
¿Cuál es el mal que mejor caracteriza nuestra época? Las guerras, dirían muchos; algunos desde una poltrona en la sede de la ONU y otros desde una barricada mal pertrechada en los arrabales de Mogadiscio o Yuba. La guerra y sus consecuencias; el hambre, la enfermedad, la alienación. La miseria, que contiene a todas las desgracias anteriores y otras muchas. Y como por desgracia hemos dado a luz gente de toda clase y condición, hay quien no dudaría en afirmar que el origen de las desdichas que azotan al hombre lo podemos encontrar escarbando muy ligeramente en la superficie de la lujuria, el más universal de los pecados capitales; hurgando con cuidado y bien protegidos por la profilaxis que ellos mismos prohíben. Y preguntar por las razones que podría esgrimir un dios para dotar al mundo y a todos sus habitantes de una naturaleza lujuriosa que no hace sino conducirles por la senda de la destrucción, tan solo sirve para reavivar el fuego de las guerras de religión que, todo hay que decirlo, enfrenta a unas sociedades que no han tenido la lucidez suficiente para darse cuenta de que el rector de nuestros destinos simplemente tiene un sentido del humor bastante grueso y rebosante de mala baba. «Es una prueba», dice. Después se da la vuelta entre espasmos de risa apenas disimulados y se dirige al encuentro de sus legiones de huríes y sátiros mientras toda una serie de artesanos zurdos, todos ellos ministros del mal, graban en mármol la ley secreta, que bien podrían habernos revelado para evitarnos tanto sufrimiento: «Variasjon er krydderet (1)».
Pero estos son males atemporales. Guerras ha habido siempre; la historia está repleta de gente pobre y enferma, gente hambrienta y anónima. Esas maldiciones nos asolan desde la noche de los tiempos. El mal característico de nuestra era de la tecnología, y los más suspicaces pueden levantar una ceja y exclamar «¡ajá!» mientras presentan una solicitud de reembolso que en ningún caso será atendida, consiste en un montón de gente dando la tabarra. La turra, la plasta, el coñazo. Gente haciendo proselitismo de lo que sea; de la religión verdadera, de los beneficios de una vida llena de amor, de la liberación derivada de la práctica de rituales sexuales más o menos extravagantes, de los treinta libros que deben leer y los nueve que no deben ni abrir, de un sistema operativo para dispositivos móviles que nadie parece haber demandado o un género musical que casi todos coinciden en definir como sedante. Gente como los testigos de Jehová o, en el otro extremo del espectro y casi dándose la mano con ellos, los darwinistas más pesados.
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