André el Gigante: la cerveza, en cubo de basura

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Andre the Giant (2018). Imagen: HBO.

A mí no me llamó la atención ni su tamaño ni sus patillas ni su panza. Cuando André el Gigante apareció en las pantallas de Telecinco para rescatarnos a los niños de un fútbol jugado todavía por señores con bigote u horteradas como esa danza folclórica de apareamiento que denominan tenis, en lo que yo me fijaba era en su maillot. Era, en efecto, como el de un gigante, como el de un troglodita, pero de licra. No había visto una cosa más triste en la vida. Además era azul celeste, un color pocho. Ese hombre, que debía causarme admiración por sus golpes y fortaleza, lo que me daba era penuchi.

Se le veía boquear y andar limitado de movimientos. Cuando los Demolition, Ax y Smash, le derrotaron a Haku y a él en Wrestlemania VI, que si no me equivoco fue la primera que vimos en España, fue un espectáculo un tanto dantesco. No era como si los Sacamantecas se enfrentaran a los Demolition, dos parejas de adultos disfrazados de manera igualmente pintoresca. Había un desajuste. André y Haku eran extemporáneos.

No hubo mucho más. Murió en 1993 mientras dormía. Tenía cuarenta y seis años, le habían pronosticado que no viviría más de cuarenta. En una triste casualidad, aquel día estaba alojado en un hotel en París para asistir al funeral de su padre. Sus cenizas se arrojaron en su rancho de Carolina del Norte. En el documental que ha estrenado este año HBO Sports se cuenta que en ese lugar, en plena naturaleza alejado del mundanal ruido, alcanzó la felicidad. Al menos tuvo sillas de su tamaño y una ducha a su altura. Para él eso era un lujo.

Según un reportaje de CBS Sports, su vida no era para arrendarle las ganancias. Como por su tamaño llevaba mal las apariciones en público, nunca se pudo ir de compras a gusto sin que le rodeara la gente y le agobiara. Allí, en el rancho, descubrió la teletienda y se desquitó. Comparaba de todo, de vaporetas para la alfombra a mariposas de porcelana. Jackie McAuley, la mujer que le asistía en la casa de campo, dijo que era la única aventura que tenía en su vida, quemar la tarjeta de crédito de madrugada delante de la tele.

El documental de HBO sabe a poco. Se cuenta lo ya contado de que a partir de los quince, por acromegalia, empezó a crecer de forma desmesurada. Sus hermanos le preguntaban a su madre qué estaba pasando y él, mientras tanto, deseaba huir del lugar en el que se estaba convirtiendo en un monstruo. De esa manera se unió al wrestling en el circuito francés. Luego pasó por Mónaco y por Japón hasta que finalmente aterrizó en Estados Unidos como la gran sensación.

Decían que era de los Alpes para que tuviera emoción, quedaba mejor como adorno que explicar dónde estaba su pueblo perdido y ordinario. Iba haciendo apariciones en el wrestling de cada estado, antes de que se unieran todos en una red estatal que llegó a nuestras pantallas huérfanas de genuinas tonterías, y se convirtió en el luchador más famoso del mundo. Lo presentaban como la octava maravilla del mundo.

Schwarzenegger cuenta que una vez estaban bebiendo y en la discusión por ver quién pagaba le cogió a peso muerto y lo levantó para que se callase la boca. Ahí se dio cuenta, Arnold, de la fuerza de su amigo André. En un reportaje de Sports Illustrated de 1981 se contaba que no necesitó ninguna preparación ni gimnasios para convertirse en luchador. Traía la fuerza de serie. El único ejercicio que había hecho en su vida era, en su pueblo, mover a pulso los coches de sus amigos para que estos se rieran mientras bebían.

De ahí, el documental salta rápidamente a contar lo mucho que le gustaba la fiesta. Podía beberse de una sentada veinte cervezas y cuatro botellas de vino. Como mínimo, un refrigerio con él constaba de veinticuatro latas, cuatro six-packs. Le gustaba jugar a las cartas, eso recuerda Tito Santana, y Hulk Hogan, por su parte, rememora los pedos que se tiraba en los ascensores. Algunos de treinta segundos.

Pero ese modo de vida de continuos viajes que, como contamos, convirtió a Jake «The Snake» Roberts en un alcohólico y drogadicto, a André también se le hizo cuesta arriba. En sentido literal, si de Jack se recordaba que iba en los aviones en coma rodeado de decenas de botellitas de vodka vacías, André iba sufriendo un tormento otomano: no cabía en el baño de los aviones, no podía entrar. Tenía que viajar sin mear.

Cuando la televisión por cable emitió ese campeonato unificado de lucha libre para todo Estados Unidos, su fama se disparó. Fue el elegido para estar dentro del malo final de Conan el destructor, Dagoth, aunque no le pusieron en los créditos. Detalle que sí tuvieron en La princesa prometida, donde interpretó al gigante Fezzik. Estuvo tan orgulloso de este papel que en los autobuses de gira le hacía ver la película constantemente a otros luchadores. También salió en un clip de Cyndi Lauper para Los Goonies, y en los late nigh, en todo lo que le echaran por delante en aquella época. Pero siempre con un sabor agridulce. Un momento triste es que de pequeño le dijo a su padre que quería un Rolls Royce. Años después, alcanzada la celebridad, se presentó en su casa con el coche, pero su aspecto había cambiado tanto que ni sus padres le reconocieron. Pero estos detalles hay que leerlos, la película de HBO no los cuenta.

Y otro problema del documental es que da la impresión, escuchando a Hulk Hogan, de que habla de los combates como si fueran ciertos. En cualquier caso, por enfrentarse a él, Hulk, que era el héroe de la nación y de los niños —por eso se ha dejado la vida para que no salgan a la luz las partes de un vídeo sexual que le grabaron con la mujer de un amigo en las que se dijo que hacía comentarios racistas— cayó en desgracia André, que pasó a ser supervillano en un país poco amigo de los matices. No le gustó nada ser secundario y no mucho más tarde le sobrevino la muerte, ahí lo dejan.

Andre the Giant (2018). Imagen: HBO.

Sigue siento más interesante tirar de literatura. En A legendary life, de Michael Krugman, se cuenta que su apellido, Rousimoff, es búlgaro, su padre era un emigrante en Francia. Se instaló en Ussy-sur-Marne con su madre, que se la había presentado un amigo polaco en situación similar. Cuando André empezó a ir al colegio, como en aquella época no había autobuses, lo hacía andando, y muchas veces se ahorraba la caminata porque el ganador del Premio Nobel Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot, le recogía en su coche y lo llevaba él. Ahí lo tienen, al padre del teatro del absurdo, con André el Gigante en un coche atravesando la campiña francesa.

A los once años lo sacaron de la escuela para que currara en la granja. Por aquel entonces a lo que jugaba era al fútbol. Imagínense que hubiera llegado a central de un equipo importante. Ahora el trato de Ramos a los rivales nos parecería sedoso y almibarado. Pero no, optó por la lucha libre. En 1969, después de arrasar por Europa, en Nueva Zelanda fue presentado como El Monstruo de la Torre Eiffel.

De ahí saltó a Japón, donde un médico le explicó la enfermedad que padecía y que ya era tarde para tratarla. Fue advertido de que rara vez un enfermo de gigantismo pasaba de los cuarenta. André guardó el secreto y como muchas otras personas que se saben condenadas a una muerte prematura se dedicó a disfrutar de la vida cuanto pudo y como supo.

Por menudencias del negocio, a André le caía muy mal el joven Hulk Hogan. Hasta el punto de pegarle de verdad cuando estaban dentro del ring. Fuera, de gira, André se sentaba en la parte de atrás del autobús y, cada vez que se bebía una lata de cerveza, se la tiraba a la cabeza a Hogan. Y recordemos que eran, como mínimo, veinticuatro las que necesitaba el mozo para quitarse la sed.

Es ahí donde Hogan le vio los pies de barro. Para empezar, porque fuera del espectáculo, cuando en la calle se encontraba con gente que no era fan del wrestling, adultos en cuerpo y alma, se burlaban de él y se reían en su cara. A esos habituales escarnios había que añadir que nunca podía dormir en camas ni sentarse en sillas que no soportaran su tamaño, que eran la inmensa mayoría. Su vida era incómoda y dura. De hecho, desde que llegó a Estados Unidos cambió su fisonomía espectacularmente. Su mandíbula y sus extremidades, las manos sobre todo, no dejaban de crecer. Tenía que llamar por teléfono apretando los números con un bolígrafo. Y él, mientras, ganaba peso. Se convirtió en un personaje que realmente parecía llegado de otro mundo.

Eso conmovió a Hulk, que añade una anécdota muy bonita y enriquecedora. En Japón, en Tokio, era el cumpleaños de André y el bigotes le compró una caja de Pouilly-Fuissé, uno de sus vinos favoritos. Se la entregó a las 7:30 de la mañana y dos horas y media más tarde tuvieron este diálogo:

—¿No me digas que te has bebido ya una botella entera?

—No, me las he bebido todas.

En un libro anterior, de Ross Davies, se narran peripecias como cuando acudió a un restaurante de bufé libre y engulló veintiocho langostas. Un buen roto. En el terreno de las leyendas urbanas hay que situar las historias relativas a sus desmayos completamente borracho en el hall de los hoteles. Se dice que a veces le ponían una manta encima y ahí lo dejaban, porque nadie lo podía mover. O se ponía un cordón, como los policiales, alrededor de él con hilo rojo. Con Jake The Snake recorrió muchos pueblos en furgoneta antes de que el negocio moviera tanto dinero como para hacerlo en avión. Si algo ha recordado Jake de aquellos días es que bebían mientras tiraban kilómetros y André nunca estaba borracho. Trasegase lo que trasegase.

Ted DiBiase, apodado el Hombre del Millón de Dólares, que también nos dio grandes mañanas de sábado en la cadena amiga, se fue una vez con él al bar. Se sentaron y a la hora de pedir André le preguntó a la camarera si tenían cubos de basura. La mujer dijo que sí y André pidió que por favor le pusieran uno lleno de cerveza y hielo. Lo hicieron y se lo acabó enterito. Jim «Estaca» Doogan declaró al aludido reportaje de CBS que él, si podía, evitaba beber con André porque al día siguiente se pasaba el día entero con la cabeza dentro del váter. Lo que Buddy Bradley llamaba «conducir el bus de porcelana».

Terminó casi postrado. Pasando la mayor parte del tiempo en una silla de ruedas. Sufría continuos dolores y, como odiaba los analgésicos, se bajaba el dolor bebiendo. Llegó un momento en que su corazón no podía bombear con la fuerza necesaria. Un médico que acudió a su rancho de Ellerbe le dijo que o iba al hospital o se negaba a seguir haciéndole visitas, no quería verle morir. Estaba sufriendo un derrame pericárdido, acumulación de líquido alrededor del corazón. En el hospital se ofrecieron a operarle de la acromegalia, pero se negó.

Sus últimos años en el ring fueron meramente anecdóticos. Ya no podía casi ni moverse. Le tenían que ayudar a subir y a bajar y no es que quisiera a sus compañeros por parejas, que siempre los abrazaba, era que los empleaba como muleta.

Jackie McAuley, la mujer que estaba a cargo de su casa, cuando murió André, se encontró con que había gente que peregrinaba al lugar en busca de vestigios de la vida del luchador. Como no había nada, decidió montar un museo con todas sus pertenencias. Inaugurado en 2015, la muestra reúne las botas de André y sus famosos anillos ganados a Hulk Hogan en el Wrestlemania III celebrado el Pontiac Silverdome. Sus cenizas fueron esparcidas por su rancho, tal cual era su deseo. Cuenta McAuley que tuvo que pelearse con su familia para que se cumpliera su voluntad. Y añadió también sus cenizas pesaban el doble de lo que las de una persona normal. Igual que su recuerdo.

5 comentarios

  1. Similitoff

    Jack Palance + Pier Paolo Pasolini:
    Edilson Cavani

  2. Algún día tenéis que hacer un artículo sobre Haku, el tío más temido en el vestuario del wrestling. Hulk Hogan se hacía caquitas con él, el propio André decía que era el único del que tenía miedo.

    Un auténtico baddas en la vida real del que se cuentan multitud de anécdotas, terror de los típicos matones y chulitos que poblaban los garitos de mala muerte en los USA.

    • Maciste

      ¿Ese…? ¡Ese no tenía ni media hostia, hombre! ¡Es más, cuando me veía llegar de frente, se cambiaba de acera el tío por si le caía algún sopapo!

      • Este buen hombre desayuna 4 forococheros, 6 instagramers y una docena de twitteros para acompañar los 4 kilos de ternera huntados en el cola-cao. Supongo que un machote de Jotdown le podrá servir como mucho de mondadientes en la hora del café.

        Bromas aparte, si hay algo coinciden todos los wrestlers de la época (y no suelen coincidir en prácticamente en nada) es que Haku (ala” Meng”) era el tipo más duro del negocio. Solo gente como Harley Race o Rick Rude podrían hacerle un poquito de sombra.

        Cuando salían de marcha por los bares tras las veladas, los parroquianos y Macistes de la vida se cachondeaban de ellos con eso de que se pegaban de broma y tal. Más con este simpático samoano con pintas de no romper un plato. No tardaban en lamentarlo.

        La gente se cree que los de la lucha libre son ridículos enmazados inflados con esteroides, pero este negocio ha estado lleno de tipos duros forjados por su profesión llena de sacrificios y enormes exigencias y altibajos que en muchos casos acaban por destruirlos física y sicológicamente.

  3. El documental no contiene historias de la literatura sobre Andre porque no eran posibles de verificar.

    Muchas de las historias alrededor del gigante se crearon o se exageraron para aumentar su leyenda. Lo de Samuel Beckett parecer ser pura y física mentira.

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