
Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo de dar a luz el porvenir. (Marguerite Yourcenar)
Tenemos al micrófono a una mujer muy joven que empuña una telecaster. Los rasgos de su cara son grandes como los de un ninot, y a pesar del pintalabios, los tacones y el vestido de lentejuelas doradas el conjunto de su imagen tiene cierta rebaba adolescente. Alguien del público la llama por su nombre. Ella responde con una sonrisa musculosa y masticatoria mientras araña las primeras iteraciones de un riff. Empieza: «Átate a mí, a nadie más». Está sola en el escenario. «No te has librado de mí», salmodia. Hace falta una determinación canina para resistir el horror vacui, un talento especial para que una canción como esta no se te atragante. No es que los acordes sean complejos o las notas vocales difíciles de alcanzar, pero hay que tener arrestos para vestirla bien: triturar los versos, encarnarla hasta las últimas consecuencias. Terminar a capella es la prueba definitiva de nervio y coraje.
El encantamiento que resulta es inestable: da la sensación de que la estás viendo caminar en la cuerda floja y se puede matar en cualquier momento, lo cual despierta admiración y morbo a partes iguales, pero la funambulista aguanta como una jabata y completa el paseo con aplomo. La respuesta del público está a la altura del sacramento que ha presenciado: PJ Harvey acaba de ofrecer una de las versiones canónicas de «Rid of Me» (la versión definitiva, como todo el mundo sabe, tuvo lugar en el Big Day Out de Sydney, ocho años después). Pero su intervención de esta noche todavía no ha terminado. En la breve entrevista que sigue a la función, Jay Leno le pregunta por la granja que gobiernan sus padres en Dorset. Una cosa lleva a otra y PJ termina contando en uno de los programas de mayor audiencia de Norteamérica cómo se aplica un torniquete para castrar un borrego.
Era 1993. Habría que verlo desde la perspectiva de entonces para comprobar si la impresión tiene algo de cómico o alienígena, si de verdad su aparición resultó tan incómoda, tan intempestiva como registraron los titulares de la prensa especializada. En resumen: una inglesita estrafalaria y pueblerina se pone toda trascendente para airear intimidades con su croon humeante. Lo de PJ Harvey da para una tesis doctoral sobre fundamentos gravesianos. Ha sido tomboy, hiperfémina, chamán y Befana, y en todas las encarnaciones ha mudado la piel antes de permitir que el icono se enfriara. Empezó conquistando plazas pequeñas con un atuendo funcional, de combatiente: chupa de cuero, botas de monte y el moño bien prieto en el cogote; después, los primeros noventa se contagiaron de la intensidad de sus paroxismos escénicos, la exuberancia de su máscara de geisha y la impertinencia fabulosa de su vello axilar. Sus modos desacomplejados fueron y siguen siendo una inspiración para unas y otros, prueba (otra más) de que en cuestiones de identidad lo mejor es no dejar que ciertos límites fragüen. En retrospectiva, vista desde una cultura popular que sirve la transgresión precocinada y a temperatura ambiente, la Polly Harvey de Dry y Rid of Me sigue siendo una rockstar muy poco convencional. Tímida a pesar de todo y frágil en apariencia —la Gibson ES-335 color cereza parecía una señal de stop en sus manos—, sus letras y su carisma desbordaron trasnochadas expectativas de Sofrosina y compostura hembral sin mellar el prestigio de su oficio. No es un logro que esté al alcance de cualquiera.
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Grande P.J.Harvey.
Sus tres primeros discos los oí hasta casi quemarlos.
Buen artículo sobre PJ Harvey y su poética salvaje y mítica. La rebelión es necesaria para ir en busca de esa justicia oculta en el día a día. Escuchar a esta mujer es provocar a uno mismo hierofanías y deseos.
Buen artículo,aunque se echa en falta un mínimo comentario a la temática de sus últimos discos, más centrados en los horrores de la guerra y quizás menos intimistas.
¡Gracias!
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