
Intimidad es una palabra que se susurra. La voz cae hasta ser solo aliento. La punta de la lengua emprende un viaje que roza el paladar, que ve cerrarse unos labios, que se enreda entre los dientes. In-ti-mi-dad, luz de mi vida, fuego de mis entrañas.
La intimidad tiene un ligero aroma a sexo, y también a excremento, a café con leche y a coñac barato.
«Este año, en España, ochocientas cincuenta y nueve personas han denunciado que un vídeo o una grabación íntima han circulado sin su permiso».
La intimidad es también eso que hoy se vende barato en el mercado negro. Un material informe, abstracto, maleable, como los bits o los afectos.
«Europa multa a Meta con 1200 millones por el envío ilegal de datos de usuarios a Estados Unidos».
No resulta improbable pensar que, en un futuro próximo, la intimidad se convierta en un objeto de lujo, como un Louis Vuitton o un Rolex. En el privilegio de unos pocos millonarios, que podrán cubrir sus vergüenzas mientras el resto de los mortales quedamos a la intemperie, a la vista de todos, como indigentes.
¿Clase social? Pobre con perfil público o rico anónimo.
«Los directivos de Silicon Valley crían a sus hijos lejos de las pantallas».
La distopía acerca de la misteriosa desaparición de la intimidad empezó hace algunos años. Hasta ahora habíamos pensado que el futuro era eso que vivía en nuestra imaginación, una idea que se desvanecía en cuanto llegábamos a ella en el presente. Ahora resulta que el futuro nos ha alcanzado, y ya están sucediendo cosas que ni siquiera imaginamos hoy.
«Investigadores de Stanford desarrollan un implante cerebral capaz de traducir los pensamientos en texto».
Pues sí, ya es posible leer las mentes, la última frontera que nos separa del otro. Si bucear en las redes era asomarse a las cañerías de la sociedad y ver toda la porquería corriendo por el subsuelo, no quiero imaginar lo aterrador que será que aflore a la superficie. Llevar al aire nuestros pensamientos, que tu jefe vea lo que piensas de él, tu amante lo que te ha parecido ese último polvo, tu hijo que no te apetece comerte esa cookie que ha hecho con sus manitas y que tiene pinta de excremento.
El implante lee cerebros, un hito gracias al vertiginoso avance de la inteligencia artificial. Se ha creado para que personas con parálisis cerebral o ELA puedan comunicarse. Pero nada más parirse, sus creadores andan ya preocupados por la privacidad mental, un concepto hasta ahora impensable por redundante.
Y no es para menos: siempre que se abre la puerta a la virtud puede colarse el monstruo.
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Magnífico resumen. Tendría que ser de lectura obligatoria y discusión en las aulas. Sobre todo las universitarias, donde se creen a salvo de esta ilusión colectiva.
Me llamaron una vez ermitaño tecnológico, porque me negaba a meter a Siri o Alexa en casa y no quiero redes sociales. Es un título que llevo con mucho orgullo.
GRACIAS. Yo simplemente puedo escribir esto