
Si en España el millonario premio Aena despertó más de un interrogante por su monto, por su rutilante aparición desde la nada, por el mecanismo de selección, por el jurado y por su carácter de operación publicitaria y hasta política, en la Argentina su creación resultó indiferente, mientras que su concesión fue largamente celebrada. En estas pampas, las victorias compatriotas son siempre motivo de orgullo, así sea en el fútbol como en la caza de mariposas. Un matiz, sin embargo, evitó por un lado la unanimidad y, por el otro, acentuó la euforia. Como todo lo que ocurre en la Argentina, el millón de euros ganado por Samanta Schweblin fue pasto de la obligatoria politización de todas las cosas. Es que la escritora venía de hacer declaraciones de contenido muy opositor —dijo cosas como «En mi país la ultraderecha tomó el poder y lo está destrozando todo»—, lo que dividió las aguas, aunque en el mundo literario y editorial la proporción a favor y en contra del gobierno debe de ser de uno a nueve. De todos modos, la pequeña minoría que puso algún reparo a la premiación o al premio en sí fue castigada en las redes sociales, con tuits del tipo «Molesta que una mujer latinoamericana gane un premio literario de mucho dinero», además de otros, muy numerosos, que calificaban a la autora de genial e indiscutible.
Pero más allá del sesgo por razones políticas, el premio fue bien recibido por escritores y lectores, aun entre quienes no suscriben la posición política de la ganadora. Schweblin, a diferencia de muchos de sus colegas, es querida en el medio con pocas excepciones. Con su habitual mezcla de benevolencia y causticidad, el escritor chileno Rafael Gumucio resumió la situación con estas palabras: «Escribe bien, es guapa, es juiciosa, es equilibrada, vive en Berlín, es argentina, no mira su móvil en la semana y quiere que pongamos atención antes de perdernos en el vértigo del mundo actual. Es perfecta». Y agregó: «Creo que es imposible decir nada malo de Samanta Schweblin. Quizás eso es lo único malo. Quizás, si se piensa bien, es lo terrible».
Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978, vive en Berlín desde 2012 y lleva publicados cuatro libros de cuentos y dos novelas. Si algo caracteriza la carrera de Schweblin es la multitud de premios que ha obtenido desde 2001, cuando ganó el del Fondo Nacional de las Artes por El núcleo del disturbio. El Aena parece una consecuencia natural de la serie anterior, como si Schweblin se dedicara a coleccionarlos, a llenar los lugares de su álbum de galardones para culminar un día con el Nobel. Entre esos premios, que son más de quince, figuran, entre otros, el de Casa de las Américas, el Rulfo, el O’Henry y el National Book Award, lo que habla de una escritora prestigiosa, elogiada por colegas internacionales como Lorrie Moore, Siri Hustvedt o Raúl Zurita, como consigna la edición en la Argentina de El buen mal en Random House. Una prueba de la aceptación editorial de Schweblin es que esa edición se complementa con la española en Planeta, es decir, que la obra ganadora del Aena cuenta con el apoyo de los dos grandes grupos editoriales del mundo.
Hay muchos testimonios que dan cuenta de la obstinación y la voluntad perfeccionista de Schweblin. Me gustaría acudir a dos. Uno es el de un colega que participó en algún congreso con ella y observó que, mientras los otros escritores salían de paseo, ella se quedaba en el hotel corrigiendo su trabajo. El otro es por un lado indirecto, pero es el suyo propio. En 2011 publicó en la revista del diario La Nación un artículo muy largo dedicado a homenajear a su abuelo materno, Alfredo de Vincenzo, un premiado artista plástico que estudió en París e introdujo en la Argentina técnicas de grabado y fotografía. Allí Schweblin relata cómo su abuelo fue fundamental en su educación personal y como artista, cómo le hizo conocer de niña la calle y la bohemia, cómo la hizo leer y escribir, cómo la hizo trabajar como asistente en su taller y le fue inculcando la disciplina que terminaría haciendo suya. La nota es muy reveladora, porque Schweblin da cuenta al pasar de una filiación ideológica progresista —aunque no hable de eso, aparentemente contraria a la de la rama alemana de su familia— y de una pertenencia temprana al mundo del arte. También tiene la nota un dejo algo oscuro porque parece estar aludiendo casi secretamente al sacrificio de una nena en el altar de la productividad y el éxito.
Y no hay duda de que el éxito ha acompañado a Schweblin. No solo por la sucesión de premios que culminan por ahora en el Aena, sino por la aceptación de su obra, que parece ir camino de tener una venta masiva, aunque no como la de los autores de best sellers, sino en el rubro «escritores de calidad». Hay un consenso casi generalizado de que Schweblin «escribe bien», en el sentido de que domina su oficio y tiene un modo propio de encarar la escritura, especialmente en materia de relatos breves. Su primera novela, Distancia de rescate, la hizo conocida como maestra de los relatos que hablan del terror que provoca cuidar a un semejante y tuvo una adaptación al cine, pero muchos la consideran un cuento estirado a la dimensión de nouvelle por razones editoriales, mientras que hay coincidencia, incluso entre los admiradores de Schweblin, en que la segunda, Kentukis, es el más fallido de sus libros. En cambio, los cuentos tienen una aceptación muy superior y la autora se siente mucho más cómoda en ese territorio: historias compactas, con un sesgo fantástico que recuerda los relatos de Cortázar, con un clima opresivo y un trabajo enorme para darles precisión e impresionar al lector.
Schweblin ha hablado de la literatura como una tecnología cuyo dominio permite que el autor y el lector se encuentren en las páginas del libro. También lo ha hecho del poder de síntesis que le evite «usar doscientas cincuenta páginas para contar lo que podría hacer en veinte». E incluso de la necesidad de trabajar con el máximo de concentración posible. Estas declaraciones, aun tomadas fuera de contexto, hablan de una literatura cuidadosamente construida para lograr determinados efectos, especialmente un terror no explícito pero agobiante, un suspenso que desemboca en la impugnación de la vida social y en una visión misantrópica del mundo, características que identifican a la literatura respetable, un poco solemne, esa que los jurados suelen premiar y el público culto entiende como sinónimo del buen escribir.
Personalmente, los primeros libros de Schweblin no me llamaron demasiado la atención y dejé de leerla con Distancia de rescate (2014), a la que nada le agrega cierto toque ecologista. Sus relatos tenían entonces ciertos problemas para que la prosa fluyera: se trababan, a veces parecían traducciones. Por eso me sorprendió el lanzamiento que El buen mal (2025) tuvo en la Argentina, con un despliegue importante en materia de prensa y publicidad, que incluyó retratos de la autora en la vía pública —a cargo de la gran fotógrafa de escritores Alejandra López—. Ese libro demostraba que Schweblin se había perfeccionado, que se acercaba a sus objetivos. Incluye seis relatos, que nacen o culminan en situaciones trágicas, entre ellos «El ojo en la garganta», que me parece lo mejor que leí de ella, un articulado mecanismo de relojería narrativa cuyo núcleo vuelve a ser la imposibilidad de un padre para llegar hasta su hijo. Pero, en general, se nota una madurez que se va acercando al dominio de un estilo.
De todos modos, me sorprendí cuando, meses más tarde, cuando se acercaba la entrega del Premio Nobel de literatura, corrieron rumores en Buenos Aires de que Schweblin era candidata a ganarlo. El optimismo de sus admiradores me pareció un poco excesivo, porque se trataba de una escritora de cuarenta y siete años con una obra más bien reducida en ese momento. Pero luego llegó desde el cielo el premio Aena y Schweblin ingresó en el selecto club de los escritores que ganaron un millón de euros de un solo golpe, como el sastrecillo valiente (un cuento alemán, por cierto).
Desde que se anunció el libro ganador, no he dejado de pensar en el tema y, desde luego, no llegué a ninguna conclusión significativa. Me atrevo a arriesgar, sin embargo, que es bien posible que el premio sea merecido dadas las condiciones de otorgamiento. Es cierto que nadie leyó para la ocasión todas las obras narrativas publicadas en España en idiomas vernáculos y que los finalistas fueron publicados por los tres mayores grupos editoriales, pero tengo para mí que el libro de Schweblin es mejor que los otros cuatro (no los leí, pero algo conozco de la trayectoria de los autores). De modo que no hubo ningún escándalo una vez que se establecieron las reglas.
Por otro lado, empecé a encontrarle rasgos simpáticos a Schweblin. Me resulta interesante que no venga de la carrera de Letras, ya que estudió una carrera audiovisual y además su formación como escritora fueron los talleres literarios, esos lugares en los que se aprende a escribir literatura practicando, como en las escuelas de oficios medievales. Algunos prestigiosos, otros no tanto, esos talleres le parecieron a Schweblin más interesantes como lugar para formarse y para desarrollar su proyecto que el ámbito académico. El grado de competitividad de Schweblin adquiere así un carácter saludable que privilegia el triunfo material, como el de un atleta, sobre una representación abstracta y aspiracional.
También me cae bien que Schweblin haya elegido irse del país, creo que para no distraerse de su objetivo, y hasta que viva con un novio que puso un restaurante de empanadas argentinas en Berlín: una empresa sanamente plebeya. Pero hay algo un poco más sutil. Uno es un blurb que Schweblin escribió para un libro de Pablo Katchadjian, un escritor experimental a quien la viuda de Borges le hizo un juicio por publicar una minoritaria y juguetona versión de El aleph. El blurb dice así: «Hay pocos libros inteligentes, entretenidos, divertidos y bien escritos, y casi todos son de Katchadjian». Me llamó la atención el fino humor del elogio en una escritora en la que no descubrí que lo tuviera leyendo sus relatos. En el mismo sentido, vi un vídeo de Schweblin en el que miraba una biblioteca particular y declaraba que su libro favorito era El tercer policía, del irlandés Flann O’Brien, un autor igualmente divertido. Esta elección me sugirió, por un lado, que a Schweblin le gusta la literatura, más allá de lo que escriba (ni Katchadjian ni O’Brien aspiraron nunca al Nobel). Y, tirando de ese hilo, llegué a sospechar que tal vez Schweblin tenga la posibilidad de encontrar otro registro para su prosa. Por lo pronto, se puede sentar en su millón de euros y meditar al respecto.






