
Steve Jobs, ya saben, el fundador de la empresa que lidera la cotización bursátil mundial, nació en San Francisco en 1955 y fue dado en adopción a una pareja de Mountain View, una localidad situada en el corazón de lo que, gracias a gente como él, se conoce como Silicon Valley: el acelerador de partículas del universo virtual, el lugar con mayor concentración de capital riesgo por metro cuadrado. Lo de Jobs siempre fue pensar a lo grande, hasta convertirse en la piedra filosofal de las dos transformaciones que nos metieron de cabeza en el siglo XXI: 1) Hacer de la computación un asunto doméstico, y 2) encauzar el discurso de los movimientos sociales de los años sesenta hacia una industria, neoliberal en sus principios, que ha ideado una nueva concepción del ser humano, lo que en estas páginas llamaremos el «Hombre Nuevo de Apple» (1) o el HNA.
Vayamos por partes: en el célebre garaje de los padres de Jobs se reúnen en 1976 dos de las mentes más inquietas del momento en el lugar más estratégico posible. Steve Wozniak es el joven genio de la computación obsesionado con el ensamblaje de circuitos, el nerd bonachón salido de alguna película para adolescentes de Richard Donner. Por su parte, Jobs ejerce de pequeño emprendedor con un cuchillo entre los dientes y una ambición desmedida por despuntar en el mundo empresarial. Entre ambos sacarán a la luz la primera computadora personal, aquel Apple I que venderán entre sus colegas del Homebrew Computer Club de Menlo Park, el conciliábulo de geeks de la computación que pretendía sumar la revolución tecnológica a la revolución social que irradiaba desde la vecina San Francisco. Jobs se ejercita por entonces como hippie de manual: solo come fruta, duerme y se sienta en el suelo, viaja a la India, ama a Bob Dylan por encima de todas las cosas y trabaja algunas temporadas en una comuna de Oregón recolectando manzanas de la variedad Macintosh, la popular «Mac» del universo granjero.
El éxito es justo (sobre todo a juicio de quien lo logra) e inmediato. Un año después de sus primeros pinitos en el garaje, es decir, a mediados de 1977, Jobs y Wozniak conectan el home run en su versión «nuevas tecnologías»: antes de cumplir los treinta, y tras la salida a bolsa de la Apple II a finales de 1980, ambos se convierten en millonarios e inauguran la estirpe de los Bill Gates (Microsoft), Sean Parker (Napster), Mark Zuckerberg (Facebook), Elon Musk (Paypal), Jeff Bezos (Amazon) o Larry Page (Google), máximos representantes del nuevo sueño americano que sustituye el relato de superación clásico y su ascenso peldaño a peldaño por un éxito exprés y sin frenos. De eso se trata el mordisco a la manzana.
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Muy bueno. Lo único que me ha sorprendido es que no se cite a Boltanski y Chiapello, que si no recuerdo mal fueron los primeros en vincular el zeitgeist neoliberal con la contracultura de los 60 (o como poco, de forma mejor sustentada que Brooks o Frank).
Como todos los análisis que denuncian las trampas que los nuevos jugadores ponen para convertirse en los nuevos dominantes, el aquí escrito olvida también analizar el único punto interesante y verdaderamente original del actual cambio de paradigma: la renuncia a la propia vida a través de la renuncia a la procreación. Ese es el único punto genuino al actual cambio disruptivo. Seguramente, porque los preclaros analistas son los primeros que ya han superado la barrera de los 30 sin atender a esa tendencia vital. El hombre ha sido, es y será siempre un monigote expuesto a las manipulaciones de los más potentes, organizados y carentes de escrúpulos. Lo que no se había dado nunca, es el fenómeno actual en el que las propias masas sometidas a la enésima disrupción, renuncian de buena fe a lo único que les hace únicos: legar vida. Dicho esto, cualquier vuelta que se le de a la situación (como hace el articulista) se queda en algo estético. Vacuo. Irrelevante. Bello en lo formal, yermo en lo estructural.
Creo que estás siendo víctima del sesgo del superviviente: No es que negarse a la procreación sea algo nuevo, es que quien no tiene hijos tiene mucho mas complicado mantener su legado. Siempre ha habido, en todas las épocas y casi todas las culturas, individuos que han decidido no procrear por razones espirituales o intelectuales, solo que, por razones obvias, la tendencia a la procreación se mantiene en una sociedad mas facilmente que lo contrario ;-)
Lo que dices es cierto en lo anecdótico, pero pareces olvidar que lo que otorga relevancia al hecho no es su mera existencia, sino su volumen. En este caso, lo significativo del fenómeno es el porcentaje de gente afectada. Algo sin precedentes independientemente del lugar y época al que te remontes. Las reducciones masivas de población sólo se han producido contra voluntad: guerras, hambrunas y pestes. Eso es lo nuevo hoy, y no el hecho de que una nueva oligarquía maniobre para sustituir a una antigua y para ello encuentre métodos disruptivos y los use junto con la complicidad de las masas.
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