
La foto oficial de la gala del I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, celebrada el 8 de abril de 2026 en el Museu Marítim de Barcelona, contiene toda la información que necesitan. En el centro, Samanta Schweblin, la escritora argentina que acaba de recibir un millón de euros por su libro de relatos El buen mal. A su izquierda, Maurici Lucena, presidente de Aena. A su derecha, Salvador Illa, president de la Generalitat de Catalunya. En la sala, entre las 330 personas que cenaban bajo las bóvedas de las Drassanes Reials, estaban también Jaume Collboni, alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, ministro de Industria, y Sònia Hernández, consellera de Cultura.
Cuenten los cargos. Cuenten los carnets. Lucena, exportavoz del PSC en el Parlament. Illa, líder del PSC y president. Collboni, PSC y alcalde. Hereu, PSC y ministro. Hernández, PSC y consellera. Cinco cargos del Partido Socialista de Cataluña rodeando a una escritora que no sabe qué hacer con un millón de euros de dinero semipúblico. Mas que una gala literaria parece un acto de partido con la coartada del fomento de la lectura.
Ahora cuenten las ausencias. Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, el ministerio del que depende Aena, estaba anunciado y no apareció —aunque acudió al día siguiente a una reunión con Illa en Barcelona para hablar de Rodalies—. Ernest Urtasun, ministro de Cultura, el cargo que en cualquier país normal clausuraría una gala literaria de esta envergadura, tampoco estuvo. El ministro de quien depende la empresa que paga el premio no fue. El ministro de Cultura del Gobierno de España no fue. Pero el president de la Generalitat sí clausuró la gala. Y el alcalde de Barcelona sí posó en la alfombra verde. El premio más caro de la historia de las letras en español lo clausuró un presidente autonómico, no un ministro de Cultura. No parece un descuido de agenda. Más bien es el retrato exacto de para quién se organizó la fiesta.
El delfín que nunca se fue
Para entender el Premio Aena hay que entender a Maurici Lucena i Betriu. Y para entender a Lucena hay que empezar por una fotografía de diciembre de 1982. Pasqual Maragall, recién elegido alcalde de Barcelona, firma una dedicatoria a la familia Lucena. Gabriel Lucena, padre de Maurici, es su jefe de gabinete. En esa casa del barrio de Les Corts se habla de política como en otras se habla del tiempo. El socialismo catalán no es una ideología: es el aire que se respira.
El niño crece. Estudia en la escuela Ítaca, un centro de pedagogía innovadora. Lee a Rawls y a Isaiah Berlin. Se forma en la Universitat Pompeu Fabra y en el CEMFI del Banco de España. A los 23 años entra en el despacho de Carlos Solchaga. A los 28 es director general del CDTI. Preside el Consejo de la Agencia Espacial Europea. Pasa por ISDEFE. En 2012 entra en el Parlament como diputado y portavoz del grupo socialista. Y ahí ocurre algo decisivo: cuando el liderazgo de Pedro Sánchez dentro del PSOE es frágil, discutido, casi improbable, Lucena es uno de los escasos perfiles del PSC que le mantiene lealtad. En política, ese tipo de fidelidad temprana rara vez se olvida.
Sánchez cae, regresa, llega a la Moncloa. El 16 de julio de 2018, Maurici Lucena es nombrado presidente y consejero delegado de Aena a propuesta del Ministerio de Fomento. Sustituye a Jaime García-Legaz, hombre del PP. La lectura que se hace del nombramiento es unánime: no llega por ser un gran gestor aeroportuario, porque no lo es. Llega como cuadro político, como tecnócrata con carnet, como hombre de confianza del sanchismo en un momento en que El Prat, Cataluña y la estructura territorial del Estado van a convertirse en campo de batalla.
Pero la historia tiene un giro que revela la verdadera naturaleza del personaje. En enero de 2021, Salvador Illa anuncia que si gana las elecciones catalanas contará con Lucena como vicepresidente económico de la Generalitat. El propio PSC lo publica en su web. Aena comunica el hecho a la CNMV. El presidente de la mayor gestora aeroportuaria del mundo, una empresa cotizada con miles de accionistas privados, está oficialmente disponible para la reasignación partidista. Como si Aena, durante unos días, hubiese dejado ver el revés del telón.
Illa no logró gobernar en 2021. Lucena se quedó en Aena. Pero la escena quedó grabada: el CEO del IBEX no era un directivo que un día fue político. Era un político que ocupa una silla empresarial mientras espera la siguiente instrucción del partido. Y el partido, en este caso, tiene nombre: PSC. Y el partido, en este caso, tiene líder: Salvador Illa.
El premio como operación
Cuando en febrero de 2026 Lucena anuncia la creación del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros para el ganador y 30.000 para cada finalista, el presupuesto total supera los 2,5 millones si se incluye la compra masiva de ejemplares. La pregunta más obvia es qué pinta un premio literario de ese calibre en una empresa que gestiona aeropuertos. Pero esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿a quién beneficia?
Empecemos por el propio Lucena. El 16 de abril de 2026, ocho días después de la gala, se celebra la junta de accionistas de Aena en la que se vota su reelección como presidente y CEO. La firma de asesoría de voto ISS1 ha recomendado votar en contra por la concentración de los cargos de presidente y consejero delegado en la misma persona. El fondo californiano Calstrs ha anunciado que seguirá la recomendación de ISS. Pero el Estado controla el 51% del capital a través de Enaire, dependiente del Ministerio de Transportes de Óscar Puente. Lucena será reelegido. Si lo consigue, será el presidente más longevo desde la salida a bolsa de la compañía.
En ese contexto, el premio no es filantropía. Es una carta de presentación ante la junta. Es la demostración de que Lucena no es solo un gestor de tasas aeroportuarias y conflictos con Ryanair: es un hombre de cultura, un visionario que ha colocado a Aena en el mapa del mecenazgo internacional. El premio es el argumento blando que complementa los argumentos duros —los 2.136 millones de beneficio, la expansión en Brasil, la adjudicación de Galeão— de cara a unos accionistas que necesitan razones para renovarle. La operación es elegante: gastas 2,5 millones de dinero semipúblico en un premio que te construye un perfil de estadista cultural, y lo haces justo antes de pedir que te renueven el mandato.
Pero el beneficio profesional de Lucena, en caso de que se de, es el más pequeño de los beneficios. El grande es político.
Barcelona como capital de las letras en castellano
Lucena lo dijo en la gala con una claridad que no dejaba espacio a la ambigüedad: quiere que el premio se entregue cada año en Barcelona. No en Madrid. No en Ciudad de México. No en Buenos Aires. En Barcelona. Y en la gala se repitió como un mantra que el 80% de la producción literaria en español se edita en Barcelona.
Para el PSC, esa frase es dinamita narrativa. Barcelona lleva una década marcada por el procés, por la imagen de una ciudad fracturada entre el catalanismo y el españolismo, entre la lengua propia y la lengua común. Lo que el Premio Aena hace es instalar en el imaginario una Barcelona distinta: bilingüe, cosmopolita, abierta, editora del mundo hispano. Es exactamente la Barcelona de Salvador Illa. La Barcelona post-procés que el PSC necesita para gobernar.
Illa clausuró la gala con un discurso que no dejaba dudas sobre la lectura política del evento. Habló de que en momentos difíciles no se puede ir contra la cultura porque la cultura es lo que somos. Recordó al escritor valenciano Josep Piera. Pidió a escritores y editores que siguieran escribiendo y editando. Cada frase era un ejercicio de posicionamiento: aquí estoy yo, presidente de Cataluña, cerrando un acto en castellano, en Barcelona, defendiendo la cultura como algo que nos une. No es un discurso literario. Es un discurso de Estado dentro de Cataluña.
Cada acto institucional que Illa protagoniza en Barcelona sin que sea un acto independentista es un triunfo narrativo. El Premio Aena le regala eso gratis. Con el dinero de una empresa semipública, pero gratis para el partido.
La red
Miren la composición del acto. La gala la presentaron Josep Cuní,un periodista muy afín al PSC en la televisión catalana, y la modelo Martina Klein. Por el photocall pasaron Arturo Pérez-Reverte, Pilar Eyre, Najat El Hachmi, Carme Riera, Rosa María Calaf. Los secretarios del jurado, sin voz ni voto pero con presencia visible, fueron Sergio Vila-Sanjuán, jefe de Cultura de La Vanguardia desde 1987, y Jesús García Calero, de ABC Cultural. Vila-Sanjuán es el periodista cultural más influyente de la Barcelona burguesa. Lucena es miembro del Cercle d’Economia, la institución que desde hace décadas funciona como el parlamento informal de la élite económica catalana.
Lo que tenemos no es un premio literario. Es una infraestructura de relaciones que conecta al PSC con PRISA (a través de Jordi Gracia, que defiende el premio desde El País), con La Vanguardia (a través de Vila-Sanjuán y de Daniel Fernández, editor de Edhasa, que publicó una apología del premio en ese periódico), con el mundo editorial barcelonés (Seix Barral publicó la obra ganadora), con la élite económica del Cercle y con la Generalitat de Illa. Barcelona, PSC, PRISA, La Vanguardia, Cercle d’Economia: todo respira el mismo aire.
Contraprogramar al Planeta
Hay un detalle que conviene no pasar por alto. Hasta la aparición del Premio Aena, el único galardón literario dotado con un millón de euros en España era el Premio Planeta. Y el Planeta es del Grupo Antena 3 (Carlos Alsina sigue esperando poder entrevistar a Sánchez algún día). Es la otra Barcelona: la Barcelona conservadora, monárquica, empresarial, la que cena en el Ritz y vota centroderecha. El PSC no ha tenido nunca un instrumento cultural de ese calibre. Ahora lo tiene. Y además, a diferencia del Planeta, no necesita pagarlo de su bolsillo: lo paga Aena, es decir, una empresa cuyo 51% es del Estado. No sale del bolsillo del PSC. Sale del de Aena. Que es como decir que sale del de todos.
La simetría es evidente. Planeta: Barcelona, octubre, cena en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, premio a novela inédita, dinero privado, élite conservadora. Aena: Barcelona, abril, cena en el Museu Marítim, premio a obra publicada, dinero semipúblico, élite socialista. Dos galas, dos Barcelonas, dos redes de poder. La misma ciudad, el mismo juego.
El soft power del PSC en las empresas públicas
Lo del Premio Aena no es un caso aislado. Es un patrón. Y cuando uno lo pone en lista, el patrón deja de parecer una coincidencia y empieza a parecer un organigrama.
Maurici Lucena (PSC, exportavoz en el Parlament): presidente y CEO de Aena desde 2018. Marc Murtra (PSC): presidente de Indra desde 2020, trasladado a la presidencia de Telefónica en enero de 2025, donde la cotización se ha hundido y las filiales latinoamericanas se han vendido. Ángel Simón (cercano al PSC, ex Agbar, ex CriteriaCaixa): nombrado presidente no ejecutivo de Indra en abril de 2026 tras la defenestración de Ángel Escribano, un movimiento que Vozpópuli ha documentado como orquestado directamente por Illa a través del empresario Luis Conde, cuya firma Seeliger & Conde aprobó el informe de idoneidad de Simón y ha sido contratada por Indra para renovar toda la cúpula directiva. Isaías Táboas (PSC, exdirector de gabinete de Montilla): presidente de Renfe hasta 2023. Raül Blanco (PSC, miembro de la Comisión Ejecutiva del partido): sustituto de Táboas en Renfe, hasta que fue relevado en 2025 y aterrizó como director de estrategia de Sapa, que casualmente es el tercer accionista de Indra. Raquel Sánchez (PSC, exministra de Transportes, militante desde 2003, miembro de la Comisión Ejecutiva): presidenta de Paradores desde diciembre de 2023. Jordi Hereu (PSC, exalcalde de Barcelona): ministro de Industria, antes presidente de Hispasat. Alberto Martínez Lacambra: director de Red.es. Alejandro Collfedors: presidente del Consorcio de Alta Velocidad Meca-Medina.
Son al menos nueve nombres del PSC o de su entorno directo colocados en la cúpula de empresas públicas, semipúblicas y organismos estatales. No estamos hablando de cuotas regionales, que todos los partidos practican. Estamos hablando de un partido que no llega al 2% del voto nacional y que controla o ha controlado la presidencia de Aena, Indra, Telefónica, Renfe, Paradores, Hispasat y Red.es. Es una densidad de poder empresarial sin precedentes para una federación territorial del PSOE.
Y el caso de Indra es el más reciente y el más revelador. Illa llevaba meses intentando recolocar a Simón después de que Isidro Fainé lo expulsara de CriteriaCaixa precisamente por considerar que acumulaba demasiado poder alguien tan cercano al PSC. Cuando el Gobierno forzó la salida de Escribano de Indra, el informe de idoneidad de Simón lo firmó la empresa de Luis Conde, amigo personal de Illa. Como se lee en Vozpópuli, Conde es el empresario catalán más discreto y mejor conectado de Barcelona, y su firma está ahora renovando la cúpula de Indra. Los fichajes que haga la compañía llevarán el sello previo de alguien de confianza del president.
Lo que diferencia a Lucena de los demás es que ha sobrevivido. Y no solo ha sobrevivido: Aena ha dado resultados récord bajo su mandato. El beneficio neto de 2025 fue de 2.136 millones de euros, un 10,5% más que el año anterior. La expansión en Brasil suma ya 18 aeropuertos. La adjudicación de Galeão fue un golpe de efecto. Las cifras son difícilmente discutibles. Pero las cifras de Aena se explican, en gran medida, por las cifras del turismo español: Aena gestiona un monopolio natural en uno de los países más visitados del mundo. La pregunta no es si ha sabido gestionar una empresa que funciona; la pregunta es cuánto valor ha añadido a una estructura que ya estaba diseñada para ganar.
Y sobre esa ambigüedad entre mérito propio y estructura favorable es donde Lucena construye su relato. El premio literario es parte de ese relato. No es el CEO que sube las tasas a las aerolíneas y se pelea con Ryanair. Es el hombre que lee a Isaiah Berlin y monta un Booker hispano desde una empresa de aeropuertos. Es el tecnócrata culto que devuelve a la sociedad lo que la sociedad le da. Es, en fin, el tipo de perfil que un partido como el PSC necesita: alguien que no parece un político aunque lo sea, que habla como un economista pero golpea como un cuadro de aparato, que vive en el piso de Les Corts donde creció y sin embargo preside un imperio de 6.379 millones de euros de facturación.
El delfín espera
Queda la pregunta más incómoda, la que nadie ha formulado públicamente pero que flota sobre toda esta historia como el humo sobre una barbacoa. ¿Qué quiere ser Maurici Lucena cuando sea mayor?
Ya conocemos la respuesta, porque Illa la dio en 2021: vicepresidente económico de la Generalitat. Pero eso era cuando Illa aspiraba a president. Ahora Illa ya es president. Y si un día salta a la Moncloa —que es adonde apunta todo el dispositivo del PSC—, la silla que deja no es la de vicepresidente. Es la de president. Lucena, a sus 50 años, es el gran éxito del PSC en la gestión empresarial pública. El único que no ha tropezado. El único que puede exhibir resultados. El único que ha construido un perfil que trasciende el cargo. Si Illa necesitara un día dejar Barcelona en manos de alguien con perfil técnico y pedigrí socialista, un hombre del Cercle d’Economia con experiencia en la gestión de empresas cotizadas, un tecnócrata que ha cenado con ministros y ha negociado concesiones en São Paulo, la lista de candidatos es muy corta. Tan corta que tiene un solo nombre.
Visto así, el Premio Aena cobra un sentido distinto. No es solo una operación para renovar el mandato en una empresa de aeropuertos. Es la construcción metódica de un perfil público. Un tecnócrata que gestiona una empresa del IBEX no sale en los suplementos culturales. Pero un mecenas que crea el premio literario más caro del mundo hispano, sí. Un presidente de Aena que sube las tasas a Ryanair no cena con escritores. Pero el impulsor de un Booker hispánico, sí. Lucena no necesita que lo conozcan los inversores; ya lo conocen. Necesita que lo conozcan los que leen, los que opinan, los que luego escriben los editoriales y los perfiles. El premio es una máquina de fabricar notoriedad en el ecosistema exacto donde un futuro candidato a la Generalitat necesita ser conocido.
El Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana es muchas cosas. Es un acto de mecenazgo cultural cuestionable por su procedencia. Es una operación de imagen personal de cara a una junta de accionistas. Es una herramienta de soft power del PSC en el ecosistema cultural español. Es un instrumento para posicionar Barcelona como capital literaria del mundo hispano en la narrativa post-procés. Es una contraprogramación del Planeta con dinero de una empresa mayoritariamente pública. Pero sobre todo, y esto es lo que nadie dice, es una pieza en un dispositivo de sucesión que tiene dos movimientos: Illa a la Moncloa, Lucena a Barcelona. El hombre que vive en el piso donde creció, lee a los filósofos que le enseñó su padre a citar y espera, con la paciencia del que sabe que en política la fidelidad siempre se cobra, a que suene el teléfono.
Samanta Schweblin se llevó el millón. Pero el verdadero premio, el que no tiene dotación económica pero vale mucho más, se lo ha llevado Maurici Lucena. Y ni siquiera ha tenido que escribir un libro.
Nota de la revista: Si Aena quiere ser el nuevo referente cultural del mundo hispano despreciando a las revistas culturales, en Jot Down nos comprometemos a ser su crítico literario. Seguiremos informando.
1ISS es una firma estadounidense de asesoría de voto a accionistas institucionales, que emite recomendaciones sobre cómo votar en juntas de empresas cotizadas (nombramientos, retribuciones, etc.)






