Hebras y nodos

Comunicado urgente para un radical cambio de vida: hacia una revolución postecnológica

Foto The Ocean Cleanup (CC). una revolución postecnológica
Foto: The Ocean Cleanup (CC).

1. Fundamentos y motivos

En 1973, el sociólogo Daniel Bell (The Coming of Post-Industrial Society) popularizó el término era posindustrial para señalar el paulatino predominio del sector servicios sobre el industrial. Medio siglo después, en el informe de 2024 sobre el estado del clima en nuestro planeta («The 2024 state of the climate report: Perilous times on planet Earth», BioScience, Oxford Academic, vol. 74, diciembre de 2024, pp. 812-824), catorce científicos ambientales advierten de que nuestro modo de vida es insostenible a corto o medio plazo. Ponen en cuestión la continuidad de nuestra civilización. Algunas de las variables que están al límite son: emisiones de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono o el metano; agotamiento de los combustibles fósiles, como el carbón o el petróleo; pérdida de biodiversidad por aniquilación de especies vivas; proliferación de armas químicas o nucleares; generación incontrolada de residuos. Sobrepasar el límite en una de esas variables nos puede conducir al colapso. No hace falta decir que si esto ocurre con varias a la vez —y estamos en ello— el colapso está garantizado. El barco amenaza con hundirse. Y ahora díganme: si esos científicos están en lo cierto, ¿existe objetivo más urgente para la sociedad actual que evitar ese colapso? Los demás asuntos —incluyendo diatribas políticas o sociales— deberían quedar en segundo plano.

Las amenazas son recientes. Se originaron como efectos secundarios de la Revolución Industrial y Tecnológica. Para que se hagan una idea: imaginen que despliego una cinta métrica de dos metros de longitud, es decir, dos mil milímetros. Si a cada milímetro le asignamos un siglo, esa cinta representa el tiempo transcurrido desde el origen estimado del Homo sapiens: dos mil milímetros, unos dos mil siglos (o doscientos mil años). Al comienzo, sapiens vivió pegado a la tierra como todos los animales, pero hace solo cien siglos (es decir, en el último decímetro, diez mil años), se produjo una transformación profunda en su forma de vida. Fue con la Revolución Neolítica. Sapiens descubrió la agricultura y la ganadería, se hizo sedentario, ideó ciudades y forjó civilizaciones memorables como la sumeria, la egipcia o la griega. Pero en los últimos dos milímetros (siglos XIX y XX) ha tenido lugar una transformación todavía más profunda. La Revolución Industrial y Tecnológica ha significado un cambio radical en su modo de vida. Lo ha alejado definitivamente del cultivo directo de las plantas, del contacto con los animales y con la tierra, del trabajo manual. En esos dos milímetros (siglos), la industria y la tecnología han mejorado nuestra calidad de vida en muchos aspectos, pero los efectos laterales son de extrema gravedad. Han aparecido fenómenos inéditos que, si no actuamos con diligencia, podrían llevarnos a la extinción. La población ha pasado de mil a ocho mil millones; el calentamiento global es una seria amenaza; los recursos naturales —minerales, combustibles, agua— se agotan; multitud de especies vivas son exterminadas a diario; se fabrican masivamente armas químicas o nucleares; hay un alto nivel de contaminación en el aire, el mar y la tierra. Todo esto convierte el diminuto período de dos siglos (dos milímetros) en diferente a todos los anteriores. Situaciones límite han aparecido en varios frentes. Hemos crecido de forma desaforada con un modo de vida que, según los científicos citados, no es sostenible. No es viable. Carece de futuro. No hagan, por tanto, planes a medio plazo. Dicho de otro modo: los ocho mil millones de sapiens viajamos en un trasatlántico —nuestra forma de vida— que tiene múltiples vías de agua. Parece, pues, oportuno aplicarse a detenerlas. Me ocuparé aquí brevemente solo de una. La formidable maquinaria de fabricación de residuos.

La era actual viene marcada, en todo el planeta, por los efectos de la industria. Se asimiló la idea de progreso a industria. La industria era progreso y el trabajo manual, atraso. Los países industrializados eran avanzados, y los otros, atrasados. En los últimos cincuenta años, el peso del sector industrial en el PIB mundial ha disminuido en favor del sector servicios, pero la automatización ha permitido que la producción industrial se multiplicara de forma exponencial. Cada día se fabrican más artefactos de todo tipo. A fin de que la tupida red industrial y comercial no se detenga, tiene lugar una frenética fabricación de objetos que deben sustituir a otros, supuestamente obsoletos, al tiempo que estos pasan a engrosar los enormes depósitos de desperdicios. La fabricación de plásticos se ha multiplicado por diez en los últimos treinta años, y en la misma proporción ha crecido la de vehículos y otros muchos artilugios. Ropa sintética, coches, aviones, ordenadores, teléfonos, muebles y otros objetos son compulsivamente sustituidos por los de nueva fabricación. La cadena es: producción industrial masiva, consumo masivo, desecho masivo de objetos supuestamente obsoletos. Y, como resultado… incesante generación masiva de residuos.

Seamos conscientes. Aglomeraciones crecientes de basura tienen su origen en la permanente producción industrial que ocurre a diario en todo el planeta. Muchos de los residuos no son degradables (plásticos, tejidos sintéticos, etcétera) y, poco tiempo después de salir de fábrica, pasan a contaminar el territorio o el mar. Cinco enormes islas flotantes de residuos de más de mil kilómetros de diámetro crecen a diario en el Atlántico, Índico y Pacífico. Miles de millones de partículas plásticas o átomos venenosos de plomo y mercurio son engullidos por la fauna marina, y muchos pasan al tracto digestivo de los humanos. Unos diez millones de kilos de basura espacial orbitan ya nuestro planeta. Se ha creado una cadena que genera de forma implacable residuos masivos. Las industrias, repartidas por todo el orbe, son, pues, en última instancia —seamos conscientes—, incesantes fábricas de basura. Todo esto ha ocurrido en los dos últimos milímetros (siglos).

2. ¿Estamos atrapados?

La acelerada fabricación de residuos es solo una de las variables conflictivas. Hay otras. Ante esta tesitura, científicos como el investigador del CSIC Antonio Turiel (El futuro de Europa, 2024) han propuesto como objetivo decrecer. Es decir, reducir el ritmo de esa fabricación y de la actividad en general. Pero no nos engañemos: hemos llegado tarde. Ya es muy difícil que las industrias se ralenticen o se detengan. ¿Por qué? Sencillo: de ellas depende la supervivencia de miles de millones de sapiens. ¿De qué vivirían estas personas si la maquinaria se detuviera o ralentizara? No se atisba, pues, remedio fácil. Estamos atrapados. La maquinaria de producción (de residuos) es imparable porque ese es el modo de vida al que se ha visto abocado (por él mismo) el Homo industrialis. Aceptemos esta realidad: la fabricación masiva de artefactos —coches, ropa, envases, etcétera— es hoy necesaria para la supervivencia de miles de millones de personas y es, por tanto, inevitable la acumulación de basura en igual medida. Sapiens industrialis está atrapado por los efectos secundarios de su ingenio, y se ve impelido a acabar sepultado en su propio detritus. Las islas flotantes suman ya una superficie equivalente a media Europa. Pero —atención— son solo una mínima muestra de los residuos generados: el 3 %. El 97 % restante está en tierra y crece día a día. Estamos asistiendo a la imparable metástasis de los residuos.

Tras la Revolución Científica y la Ilustración, el experimento de la Revolución Industrial y Tecnológica permitió acuñar una nueva idea de progreso. Se asimiló industria a progreso, tanto en los países capitalistas como en los comunistas. Pero los efectos secundarios han convertido el supuesto progreso en inviable. La forma de vida a la que nos ha abocado apenas ha durado dos siglos y ya se muestra insostenible. Pero, me dirán ustedes, ¿es que estamos condenados sin remedio? ¿La maquinaria es imparable? ¿No hay solución?

Aplicando la fría lógica, hay que atreverse a decir que la solución no se vislumbra. Porque la industria, por una parte, es necesaria para la supervivencia de miles de millones de sapiens y, por otra, nos conduce inexorablemente hacia el colapso. Los científicos —y con ellos la Asamblea General de Naciones Unidas, que en 2015 aprobó por unanimidad la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible— han planteado correctamente el problema: la actual forma de vida no es sostenible. Pero —de nuevo atención— esos mismos científicos no han dado con la solución. Han marcado los objetivos (reducir las emisiones de CO₂, etcétera), pero no han dado con la forma viable de hacerlo. Esto es extremadamente inquietante. Todo indica que estamos en un callejón sin salida.

3. Hacia una improbable salida. La palabra clave no es decrecimiento, sino reconversión

Propongo reflexionar sobre este símil: imaginen a un grupo de exploradores que avanza por un territorio desconocido y alcanza una bifurcación donde se presenta una vía lateral prometedora, cargada de frutos suculentos. E imaginen ahora que deciden tomar esa vía lateral (así ocurrió cuando sapiens abandonó la producción manual y tomó el camino de la industria). Pero si, recorrido un primer tramo, el líder de la expedición descubre que, aunque la nueva senda venga repleta de frutos, conduce sin remedio hacia un terreno cenagoso que pone en riesgo la supervivencia del grupo, ¿qué debe hacer? ¿Debe permitir que el grupo continúe por ese camino? Una opción es reducir la marcha. Pero ¿serviría eso de algo? Reducir la velocidad retrasaría sin duda el final, pero no lo evitaría. La ciénaga acabará por engullirlos. Seamos, pues, lúcidos. Cuando se toma un camino equivocado, la manera racional de salir adelante no es reducir la marcha, sino rectificar. Regresar al punto en que se tomó la senda equivocada y tomar otro camino. Si nos encontramos en un callejón sin salida, la única manera inteligente de avanzar es dar media vuelta, salir cuanto antes del callejón e iniciar otra ruta. Y esto, en nuestro caso, significa: idear una nueva forma de vida. No se trata, pues, de un cambio cuantitativo (decrecer), sino cualitativo (cambiar la forma de vida). La palabra clave no es, por tanto, decrecimiento, sino reconversión. El experimento de la Revolución Industrial y Tecnológica fue bonito mientras duró, pero está agotado. «They are not long, the days of wine and roses». Estamos al final de una utopía. Sapiens tiene ante sí una revolución posindustrial y postecnológica. Nueva forma de vida y nuevos modos de producción.

Pero nos acechan dos preguntas, y no menores. La principal: ¿cuál podría ser la nueva forma de vida? Y la segunda: ¿cuál podría ser la manera de implementarla? Nuestro drama es que para ninguna de las dos se vislumbra la respuesta. Estamos ante la nada más absoluta. Un inquietante silencio. Ni siquiera —por primera vez desde el inicio de la Revolución Industrial— existe una imagen de futuro propuesta por los científicos, los escritores, los cineastas o los artistas que nos permita especular sobre hacia dónde demonios nos dirigimos. En el cine y en la literatura prácticamente han desaparecido las imágenes sobre el futuro, que fueron habituales a lo largo de los siglos XIX y XX. Tal vez en ese silencio hay un mensaje que nos resulta difícil reconocer: que, de forma inconsciente, sapiens acepta ya que tal futuro no existe.

Volvamos ahora al inicio. La advertencia de los científicos ha sido firme y reiterada hasta la saciedad. El camino que transitamos —oigámoslo bien— no es sostenible, carece de futuro. Pero esta advertencia raramente es escuchada. Homo stultus prefiere no ser molestado. Prefiere mirar hacia otro lado. Por ignorancia o por mera estupidez, sapiens parece haber decidido que no está dispuesto a renunciar a las comodidades que hoy le aportan la industria y la tecnología. Prefiere hacer oídos sordos y acepta de forma pueril que prefiere vivir abocado al colapso. Ya ocurrió a lo largo de la historia con otras civilizaciones (el Imperio romano, la isla de Pascua, etcétera). Sapiens no rectificó y esas civilizaciones sucumbieron. Los casos históricos se cuentan por decenas. El nuestro sería uno más. Pero, en un mundo global como el nuestro, el colapso afectará a gran parte de la población. En especial, a los supuestamente más avanzados. Porque, paradójicamente, los países industrializados son también los más frágiles, algo que se pone en evidencia con un simple corte de corriente eléctrica: en cuarenta y ocho horas el colapso deviene insoportable. Y es que, cuando se toma una senda equivocada, el grupo más avanzado es, precisamente, el más alejado de la salida. Probablemente sobrevivirán con más facilidad aquellos países que conserven el hábito de trabajar con las manos y cultivar la tierra con las manos.

4. El final de la utopía. ¿Cómo será la nueva forma de vida? Pendientes de un destello creativo

Hoy ocurre que grandes empresas —eléctricas, constructoras, etcétera— se publicitan bajo el señuelo de «sostenible». Excusatio non petita. Se trata de vender una imagen aun sabiendo que es falsa. El objetivo es calmar las conciencias eludiendo tomar decisiones de reconversión. Como decía aquel desdichado que caía desde el piso ochenta: «por el momento todo va bien». Pero hoy vivimos en esta tesitura: o ideamos la nueva forma de vida o sapiens se dirige hacia un final. Todo ha ocurrido muy rápido (dos siglos-milímetro) y estamos en una situación límite. Pero seguimos asimilando las palabras industria o tecnología a progreso sin saber qué será de nuestros nietos. Si queremos que sobrevivan, no podemos dejarles esta infausta herencia (yo me voy, tú arréglatelas). Es, pues, ineludible aguzar nuestra capacidad creativa para a) concebir la nueva forma de vida sostenible y b) idear la manera de ponerla en práctica. El cambio no supone abandonar los conocimientos adquiridos en la etapa tecnológica, sino usarlos de forma inteligente. Un edificio debe asentarse sobre cimientos firmes, no sobre utopías, como ahora ocurre. Viviremos de otro modo. Tal vez con menos comodidades materiales, pero sin duda más gratificante, mejor y con futuro. No se trata de retroceder, sino de avanzar.

El primer destello creativo deberá dar solución al problema básico: ¿cómo será la nueva forma de vida? Y la respuesta deberá incluir varias cuestiones. Por ejemplo: ¿en qué vamos a ocupar a las personas que hoy trabajan en la industria? Y otra: ¿cómo será el nuevo hábitat, el nuevo urbanismo, las nuevas ciudades? El invento del automóvil y su uso masivo, iniciado hace poco más de un siglo, cuando en 1908 Ford lanzó al mercado el primer utilitario, han tenido efectos secundarios devastadores: una dispersión de la población con ocupación desmedida del territorio, un enorme consumo de recursos, una distorsión del espacio habitado con pérdida de la escala humana y del contacto personal directo, social, cultural, comercial, que enriqueció las ciudades históricas donde se forjaron las grandes civilizaciones. Un objetivo de la nueva forma de vida será recuperar en lo posible las virtudes de la ciudad compacta, adaptándola a la nueva situación y haciendo innecesario el uso permanente y masivo del coche. No se trata con ello de retroceder, sino de avanzar.

La Revolución Neolítica (último decímetro) y la Revolución Industrial (últimos dos milímetros) trajeron formas de vida radicalmente distintas a las anteriores. ¿Cuál será la nueva forma de vida de la era posindustrial? Por el momento no hay respuesta. Seguimos a la espera de que alguien proponga el nuevo modelo. A la espera de un destello creativo.

5. ¿A quién compete idear el nuevo modelo? ¿A los políticos? ¿A los científicos? ¿A todos nosotros?

La Revolución Industrial tiene dos milímetros-siglos de vida, y la tecnología ha contribuido a hacer nuestra vida más fácil. Pero podría tratarse de un señuelo, de una trampa (como el manzano del paraíso), porque sus efectos secundarios han generado problemas de imposible solución. De modo que no cabe esperar que resuelva el problema quien lo está generando. Si sapiens quiere sobrevivir, la solución requerirá una superación —un pasar página— de la era industrial hacia una era postecnológica que comportará un nuevo cambio radical. Hay que dar un paso adelante. Pero este cambio deberá ser factible. Hay que idear el qué, pero también el cómo. Y la pregunta es: ¿a quién compete proponer soluciones?

La primera mirada se dirige a los políticos. Pero en su mayoría están con las luces cortas, ocupados en ganar las próximas elecciones, y evitan a toda costa dar malas noticias. Y si usted osa advertirles de lo grave de la situación, incluso aportando datos científicos incuestionables, no se sorprenda si recibe la más abstrusa de las respuestas: no sea usted catastrofista. Dejémoslos, pues, por el momento. En segundo lugar están los científicos (y con ellos la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible). Hacen análisis rigurosos y diagnósticos acertados sobre la gravedad de la situación, marcan objetivos generales: la emisión de CO₂ es excesiva, el uso de combustibles fósiles es excesivo, el uso de envases plásticos es excesivo, el uso de vehículos es excesivo, el crecimiento continuo es inviable, la inteligencia artificial puede comportar efectos negativos para la mente humana. Pero todo esto es solo el diagnóstico. Y un diagnóstico, por acertado que sea, no sirve de nada si no viene acompañado del tratamiento. Y el tratamiento, ya hemos dicho, incluye dos partes. La primera, idear la nueva forma de vida (el qué). La segunda, idear cómo ponerla en práctica (el cómo). Y ahí de nuevo silencio. Los científicos muestran una gran capacidad analítica —pensamiento lógico, lineal— que les permite definir los problemas. Y hay que agradecérselo, porque han dado con el diagnóstico: situación insostenible con previsión terminal. Pero algo muy distinto es dar con el tratamiento (la nueva forma de vida) y cómo implementarlo. Y aquí el silencio de los científicos es gélido, inquietante. ¿Conocen ustedes alguno que se haya atrevido a proponer una nueva forma de vida que solucione los problemas que ellos mismos han detectado y que sea viable? Por mi parte, no lo conozco. Porque para dar con la solución acertada se necesita —además de una mente racional, analítica como la suya (pensamiento lineal)— una mente creativa, capaz de tomar en cuenta, a la vez, conjuntos de variables heterogéneas (pensamiento sistémico).

Se mantiene, pues, la pregunta: ¿a quién compete aportar soluciones? Les diré algo elemental. Cuando un barco tiene diversas vías de agua y amenaza con hundirse, toda la tripulación debe ponerse a trabajar. Pero atención, no solo la tripulación, ¡también los pasajeros! En nuestro caso, políticos y científicos suman, grosso modo, el 2 % de la población. ¡Nos queda el 98 % restante, donde estamos todos nosotros, unos ocho mil millones de pasajeros! El proyecto empieza por poner a trabajar creativamente a toda la población. De esa mayoría de ocho mil millones deberá surgir la idea.

6. Tres acciones inmediatas

Sapiens tiene ante sí un urgente reto. Necesita de un formidable destello creativo. La capacidad creativa de sapiens pasará sin duda, en los próximos años, a tener un papel preponderante. Porque de ella depende su futuro. Es el arma de construcción masiva que nos debe sacar adelante. A alguien entre los ocho mil millones se le deberá ocurrir la idea. Es, pues, necesario que todos nos pongamos a trabajar de forma creativa. A idear posibles soluciones. Pero ¿cómo hacerlo?

Aquí hay que advertir que, en la historia del hombre, no todas las épocas han sido iguales en cuanto a eficacia creativa. Algunas destacaron por su esplendor, como si los dioses hubieran elegido los tiempos y los sitios. Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma. Luego vino un paréntesis que duró mil años y de nuevo etapas de auge: Renacimiento, Revolución Científica, Ilustración, primera Revolución Industrial. Y ahora, díganme: ¿cómo calificar al sapiens actual, a menudo abducido o anulado por la tecnología? ¿Estamos en una etapa creativa? En las últimas décadas, la mente de sapiens está más en modo pasivo («recibir información» de su móvil u ordenador) que en modo creativo («generar información»). De modo que poner a trabajar creativamente a la población no es tarea fácil. Exigirá alejarla temporalmente de artilugios tecnológicos y persuadir a su mente creativa para que se ponga a trabajar. Propondré tres acciones inmediatas:

Primera. Dar a la población información objetiva de la situación a través de medios, redes, colegios y universidades, haciéndola consciente de que, si no actuamos con urgencia, el barco naufraga. No se puede esperar que alguien resuelva un problema si no tiene muy claro el diagnóstico.

Segunda. Dotar a la población de una formación creativa, a través de medios, redes, colegios y universidades. Dotarla de técnicas creativas. No se puede esperar que alguien resuelva un problema si no tiene en su mano la capacidad de hacerlo. Estamos en una situación límite. Los programas educativos deberían incluir sin demora una asignatura práctica de Problem Solving y Técnicas de Creatividad.

Tercera. International Competition of Ideas for a New Way of Life and Global Sustainability. Convocatoria de un concurso mundial de ideas a cargo de organismos como la Comisión Europea, la OCDE, la ONU, la UNESCO, universidades, la Global Challenges Foundation, el World Economic Forum (que elabora un informe anual de Global Risks), el Centre for the Study of Existential Risk, etcétera. En las bases de este concurso, las dos preguntas clave, a las que todos los sapiens del planeta podrían proponer respuesta, son:

  1. ¿Cómo podría ser la nueva forma de vida sostenible?
  2. ¿Cómo podría implementarse de manera viable?

Este concurso, dotado de premios millonarios, tendría un jurado compuesto por científicos, sociólogos, economistas, etcétera. Y tendría dos efectos:

  1. Un impulso publicitario para hacer consciente del problema a toda la población.
  2. Un estímulo competitivo para motivar la generación de soluciones.

Estamos ante una situación límite. Desde este comunicado urgente, elevamos una petición a los citados organismos e incluso a la Academy of Motion Picture Arts and Sciences, para que lleven a cabo la convocatoria del citado concurso. ¿No creen ustedes que las galas de entrega de los premios, donde los aspirantes expondrían sus propuestas, serían mil veces más atractivas que la entrega de los premios Nobel, los Óscar de Hollywood o el festival de Eurovisión?

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