
El Halloween español no era pedir caramelos con lo del truco o trato, sino ir a ver el Tenorio. Niños vestidos de fantasma, frankensteines y enfermeras sexis contra la historia de un seductor pendenciero que es perseguido por un fantasma en forma de estatua de mármol que quiere arrastrarlo al infierno: no hay color.
A pesar de lo rematadamente malo que es el texto de Zorrilla, con sus rimas ortopédicas y su imitación decimonónica del Siglo de Oro, es enternecedor ver a doña Inés vestida de Calatrava, su don Juan y su don Luis embozados, los actores con sus capas y sus espadas. El ángel de amor en la apartada orilla, «don Juan, don Juan, yo le imploro, de su hidalga compasión; arránqueme el corazón o ámeme porque le adoro». Una manera pintoresca de entrar al mes de difuntos.
El Don Juan es el producto del catolicismo. ¡De Trento! El pérfido Lutero se había sacado de la manga aquello de la predestinación en su lucha contra la venta de indulgencias, así que, como la ultratumba está decidida sin tener en cuenta si eres un tipo piadoso o un cabrón con pintas, da todo un poco igual. Sin embargo, si Dios va llevando la cuenta de lo que haces para luego pedirte explicaciones, la cosa se pone interesante. «Velad y estad atentos, pues no sabéis ni el día ni la hora». El Don Juan primigenio, el que escribe Tirso, cree que tendrá tiempo para arrepentirse en el último momento, así que puede entretenerse mientras tanto asesinando y violando a jovencitas. «¡Tan largo me lo fiais!» (los especialistas están ocupados determinando si todo esto es un invento de Tirso o de Andrés de Claramonte, pero en este jardín no nos vamos a meter). Claro que no cuenta con la aparición de un fantasma vengador.
Después de machacarnos con tropecientos versos, Zorrilla se guarda un último cazo de almíbar para el final. El tercer acto, que lleva por título «Misericordia de dios, y apoteosis del amor» para que vayas avisado, termina con la redención del Tenorio. Doña Inés se juega el cielo por salvar a don Juan. Este, sobrecogido, muere diciendo:
Mas es justo: quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio.
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Buenísimo. Me apunto, pero me pido ser don Félix de Montemar.
Por si les sirve: La última carta: ante la muerte, ante la vida https://dametresminutos.wordpress.com/2017/10/07/la-ultima-carta-ante-la-muerte-ante-la-vida/ vía @jiribas