
No hay nada que le ponga más a un periodista, especialmente a esos que copian el tan transitado outfit del barbudo y desgreñado Hemingway para estirar el chicle en sitios que no sean Snobissimo, que el hecho de que hablen de él o de su grupo editorial —aunque menos, porque les quita el foco—, si puede ser, para mal, como diría aquel. Afortunadamente, el periodismo está regular pagado, porque, si estuviera a la altura de su ego, todos los quintacolumnistas volarían como drones, o como el primo gordo de Harry Potter, hinchados como pavos antes del Thanksgiving.
El caso es que han conseguido lo que tanto tiempo llevaban anhelando: que el viejo Florentino haya mordido el anzuelo y nadie que le quiera bien le pare a las puertas del averno. Ya han olido la carne fresca y turgente y se han lanzado a la pútrida laguna sin tan siquiera proponérselo, como Eva Marie Saint en North by Northwest. No hay medio que no haya publicado en primera plana el antológico vídeo de la vomitona —o la foto en modus iracundus si es de papel, esa cosa— de nuestro Trump deportivo.
Se les ve felices, henchidos tras la comilona, sobre todo al decano de nuestro periodismo, al que, directamente, la segunda persona más poderosa de España —detrás de Santiago Segura— ha interpelado: la tribu entera cuenta ya con víveres y ratones bien gordos para alimentarse durante esta gran serpiente del verano.
Uno de los grandes placeres que tenemos los futboleros tocados por la gracia consiste en no ser del Real Madrid, ni del Barcelona, ni del Atlético de Madrid ni, por supuesto, del Bilbao, clubes con el síndrome de Cleopatra en su escudo y cuyo discurso bigger than life los sitúa en el centro de la vergüenza ajena, corporeizados, además, en unos dirigentes de peineta, bata de cola y —ahora sí, por fin— arrabaleros como las mejores folclóricas en su ocaso.
Y si tienes la enorme suerte, además, de vivir en alguna de esas ciudades, como yo, pues el goce es continuo, corazón de cuero. Ser amante del fútbol en Madrid y no ser del Real, ni del Atlético ni de su criptonita catalana es una de las cosas por las que merece seguir en este valle.
Y aun dándome exactamente igual cuántas Champions haya ganado, sus ligas, su récord de puntos, a quién fichan, a quién echan y quién se lía a garrotazos a quinientos mil euros la gatulina, he de reconocer que, al menos, este club me ha dado algunos momentos inolvidables, para bien, más que ningún otro, excepto mi Real auténtica, y, en concreto, aquel año en el que se dedicó a hacer bilbainadas con el resto de los clubes de Europa, a los que laminó como el Cid en su última batalla, muerto y subido a un caballo.
Así que, sí, yo también voy a hablar de este míster Floper, pero sin agarrar la piedra más grande, sino de lo que a él se le ha echado encima y que, por una vez, le pone a nuestro nivel: el tiempo, todo él en su inmensidad, mastodonte que corroe las máscaras hasta desintegrarlas y que ha cubierto a este anciano con su oscuro manto para dejar al rey desnudo ante todos, un san Sebastián ensartado por los pelotazos de luz, los micrófonos y las cámaras.
Y no nos hagamos la damisela desmayada. Todos sabíamos ya, a estas alturas del campeonato —veintitantos años—, cómo era el sujeto. Que él cree que el Real Madrid es suyo es, de tan obvio, absurdo decirlo, especialmente en sus reiteradas excusatio non petita nivel cervecería Bürgerbräukeller. Y que todos ellos pierden el sentido de la realidad, tan normal por otra parte, rodeados de su siniestra claque de «estómagos agradecidos» —había que citarle—, que creen que pueden editorializar al mundo, también.
¿Y qué? ¿Hay algo más propio de la naturaleza humana que eso?
Es una pena que nadie haya encendido una linterna y haya visto que lo que le pasa a este hombre es el peso del tiempo, la puta edad, que no da la sabiduría, como dicen, pero que te quita los filtros. Que le dejen solo, inválido ante sus depredadores con grabadora, haciéndole creer, como en aquel anuncio: «¿Y Franco qué opina de esto?», que el poseedor del relato es él y no su némesis babeante, sentada mientras deglute el show, es la mayor abyección de todo este asunto.
Y luego, claro, si toda esta puesta en escena la aderezas con un chimichurri que se te queda entre los dientes hasta el lunes, enjuagado con frases escritas por Jaime Capmany, ya que hablamos de ABC, o por el spin doctor de Caneda o de Gil, pues ya tienes los tres actos de la zarzuela, Celtiberia Show de un pobre hombre que ha perdido el fondo norte, el fondo sur y los palcos.
Ninguno de los periodistas ¿atacados? ha tardado más de un rato en responderle, jaleados por su libro de estilo. ¿Reflexión? ¿Reposo? ¿Misericordia? A morder, que el bicho está ya en la red; y lo peor de todo, no lo sabe. Y no lo salvan.
Enciende la luz humanista, por favor. Que te va a pasar lo mismo a ti. Cierto, sin cámaras, sin micrófonos, sin aquelarre público. Pero seguro que habrá alguien que te coja de la mano, te suelte el micro invisible y te diga «querido», o «papá», o «amigo», «ya es suficiente».
Florentino Pérez no ha tenido esa suerte. Y encima es del Madrid.








