
Hay un tipo de hombre contemporáneo que vive atrapado en una épica amputada, como si hubiera nacido con un casco de conquistador encajado en el cráneo y lo único que le faltara fuera el imperio. No es que sueñe con la conquista como una fantasía erótica de museo, una cosa de espadas y banderas al viento. Es peor. Sueña con la conquista como un derecho natural, como un destino biológico, como una herencia que le han robado. Y ahí empieza el resentimiento, que es el combustible más barato del mundo. El macho actual no puede ser conquistador real, porque el mundo no necesita conquistadores y porque él tampoco da para ello, así que se fabrica una conquista de juguete, un imperio de memes fascistas y testosterona, un colonialismo doméstico que empieza por el espejo del baño y termina en un podcast donde un cretino con reloj caro y tatus imposiblemente horteras monetiza su idiocia y explica que su semen es capital y no debe hacerse pajas.
Lo fascinante es que esta masculinidad delirante no se construye sobre la fuerza, sino sobre el simulacro de la fuerza. La fuerza de verdad, la que dobla la historia, la que toma territorios, la que impone condiciones materiales, esa ya no está en manos de un chaval con bíceps y complejo de emperador. Está en manos de bancos, de algoritmos, de fondos de inversión, de Estados con drones y de empresas que te despiden con un correo amable. Pero el chaval no puede pelear contra eso. No sabe ni por dónde empezar. Así que se inventa una guerra que sí pueda ganar. Una guerra contra su propio cuerpo. Una guerra contra el deseo. Una guerra contra la pereza. Una guerra contra la «debilidad», palabra comodín que sirve para todo, desde la masturbación hasta llorar en público.
Por eso el nuevo macho no es un libertino, aunque se disfrace de depredador, sino un puritano. Un puritano rabioso que ha cambiado los mandamientos por la testosterona, al confesionario por el gimnasio, al pecado por la dopamina y al infierno por la mediocridad. No quiere disfrutar ni quiere placer, lo que quiere es dominación y «meritocracia». El placer es sospechoso porque se parece demasiado a rendirse. Y rendirse, en su mundo mental, es convertirse en mujer, lo femenino, que es para ellos el insulto definitivo, la caída al barro, el fracaso ontológico.
La conquista, en este paisaje, es una metáfora para justificar la frustración. Conquistar significa follar, pero también significa ganar dinero, pero también significa ser respetado, pero también significa no ser invisible. Conquistar significa existir. Y como existir sin épica le parece una humillación, convierte la vida cotidiana en una campaña militar. Se levanta temprano como quien toma Jerusalén, se ducha con agua fría como quien cruza los Alpes en elefante, se mira al espejo como Millán-Astray inspeccionando sus tropas. Y toda esta rutina para en el mejor de los casos sentarse a trabajar en un portátil con pegatinas, convencido de que está escribiendo el próximo capítulo de la historia universal, cuando en realidad está respondiendo correos y viendo gráficos que no entiende del todo y en peor pasarse la mañana en su habitación acosando e insultando a mujeres en redes hasta que madre le llama para que salga a comer.
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Vrabo! Ole tus obarios!
Qué fantástica prosa. Felicidades a la autora.
Excelente artículo. Al final se trata de un triunfo más del sistema, que busca tenernos entretenidos compitiendo entre nosotros con soluciones individuales (mejora tu cuerpo, controla tus deseos, afila tu mente…) que nunca llegan a nada, en lugar de pensar en soluciones colectivas.
«Hay un tipo de hombre contemporáneo…»
Lo que describe el artículo es al típico fascista, que ha existido en todas las épocas y que hace un siglo llegó al poder en varios países y provocó una guerra de 50 millones de muertos.
Nada, pues, nuevo bajo el sol. Ahí están Trump y sus muchachos o Poutine y los suyos para probarlo.
¡Poutine! oh-là-là!, ¡un lector de prensa en francés!
A lo mejor la proliferación de ese macho lleno de inmundicia es una respuesta a toda la inmundicia que en los últimos tiempos nos ha estado metiendo la progresía antinatura, censora y poseedora de la Verdad absoluta. A lo mejor, aunque no nos guste, porque la leyes físicas y la Biología hoy en día ya están ampliamente superadas por la humanidad, humanidod, humanided, etcétera, se está cumpliendo la tercera ley de Newton: toda acción tiene una reacción de igual intensidad pero contraria… De forma que antes nos atragantamos de inmundicia y ahora nos ahogamos de mierda….
No hace falta acudir a Newton como metáfora, Hegel dio la clave en la tesis, antítesis y síntesis. Pero no creo que sea tan sencillo como el mecanismo de un sacacorchos. Me explico. Se le echa la culpa al feminismo y a lo woke de que no somos iguales que antaño (¿realmente cuando lo hemos sido?) y no se señala la evidencia de que la tecnología nos ha cambiado, desde las formas de entender la producción (pegados a pantallas), la movilidad (en coche hasta para tirar la basura), la comunicación (móviles y redes sociales hasta en la sopa), y por tanto los gustos y los iconos. Un amigo se me quejaba un sábado por la tarde de que su hijo adolescente y sus amigos «le tienen miedo a las chicas», que no salen con ellas como hacíamos nosotros a los bares, y que todo era por culpa del feminismo. Su hijo mientras tanto whatsappeaba con el móvil echándose una risas con los amigos. Mi amigo era incapaz de asociar el cambio que había traído la tecnología con la forma que tenemos de comportarnos.
Y además echarle la culpa al feminismo de la situación y no a quien lo oprime a uno, a un sistema patriarcal y económico que te obliga a ser fuerte siempre, a no ser sensible, a no llorar, a ser el más de todo, el cazador, el guerrero, el alfa (y la omega), a ser saqueadores, a no quejarte y obedecer órdenes por un bien supremo ya sea dios, patria, rey, empresa o cualquier sistema de valores culturales mamados desde la cuna pues tiene narices.
No echo la culpa al Feminismo como concepto, sino la pretensión de este feminismo moderno, que no busca igualdad sino imponerse y hacer tragar cosas que con mis propios ojos y mi experiencia veo que no son verdad. Yo no añoro viejos tiempos, soy poco nostálgico, sino la falta de Sentido Común, las ganas de querer avanzar juntos y no en trincheras, separando a la gente en grupos y subgrupos para poder dominarla mejor. Trabajo con mayoría de mujeres (incluso los puestos de mando están a su cargo) y el feminismo de «brazos» brilla por su ausencia, o sea, cuando hay que agachar el lomo o tirar de brazo te lo cargan a ti en vez de demostrar con hechos la Gran Palabrería… Y este Sistema, al cual considero odioso tanto en su vertiente conservadora como progresista, está sostenido no sólo por hombres sino por un buen número de mujeres que también compiten, ambicionan, intrigan, cazan, mienten, asesinan, saquean, depredan, obedecen órdenes y son verdugos, no sólo víctimas.
Hay muchos tipos de feminismo. Hay un feminismo liberal, el imperante en la derecha bien queda (o en el PSOE de Sanchez que no le gustaba otro tipo de feminismo porque a sus amigos de 40 y 50 los hacía sentir incómodos, ¿a Koldo y Ábalos?), que no pretende subvertir la jerarquía, democratizarla ni cambiar el sistema económico que crea desgualdades, sino que lo ampara. El poder, ejercido de esta manera sigue siendo patriarcal. Es como creer que Thatcher, Ayuso, Hillary Clinton o la reina Isabel II son iconos de feminismo. No lo son, son íconos del poder de siempre.