
For never was a story of more woe / Than this of Juliet and her Romeo.
Al amor romántico se le ha llamado de todo. Hay quien dice que es el enemigo de las relaciones estables y sanas, y que deberíamos ir con cuidado a la hora de idealizarlo. Otros incluso que puede ser malo para la salud. Recientemente algunos estudios incluso sugieren que el amor tiene ciertas similitudes con comportamientos adictivos como el uso de drogas o la ludopatía.
Pero lo que nos concierne aquí no es si deberíamos celebrarlo o maldecirlo —eso que lo decida cada cual—, sino el argumento de que el amor es algo occidental.
Hasta hace poco la cosa no estaba clara. Aunque había académicos que defendían que el amor romántico era algo universal y común a todos los seres humanos, a principios de los años noventa seguían siendo una clara minoría. La posición mayoritaria en el debate era que el amor romántico era básicamente un constructo social del mundo occidental. Dentro de esta hipótesis había opiniones variopintas, algunas más brutas que otras. El historiador Lawrence Stone, por ejemplo, veía la aparición del amor como algo ligado al individualismo y la modernidad. Por eso defendía que si había existido el amor romántico en contextos no occidentales tenía que haber sido entre las élites, porque solo estas «tenían el tiempo para cultivar una apreciación estética por las experiencias subjetivas» (¡!). Una de las versiones más comunes liga la invención del concepto a la Edad Media y la era de los trovadores. Por ejemplo, Howard Bloch afirma categóricamente que el amor romántico tal y como lo conocemos es un producto de la época, al igual que el aumento del comercio, la repoblación de las ciudades, el escolasticismo u otras características del renacimiento del siglo XII (aunque eso se merecería su propio artículo).
Pero sin duda la última línea de defensa de los no universalistas es que como las expresiones del amor varían tanto, es imposible que haya un hilo común. O como dice el experto en Shakespeare Richard Levin, es imposible que algo como el amor romántico fuera universal o natural porque se construye (socialmente) de manera muy diferente dependiendo de la cultura o sociedad en la que nos encontramos.
A muchos académicos esta posición les resulta (muy) irritante porque el que algo varíe no significa que no sea natural o universal. Por eso no es sorprendente que la batalla contra el amor-como-constructo-occidental la emprendieran sobre todo los antropólogos culturales, que empezaron a aportar evidencia de que el amor, como las setas, salía por todas partes. Uno de los intentos pioneros es el trabajo de Fischer y Jankowiak (ya hace más de veinte años), que se dedicaron a analizar el registro antropológico de ciento sesenta y seis sociedades distintas para buscar referencias al amor. Es un estudio interesante y surrealista a la vez, con discusiones sobre la categorización correcta de amor y lujuria, o el cómo separar actividades meramente sexuales (como la entrega de productos cárnicos a cambio de sexo) de actividades que demuestran afección (canciones románticas o conjuros y hechizos para obtener el favor de la persona amada).
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