Sociedad

La épica castrada del macho contemporáneo

Foto Ryan McGuire (CC) La épica amputada del macho contemporáneo
Foto: Ryan McGuire (CC)

Hay un tipo de hombre contemporáneo que vive atrapado en una épica amputada, como si hubiera nacido con un casco de conquistador encajado en el cráneo y lo único que le faltara fuera el imperio. No es que sueñe con la conquista como una fantasía erótica de museo, una cosa de espadas y banderas al viento. Es peor. Sueña con la conquista como un derecho natural, como un destino biológico, como una herencia que le han robado. Y ahí empieza el resentimiento, que es el combustible más barato del mundo. El macho actual no puede ser conquistador real, porque el mundo no necesita conquistadores y porque él tampoco da para ello, así que se fabrica una conquista de juguete, un imperio de memes fascistas y testosterona, un colonialismo doméstico que empieza por el espejo del baño y termina en un podcast donde un cretino con reloj caro y tatus imposiblemente horteras monetiza su idiocia y  explica que su semen es capital y no debe hacerse pajas.

Lo fascinante es que esta masculinidad delirante no se construye sobre la fuerza, sino sobre el simulacro de la fuerza. La fuerza de verdad, la que dobla la historia, la que toma territorios, la que impone condiciones materiales, esa ya no está en manos de un chaval con bíceps y complejo de emperador. Está en manos de bancos, de algoritmos, de fondos de inversión, de Estados con drones y de empresas que te despiden con un correo amable. Pero el chaval no puede pelear contra eso. No sabe ni por dónde empezar. Así que se inventa una guerra que sí pueda ganar. Una guerra contra su propio cuerpo. Una guerra contra el deseo. Una guerra contra la pereza. Una guerra contra la «debilidad», palabra comodín que sirve para todo, desde la masturbación hasta llorar en público.

Por eso el nuevo macho no es un libertino, aunque se disfrace de depredador, sino un puritano. Un puritano rabioso que ha cambiado los mandamientos por la testosterona, al confesionario por el gimnasio, al pecado por la dopamina y al infierno por la mediocridad. No quiere disfrutar ni quiere placer, lo que quiere es dominación y «meritocracia». El placer es sospechoso porque se parece demasiado a rendirse. Y rendirse, en su mundo mental, es convertirse en mujer, lo femenino, que es para ellos el insulto definitivo, la caída al barro, el fracaso ontológico.

La conquista, en este paisaje, es una metáfora para justificar la frustración. Conquistar significa follar, pero también significa ganar dinero, pero también significa ser respetado, pero también significa no ser invisible. Conquistar significa existir. Y como existir sin épica le parece una humillación, convierte la vida cotidiana en una campaña militar. Se levanta temprano como quien toma Jerusalén, se ducha con agua fría como quien cruza los Alpes en elefante, se mira al espejo como Millán-Astray inspeccionando sus tropas. Y toda esta rutina para en el mejor de los casos sentarse a trabajar en un portátil con pegatinas, convencido de que está escribiendo el próximo capítulo de la historia universal, cuando en realidad está respondiendo correos y viendo gráficos que no entiende del todo y en peor pasarse la mañana en su habitación acosando e insultando a mujeres en redes hasta que madre le llama para que salga a comer.

En medio de esa comedia  aparece el gurú, el hombre que promete convertir la impotencia en imperio. El que vende fórmulas para conquistar lo que sea, aunque sea una cuenta bancaria con cuatro ceros o una mujer que no se ría de ti. El que te susurra lo que quieres oír. Esta vez sí.

Toda esta masculinidad delirante necesita una mitología, porque este tipo de hombre no aguanta aguanta mucho tiempo mirándose al espejo y admitiendo que su vida es pequeña. Así que la mitología llega en cápsulas, en clips, en frases que parecen proverbios antiguos pero son eslóganes de venta. La épica viene con algoritmo y fragmento de canción viral.

Un primer gran santo de esta religión fue el gánster pop, Scarface como evangelio de los que confunden la violencia con el carácter. Tony Montana, uno de esos espejos para imbéciles. El desarrapado que asciende a base de cojones y cocaína, el que entra en un mundo y lo incendia hasta que le hacen sitio. Da igual que acabe muerto, da igual que su vida sea una parábola del delirio y la autodestrucción. La interpretación sensata es para los demás, para el creyente lo único que importa es la pose, la mesa llena de billetes y el traje chulo y la sensación de que el mundo se conquista a gritos. Luego vino el pickup artist, que es el conquistador en versión cutre, el Hernán Cortés del afterwork, el hombre que convierte el ligue en un manual de operaciones. Su vocabulario es una mezcla de zoológico y oficina. Habla de objetivos, de presas, de dominar el marco, de técnicas. La mujer no es una persona, es territorio. Y si algo falla, no es porque el tipo sea un residuo tóxico sin el menor atractivo físico, mental o espiritual, sino porque ha ejecutado mal el protocolo. Todo tiene solución cuando se trata a los demás como un puzle.

Por encima de ellos, flotando como un globo de helio lleno de odio, está el gurú contemporáneo, que ya no vende solo virilidad sino sentido. El gurú no te enseña a ligar, te enseña a ser y te jura que tu fracaso es culpa de otros. De las mujeres, del sistema, de la sociedad blanda, de la modernidad degenerada. Te dice que tú, en el fondo, eres un rey destronado. Y si tú te lo crees, ya está medio negocio hecho. Muchos dan un paso más allá y entran en la religión del odio. Ahí está Andrew Tate como síntesis perfecta, un proxeneta en traje de influencer, un vendedor de humo con mandíbula de videojuego, un profeta que ha entendido el hambre de su público y la ha convertido en negocio, porque no les ofrece sexo, les ofrece jerarquía, les ofrece un mundo donde el dolor se convierte en mérito y donde el desprecio hacia los demás se llama autoestima, solo que Tate no es únicamente un predicador de masculinidad agresiva, un tipo con voz de mando y estética de UFC barata, sino también un personaje con la mierda hasta las rodillas, alguien que ha sido investigado y procesado en distintos países por asuntos relacionados con la explotación de mujeres y el abuso, esa clase de biografía que no es «polémica» ni «cancelación», sino expediente, y aun así, o precisamente por eso, se convierte en icono, porque a cierta audiencia no le interesa la verdad, le interesa la fantasía de impunidad, la idea de que hay hombres a los que no se les aplica la ley común, hombres que pueden hacer lo que quieran y seguir posando como vencedores. De modo que Tate les da una narrativa para no aceptar lo más obvio, que es que la mayoría de hombres viven vidas normales y que esa normalidad no es una humillación, sino una condición humana. Lo mejor, lo más literario, lo más justo, es que este emperador de redes sociales nazis, este César de gimnasio y misoginia, acabó reducido a meme por Greta Thunberg, humillado en público con una frase mínima, como se pincha un globo, demostrando que debajo de tanta épica de testosterona lo que había era lo de siempre, un niño grande con el pito pequeño desesperado por atención.

Algo menos siniestro pero más cómico es el regreso de la religión como decorado de poder. Muchos de estos tipos se han vuelto devotos de repente. Devotos a su manera, claro. No vuelven a Dios por misterio o por fe, sino por marketing, un poco como Rosalía. Se ponen rosarios sobredimensionados como quien se pone un Rolex y se hacen fotos con una Virgen así de grande como quien posa con un coche caro. Hablan de Cristo como si fuera un empresario visionario, un triunfador que «no se quejaba», que «lideraba», que «vestía mejor que nadie», que «entrenaba duro» y por eso estaba fuerte. Un Jesús CEO, un mesías de gimnasio, un salvador con abdominales. Se te planta René ZZ, el youtuber gallego que llevaba años vendiendo estética, tinta y cultura visual, ahora redecorado como converso, recomendando lectura bíblica, hablando de fe y proponiendo encuentros como si hubiera descubierto a Dios igual que se descubre una rutina nueva de entrenamiento. La religión vuelve, sí, pero vuelve convertida en branding, en un filtro moral que se puede poner y quitar según el momento, como quien borra tatuajes o se los vuelve a hacer. Porque Amadeo Llados te suelta con toda la cara que Cristo hacía burpees, vestía mejor que nadie y era rico, que el problema es que tú no has entendido bien el mensaje, que el Evangelio en realidad era un manual de mentalidad ganadora, y que si Jesús multiplicaba los panes era porque sabía de escalabilidad y de marca personal, en esta línea tan de ahora de volver a la religiosidad y al catolicismo con unas herejías que ríete tú de los cátaros. El cristianismo aquí no es una fe. Es un sello de masculinidad. Una forma de decir «yo no soy débil, yo tengo valores». Valores que, casualmente, siempre terminan justificando el control, la obediencia y el dominio. El viejo truco. La cruz como arma blanca. El templo como gimnasio moral. La salvación como victoria y la supuesta temperancia sexual después de años de hablar de seducción.

Aquí es donde la masculinidad delirante se vuelve verdaderamente contemporánea, porque ya no se trata solo de conquistas amorosas sino de conquistar tu propio cuerpo como quien ocupa un territorio enemigo, levantar una bandera en mitad del deseo y proclamar victoria sobre ti mismo. En el macho viejo, el sexo era un trofeo, una confirmación externa de que seguías existiendo. En el macho nuevo, el sexo empieza a parecer un problema, un desorden, un gasto, una fuga de energía, y el placer se convierte en sospecha porque huele a rendición. Por eso la masturbación, ese gesto humilde y universal que debería ser una anécdota fisiológica, aparece de pronto como un crimen moral, como un síntoma de decadencia, como si tocarse fuera traicionarse, como si el semen fuese petróleo y eyacular fuera un desperdicio.

La retención seminal entra aquí como la teología perfecta del pringado con épica. Es puritanismo, pero al dios de lo incel, aunque a veces le pongan una cruz encima para que parezca respetable. Es abstinencia, pero sin misterio, sin silencio, sin interioridad, con la misma lógica que aplican al gimnasio y al bicoin. No te haces pajas porque eres un guerrero. No eyaculas porque estás construyendo imperio. Te guardas el deseo como quien guarda lingotes. Y si lo cuentas en redes, si lo predicas, si lo conviertes en contenido, mejor, porque entonces ya no es solo una manía, es un rango, una forma de decir «yo controlo», «yo no soy esclavo», «yo no soy débil», que en su idioma significa «yo no soy mujer», que es, como decíamos,  el insulto definitivo, el abismo ontológico donde se despeñan los perdedores.

Lo grotesco, y también lo revelador, es que esta castidad no es espiritual, es vengativa. No nace de una búsqueda sino de la rabia. Es la respuesta del que no puede dominar el mundo y decide dominar su dopamina, el que no puede conquistar territorios y decide conquistar su polla, el que no puede ser deseado y decide convertir el deseo en pecado para no tener que admitir la derrota. La abstinencia como revancha. El autocontrol como propaganda. La contención como medalla. Y todo ello narrado con esa voz de secta motivacional que mezcla religiosidad barata, pseudoneurociencia y mística de gimnasio, como si el cuerpo fuese una máquina de rendimiento y el alma un departamento de recursos humanos.

Por eso la testosterona aparece como polvo sagrado, como incienso químico. La toman, la venden, la predican. Se pinchan virilidad como quien se administra fe. Y alrededor de esa misa de difuntos ese tipo de macho contemporáneo construye su catedral, que ya no es un templo ni una casa, es un feed. Vive en el escaparate de sí mismo y se graba madrugando, entrenando, entrenando, leyendo un libro que no entiende, rezando. Se graba no tocándose. Y cada vídeo es un ladrillo en el mismo edificio, la fantasía de que si acumulas suficiente disciplina, suficiente dureza, suficiente contención, el mundo te deberá algo.

Pero el mundo no debe nada, esa es la tragedia secreta. Lo que se esconde debajo de toda esta épica de conquista es un fracaso estructural, un paisaje donde muchos hombres han crecido con la promesa de ser alguien y han acabado siendo nadie, o peor, siendo alguien solo durante quince segundos de atención digital. Y en vez de mirar el sistema que les trituró, en vez de señalar al poder real, prefieren señalar a la mujer, al diferente, al moderno, porque es más fácil odiar hacia abajo que entender hacia arriba. Así nace el conquistador sin conquista, el emperador sin imperio, el guerrero sin guerra, el hombre que presume de contención como si la contención fuera gloria, cuando en realidad es el síntoma más claro de que ya no queda nada que conquistar.

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