Ciencias

Esa humillación geológica llamada humanidad

Un fósil de Archaeopteryx. Foto Universidad de Yale. era geológica
Un fósil de Archaeopteryx. Foto: Universidad de Yale.

Geológica, en este caso, es la escala. Hay cifras que, al rebasar cierto umbral, dejan de comportarse como cifras y pasan a flotar en la cabeza con la vaguedad de una palabra solemne cuyo significado real se nos escapa, de manera que una puede pronunciar «un millón de años» igual que habla del próximo martes o de una mudanza, sin advertir que ahí se abre un territorio para el que nuestra imaginación viene miserablemente mal equipada, criada como está para medir la duración de una vida, la erosión de una casa familiar, el desgaste visible de un cuerpo, la distancia sentimental que separa a una persona de sus abuelos y, con un poco de esfuerzo, la de sus bisabuelos. A partir de ahí todo empieza a deshilacharse. La antigua comodidad de pensar el tiempo como una prolongación más o menos amplia de la experiencia humana se viene abajo en cuanto una piedra, una pared de sedimentos o la espiral impresa en un fósil nos obliga a sospechar que la historia en la que instalamos nuestras guerras, nuestros imperios y nuestras pequeñas glorias tiene el grosor de un arañazo sobre una superficie casi infinita. Más que por su inmensidad, el tiempo geológico humilla porque vuelve ridícula nuestra costumbre de tomar la escala humana como medida natural de la realidad. La historia en la que solemos instalarnos con tanta solemnidad apenas ocupa un instante ilegible en la edad monstruosa de la Tierra.

Lo primero que conviene asumir, aunque cueste, es que la dificultad no está solo en la magnitud de la cifra, sino en el hecho de que nuestro cerebro, tan competente para detectar un gesto de amenaza al otro lado de la calle y tan torpe para entender cualquier cosa que rebase la escala de una biografía, funciona bastante bien mientras se mueve entre décadas, a lo sumo entre siglos, y empieza a hacer agua en cuanto se le exige imaginar un millón de años sin convertirlo en una palabra hueca. Decimos «millón» con naturalidad, y al hacerlo fingimos una familiaridad que no poseemos, porque una cosa es manejar cifras y otra muy distinta es alojarlas en la imaginación con algún contenido real. Ahí es donde el tiempo geológico empieza a funcionar como una forma de descrédito de la inteligencia ordinaria, que es excelente para organizar la supervivencia y bastante desastrosa cuando se le pide que piense en la duración de un océano desaparecido o en la lentitud con que una cordillera se levanta y se desmenuza.

La geología llegó a ese descrédito por un camino de paciencia, observación y terquedad. Antes de que las dataciones radiométricas pusieran números cada vez más afinados a la antigüedad del planeta, ya había quien sospechaba que la Tierra no podía ser un escenario joven, recién montado para que la historia humana ocupase el centro del tablero. Bastaba con mirar ciertos afloramientos rocosos para advertir que allí había ocurrido algo demasiado largo para caber en unas pocas generaciones multiplicadas hasta el delirio. Una capa de sedimentos se deposita, se endurece, se inclina, se erosiona, vuelve a quedar cubierta por otras capas, y todo ese proceso, que a simple vista aparece congelado en una pared de roca, exige una cantidad de tiempo que resulta indecible cuando se traduce a la escala de la experiencia humana. James Hutton, a finales del siglo XVIII, entendió precisamente eso al observar discordancias geológicas en las que varias historias del planeta aparecían superpuestas como capítulos de una novela escrita con una lentitud mineral. Donde otros veían piedra, él vio duración acumulada. Y una vez que se ha visto eso ya cuesta mucho volver a mirar un acantilado como si fuera solo paisaje.

Los estratos son una forma de archivo, aunque la palabra archivo aquí suene demasiado pulcra para algo que ha sido escrito por la sedimentación, el hundimiento, la presión y el tiempo. Cada capa registra un ambiente ya abolido, un fondo marino, una llanura de inundación, el avance y retirada de un delta, una época en la que ese lugar estuvo cubierto por aguas cálidas o sometido a un clima seco, y lo perturbador es que entre dos niveles consecutivos puede mediar un lapso capaz de engullir civilizaciones enteras sin dejarles sitio siquiera para convertirse en nota al pie de página de la historia. La estratigrafía enseña que la tierra bajo nuestros pies no es una base firme sobre la que se añadió después la aventura humana, sino una secuencia inmensa de mundos anteriores, depositados uno sobre otro con calma geológica.

Es por esto que los fósiles, cuando una consigue librarlos del aura de souvenir museístico con que a veces se presentan, resultan mucho más violentos de lo que parece. Un trilobite, una vértebra de ictiosaurio, la impronta de una hoja, una concha mineralizada en mitad de una sierra donde hoy no hay mar, todo eso constituye una intrusión del tiempo profundo en el presente, una prueba material de que la Tierra ha conocido repartos de criaturas, climas y continentes que no guardan con nosotros ninguna relación privilegiada. La fosilización, además, es un proceso raro. Para que un organismo deje rastro tiene que quedar enterrado con rapidez y en unas condiciones excepcionales, de modo que el registro fósil no es más que una fracción mínima y torcida de todo lo que ha existido. Y aun así basta para entender algo incómodo. Durante centenares de millones de años la Tierra estuvo llena de formas de vida que no guardaban con el ser humano ninguna relación especial. No eran una antesala de nuestra aparición ni un decorado remoto puesto ahí para que lo contempláramos después, sino mundos completos, cerrados sobre sí mismos, con sus propios equilibrios, sus catástrofes y sus desapariciones.

 Luego apareció la posibilidad de medir con mayor precisión esa antigüedad y el golpe fue aún más severo. La datación radiométrica, basada en la desintegración regular de ciertos isótopos radiactivos, permitió calcular edades de rocas y minerales con una exactitud que dejó fuera de juego cualquier cronología doméstica del planeta. El uranio se transforma en plomo, el potasio en argón, y esos ritmos de desintegración, constantes a escalas enormes, funcionan como relojes incrustados en la materia. Gracias a ellos sabemos que la Tierra ronda los cuatro mil quinientos cuarenta millones de años, que las rocas más antiguas conservadas tienen más de cuatro mil millones y que la vida, aun siendo antiquísima, tardó muchísimo en producir algo que a nuestros ojos resulte familiar. Durante una parte inmensa de la historia terrestre no hubo bosques, ni pájaros, ni mamíferos, ni una sola figura que pudiera servirnos de consuelo visual. Hubo bacterias, hubo océanos primitivos, hubo una atmósfera distinta, hubo microorganismos transformando lentamente la química del planeta mucho antes de que la palabra historia mereciera siquiera ser inventada.

En ese contexto, la historia humana empieza a encoger de una forma ridícula. Más de ciento sesenta millones de años duraron los dinosaurios. Dicho así parece una cifra. Pensado de verdad, desbarata cualquier sentido humano de la duración. Desde que apareció nuestro linaje hasta hoy no ha pasado casi nada. Apenas un sobresalto. Y, aun así, ni los dinosaurios ocupan el comienzo del relato, ni mucho menos su parte más honda. Antes de ellos la Tierra ya había tenido tiempo de llenarse de trilobites, de peces acorazados, de selvas pantanosas, y de sufrir extinciones tan brutales que borraron de golpe buena parte de lo vivo. La del final del Pérmico, por poner un ejemplo, fue tan devastadora que eliminó la inmensa mayoría de las especies marinas y una proporción enorme de las terrestres. El planeta siguió. La vida siguió también, aunque transformada, amputada, recompuesta con otros protagonistas. Vista desde ahí, nuestra obsesión por imaginar un orden natural estable empieza a parecer una manía local de seres muy recientes.

A esa lección de pequeñez se suma otra, menos espectacular pero igual de demoledora, que tiene que ver con el movimiento. Los continentes se desplazan unos centímetros al año, una velocidad ridícula para cualquiera que esté esperando el autobús y suficiente, si se le conceden decenas de millones de años, para abrir océanos, cerrarlos, levantar cordilleras y alterar el clima del planeta entero. La tectónica de placas vino a recordarnos que la Tierra sólida tiene bastante de ficción óptica. El Atlántico no ha estado siempre ahí. La India fue una isla a la deriva antes de chocar con Asia y empezar a levantar el Himalaya. Las montañas que contemplamos con esa reverencia que despiertan las cosas aparentemente eternas son episodios transitorios de una corteza inquieta, arrugada, rota y reciclada. También las rocas nacen, se transforman y desaparecen. También ellas tienen biografía, aunque una biografía cuya escala convierte en chiste cualquier orgullo humano por la permanencia. Puede que llo más perturbador no sea la antigüedad del planeta ni la violencia del cambio, sino el hecho de que todo esto pueda conocerse a partir de indicios fragmentarios, de capas, de fósiles, de minerales, de proporciones isotópicas, de señales dispersas que una criatura brevísima ha aprendido a leer en la materia. El tiempo geológico rebaja al ser humano, desde luego, lo desplaza del centro y lo obliga a aceptar que su paso por la Tierra tiene el espesor de una raspadura. Pero al mismo tiempo le concede una extraña dignidad, la de haber sido capaz de mirar una piedra y comprender, siquiera de manera incompleta, que en ella dormía una duración ante la cual la historia entera de nuestra especie apenas empieza a parecerse a algo.

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