Sociedad

Julio de 2026: el verano en que nos alcanzó el futuro

Bomberos forestales combaten el fuego en San Martín de Valdeiglesias. Foto Cordon. verano futuro
Bomberos forestales combaten el fuego en San Martín de Valdeiglesias. Foto: Cordon.

Cuando, a principios del presente siglo, T. C. Boyle dio a la luz Un amigo de la Tierra, el mundo que el escritor estadounidense describía parecía pertenecer al territorio de la mera exageración literaria. La novela nos trasladaba a un futuro ubicado temporalmente en nuestro presente, devastado por el cambio climático, con una California sometida a lluvias torrenciales, ecosistemas colapsados y una biodiversidad convertida en recuerdo; un futuro cuyos protagonistas, antiguos activistas ecologistas radicales, cargaban con una amarga certeza: habían comprendido el problema antes que la mayoría, habían intentado advertirlo y, sin embargo, no habían conseguido evitarlo.

Hoy resulta imposible leer esa novela sin experimentar un profundo desaliento. No porque sus predicciones se hayan cumplido exactamente. No vivimos todavía en el paisaje casi postapocalíptico, previo a La carretera, que Boyle situó, según la fecha con que data el último capítulo, en julio de 2026. Ni las ciudades han sido engullidas por la naturaleza, ni las instituciones han desaparecido ni la civilización occidental se ha derrumbado. Pero, aunque para muchos la vida cotidiana transcurra con una normalidad aparente, algo ha cambiado profundamente desde el año 2000 y ya no podemos leer esa historia desde la tranquilidad de quien contempla un porvenir que no verán sus ojos —o los de sus hijos—, sino desde la incómoda conciencia de que algunas de sus premisas han comenzado a materializarse.

Si Boyle acertó o no en los detalles resulta, en este sentido, lo de menos. La pregunta verdaderamente relevante es cuánto de aquella distopía era ficción y cuánto anticipación.

Una fiebre descontrolada

Durante décadas, el cambio climático fue presentado como una amenaza futura. Se hablaba de él en términos condicionales. Si seguimos emitiendo gases de efecto invernadero, ocurrirá esto; si no modificamos nuestros hábitos, sucederá aquello. El problema estaba siempre a unas décadas de distancia, lo bastante cerca como para preocuparnos, pero lo bastante lejos como para aplazar cualquier decisión incómoda. Sin embargo, el tiempo tiene la mala costumbre de avanzar.

Los incendios que cada verano arrasan California, Canadá, Grecia, Portugal o España ya no son anomalías. Las sequías prolongadas que afectan al Mediterráneo se han convertido en un fenómeno recurrente. El deshielo acelerado de Groenlandia y del Ártico, la degradación de los arrecifes de coral, las inundaciones extremas en Pakistán o Alemania, las olas de calor que baten récords año tras año, la pérdida de biodiversidad y las migraciones forzadas por fenómenos climáticos no son una especulación literaria, sino que forman parte consustancial de nuestro presente.

Por supuesto, sería un error atribuir cada desastre natural a la acción del ser humano. El mundo siempre ha conocido sequías, inundaciones e incendios. Lo que está cambiando en el —no por casualidad— llamado Antropoceno es la frecuencia, la intensidad y la simultaneidad de unos fenómenos —pensemos en las olas de calor del presente verano— que han pasado, en muchos casos, de resultar excepcionales a volverse paisaje. En ese sentido, y como señalan los climatólogos, el cambio climático se parece menos a una explosión que a una fiebre. No destruye el mundo de golpe, pero lo va alterando gradualmente mientras desplaza límites, modifica equilibrios, erosiona certezas, franquea umbrales críticos… hasta que un día descubrimos que aquello que considerábamos normal ha ido siendo colonizado por las despiadadas fuerzas de lo aciago.

Hic et nunc

Aunque la pintura que hacía el autor de la extraordinaria Música acuática de unos EE. UU. —símbolo de un mundo más allá del colapso— arrasados de forma alterna y sucesiva por los incendios y las inundaciones pueda antojársenos una hipérbole, en el verano de 2026 hay lugares donde esta transformación resulta ya evidente. En algunas regiones del África oriental, varias temporadas consecutivas sin lluvias han destruido rebaños y cosechas, obligando a comunidades enteras a desplazarse; en Bangladesh, millones de personas viven bajo la amenaza constante de las inundaciones y la salinización de las tierras agrícolas; en pequeños estados insulares del Pacífico, la subida del nivel del mar no es una hipótesis académica, sino un problema político cotidiano; en Australia, los incendios de 2019 y 2020 mostraron hasta qué punto un ecosistema puede verse sometido a tensiones inéditas; e incluso en países ricos y tecnológicamente avanzados, como Estados Unidos, la combinación de sequías, incendios y fenómenos meteorológicos extremos está alterando la gestión del territorio y encareciendo de forma significativa los costes económicos y sociales de la adaptación.

Podemos observar estos fenómenos desde la distancia y pensar que pertenecen a otros lugares. Sin embargo, quienes vivimos en las márgenes del Mediterráneo deberíamos sentirnos especialmente concernidos. Durante años, los científicos han señalado esta región como uno de los principales puntos calientes del cambio climático. Sus consecuencias más visibles son la disminución de las precipitaciones —paralela a su concentración estacional, con efectos catastróficos, como en octubre de 2024— y un aumento notable de los episodios de calor extremo, que provocan que los incendios encuentren unas condiciones de propagación tan favorables que, solo en lo que llevamos de década y únicamente en la península ibérica, una superficie similar a la de la provincia de Cáceres (¡!) ha quedado reducida a cenizas.

Si Odiseo tuviera que regresar hoy a Ítaca por las costas de Sicilia o Túnez, preferiría caer en las fauces de Caribdis, o incluso en la boca de Polifemo, antes que cocerse a treinta grados. Andalucía, recalentada sartén desde la que escribo, ofrece un ejemplo igualmente revelador. Basta recordar la presión creciente sobre los recursos hídricos, la reducción de determinadas producciones agrícolas o la vulnerabilidad de espacios naturales emblemáticos como Doñana para ver hasta qué punto el cambio climático —acompañado de toda una serie de factores económicos, urbanísticos y políticos— está amenazando el mundo tal y como lo conocíamos.

No mires arriba, bro

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: pese a saber más que nunca sobre un problema acerca del cual vienen acumulándose, desde las primeras teorías de Arrhenius y las mediciones pioneras de Charles Keeling hasta los últimos informes del IPCC, toda clase de estudios, informes y modelos a cargo de las más reputadas instituciones científicas, actuamos como si no supiéramos lo suficiente. Esto es, si no nos enfrentamos a una amenaza desconocida, ¿por qué resulta tan difícil movilizar una respuesta colectiva proporcional al desafío?

Quien haya visto No mires arriba recordará el modo en que esta ayudaba a desmontar una idea muy arraigada: la de que los graves problemas se resolverían automáticamente si dispusiéramos de más información. Durante décadas se pensó que la crisis climática era, sobre todo, un problema de ignorancia y que bastaba con acumular datos, elaborar informes, publicar estudios y comunicar mejor para empezar a revertir el problema. Pero, como muestra la cinta, la suma de una lógica mediática para la que los descubrimientos científicos compiten en inferioridad con las celebridades, las riñas partidistas y otros contenidos virales; la politización de los hechos, que provoca que la evidencia científica —sea la inminente colisión de un cuerpo celeste con la Tierra o la sexta extinción— quede absorbida por la lógica de la confrontación identitaria; y la dificultad humana para reaccionar ante amenazas —tanto mayor cuando estas, como en el caso que nos ocupa, son graduales o diferidas— hace que el conocimiento no solo no se transforme necesariamente en voluntad política o cambio social, sino que la respuesta a un aluvión de pruebas irrefutables, lejos de ser la movilización racional que cabría esperar, se asemeje más a una mezcla de indiferencia, entretenimiento, polarización y oportunismo.

Lo inquietante del filme —lo mismo que le quita el sueño y lleva a tomar todo tipo de decisiones desesperadas al activista Ty Tierwater, protagonista de la novela de Boyle— no es que una civilización pueda fracasar porque desconozca el peligro, sino que una civilización perezca a pesar de conocerlo. Ese es precisamente el drama del cambio climático: que, aun sabiendo que el «cometa» se dirige directamente hacia nosotros en forma de grados adicionales, hectáreas quemadas, erosión costera y extinción de especies, el debate público siga oscilando entre el aplazamiento, el cálculo electoral y el negacionismo de quienes, adoptando la apariencia de un supuesto sentido común, pues «siempre ha habido cambios climáticos», tildan de «estafa», «camelo» o incluso «religión» cualquier medida, no importa cuán modesta sea, dirigida a paliar el problema.

Distopía que algo queda

La literatura, el cine, las series y los videojuegos llevan décadas imaginando futuros devastados. Cualquier lectoespectador medio se ha enfrentado a innumerables imágenes de ciudades inundadas, pandemias globales, colapsos energéticos, desiertos interminables, guerras por el agua y extinciones masivas.

En este sentido, del mismo modo que George Orwell no escribió 1984 para predecir el futuro, sino para advertir sobre los peligros del totalitarismo, y que Margaret Atwood no concibió El cuento de la criada como una profecía, sino como una exploración de riesgos latentes en nuestras sociedades, Boyle no utilizó la ficción para pintar un retrato fidedigno del presente, sino para preguntarse qué ocurriría si seguíamos ignorando todas esas temibles señales. Estas narraciones —desde novelas como El mundo sumergido, de J. G. Ballard, hasta series como Years and Years, pasando por títulos como Soylent Green o la saga Mad Max— cumplieron una función valiosa al obligarnos a mirar aquello que preferiríamos ignorar y permitirnos observar el mundo desde una perspectiva mejor enfocada.

Pero, cuando la imaginación apocalíptica se vuelve omnipresente, puede acabar produciendo el resultado contrario al deseado y perder todo su potencial transformador. La repetición constante de escenarios catastróficos genera fatiga emocional y, cuando el desastre se naturaliza, nos quedamos como embotados, sin capacidad de respuesta. Así, del mismo modo que convivimos con el ruido de fondo urbano, aprendemos también a convivir con las malas noticias, perdiéndole el respeto a lo inexorable y llegando incluso a jugar a la ruleta rusa con el desastre, como esos vecinos de Badajoz que hace unas semanas adelantaron un evento pirotécnico quince minutos para burlar la normativa de peligro alto de incendio forestal; esos agricultores que insisten en sacar su maquinaria al campo a pesar de las condiciones meteorológicas extremas; o esos pescadores —como en el caso anterior, aquí también la temeridad suele ser aliada de la necesidad— para quienes un paro biológico es un cliché ideológico pensado para liquidar su medio de vida y no la única manera de intentar preservarlo.

Como diría Mark Fisher al acuñar el concepto de «impotencia reflexiva»: sabemos perfectamente que el sistema produce desigualdad, precariedad, destrucción ambiental o malestar psicológico, pero ese conocimiento no se traduce en capacidad para transformarlo. Quizá por eso tantas personas oponen al negacionismo o a la minimización del problema otro extremo igualmente estéril: un fatalismo resignado —muchas veces precedido de una fase aguda de «ecoansiedad»— según el cual todo está perdido y ya no merece la pena intentar nada.

Una pregunta incómoda

La evidencia disponible nos muestra que no estamos ante una situación binaria en la que el planeta pueda salvarse completamente o perderse por completo. Cada décima de grado cuenta, cada ecosistema conservado importa, cada tonelada de emisiones evitada tiene efectos medibles y, consecuentemente, cada medida política acertada reduce riesgos futuros. El problema no consiste en elegir entre un paraíso perdido y un apocalipsis inevitable, sino en determinar cuán habitable será el mundo que heredarán las próximas generaciones (o las versiones últimas, luego más vulnerables, de nosotros mismos).

En este punto conviene regresar a los protagonistas de Un amigo de la Tierra. En su retrato de esos activistas «ecorradicales» dispuestos a cruzar límites que muchos considerarían inaceptables —y cuyos actos, en un país como España, en el que la desobediencia civil no violenta, que se lo digan a Jorge Riechmann, puede sentarte en el banquillo, serían tipificados como terrorismo—, Boyle, pese al escepticismo sobre sus métodos, sí reconoce algo que el tiempo ha confirmado: que su intuición fundamental era correcta. Ante la indiferencia general, más aún, frente al hostigamiento de quienes, en nombre de un sistema económico que ha tomado por rehenes a los trabajadores, envileciéndolos, se ocupan de ridiculizarlos y perseguirlos, personajes como la joven Sierra Tierwater —probablemente inspirada en Julia «Butterfly» Hill, quien a finales de los años noventa pasó setecientos treinta y ocho días en la copa de una secuoya milenaria de cincuenta y cinco metros de altura en California— habían comprendido que la destrucción ambiental no era un asunto secundario ni una preocupación para especialistas, sino una cuestión central para el futuro de nuestras sociedades.

¿Quiere decir esto que quienes nos negamos a dar por clausurado el futuro deberíamos empezar a sabotear infraestructuras, inutilizar máquinas excavadoras o encaramarnos a los árboles? Como el autor —y temo que por parecidas razones (¿pesimismo existencial?, ¿misantropía culpable?, ¿simple comodidad pequeñoburguesa?)—, tengo mis dudas, especialmente viendo cómo un poco de pintura en el cristal protector de un cuadro parece generar más indignación que décadas de deforestación amazónica. Pero lo que sí tengo claro, sin hacerme tampoco demasiadas ilusiones al respecto, es que necesitamos una implicación mucho más amplia, democrática y cotidiana para intentar evitar, al menos, el peor escenario. Y que la necesitamos con urgencia.

La transición energética, la protección de los ecosistemas, la gestión sostenible del agua, la adaptación de las ciudades al calor extremo, la transformación de determinados modelos productivos o la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles no son tareas reservadas a héroes ni a mártires. Son desafíos colectivos que exigen decisiones políticas, innovación tecnológica, cambios empresariales y también responsabilidad ciudadana.

Llegados hasta aquí, quizá la verdadera pregunta no sea qué ocurrirá dentro de cincuenta años ni si en un momento dado alguien exageró algún vaticinio. Quizá la pregunta —vale, por cierto, también para Gaza o Sudán—, no por repetida menos incómoda, sea esta: cuando a las generaciones futuras les dé por mirar no hacia arriba, sino hacia atrás, ¿dirán que no sabíamos lo que estaba pasando o que, sabiéndolo, decidimos pasarle la cerilla encendida al pirómano?

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