
Volví hace poco al edificio donde viví de niña y, antes de subier al piso que buscaba, hice lo que sigo haciendo en cualquier portal antiguo. Leí los buzones. Quedaban dos apellidos reconocibles, aunque desplazados de su casilla original, y el nombre de una mujer que debía de llevar muerta más de veinte años. Los demás habían sido sustituidos por números escritos con rotulador o por pequeños rectángulos de papel donde apenas cabían un primero B, un tercero izquierda, una flecha. La casa conservaba peor a sus habitantes que las manchas de humedad.
El buzón fue durante mucho tiempo un censo rudimentario e indiscreto. Permitía reconstruir el edificio desde la acera. En la planta baja vivían los dueños de la mercería, arriba estaba el matrimonio sin hijos y en el quinto seguía figurando el apellido del hombre que se había marchado dejando a su mujer con una deuda y una televisión enorme. Los niños conocíamos antes los apellidos que las profesiones. Sabíamos quién tenía perro por los ladridos, quién trabajaba de noche por sus protestas y quién abría siempre sin preguntar, una generosidad que entonces parecía confianza y hoy exigiría la intervención urgente del administrador de fincas.
También estaban los telefonillos, con los que manteníamos una relación delictiva. Pulsar todos los botones y salir corriendo proporcionaba una forma de poder sobre los adultos. Durante unos segundos, el edificio entero despertaba a la vez. Se encendían luces, sonaban voces deformadas por los altavoces y varias personas preguntaban quién era con una irritación que premiaba el esfuerzo. Aquel crimen tenía una dimensión colectiva. Ahora un niño necesita grupos de mensajería, perfiles falsos y una conexión estable para molestar a tanta gente.
Los nombres de las placas tampoco componían un mundo particularmente justo. En muchas casas aparecía el apellido del marido aunque fuese la mujer quien abriera la puerta, pagara los recibos y supiera en qué cajón estaban las medicinas. Una viuda podía pasar años bajo el nombre de un muerto. Quien alquilaba una habitación desaparecía del registro doméstico y algunas familias se anunciaban con una solemnidad de bufete de abogados mientras otras escribían su apellido a bolígrafo sobre un trozo de esparadrapo. El portal explicaba las jerarquías de la casa con claridad.
Aun así, cada placa reconocía una presencia. Detrás de aquella pared vivía alguien que podía ser llamado por su nombre. El cartero sabía dónde dejar una carta mal dirigida y una vecina podía localizar a la madre del niño que acababa de romperle una maceta. Hasta los enemigos necesitaban identificarse para odiarse con fundamento.
En los portales reformados abundan ahora las casillas vacías, los códigos y unas pantallas brillantes que parecen instaladas para recibir a los ocupantes de una estación orbital. El visitante marca un piso sin saber quién vive dentro. Los repartidores llaman al móvil desde la acera. Quienes llegan a un apartamento turístico reciben una combinación que caducará el domingo y cruzan el vestíbulo arrastrando una maleta, observados por vecinos que ignoran sus nombres y han aprendido a reconocerlos por el ruido de las ruedas.
La retirada de los apellidos suele justificarse por seguridad. No conviene que cualquiera sepa quién vive en una casa, aunque la precaución dure hasta que alguien abandona en el cuarto de basuras una caja de electrodoméstico con su nombre completo, su teléfono y la dirección impresa en una etiqueta de buen tamaño. También entregamos una copia del documento de identidad para alquilar un coche durante una tarde y permitimos que una aplicación recuerde a qué hora cenamos. Al vecino del otro lado del tabique le ofrecemos un escueto 4B.
Las placas vacías hablan de una ciudad donde la residencia se ha vuelto provisional incluso para quienes llevan mucho tiempo en ella. Cambiamos de piso, el propietario cambia de inquilino y el fondo de inversión cambia la cerradura. En algunos edificios resulta más estable el felpudo que la población. El nombre estorba porque exige despegarlo, raspar el adhesivo y colocar otro cuando llega la siguiente persona. Un número no deja viudos ni recibe cartas después de muerto. Tampoco obliga al dueño del apartamento a recordar que por allí pasó alguien.
Los portales antiguos funcionaban a veces como esquelas retrasadas. El apellido permanecía años después del entierro porque nadie encontraba el momento de quitarlo o porque la persona que seguía viviendo allí prefería escuchar todavía, de labios del cartero, el nombre completo de la familia. Acababa borrándolo una reforma.
No llegué a pulsar ningún botón en mi antiguo edificio. Mientras dudaba, apareció un repartidor cargado con dos bolsas y me preguntó si podía abrirle. Le expliqué que hacía muchos años que no vivía allí. Antes de que terminara la frase salió un hombre, sujetó la puerta con el pie y el repartidor entró sin conocer el nombre de quien iba a recibir la cena. Miré los buzones y en el hueco donde estuvo nuestra placa quedaba un rectángulo más claro, protegido durante años de la suciedad y de sucesivas capas de pintura. La memoria del edificio se reducía a aquella pequeña diferencia de color. Durante unos segundos pude leer allí mi apellido.






