La universalidad (o no) del amor romántico

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Romeo y Julieta, 1968. Imagen: Dino de Laurentiis.

For never was a story of more woe / Than this of Juliet and her Romeo.

Al amor romántico se le ha llamado de todo. Hay quien dice que es el enemigo de las relaciones estables y sanas, y que deberíamos ir con cuidado a la hora de idealizarlo. Otros incluso que puede ser malo para la salud. Recientemente algunos estudios incluso sugieren que el amor tiene ciertas similitudes con comportamientos adictivos como el uso de drogas o la ludopatía.

Pero lo que nos concierne aquí no es si deberíamos celebrarlo o maldecirlo —eso que lo decida cada cual—, sino el argumento de que el amor es algo occidental.

Hasta hace poco la cosa no estaba clara. Aunque había académicos que defendían que el amor romántico era algo universal y común a todos los seres humanos, a principios de los años noventa seguían siendo una clara minoría. La posición mayoritaria en el debate era que el amor romántico era básicamente un constructo social del mundo occidental. Dentro de esta hipótesis había opiniones variopintas, algunas más brutas que otras. El historiador Lawrence Stone, por ejemplo, veía la aparición del amor como algo ligado al individualismo y la modernidad. Por eso defendía que si había existido el amor romántico en contextos no occidentales tenía que haber sido entre las élites, porque solo estas «tenían el tiempo para cultivar una apreciación estética por las experiencias subjetivas» (¡!). Una de las versiones más comunes liga la invención del concepto a la Edad Media y la era de los trovadores. Por ejemplo, Howard Bloch afirma categóricamente que el amor romántico tal y como lo conocemos es un producto de la época, al igual que el aumento del comercio, la repoblación de las ciudades, el escolasticismo u otras características del renacimiento del siglo XII (aunque eso se merecería su propio artículo).

Pero sin duda la última línea de defensa de los no universalistas es que como las expresiones del amor varían tanto, es imposible que haya un hilo común. O como dice el experto en Shakespeare Richard Levin, es imposible que algo como el amor romántico fuera universal o natural porque se construye (socialmente) de manera muy diferente dependiendo de la cultura o sociedad en la que nos encontramos.

A muchos académicos esta posición les resulta (muy) irritante porque el que algo varíe no significa que no sea natural o universal. Por eso no es sorprendente que la batalla contra el amor-como-constructo-occidental la emprendieran sobre todo los antropólogos culturales, que empezaron a aportar evidencia de que el amor, como las setas, salía por todas partes. Uno de los intentos pioneros es el trabajo de Fischer y Jankowiak (ya hace más de veinte años), que se dedicaron a analizar el registro antropológico de ciento sesenta y seis sociedades distintas para buscar referencias al amor. Es un estudio interesante y surrealista a la vez, con discusiones sobre la categorización correcta de amor y lujuria, o el cómo separar actividades meramente sexuales (como la entrega de productos cárnicos a cambio de sexo) de actividades que demuestran afección (canciones románticas o conjuros y hechizos para obtener el favor de la persona amada).

También discuten cómo definir el amor, un tema que ya de por sí da para varios volúmenes. Ellos lo toman como «cualquier atracción intensa que incluya la idealización de la otra persona, en un contexto erótico, con la expectativa de que durará durante algún tiempo en un futuro». No es la más elocuente ni la más sexi de las definiciones, pero sirve.

La conclusión del estudio es que en el 88,5% de las culturas analizadas se encuentran referencias al amor romántico. Algunas de ellas dan fe de lo similares que resultan las experiencias amorosas sea cual sea el contexto. Por ejemplo, tenemos la historia de Nisa, una chica kung del desierto del Kalahari que vivía en una sociedad de cazadores-recolectores. En su narrativa nos cuenta la diferencia entre un marido y un amante —y por ende entre el amor como compañeros de viaje y el amor pasional—. La relación con un marido es «rica, cálida y segura», mientras que la de un amante es «apasionada y excitante, pero también fugaz e inestable». La consecuencia es que «cuando dos personas se juntan, sus corazones arden y su pasión es muy grande. Tras un tiempo, el fuego se enfría y así suele quedarse». Tan válido entre los kung como entre los jóvenes WEIRD (western, educated, industrialized, rich and democratic). Punto a favor de los antropólogos y en contra de los trovadores.

En cualquier caso esto nos responde a la pregunta de si el amor romántico existe en todas partes, pero no a si merece la pena ser cantado o si todos los humanos sienten la necesidad de plasmarlo en sus obras. En otras palabras, puede que el amor exista en la mayoría de culturas, ¿pero existe también en la literatura de todas ellas? Esa fue la pregunta que se propusieron responder Gottschall y Nordlund —la nueva generación de académicos críticos—, que pusieron a un montón de becarios a analizar textos literarios para intentar averiguar si existían referencias a varios conceptos asociados al amor romántico, como el deseo de unión —tanto física como emocional—, la idealización del amado/a, cierta exclusividad recíproca, o la dependencia emocional. Los resultados son similares. De los once grupos culturales que analizan, solo en uno de ellos (los filipinos) no hay referencias al amor romántico, aunque en este caso podría ser por ausencia de material más que por ausencia del concepto.

Lo bueno es que además las referencias suelen ser a varios de los componentes que se asocian al amor romántico, no solo a algunos de ellos. Sería problemático para la hipótesis de la universalidad si factores como la dependencia emocional, por ejemplo, solo apareciese en los textos occidentales. Pero no es así. Por ejemplo, una de las historias tradicionales maoríes habla de la dependencia emocional a niveles cósmicos —literalmente—. En su mito de la creación, el Sol llora tanto por su separación de su amante la Tierra que las lágrimas van poco a poco tomando la forma de los océanos que hoy pueblan el planeta. En otra historia, esta vez protagonizada por animales, un peewee o grallina australiana se lamenta durante meses de la ausencia de su compañera peewee —mostrando el deseo de unión física y emocional—, preguntándose si se habrá emparejado con otro peewee —deseo de exclusividad—. En este caso la historia tiene final feliz, y la pareja de peewees acaba junta y con amplia progenie.

Otras historias no acaban tan bien. Entre el canon de historias algonquinas se encuentra una llamada el «melancólico misterio de la bruja-perdiz», que además de tener un título estupendo ilustra bien el concepto de fidelidad vs. traición (o la violación de la exclusividad) que a menudo aparece en las expresiones del amor romántico.

La historia empieza así: dos hermanos parten a la fuente del río Penobscot —hoy en día en el estado de Maine— para la temporada de caza otoñal. Poco a poco el otoño da paso al invierno, y la nieve hace que sus botas se desgasten. Un día, cuando el hermano mayor no está en el wigwam, una bella joven se acerca y repara las botas del hermano menor. La escena se repite durante días, y los dos jóvenes se enamoran. Cada día la joven aparece y los dos se pasan el día charlando y jugando. Pronto, la nieve empieza a derretirse y llega la hora de regresar en canoa a la aldea. Al reencontrarse con el padre, el hermano menor no puede resistirse y le cuenta la historia. El padre entra en cólera, porque la joven que le había estado ayudando era una bruja del bosque, una mikumwess. Inmediatamente les dice que deben volver al nacimiento del río y matarla. Al llegar, los hermanos se la encuentran bañándose en el río. Al verlos, la joven corre hacia una colina, pero el hermano mayor dispara una flecha que la alcanza. Pero donde estaba la joven aparece una bella perdiz que escapa volando. De vuelta a la aldea, el padre le dice al hermano pequeño que ha acordado casarle con una mujer de la aldea. El hermano acepta su destino, pero busca por última vez a la mikumwess en el bosque para comunicarle su decisión. La bruja-perdiz le advierte de las consecuencias de su traición, pero el joven la ignora. Llegado el día de la boda, el joven cae muerto en una piel de oso antes de que acabe la ceremonia. El padre afronta la muerte de su hijo estoicamente porque conoce el motivo: traicionar el amor de una bruja del bosque significa la muerte.

Aunque adaptada al contexto norteamericano, la historia se parece mucho a la de las ondinas europeas, criaturas que habitan los ríos y lagos y buscan a humanos con los que emparejarse. La razón es que a pesar de tener rasgos humanos, no tienen alma. Pero el casarse con un humano les permite conseguirla. El precio para los humanos es el mismo que en el cuento algonquino: si no son fieles a la ondina, están condenados a la muerte. Estas criaturas plagan los mitos franceses y alemanes y se hicieron bastante famosas en el siglo XIX con la novela epónima de de la Motte Fouqué. A pesar de que no sea totalmente reconocible, la historia de la Sirenita de Hans Christian Andersen tiene sus orígenes en estas leyendas.

Tampoco puede faltar la mención a los múltiples casos de romances desdichados —star-crossed en las palabras de Shakespeare— que acaban en tragedia. El más conocido en Europa, evidentemente, es el de Romeo y Julieta, pero abundan ejemplos similares. El más famoso es el de los amantes mariposa, uno de los cuatro grandes mitos clásicos chinos. La historia es algo más compleja que la obra de Shakespeare: Yingtai, la novena hija de una familia adinerada, consigue convencer a su padre de que la deje estudiar, a pesar de que a las mujeres no se les permitía. Para ello se disfraza de hombre. Durante sus estudios conoce a Shanbo, con el cual entabla amistad. Durante tres años, estudian juntos, y la joven se enamora de Shanbo, que sigue desconociendo la identidad verdadera de Yingtai. Cuando finalmente parten, Yingtai intenta decirle a Shanbo que es una mujer a través de mensajes sutiles, pero el pobre no se da cuenta. Al final Yingtai le ofrece a Shanbo presentarle a su «hermana» —la propia Yingtai— para así conseguir conquistarle. Shanbo se enamora también y parece que todo va a acabar bien. Sin embargo, mientras estaba estudiando, el padre de Yingtai le había concertado un matrimonio con un hombre rico de la ciudad. Al enterarse, Shanbo se pone enfermo y acaba sucumbiendo. Yingtai se casa, pero al pasar la comitiva por la tumba de Shanbo, se levanta un viento tremendo que abre la tumba. Yingtai se lanza al vacío y los dos amantes se convierten en mariposas que escapan para nunca más separarse. Una vez más, nos encontramos con contextos diferentes pero problemas y sentimientos similares.

Tanto en lo bueno como en lo malo, el amor romántico está en todas partes. Evidentemente no podemos ignorar los efectos del contexto social y cultural, que afecta directamente a cómo se desarrolla el amor, y a lo que es aceptable. Estas diferencias son el motivo por el cual durante décadas se mantuvo la idea de que el amor era algo puramente occidental, fruto de trovadores y occitanos. Pero más allá de la variabilidad de sus expresiones, los sentimientos y emociones que habitualmente se asocian al amor están plasmados tanto en las narrativas orales como escritas de la mayoría de culturas. Sean ondinas, hermanos algonquinos o cazadores-recolectores kung, todos ellos parecen representar un fenómeno único y universal a todos los seres humanos.

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