
Esto podría ser contado como la historia de dos fabulaciones. La primera tendría la forma del cuento de hadas armado bajo el sello Disney; la segunda, con inconfundible marca argentina, sería un relato de mítica nacionalista.
El contexto
Eran los comienzos del cine sonoro. Aquellas imágenes en movimiento que parecían irremediablemente silentes, se llenaron de música y se abría un sinfín de oportunidades creativas. Al vestuario y los escenarios se sumaron entonces los ritmos del mundo para contar historias sin límites geográficos y culturales. O, por lo menos, así lo creyeron los realizadores.
No hace falta sospechar de mala fe. Después de todo, por aquellos años la industria cinematográfica estaba dando sus primeros pasos y no es dable esperar que productores, guionistas y directores se transformaran de repente en hábiles antropólogos con sensibilidad sobre diversidades culturales y es cierto que las generalizaciones, prejuicios y estereotipos están muy a la mano, como unas confortables comodidades del pensamiento. Sin ir más lejos, empecé esta nota con un par de simplificaciones sobre el modo estadounidense y argentino de hacer las cosas como si la idea misma de algo así como un «ser nacional» no fuera también una cómoda abstracción de nuestro juicio. Vamos, entonces, a los hechos sin especular con moralejas posibles.
Todo comenzó con una película
En 1927 se estrenó en Estados Unidos la película de aventuras Douglas Fairbanks como el Gaucho, más conocida como The Gaucho, una historia de aventuras ambientada no se sabe dónde y con muy pocas pistas topográficas y culturales rastreables a lo largo de su hora y media de duración. Hay selva, montañas y paisajes desérticos, hay casas y bares que son cuevas en las rocas, hay una ciudad como salida del imperio incaico y hay vírgenes milagrosas, hay un gaucho sincrético —con algo de gitano, un aire tanguero y otro poco mexicano— buscado por la policía a la que logra eludir trepándose a unas palmeras caribeñas. Con cada persecución se alza el sonido de las castañuelas y los momentos de diversión y relax nos envuelven en españolísimos pasodobles y bailaoras flamencas que agitan sus vestidos y sus flores. Lo lamento por mis amigos españoles: para El Gran País del Norte, serán siempre asociados a sus primos pobres de Latinoamérica y no a la elegante Comunidad Europea, pero apenas comienzo y ya me estoy dispersando.
Esto se trata de la relación de Walt Disney con los gauchos y eso empieza con otro tipo de película, con un cartoon.
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Si se me permite voy a hacer algunas consideraciones al trabajo, sólo en lo atinente a Molina Campos, mi abuelo.
Se habían conocido con Disney en EEUU a instancias del cónsul argentino.
Contra lo que usted menciona, efectivamente Disney vino a Buenos Aires con idea clara y concreta de retomar el contacto con mi abuelo, ya que deseaba que le transmitiera a su equipo de dibujantes como lograba dar esa sensación de movimiento que transmitían los caballos que pintaba.
Luego de alojarse en el hotel, a la mañana siguiente fue la primera actividad que emprendió Disney: se apareció a primera hora en el departamento de mi abuelo en la calle Pacheco de Melo 1957 y como efectivamente no estaba, su mujer Elvirita lo invitó junto a su equipo para que fueran el domingo siguiente a su quinta Los Estribos, en Moreno.
Alli tomaron algunas fotografías junto a las hermanas de mi abuelo que concurrieron para la ocasión. Posteriormente fueron invitados a la estancia de la familia O´Farrel en donde filmaron otras escenas del asado, jineteadas, etc. Si bien en el documental al que usted abrevó para su nota aparece una escena en el «studio» de Molina Campos, esa filmación tuvo lugar en una locación de la ciudad de Rio, Brasil.
Efectivamente mi abuelo trabajó con Disney y equipo en los EEUU asesorandolos en cuestiones nuestras. Disney no estuvo en Bariloche.
Espero esta información le sirva para hacer las correcciones necesarias en su nota.
“…en el caso de Argentina, con una abierta simpatía por el eje…” Esta frase me chirría, estimado, pues no hace otra cosa que alimentar la leyenda metropolitana de que el peronismo era un movimiento con raíces fascistas de manera indirecta. Creo que habría que especificar quién o quiénes estaban al poder en aquellos tiempos anteriores a aquel desastre; del pueblo llano es difícil saber cómo la pensaba de una guerra entre gringos y bien lejana de la cual todavía estamos pagando el pato. Soy peronista pues mi padre lo era, un emigrado que vio por primera vez que un gobierno defendía a los postergados; me refiero al Estatuto del Peon de Campo que establecía derechos y obligaciones, a la asignación por hijo, el voto femenino, etc etc. El peronismo llegó a guerra terminada. Si mal no recuerdo había un grupo de oficiales, el GOU o algo parecido al cual había adherido el coronel Perón, y tambien Castillo, un futuro presidente. En ese grupo había de todo políticamente hablando, menos comunistas, pues el ejército argentino siempre fue una institución usada por las clases adineradas de claros orígenes europeos; en ella sobresalían los oficiales conservadores y por el otro lado los nacionalistas, y si estos ultimos sentían “simpatía por el eje” pienso que lo hacían en función de la oposición de alemanes, italianos y japonese contra el imperialismo inglés. Los dos intentos de invasión allá por el 1800 y el robo de las Malvinas es Historia, una historia de prepotencia y arrogancia, y de memoria sobre todo, la misma que tiene el pueblo ruso sobre las tres invasiones: de dominio, saqueo y exterminio por parte de suecos, franceses y alemanes. Tengo mis dudas de que Perón perteneciese a aquella clase pues no hay nada escrito; chismes sí, y entre ellos aquel de que la madre de Perón era descendiente de aborígenes. Cuando los desinformados afirman que Argentina era un refugio de nazis, se olvidan de que Argentina siempre fue un puerto franco para la llegada de necesarios emigrados, como mi viejo. Bastaba presentar un documento y entraban, y si eras alemán mejor todavía, pues ese tópico de que los alemanes son el sumo de la perfección todavía perdura. Con respecto a Molina Campos pienso que fue el primer contacto con el Arte que tuve, de pibe, se entiende, pues esos almanaques llegaban hasta en la Patagonia; vaya mi emocionado agradecimiento a su nieto por el comentario aparte. Fue una revelación, sobre todo por los cielos y las pampas que nos presentaba, y sus gauchos tan “fieros”. Ahí me di cuenta de que había dos Argentinas, la de los indios, mestizos y negros y la de los europeos. Aun si el arte no tiene ni objeto ni sujeto, y crea una nueva e inefable realidad, siempre nos lleva a reflexionar; a menudo erróneamente. Por el resto un artículo excelente, estimado, y disculpe si me he ido “pal lado de los tomates”. Lo mejor para usted.