
Últimamente la escritora y comisaria cultural Elvira Lindo viene mostrando en público y en privado una hostilidad poco común hacia Jot Down que me resulta desconcertante. Lo digo sin asomo de ironía y con sincera estupefacción, porque por más que repaso nuestra hemeroteca no doy con el agravio. En cierta emisora ha vuelto a desempolvar el venerable reproche de que la revista no pagaba a sus colaboradores, y ha hablado de nosotros en un cariñoso pasado, con esa ternura entomológica que se reserva a los especímenes ya disecados, una rareza simpática de aquellos años convulsos. Escribo, por lo tanto, con la conciencia muy tranquila, porque como difuntos que somos estas líneas no va a leerlas nadie, y me puedo permitir toda la franqueza del mundo al hablar desde la ultratumba de los magacines extintos.
Como decía, mi desconcierto aparece al recordar que en 2011 esta misma autora se sentó frente a Manuel Jabois en una de nuestras largas entrevistas, de las de complicidad y fotógrafo, y tuvo la amabilidad de explicarnos, entre otras cosas sensatas, lo importante que es que los periodistas estén bien pagados. La pieza sigue ahí, intacta, con una Elvira radiante emitiendo esa luz que dan ciertos momentos vitales, ya me entienden. Jabois, dicho sea de paso, cobró religiosamente su factura. En 2020 regresó a estas páginas, y les aseguro que, sin coacción, sin rescate humanitario y sin que nadie la sacara a rastras de ningún sótano. Conservo, es más, los correos en los que se nos rogaba que aquella conversación se publicara precisamente aquí. Cuesta imaginar a alguien volviendo por su propio pie, y por partida doble, a la escena de su explotación, para luego recordarla con nostalgia.
Algo ha ocurrido, entonces, entre aquellos encuentros y este desaire. Y no ha ocurrido en la revista, que sigue exactamente donde estaba, sino en el mirador desde el que ahora se la observa. Existe en la sabana mediática española un paraje al que acuden a pastar los grandes paquidermos cuando intuyen que su estación declina. Un lugar tranquilo, climatizado, de prestigio antiguo y aire acondicionado, donde la manada se entrega a su ocupación favorita, que es la de certificarse mutuamente. Así, el mismo Jabois que la entrevistó aquí con tanto brillo firma hoy un encendido elogio con el que se promociona un libro reciente, que nos dedica un desprecio sin matices, y ella estampa el suyo justo encima, como la vaquera de las letras que es. Yee-haw!!
El volumen lo escribe un redactor del mismo periódico en el que ella y su santo llevan décadas firmando. Un periódico, conste, que leo cada día y en el que admiro a muchísimos profesionales, lo que hace aún más llamativo que se permita que esta cofradía política de la que se dice, medio en broma, que no conoce sexo porque todos son familia, ande a sus anchas linchando medios pequeños e independientes. Otra casualidad: Elvira Lindo, Manuel Jabois y el autor publican todos en el mismo sello editorial. También lo hace el miniyo de Elvira en El País, pero de este último y su obsesión por hacerse con la estupenda Babelia de Jordi Amat hablaremos mucho más extensamente. Como dicen los matemáticos, perdonen que me derivo.
A mi modo de ver resulta entrañable el espectáculo de toda esta manada embistiendo a coro contra una revista pequeña, independiente y gestionada en cooperativa desde la comodidad de un accionariado tejido con fondos de inversión y grandes fortunas. Ese capital, todo sea dicho, rara vez se acumula para difundir el humanismo de las letras. Se acumula para tener voz en quién gobierna y quién deja de gobernar. Produce una ternura singular que quienes responden ante semejantes mecenas y tras venderse a Meta, se erijan en aduaneros de la pureza cultural y vengan a explicarnos, precisamente a nosotros, en qué consiste hacer las cosas con limpieza.
No escribo esto por ella, conste, sino porque su caso ilustra con nitidez meridiana el comportamiento de toda hegemonía cultural que se resiste a reconocer el instante exacto en que la conversación ha continuado sin ella. La reacción ante semejante hallazgo rara vez es el silencio elegante de quien acepta el relevo. Suele ser la clásica, e inútil, maniobra de volver al centro declarando ilegítimo cuanto lo ocupa durante su decadencia, y empieza, cómo no, por el tiempo verbal. Lo que estorba se conjuga en pretérito. El imperfecto es el arma más educada del mundo, porque no afirma nada que pueda rebatirse y lo entierra todo a la vez. Quien dice «aquello fue» se ahorra la molestia de demostrar que aquello ha dejado de ser. Le basta con repetirlo desde una tribuna lo bastante amplia, a ser posible con buena música de fondo.
Cuando el pasado no basta, llega el descrédito, de repertorio corto y eficacísimo. En nuestro caso el mantra es que no pagábamos a nadie. Curioso, porque al amigo que la entrevistó le abonamos su factura, y a cierto novelista muy próximo a ella, también, y eso en el arranque del proyecto, cuando empezamos sin padrinos y sin un euro. Basta asomarse a las redes para encontrar la nómina de colaboradores que desmienten, uno tras otro y con nombres y apellidos, lo que con tanto retintín repite quienes están tan escocidos que la irritación les habita de la cabeza a los pies.
Qué ha ocurrido, en suma, con Elvira Lindo desde aquel estupendo encuentro. Nada que no le suceda a cualquier proboscídeo ilustre. Ha alcanzado esa edad del prestigio en que uno deja de mirar hacia la llanura, donde siguen pasando cosas, para contemplar el camposanto donde reposa su manada, confundiéndolo con el centro del universo. Desde esa quietud, cualquier criatura que insista en correr por el llano con gracia e ingenio resulta una impertinencia, casi una falta de respeto hacia los difuntos, que todavía no saben que lo son. La conversación cultural, para desgracia de estos paquidermos, no es un cementerio sino una pradera salvaje, competitiva y rebosante de vida.
Una revista que aparece cada día, que no se deja comprar por las multinacionales, que planta cara a las instituciones en defensa de los derechos de autor y que se empeña en que la gente lea, es sencillamente el espejo en el que ninguno de ellos quiere mirarse.








Son una mafia. En la charla que tuvo Javier del Pino con corresponsales extranjeros al final de la conversación sobre el libro y entre risitas les preguntó ¿Y Jot Down todavía existe? Por suerte, Mathew Talliac que es un señor le contestó: no solo existe sino que es de lo poco decente que se puede leer.
Ánimo Jot Down. Estamos con vosotros.
De esta señora se tiene que hablar. Espero que este artículo de pie a otros donde se de cuenta de la calaña que es.