En la primavera de 2017, una mujer que apenas dormía desde el nacimiento de su primer hijo escribió una canción a contrarreloj y la entregó cuatro días antes de que venciera el plazo, convencida de que ya no tenía tiempo para nada en la vida, mucho menos para componer. No la cantó ella. Se la dio a su hermano pequeño, que subió a un escenario de Kiev con un jersey arrugado y la manera de cantar de quien confiesa algo en voz baja, y le regaló a Portugal su primera y única victoria en Eurovisión. El mundo aplaudió a Salvador Sobral. La melodía, la letra y aquella delicadeza de bossa envejecida pertenecían a Luisa Sobral, que lo veía todo desde un costado, fuera del foco, como quien asiste al estreno de algo que sabe suyo y deja que brille en otra garganta.
Esa escena resume una vocación entera. Luisa Sobral lleva toda su carrera prestando su voz a voces ajenas, escribiendo para que otros suban a cantar, componiendo para Ana Moura, António Zambujo, Gisela João, Mayra Andrade o Sílvia Pérez Cruz. Lo suyo es el oficio discreto de quien fabrica la materia y luego se aparta para que respire sin ella. Formada en el Berklee de Boston, debutó en 2011 con The Cherry on My Cake y desde entonces ha ido construyendo una discografía de una elegancia que no necesita levantar la voz, de Luísa —grabado en Los Ángeles con Joe Henry— a Rosa, junto a Raül Refree, o el luminoso DanSando, registrado entre Lisboa y São Paulo. Por el camino fundó el podcast O Avesso da Canção, donde conversa con grandes nombres de la música portuguesa sobre el arte de escribir canciones, esa trastienda que casi nadie enseña. Quien la haya visto en directo recordará lo mismo, una artista que convierte un auditorio de miles de personas en la sala de estar de una casa y desgrana anécdotas entre tema y tema, sin afectación, con una simpatía desarmante.
Ella ha explicado muchas veces su método, y resulta revelador. Cuando le llega una historia, lo primero que hace es escribir una canción. Así funciona su cabeza, así ordena el mundo. De modo que cuando una amiga le habló de una pareja real, de unas plantas, de unas flores secas y de una fotografía donde una mujer miraba a cámara con una intensidad que no era ni tristeza ni alegría, Luisa Sobral hizo lo de siempre y escribió una canción. El problema, si es que existe tal cosa, es que aquella historia no cabía en tres minutos. Se desbordaba. Pedía aire, capítulos, décadas. Pedía, en fin, un libro.

A Sevilla llega ahora esa Luisa Sobral, la escritora, en el marco de las citas intrépidas con la literatura de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. Durante años la hemos celebrado como compositora, como la mano que firma sin presencia y sin reclamar aplausos, y por una vez la invitación la coloca en el centro y nombra primero la palabra. La mujer que se quedaba al lado del escenario sube por fin a contar su propia historia, sin cederla a nadie, en un encuentro íntimo y conversado en uno de los espacios culturales más hermosos de la ciudad, el antiguo Pabellón de Marruecos de la Cartuja.
Quien la haya escuchado cantar sospecha lo que le espera, una tarde en la que las plantas, las fronteras y la memoria de la vieja Europa se cruzarán con la biografía de una artista que entiende la creación como un asunto de delicadeza y de detalle. Para los que todavía no la conocen, esta es una ocasión inmejorable de descubrir que la voz que escribió Amar pelos dois tenía, desde el principio, mucho más que decir.
Luisa Sobral conversará sobre No todos los árboles mueren de pie en la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo (Sevilla). [Fecha, hora y reserva de entradas en tresculturas.org].








