
¿Puede seguir siendo el arte urbano, el mural, un vehículo poderoso para el cambio social y cultural? Eso creyó Shepard Fairy, artista urbano estadounidense, en los noventa, y la realidad no ha podido abofetearle con mayor contundencia. Una de sus obras más comprometidas, al menos con la política, fue el cartel HOPE (Esperanza), dedicado a Barack Obama y a su campaña presidencial, cuando el artista ya tenía el reconocimiento general. A vista de pájaro, el gran cambio que impulsó el primer presidente negro de la historia fue alisar el camino para la llegada de Donald Trump y sus MAGA. Lo que podría llevarnos a concluir que el arte contestatario, hoy, sirve como mucho para adornar al statu quo, pero desde luego no para revolucionar la sociedad. Menos aún cuando candidatos presidenciales o ayuntamientos de ciudades pagan un buen precio por lucir los murales de los artistas antes llamados rebeldes. No hay revolución en el servicio al poder.
Y sin embargo la pretensión inicial de Fairy, hoy más conocido por su pseudónimo Obey, era el cambio. El cartel que le hizo famoso, con la palabra obedece, y la cara de André el Gigante, pretendía denunciar el consumismo y la propaganda televisiva y luchar contra ellos. El referente a partir del cual lo creó estaba basado en una peli de John Carpenter de los ochenta, Están vivos. La cual podemos poner en la serie B o en la calificación de títulos de culto con no menos cariño que devoción. En apariencia uno de esos filmes de acción para hacer taquilla palomitera, aunque el guion contuviese algunas burlas al consumismo que engancharon bien con la generación ochentera. Especialmente con la estadounidense, más simple. Su argumento, que unos aliens turbocapitalistas se han infiltrado en la Tierra, y alientan el consumo desenfrenado de los humanos para que destruyan de una vez su planeta, y así ellos puedan acabar de terraformarlo y tener un hábitat ideal para su especie. O sea, que nos matemos consumiendo recursos y destrozando el medio ambiente, lo que es el pan nuestro de cada día en el siglo XXI y para lo que no necesitamos extraterrestres que nos inspiren. Si nos hacemos adictos a las compras, y usamos la tecnología de manera desenfrenada, lo conseguiremos, y esto lo dicen los científicos, Naomi Klein, y cualquiera mínimamente despierto para verlo. Aun así no es fácil despertar y darse cuenta, otra de las claves de esta peli que, eso sí, añade esa cutrez del héroe americano, en este caso obrero de la construcción, por supuesto con muchas armas, limitada inteligencia, y panda de amigos violentos. El chiste fácil estadounidense que ahora, con el American Way of Life hecho trizas, se puede contemplar incluso con un escalofrío, porque anticipaba la existencia real de esos tipos autodenominados MAGA, para los que el arte es una gorra roja.
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Bravo.
Nos quieren sumisos, productores y consumidores, individualizados y temerosos. Y si una pintada en un muro les pone en evidencia hablan de vandalismo, mientras ellos fomentan la verdadera barbarie con la turistificacion, la gentrificación y la conversión del centro de las ciudades en escaparates y decorados con su reverso de guetos y extrarradios inhumanos y desarraigados.
Hay que destacar la vehemencia con la que las políticas de gentrificación son defendidas en las urnas por los propios ciudadanos. En Malaga deben estar tan contentos con esta situacion, como en Castilla y Leon con la gestión de incendios, o en Valencia con la gestión de emergencias, o en Madrid con las políticas aporofobas premium de su gobierno, al menos si nos dejamos guiar por los resultados electorales.
Nos querrán tontos, pero están tranquilos porque no les hace falta mucho esfuerzo para
conseguirlo.