
Para Marlene
A finales de mayo, Visit Russia, la oficina de promoción turística de Rusia en España, invitó a un grupo de periodistas y touroperadores españoles a pasar cinco días en San Petersburgo. El pretexto era asistir a los actos de clausura del Año Dual del Turismo España-Rusia, una operación publicitaria que tenía como objetivo popularizar entre el público español destinos turísticos rusos y viceversa. Lo que sigue es el diario de aquellos días.
17 de mayo.
Ningún país sin su Venecia. En Frankfurt, donde hacemos escala, Ene, gran dama del periodismo multiprovincial, nos informa de que San Petersburgo es miembro de honor de ese club de la osadía que son las Venecias de pega, y que cuenta entre sus integrantes con Hamburgo, Estocolmo, Alefkandra, Mogán, Aveiro o Empuriabrava (¡La Venecia catalana!). La cartografía copy-writer, siempre atenta a la posibilidad de que las ciudades no sean sino réplicas (¡marcas blancas!) de un paisaje matriz, se extiende hacia China por el este (Zhouzhuang, la Venecia de Oriente) y hacia Estados Unidos por el oeste (Fort Lauderdale, la Venecia americana). El reverso antipoético de los no lugares pasa por la proliferación de Venecias, Barcelonas, Benidorms… una serialización que tiene su epítome en Las Vegas, el Reader’s Digest del urbanismo mundial. A propósito de Benidorm, por cierto, el arquitecto Óscar Tusquets decía recientemente que si España contara con otros ocho (Benidorms) quedaría mitigado, o acaso resuelto, el impacto medioambiental del monocultivo turístico. Todos los algarrobicos probables en unos pocos percentiles del territorio. Me pregunto qué problema resuelven esas otras Venecias. A qué monstruo sacian. En el aeropuerto de San Petersburgo nos recibe María, una grácil muchacha peterburguesa de rostro límpido, como asombrado, que será nuestra guía, asistente y traductora ocasional. Marlene, la directora de Visit Russia y jefa de la expedición, y a quien conocí hace un mes en casa del escritor Juan Abreu, pertenece a una de las varias generaciones de cubanos que cursaron estudios superiores en Moscú, por lo que no solo conoce el país a la perfección; también maneja el ruso con pasmosa suficiencia, o eso deduzco de la conversación que mantiene con María, y en la que no advierto repreguntas ni ruegos de aclaración. Cada vez me da más vergüenza mi inglés low cost, hecho de hebras de academia extraescolar, subtítulos del cine Verdi y un verano de juventud en Londres.
El norte (no) está lleno de frío. Recién llegados a la ciudad, Lu, subdirectora de una agencia turística en Barcelona, empieza a lamentar la elección de su vestimenta, consistente en cinco arrobas de camisetas térmicas, jersey de lana, anorak, descansos… No en vano, la temperatura en San Petersburgo raya en los 27 grados cuando lo normal en esta época son, como mucho, 15. De hecho, y pese al clima benigno de que disfruta SP por su condición de ciudad marítima (entiéndanme, hablo con respecto al general invierno del subcontinente ruso —qué es Europa, decía Haro Tecglen, sino un cabillo desmochado de Rusia—), ni siquiera en julio la temperatura media rebasa los 22. Por una vez, mi habitual negligencia a la hora de hacer el equipaje se ve recompensada.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Me dieron muchas ganas de ir a Rusia!!