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Los años de plomo (un trabajo en proceso)

31 Jul 1984, St.-Jean-de-Luz, France, France --- The ax and snake, symbol of the Basque independentist movement ETA. --- Image by © Jacques Pavlovsky/Sygma/Corbis
El hacha y la serpiente, símbolo de ETA, en una imagen tomada en Saint-Jean-de-Luz en 1984. Fotografía: Corbis.

Los años ochenta quedan lejos y me recuerdan a la preguerra, pero a una preguerra a la que ninguna guerra vino a poner fin, y que simplemente cambió de curso. En cuanto a quienes la vivieron, hoy en día parecen perdidos sin sus batallas y sus aventuras. (El camino de los difuntos, François Sureau)

El escritor José Luis Sampedro decía que para conocer una época es mejor una buena novela que un estudio sociológico. Lo dijo a propósito de Días contados, la novela de Juan Madrid que fue adaptada al cine por Imanol Uribe. Para Sampedro, se trataba de un libro imprescindible para conocer los ochenta, ya que desmitificaba y ponía en su sitio «una década que no ha sido como nos la han querido hacer ver». Aunque la novela de Madrid se centraba en la cara menos amable de la movida madrileña, la película introducía una variable que no aparecía en el libro: el terrorismo de ETA. Uno piensa en los ochenta y enseguida le viene a la mente la movida. De los atentados no nos acordamos de inmediato. Y eso que, desgraciadamente, aquellos años de plomo fueron especialmente sangrientos. 1980, en concreto, fue el año de un muerto cada sesenta horas.

Como ya apuntaba el crítico literario Ricardo Senabre hace una década, pese al enorme peso que ha tenido el terrorismo de ETA en nuestra historia, llama la atención lo poco que se ha abordado el tema en la ficción. Por suerte, las cosas están cambiando. Recientemente se han publicado dos libros, El comensal, de Gabriela Ybarra (Caballo de Troya), y El camino de los difuntos, de François Sureau (Periférica), que retratan aquellos años oscuros desde perspectivas bien distintas. Aunque desde el punto de vista literario ninguno de los dos me ha convencido, sí creo que es relevante hablar de ellos, no solo porque prueban que se le está perdiendo el miedo a hablar del terrorismo desde todos los ángulos, sino porque además sacan a la palestra una cuestión delicada: cómo mostrar una herida que nos sigue doliendo como un miembro fantasma.

En El comensal, Gabriela Ybarra cuenta el secuestro y muerte de su abuelo, Javier Ybarra, asesinado por ETA de un tiro en la nuca en 1977. El libro de François Sureau cuenta la historia de Javier Ibarrategui, antiguo militante de ETA durante el franquismo que participó en el atentado a Melitón Manzanas, ejecutado por la banda terrorista en 1968. El libro de Ybarra parte de una noticia real («En el puerto de Barazar, a veinticinco metros del lugar señalado en el comunicado de ETA del pasado lunes, apareció ayer el cadáver de don Javier de Ybarra»). El camino de los difuntos, en cambio, gira en torno a una noticia inexistente («El militante vasco Javier Ibarrategui fue asesinado ayer a mediodía, en la plaza San Nicolás de Pamplona, por dos personas que iban en moto»). Javier Ibarrategui, nos dice Sureau, jurista de profesión, no existió: el personajes es un compendio de tres personas reales que conoció en su experiencia en la Comisión de Apelaciones de Refugiados. Curiosamente, pese a mantener una relación diferente con la realidad (por no decir opuesta), ambos libros se nos presentan como «novelas autobiográficas». El libro de Ybarra es un documento correctamente redactado que insiste en ser considerado novela (una especie de ficción sin ficción); por el contrario, el libro del francés estira el concepto de novela hasta el punto de tratar de introducir en la historia, en la realidad, un personaje que, en verdad, no existió.

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20 comentarios

  1. Pingback: Los años de plomo (un trabajo en proceso)

  2. Oppiano Licario

    Me ha resultado llamativo no encontrar por ningún lado el nombre de Iñaki Arteta, cuando su reciente documental «1980» trata precisamente del año más sangriento de ETA, como se recuerda al principio del artículo.
    Ojalá solo haya sido un despiste.

  3. Conceder una medalla a un torturador al servicio de una dictadura indica, de modo más que suficiente, quién era Aznar ideológicamente, amén de su vanidad y mediocridad, a cual más mayúscula.
    De Melitón Manzanas se sbae que torturó, entre otros a María Mercedes Ancheta, Joxe Mari Quesada, Marcelo Usabiaga, José Miguel Calvo Zapata, José Ignacio Huertas Miguel, Víctor Lecumberri, Roberto Cámara, Jesús María Cordero Garmendia, Jerónimo Gallina, Pedro Barroso Segovia, Javier Lapeira Martínez, Regino González Moro, Jorge González Suárez, Francisco Parra, Gaspar Álvarez Lucio, Manuel Mico Bartomeu, Nicolás Txopitea Paradizabal, Esteban Huerga Guerrero, Victoria Castan del Val, Mario Onaindia Natxiondo, Jone Dorrondoso, Ramón Rubial, Timoteo Plaza, Amanci Conde, Juan Agirre, Auspicio Ruiz, María Villar, Carmen Villar, Luis Martín Santos, José Luis López de Lacalle, Xabier Apaolaza, Ildefonso Pontxo Agirre, José Ramón Recalde, Julen Madariaga, Rafa Albizu, María Jesús Muñoz, Félix Arrieta y Juan José Sainz. Siempre puso un «especial celo» en las mujeres, incluyendo a las esposas, hijas, … de aquellos que no colaboraban/traicionaban a sus compañeros. Alguien que, evidentemente, durante la dictadura, una dictadura eterna, no iba a recibir ningún castigo, ningún reproche, al contrario «merecidos» ascensos.
    No creo que nadie pueda comparar la muerte de semejante personaje con la de un servidor de la democracia, policia, militar, político, periodista o trabajador de autopistas.
    De hecho creo que los ejecutores pertenecían a organizaciones radicalmente distintas, aunque conservaran el nombre.

  4. De lo que he leído sobre ficción inspirado en el terrorismo de ETA, añadiría el cómic fabuloso de Hernández Cava y Bartolomé Seguí, donde no hay personajes planos ni soluciones sencillas. Un clásico reciente.

  5. Pingback: Los años de plomo (un trabajo en proceso) (Jot Down) | Libréame

  6. Me deja de piedra el ultimo parrafo, pongamos la idea en perspectiva: ¿los padres de Mohamed Atta (el que estampo uno de los aviones en las torres gemelas) son victimas tambien? ¿que tal suena? pregunto.

    • Pues yo soy de los que piensa que víctima es aquel al que el pegan el tiro. Lo demás (padres, madres, hijos, cuñados, tíos sobrinos y allegados) son deudos que lo pueden pasar mal o peor, pero deudos al fin y al cabo. Y hay alguno que lo ha convertido en una forma de vida…
      Al hilo del último párrafo hay un artículo maravilloso del gran Enric González, El momento de las golondrinas…busquen y lean…

  7. El filete era mío

    También a propósito del último párrafo: ¿pero es legítimo matar al tirano?

  8. Agustín Serrano

    Más allá de las interpretaciones de cada uno, me ha parecido un grandísimo artículo.

    Enhorabuena.

  9. ¿Hay alguna autoridad moral por ahí que establezca quién es víctima o no?

    Espero sentado.

    • Arcimboldo

      Yo entiendo que si te matan porque pasabas por allí tienes bastantes probabilidades de ser víctima. Y si el que pasaba por allí era tu padre, marido o hijo, quizá también se te pueda considerar dentro de ese grupo . Y si eres el que apretaba el gatillo o el detonador, es más que probable que no lo seas (recordemos que hablo de una víctima «que pasaba por allí»). Y en ese caso tu padre o hermano estará triste al verte juzgado, y tal vez condenado, o quizá huido, pero la responsabilidad de su dolor es tuya y sólo tuya. No de aquel «que pasaba por allí» ni de su familia, ni tampoco de la sociedad que comparte su dolor.
      Seguramente (como todo en la vida) hay una amplia gama de grises que complica las cosas, pero en más de un caso, creo yo, los roles son como los que describo.

      • De las mismas acciones, una persona puede ser víctima o no. Todo depende del lugar en que le toque padecerla (pasar o no por un lado). Así establece la autoridad moral personificada en Arcimboldo la condición de víctima; y eso que reconoce que, lo que es sufrir, ambas partes sufren por las decisiones de una persona.

        Estando así las cosas, a ver quién es el valiente que se atreve, aunque sea en la ficción, a explorar las causas de la violencia.

        • ETA terroristas. Víctimas los muertos en sus atentados

          • Franquistas torturadores. Víctimas los torturados y asesinados por su policía política.
            Estado Español ejecutor de terrorismo de estado. Víctimas los torturados y asesinados por su largo brazo.
            (Este es el resumen simplista de la otra parte. Simplificar deshumaniza, y cuando se deshumaniza se prima a aquellos que se comportan como verdugos. Intentar entender una situación compleja no tiene porque acarrear el deseo de que aquellos que son culpables de crímenes no paguen por ellos como deben, pero si analizar sus motivaciones y evitar criminalizar injustamente a los integrantes/simpatizantes de esos grupos que aunque moralmente no hicieron todo lo que podían para evitar la violencia, no son responsables directos o indirectos de las muertes causadas, y pueden ser los que allanen el camino para una solución consensuada, democrática, y duradera, al conflicto).

  10. Otra aportación de ficción al tema de las víctimas: 5 minutos de gloria, una película en la que un antiguo terrorista del IRA y el hermano de una de sus víctimas (Liam Neeson y James Nesbitt respectivamente) se reúnen en uno de esos encuentros que intentan reconstruir la convivencia rota.

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