
(Viene de la tercera parte)
Durante muchos años los juegos de azar habían estado prohibidos en casi todo el territorio de los Estados Unidos. Esto, claro, no impidió que en muchos lugares continuasen existiendo de manera clandestina casinos ilegales de pequeño e incluso mediano tamaño, pero había impedido la existencia de ciudades con una industria del juego visible que pudiera entremezclarse con las campañas para atraer turistas. La situación cambió con la Gran Depresión de 1929, que provocó que en algunos estados se empezase a abrir de nuevo la mano con respecto al juego. El estado de Nevada legalizó el juego en 1931, confiando en que eso ayudaría a aprovechar el tirón turístico provocado por la inauguración de la nueva gran atracción del estado, la grandiosa presa Boulder (hoy conocida como presa Hoover), que en su tiempo fue considerada un prodigio de la ingeniería a nivel mundial. La pequeña capital del estado, Reno —que en realidad forma parte de un área metropolitana conjunta con la ciudad de Sparks— ya albergaba una bulliciosa actividad de juego clandestino, y tras la legalización el sector emergió para convertirse en uno de los más florecientes negocios locales. Situada a unas pocas horas de carretera de las grandes ciudades del norte de California, como San Francisco y Sacramento, Reno podía atraer a los habitantes del estado vecino que estuviesen deseosos de jugar en casinos sin preocupación por las redadas policiales. Reno empezó a florecer. Se abrieron algunos nuevos hoteles, una flamante nueva sede del servicio postal, un teatro, nuevas escuelas, incluso una base aérea militar que hoy es conocida como aeropuerto Stead. En menos de veinte años, el área Reno-Sparks dobló su población y aumentó mucho sus ingresos per cápita. Pero, ¿qué sucedía en el sur de Nevada?
El nacimiento de Las Vegas Strip
En el sur, aunque a un ritmo menor, Las Vegas también había notado el tirón de la legalización. Poco después de permitirse el juego en 1931, en la ciudad ya había varios casinos que en total sumaban unas cien mesas de juego y más de mil máquinas tragaperras. Puede parecer poca cosa en comparación con lo que la ciudad es hoy, pero por entonces tenía menos de diez mil habitantes, así que los casinos eran ya una parte sustancial de la generación de riqueza local. Durante los años treinta, el número de visitantes se fue incrementando, aunque no lo suficiente como para que las salas dejasen de ser modestas. Ofrecían, eso sí, espectáculos con música y chicas, incluso había algunas actuaciones de artistas conocidos, pero todo se producía a pequeña escala.
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Mi mayor agradecimiento a E.J. Rodríguez por este estupendo artículo en cuatro entregas. Realmente, a pesar de las series, los libros y películas sobre la Cosa Nostra que hemos podido disfrutar, seguimos fascinados por hurgar en las cloacas de la mafia…
Otro sobre sam giancana, sobre Sinatra, sobre el rat pack, sobre … más, por favor. Con artículos así da gusto pasar el sopor de agosto. Tendríais q cobrar suscripción, va en serio. No puede ser que sea gratis esto y que vuestra revista sea tan difícil de localizar y a precio alto. Un punto medio, anda!
Muchas gracias por el artículo
Vale la pena que E.J. Domínguez publique esas grandes crónicas de la mafia en un libro.
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da tantos datos se lee tan ameno,que son las 5 de la mañana y no me e enterado.
Me fascinó la historia..de este hombre visionario .genio sin saberlo..