
Hace no mucho, por razones de edad, recibí de regalo una pequeña planta carnívora. Le encontré un sitio en mi escritorio, junto a una taza llena de lápices y figuras abstractas de papel doblado que solo están ahí para recordarme esa otra afición a la que no me he dedicado, pero a la que siempre le daré tiempo el próximo domingo. Decir que se trata solo de una planta carnívora es una forma común de referirse a ella cuando sería más acertado llamarla por uno de sus nombres folclóricos: venus atrapamoscas. Aun así, su título popular es más gentil para la lengua y el oído que su designación científica: Dionaea muscipula.
La nomenclatura binomial, la ciencia detrás de la clasificación de la vida, fue ideada en 1753 por el naturalista sueco Carlos Linneo como un sistema para que todo organismo, vivo o extinto, pueda tener un nombre único. Esto se convirtió en una herramienta para catalogar en la zoología y la botánica, pues como es común en todas las cosas, cada país o región tiene una forma distinta de referirse al mismo animal o planta, causando confusión. Su base es la clasificación por el uso de dos palabras de raíz latina: La primera, siempre en mayúscula, indica el género. La segunda, la especie.
En casa tenemos un sistema riguroso para dar nombres propios a todas las formas de vida que nos interesan. Así los perros se llaman como escritores, los gatos se vuelven científicos, los peces son artistas y las aves llevan nombres ostentosos y señoriales como Titus y Otis. A las plantas las identificamos con personajes mitológicos y literarios, como Ganimedes, una cinta (Chlorophytum comosum) que se desborda de su lugar junto al televisor, o Solaris, un cactus compuesto por uno rojo sin clorofila, diminuto y mimado (Gymnocalycium mihanovichii), alimentado por otro robusto y verde, que murió bajo el sol mediterráneo. Estos bautizos se dan sin mucha reflexión, más de acuerdo al humor o las circunstancias del momento. Y así fue, entonces, que la llegada de la venus atrapamoscas ocurrió al tiempo en que leía Bajo la piel, de Michel Faber. Me pareció que Isserley sería un buen nombre para llamar a una planta que se ve fuera de este mundo al igual que la extraterrestre solitaria de Faber, quien recorre las carreteras escocesas en busca de hombres haciendo autoestop.
¿Qué tan importante es etiquetar a los objetos del universo? El mismo Carlos Linneo dijo que ignorar el nombre de las cosas es olvidar lo que se sabe de ellas. Pero si el conocimiento sobre estas es nulo, entonces sus nombres son solo una comodidad. ¿De qué sirve conocer las diferentes formas en que la gente llama a un insecto o un reptil si no sabemos sus costumbres, hábitos y trucos de supervivencia? ¿O qué tal una estrella, identificada con algún héroe griego, sin conocer su masa, radio, distancia o magnitud?
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¿De qué sirve dar nombres a cosas? De mucho, incluso aunque no sepamos su masa, radio o distancia. Por ejemplo, saber el nombre y la posición en la esfera celeste de una estrella puede servir para orientarse, o en tiempos servía para diseñar calendarios… O los indígenas que dan nombre a animales o plantas en su cultura no los conocen con los criterios científicos, pero quizás incluso sepan mucho más que el estudioso que tiene todos esos datos y múltiples fotografías en su libro. Parece haber cierto cientifismo (que es algo muy distinto del interés por la ciencia) en el artículo. Ojo.
maravilloso artículo. gracias.
Esa forma de describir las cosas me ha recordado a un libro de anatomía de cuando estaba en la Facultad, el «Orts Llorca» lo llamábamos. En él se decía que «la glándula tiroides abraza la tráquea como una bufanda».
Me ha gustado especialmente el final del artículo, y la referencia a «salvar el planeta» cuando ha sobrevivido a catástrofes peores me parece muy acertada. Para quien no lo conozca, «Soy el oceano» con Harrison Ford te pone en perspectiva: https://www.youtube.com/watch?v=rM6txLtoaoc
Uno se pregunta, si el ser humano será una catástrofe natural más como lo fue el asteroide que acabó con los dinosaurios (los que no son pájaros), o seremos capaces de transcender nuestra capacidad para autodestruirnos y veremos si ya podemos aguantar la capacidad de la naturaleza para destruirnos.
A Jot Down ya le hacía falta un artículo así, simple y bien escrito. La verdad que me ha refrescado la mañana.