
A finales de 2005 la BBC Four lanzó un programa televisivo que daba a conocer algunas de las regiones más desconocidas del proceso creativo del arte contemporáneo. Saber a cuántos grados cuece el arte, ese era el intríngulis. A través de una serie de encuentros con artistas, los ingleses, que siempre han destacado por su precisión, cifraron la difusión pedagógica del arte en una fórmula infalible: la parte por el todo. Sobran pretextos para aprender de la efectividad británica, o eso creemos. El programa se llamaba Art Safari y entre los elegidos se encontraban Wim Delvoye, Takashi Murakami o Santiago Sierra. Y también Sophie Calle. Con la que Ben Lewis, crítico de arte e improvisado presentador (combo impensable en otras latitudes), hubiera podido ocupar un asiento de la posteridad de no ser por que cayó estrepitosamente en uno de los episodios más ridículos que se recuerdan entre un artista y un curioso. El crítico se citó con ella en un museo y quiso sorprenderla. Pensó en un ramo de rosas amarillas, quizás previendo que unas rosas de color inusual podían conquistar la simpatía de la gran dama francesa del arte conceptual. Una idea peregrina. No lo logró. Y además Sophie Calle, que es de todo menos estúpida, aprovechó la ocasión para ensayar un tratado sobre las virtudes nefastas del amarillo: es el color de la gente que ha sido traicionada por su amante («¿De verdad?», balbuceaba Lewis), atrae la mala suerte en el teatro, y en tauromaquia («que es una de mis obsesiones», afirmó ella incorrecta y orgullosa de serlo) es un color prohibido. La pregunta era más que previsible: «¿Estás tratando de traerme mala suerte, de decirme que mi amante me ha traicionado?». Ben Lewis, que no sabía ni dónde meterse, tal vez conocía la historia del arte, pero no tenía la más mínima noción de botánica. Salió del primer vis a vis magullado como un perro. Ella, sin embargo, seguía mirándolo con un candor proverbial. Una sensualidad erótica sostenida por una mirada penetrante que acompasaba con una leve sonrisa y parecía transmitir un sosegante aquí-no-ha-pasado-nada.
De pronto el crítico se rehizo: «Estoy a punto de descubrir que Sophie Calle no es solo una de las artistas francesas más famosas, sino también una de las más difíciles». De este alumbramiento mental se infiere que Lewis considera la fama sinónimo de solidez o envergadura artística. Bien, sigamos. Acude a ver su última obra, Exquisite Pain (1984-2003), expuesta por entonces en el Ludwig Forum de Aquisgrán. La obra trata de un viaje de noventa y dos días hacia la infelicidad. Infelicidad porque la obra estaba concebida para que ella se reencontrase con su pareja en Nueva Delhi pero él no apareció. Le dijo por teléfono: «Sophie, quiero tenerte en mis brazos para explicarte algunas cosas». La causa de tanta ternura era poderosa. Había conocido a otra mujer. Entonces Ben Lewis, que no se había repuesto todavía del primero, recibe otro mazazo. Se le ocurre preguntar sobre la intimidad y los secretos y Sophie contesta que no, que no está desvelando ningún secreto, que todo aquello es banalidad. «Son ideas sobre el sufrimiento, no desvelo muchas cosas», le dice dibujando una sonrisa rebozada en el fuego de la picardía.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: Sophie Calle: vendrá la muerte y tendrá mis ojos
Pingback: Dos miradas sobre el amor | TigoMigo
Pingback: Sophie Calle, el voyeurismo hecho arte – Gente Que Mira