
Nadie sobrevive a la muerte tantas veces. O al menos eso pensaba aquel joven imberbe y corpulento. En su enésima escapada por la sierra de Linás, trató de acercarse lo suficiente para contemplar de cerca un nido de águilas. La aventura no salió bien. Santiago quedó colgado de una pared rocosa durante horas. La ansiedad, bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y de sed, no le impidió salir indemne. Una pequeña navaja le ayudó a ensanchar algunas grietas para utilizarlas como peldaños para los pies y agarraderos para las manos. A pesar del miedo que tuvo que pasar, el adolescente prosiguió con sus incursiones por las montañas del Alto Aragón. Su curiosidad era infinitamente superior a cualquier tipo de temor. Sin ella, probablemente, este joven jamás se hubiera convertido en el primer nobel de la ciencia española.
Sus travesuras parecían no tener fin. Siempre estaba metido en problemas; cuando no jugaba a pedradas con sus amigos de Ayerbe, participaba en peleas o en competiciones de flechas. Él, sin embargo, aspiraba a metas más altas, aunque sus ambiciones iniciales no contribuyeron precisamente a la tranquilidad de los vecinos. Aburrido de sus juegos bélicos, Santiago decidió construir un cañón. Con la inestimable ayuda de los chicos de la pandilla, transformaron un trozo de viga sobrante de la casa de los Ramón y Cajal en un tubo para disparar una bala. Santiago hubiera preferido montar unas ruedas por debajo de aquel cañón improvisado con alambres, lija y cuerdas, pero el deseo de probar la pieza de artillería era mayor que su paciencia. Dispararon contra un corral contiguo, abriendo un tremendo boquete en la puerta nueva que acababa de instalar un labrador. Así fue como el niño que cambiaría para siempre la neurociencia terminó encerrado en la cárcel de Ayerbe con solo once años.
En otras ocasiones se escapaba de casa para refugiarse en los montes cercanos, donde podía dibujar libremente sin tener que escuchar las riñas paternas. Santiago también se llevó algún que otro susto importante mientras residía en Valpalmas, un pueblo de la provincia de Zaragoza. Un rayo cayó sobre la escuela donde Cajal y otros jóvenes asistían a clase. A media tarde, mientras su maestra dirigía las oraciones de los estudiantes, y justo después de que pronunciasen «Señor, líbranos de todo mal», un estruendo sacudió el aula. Polvo, cascotes y pedazos del techo nublaron sus ojos, mientras el olor a azufre quemado se esparcía rápidamente. Al mismo tiempo que los chicos escapaban del aula, una voz entre el gentío apuntó al campanario: allí reposaba el sacerdote, fulminado por el rayo. Santiago recordaba aquel suceso como la aparición de «esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el cosmos, fuerza indiferente a la sensibilidad y que parece no distinguir entre inocentes y malvados», pero que puede ser prevista y dominada por la ciencia.
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Muy buen artículo.
Felicidades.
La mayoría de los grandes genios han sido personas sencillas.
¡Gracias!