hermanastros, las envidias, los reproches y los celos, continúan aflorando en los diferentes episodios y en diálogos que mantienen entre ellos, así como con otros, generando además nuevos debates sobre las relaciones paterno-filiales, porque aunque se empeñen en homogeneizar, ya sea la propia familia o la sociedad, todos los hermanos tienen diferentes versiones de sus padres, del mismo modo que los padres las tienen de sus hijos. Y en este contexto, si algunos niños, de acuerdo con esas relaciones, nacen con una maldad enraizada difícil de corregir o erradicar, por ser inherente al carácter, o bien, si mediante la conversación, el paso del tiempo y el perdón, puede darse lo contrario pues, según Issei, «ningún niño nace malo». Luego la controversia radica tanto en el arco de transformación de los protagonistas, como en la percepción y demás conclusiones que saquen los espectadores al hilo de los giros de una Camille que en esta segunda temporada —en comparación con la anterior— estrena una serie de comportamientos más egoístas, soberbios, fríos, interesados y, a veces, perjudicialmente ambiciosos que recuerdan a su padre, y un Issei que se ha propuesto surcar la vida según la tranquilidad o rebeldía que le ofrezca y dictamine la mar. Sin olvidar la celebración de un concurso de vinos nuevos que aporta, no sólo lo mejor de la temporada, o sea el clímax, sino también que Oded Ruskin pueda resarcirse poniendo el foco donde nunca debiera perderlo en cuestiones como la auténtica valía o rédito económico que se saca de las obras de arte, de los vinos, de la tradición y el legado que se mantiene de generación en generación, e incluso del riesgo —peligro de extinción— que sufren algunos oficios cuando no hay artesanos que dediquen su tiempo y su vida para aprenderlos, custodiarlos y, en consecuencia, conservarlos, y más aún aquellos que dependen directamente de la Naturaleza, única capaz de renovarse, de adaptarse, con tal de no desaparecer. A ella ha acudido siempre el hombre en busca de respuestas, considerándola maestra pues, a diferencia de él, no se corrompe y tampoco engaña, precisamente, por ser verdadera.
«El vino es el cielo, es la tierra; son las personas que lo elaboran» recuerda Camille, y las gotas de Dios parte indispensable de su creación. Por algo será que en su caso, como en el de Issei, cuando se sienten perdidos, decepcionados o traicionados, recurren al vino y, por ende, también a su naturaleza con la intención de hallar la perfección, la verdad o, en definitiva, esa luz en la oscuridad que les sirva para enterrar los fantasmas del pasado y, si es necesario, volver a empezar.







