Sociedad

Tápese, por favor: la intimidad, ese objeto vintage

la intimidad, ese objeto vintage
Una señal de tráfico advierte contra los viandantes absortos en sus teléfonos móviles en Alemania. Fotografía: Christoph Schmidt / Getty.

Intimidad es una palabra que se susurra. La voz cae hasta ser solo aliento. La punta de la lengua emprende un viaje que roza el paladar, que ve cerrarse unos labios, que se enreda entre los dientes. In-ti-mi-dad, luz de mi vida, fuego de mis entrañas.

La intimidad tiene un ligero aroma a sexo, y también a excremento, a café con leche y a coñac barato.

«Este año, en España, ochocientas cincuenta y nueve personas han denunciado que un vídeo o una grabación íntima han circulado sin su permiso».

La intimidad es también eso que hoy se vende barato en el mercado negro. Un material informe, abstracto, maleable, como los bits o los afectos.

«Europa multa a Meta con 1200 millones por el envío ilegal de datos de usuarios a Estados Unidos».

No resulta improbable pensar que, en un futuro próximo, la intimidad se convierta en un objeto de lujo, como un Louis Vuitton o un Rolex. En el privilegio de unos pocos millonarios, que podrán cubrir sus vergüenzas mientras el resto de los mortales quedamos a la intemperie, a la vista de todos, como indigentes.

¿Clase social? Pobre con perfil público o rico anónimo.

«Los directivos de Silicon Valley crían a sus hijos lejos de las pantallas».

La distopía acerca de la misteriosa desaparición de la intimidad empezó hace algunos años. Hasta ahora habíamos pensado que el futuro era eso que vivía en nuestra imaginación, una idea que se desvanecía en cuanto llegábamos a ella en el presente. Ahora resulta que el futuro nos ha alcanzado, y ya están sucediendo cosas que ni siquiera imaginamos hoy.

«Investigadores de Stanford desarrollan un implante cerebral capaz de traducir los pensamientos en texto».

Pues sí, ya es posible leer las mentes, la última frontera que nos separa del otro. Si bucear en las redes era asomarse a las cañerías de la sociedad y ver toda la porquería corriendo por el subsuelo, no quiero imaginar lo aterrador que será que aflore a la superficie. Llevar al aire nuestros pensamientos, que tu jefe vea lo que piensas de él, tu amante lo que te ha parecido ese último polvo, tu hijo que no te apetece comerte esa cookie que ha hecho con sus manitas y que tiene pinta de excremento.

El implante lee cerebros, un hito gracias al vertiginoso avance de la inteligencia artificial. Se ha creado para que personas con parálisis cerebral o ELA puedan comunicarse. Pero nada más parirse, sus creadores andan ya preocupados por la privacidad mental, un concepto hasta ahora impensable por redundante.
Y no es para menos: siempre que se abre la puerta a la virtud puede colarse el monstruo.

Elon Musk: «Todos van a querer nuestro implante Telepathy de Neuralink para controlar con la mente los dispositivos».

Cualquier cosa que salga de la boca de Musk resulta monstruosa, pero esta especialmente. Un futuro donde los pensamientos ya no sean privados, donde se confundan, no ya los fakes con la verdad, los hechos con las opiniones, sino la imaginación con la intención, el pensamiento con la actuación, hiela la sangre.

Uno ya no podrá estar a solas ni en su propia cabeza.

En realidad, la escasez de intimidad no es un escenario completamente nuevo. Históricamente, no ha sido un derecho, sino cosita de ricos, privilegio de clase. Preguntar por la intimidad en la Edad Media vendría a ser como hacerlo por el wifi o la Champions: «¿Intimiqué?», de lo inexistente que era para la mayoría de la población.

La única intimidad que se contemplaba era la necesaria para el acto sexual, y siempre bajo la mirada vigilante, inquisidora, castrante de la Iglesia, para quien el coitus interruptus provocaba ulceración del pene, para quien acostarse con una mujer con la matriz sucia, llena de veneno —es decir, con la regla—, hacía enfermar gravemente. Para la mayor parte de la sociedad, que tenía que compartir la habitación con los padres, la cama con los hijos, simplemente no existía.

«El perfil del demandante de piso compartido en España roza ya la edad en que se deja de ser joven». Septiembre de 2024.

Cuando estuve en la India, me llamó la atención esa costumbre, aquí caduca, de que todo girara en torno al trabajo: el taxista dormía en su rickshaw, dispuesto a un viaje en cualquier momento; la chica mantenía la tienda siempre abierta, veía la televisión, comía un tikka masala, hacía vida familiar allí, con la posibilidad de la venta sobrevolándola siempre. La vida era un largo río de trabajo, cortado por momentos de ocio y familiares.

Podríamos afirmar que la falta de intimidad es cosa de sociedades atrasadas. Y, sin embargo, ese es el viejo modelo que proponen hoy las redes: encoger los espacios, fundir trabajo y ocio. Y nos lo venden como si ese atraso fuera algo novedoso y chic. Estar conectados veinticuatro horas, siempre abierta la posibilidad de vendernos, hacer de nosotros un espacio anunciador en el que estampar un mensaje publicitario.

«Multa de hasta 7500 euros a un jefe por escribir a sus empleados por WhatsApp fuera del horario laboral».

Pero tú puedes hacerte rico si te lo propones, si sabes venderte bien. Esto, junto al mito de la meritocracia y la ideología del self made, han acabado de darle la puntilla a la culpabilización del pobre por ser pobre.

Y es que hoy no basta con hacer bien tu trabajo, hay que saber venderse. Eso implica no solo que el producto eres tú: también eres el escaparatista, el vendedor, el que envuelve para regalo, el que cobra y hasta el segurata de la puerta. Y si me apuras, el cliente: tú pagando siempre.

«Vivienda lanza la campaña “¿Cómo imaginas tu futuro?” para reivindicar la importancia de la acción pública en favor del derecho a la vivienda».

Esto lo sabe bien cualquier político, que ya no tiene tiempo de administrar y de gestionar, ocupado como anda en tareas de marketing y comunicación.

Pero ojo, que puede que no solo no estés vendiendo la mejor imagen de ti a los demás, ¿y si ni siquiera lo estás haciendo ante ti mismo? Muerto Dios, las redes sociales se presentan como lo más parecido a ese ojo inmenso que todo lo ve, que no cierra nunca.

¿Cómo sabrás quién eres si no te miras en ese espejo?

«La influencer Mikayla Raines se suicida tras sufrir acoso en redes».

A menudo olvidamos que perdemos misterio con tanta exposición. Que llegamos sin nada que contar a las cervezas con los amigos, porque ya vieron esa anécdota en Instagram, y esa otra, y esa también. Que es como llegar tarde a uno mismo, como hacerse spoiler constantemente. Como ser un periódico atrasado, que no sirve ya más que de fondo para el arenero del gato.

Y es que una parte importante de la identidad se construye necesariamente desde la intimidad. Yo sé quién soy cuando hablo conmigo a solas, cuando me relaciono íntimamente con alguien. Las redes, sin embargo, se empeñan en proponer una trampa imposible: construye tu intimidad a la vista de los demás, permanece dentro estando todo el día fuera. Que viene a ser algo tan absurdo como: duerme mientras estás despierto, mea sin echar gota, come sin abrir la boca.

«Un estudio asocia la alta adicción a las pantallas con ideas suicidas y problemas de salud mental en menores».

La intimidad como derecho es algo reciente; no se contempló jurídicamente hasta inicios del siglo XX, es decir, hace apenas un escupitajo de tiempo. Una intimidad que se entendía sobre todo como el derecho a la soledad o, como decían los pioneros Warren y Brandeis, «la forma más perfecta de la vida privada». En España, no fue hasta la Constitución de 1978 cuando el derecho a la intimidad personal y familiar, junto a sus compañeros el derecho al honor y a la propia imagen, asomaron la cabeza a nuestras leyes.

«La Casa Real estudia si denunciar a la revista por las fotos de la princesa Leonor en bikini».

Hoy, la supersónica tecnología ha desbaratado este nuevo escenario que funciona con leyes obsoletas, promulgadas en un lejano mundo predigital. Y es que este Internet en pañales es el salvaje oeste, un territorio por conquistar donde los forajidos big tech campan a sus anchas imponiendo su ley. Y el resto, colonos temerosos tratando de salir adelante, cuando no indios masacrados, aceptamos sus normas a cambio de supuestas ventajas.

Así, hemos ido ofrendando nuestras vidas privadas a esos nuevos bandidos, cifradas en datos, a cambio de estar hiperconectados (y tan solitos), de navegar gratis (ya van llegando las facturas), de viajar barato y seguro (qué más da ser tratados como peligrosos criminales en los controles), de follar a demanda vía Tinder (aun a costa de ver languidecer nuestro deseo a la intemperie).

«El registro de viajeros ya está en vigor: conservar datos sensibles durante tres años pone en jaque la privacidad».

En estos tiempos, seguridad y renuncia a la privacidad, más que mantener un idilio, se refocilan sin pudor ante nuestros ojos, y pronto no será pecar de exagerados afirmar que intimidad y democracia sí mantenían una estrecha vinculación, al fin y al cabo.

Y es que prescindir de la intimidad implica vivir hacinados en esa única pieza a la que se reduce el espacio digital, donde se comparten miserias e interioridades, sin una cortina de separación.

«Confirmada la condena de dieciocho meses de cárcel al tuitero de Camilo de Ory por hacer chistes sobre Julen, el niño que cayó en un pozo y murió».

Los haters pueden gritar sus exabruptos al oído de la víctima, los pederastas susurrar sus mentiras a instagramers adolescentes. El odio licuado llega a todos los rincones.

Pero aún la zanahoria de la intimidad vende bien. Muestra tus entrañas, vacíate en directo, engorda ese órgano esponjoso y palpitante que es el ego. Consigue patrocinadores, consigue seguidores, consigue admiradores, consigue amor. Porque, en el fondo, todos buscamos amor. ¿Qué más da la forma de conseguirlo?

«Julien Blanc, “líder internacional en consejos para ligar”, acusado de fomentar la cultura de la violación».

Un amor que también está metamorfoseándose en el siglo XXI.

Vivimos desde hace unos años una recesión sexual. Muchos jóvenes confiesan que mantener una relación se ha vuelto demasiado complicado.

«La abstinencia sexual crece entre los jóvenes de la generación Z».

¿Exceso de porno? ¿Heteropesimismo que arrecia con fuerza? ¿Miedo al abuso y a las relaciones tóxicas? Tal vez solo se deba a la superpoblación del planeta o a la gran precariedad.

Pero hasta Hollywood, la fábrica de relatos a nivel mundial, ha perdido interés por el sexo, que cotiza más a la baja que nunca.

«Muchos jóvenes prefieren masturbarse antes que esforzarse por seducir a alguien».

Cada vez más se buscan sustitutos al amor y al placer que no pongan en juego nuestra intimidad. Tinder, sexo casual, saltar de cita en cita sin pisar nunca terrenos íntimos. Y adoptar un perro o un gato para cubrir la necesidad de afecto.

La tecnología ayuda.

Tracey Follows: «¿Quién tendrá el control de la inteligencia artificial aplicada al sexo? Porque no será el usuario».

Dicen que en 2045 uno de cada cinco jóvenes tendrá su ración habitual de sexo con un robot. Tras algunas sesiones, la máquina creará una biblioteca de sensaciones sobre el usuario capaz de reproducir en el cerebro las caricias en los puntos erógenos más sensibles hasta dar con la fórmula exacta, la receta magistral, aquella que provoque los mejores orgasmos. Mantener relaciones sexuales con un robot equipado con inteligencia artificial resultará mucho más gratificante que con cualquier ser humano. Ya no hará falta el otro. Solo la ilusión del otro reconstruida artificialmente. Solo nosotros y la tecnología.

Al leer estas cosas, el primer impulso es reírse con cierta condescendencia. Luego una piensa hasta qué punto no nos enamoramos todos de una idea, de una ficción, hasta qué punto el amor no es un espejismo, el más maravilloso y necesario, porque estamos solos en el mundo.

«Muñecas sexuales, corredores de maratones y futbolistas: así es la nueva generación de robots humanoides que desarrolla China».

Pero una siempre vuelve a la realidad, donde la piel, donde el calor, donde el olor, donde a veces el mal olor. Y es que puede que sea el defecto, eso tan humano, lo que la inteligencia artificial no conseguirá replicar nunca.

¿Y nuestra salud? ¿Cómo incidirá la falta de intimidad en nuestros cuerpos?

«La nueva herramienta de IA de Microsoft promete ser más eficaz que los médicos diagnosticando enfermedades».

Venderemos nuestra privacidad a cambio de salud, claro que sí.

En los últimos tiempos, ya nos hemos venido cargando de tareas que no nos correspondían. Y así, tras una comida rápida, uno se convierte en camarero lento, en dependiente del supermercado cuando pesa fruta, saca los guantes de gasolinero para llenar el depósito, ajusta tuercas como montador de muebles sin carné, se convierte en informático para hacer un trámite administrativo.

No sorprendería que estuviéramos a un paso de las máquinas extractoras de sangre. Haga su propio test de orina y llévese un McFlurry de regalo. Aquí, vendas y gasas para curar la herida, junto a un tutorial que guiará sus pasos.

En un futuro cercano, monitorizaremos, no ya los pasos y las pulsaciones, no ya la tensión o el azúcar, sino los tumores que crecen taimados en la oscuridad interior, las piedras en el riñón, los reflujos que suben sulfurosos por el esófago. Enganchados a esa película interior, seremos nuestros propios médicos con la promesa de que algo sale más barato. El TAC en el móvil hará que siempre tengamos presente nuestra calavera. Nuestros cuerpos se volverán transparentes y olvidaremos que el médico cura con ciencia, pero también, como hacía mamá, con palabras.

Y bueno, sé que me está quedando tremendamente apocalíptico este artículo, una distopía con tintes de terror. Estoy segura de que la tecnología traerá cosas maravillosas, pero contra esas no hace falta estar prevenidos.

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